El huevo de la serpiente

Sanoja[1]Jesús Sanoja Hernández –periodista, siempre cercano al Partido Comunista, profesor universitario y sobre todo historiador− murió en 2007, a los 76 años de edad. Esta es una entrevisrta realizada a mediados de 1998 para la revista Miradas, en plena campaña electoral. En esta conversación, Sanoja Hernández echa mano a su prolífica memoria para recontar la historia a trechos del periodismo y la militancia de izquierdas. Y hacia el final analiza la campaña electoral: dice cosas que, once años después, demuestran su agudeza para husmear el peligro

Sebastián de la Nuez

La biblioteca de Jesús Sanoja Hernández es tal como cualquier lector suyo pueda imaginarse: un caos organizado. En un pent house aledaño a una escuela pública de la urbanización Santa Eduvigis continúa escribiendo sus artículos en una Olympia manual medio desvencijada. Ya desechó, quizás cuando las teclas desgastadas se autoimpusieron punto final, la antigua Olympia portátil que le regaló —junto con un diccionario de sinónimos— Miguel Otero Silva y en la cual había escrito Casas muertas. Una verdadera reliquia.
Sanoja se resiste a las nuevas tecnologías. Ahora usa fax para enviar sus artículos, antes solían perderse en las recepciones. No tiene e-mail. Tiene, en cambio, una memoria prodigiosa y una pasión por el resquicio de la historia que no le hace perder de vista la totalidad. En la Escuela de Comunicación Social de la UCV impartía un seminario sobre partidos políticos y otro sobre literatura venezolana. Antes estaba en la Escuela de Letras, cuando el Centro de Estudios Literarios lo dirigía José Fabiani Ruiz. Ahora está jubilado de la actividad académica.
Poeta —Monte Ávila reeditó La mágica enfermedad y otros poemas¡— y cronista de luchas estudiantiles, prologuista y ensayista, ha sido, sobre todo y sin nostalgias estériles, militante durante su vida política del Partido Comunista. Fue líder estudiantil en la UCV. 
—¿El periodismo de antes tenía mayor poder de transformación social?
—Sí, y la razón principal era que el periodismo postgomecista, entre el 36 y, pongamos por límite, el 48, era un periodismo donde no había concentración de capitales empresariales; paralelamente tenía mucha fuerza el periodismo político; partidos con sus propios periódicos, mucha lectoría por lo menos entre las vanguardias que seguían el proceso político e interacción entre la ideología y el periodismo empresarial… Es decir, había muchos columnistas de diferentes bandos en El Nacional, y aunque El Universal era más cerrado, también tenían cabida quienes conocían el proceso cultural, ideológico y político.
Aquí hubo un gran reventón en el periodismo en 1936, con Ahora, dirigido por Luis Barrios Cruz. En ese año revulsivo cayeron allí todos los que traían ideas renovadoras: Guillermo Meneses, Antonio Arráiz, Ramón Díaz Sánchez, Rómulo Betancourt… Rómulo escribía con seudónimo, desde la clandestinidad lopecista, una columna de economía y finanzas. De allí salió material para un libro. Era época de confrontación entre izquierda y derecha, explicable por la Guerra Civil Española: nacionalistas y católicos, por un lado; la izquierda y los republicanos por el otro. La revista SIC ya existía e insurgió en contra de la izquierda, al igual que el semanario Une. Allí estaba Pedro José Lara Peña. Ahora pedía amnistía para quienes estaban en prisión o en el destierro: México y Colombia, fundamentalmente. A Une se sumaba La Esfera, al poner el grito en el cielo ante tal petición: ¿cómo iban a dar amnistía a gente terrorista, que militaba en la subversión?
—Pero en aquel momento, ¿quiénes escribían mejor, los copeyanos o los adecos?
—Para esa época Copei no tenía gente formada en política social. Los adecos tenían un acervo de modernidad que no tenían los socialcristianos para ese momento. El único que había tenido contacto con la doctrina social de la Iglesia había sido Caldera, que había ido a finales del 34 a Roma en una delegación de Acción Católica. Allí conoció a Frei.
Sanoja anota un factor determinante: la posición irreconciliable de los de Une frente al comunismo. “Era una cerrazón que les impedía estar a tono frente a las exigencias de modernización de Venezuela”. Betancourt, en cambio, era un polemista cuando llegó desde el exilio, hombre de artículos diarios. Sólo después de ocho años, cuando la generación de Herrera Campíns toma cierta tonalidad ideológica y empieza a practicar asiduamente el periodismo como lo hacían los otros, Copei da muestras de consistencia.
Cuando se supera el periodo de López Contreras —de represión contra la izquierda—, el cuadro bajo Medina se modifica. Se funda en 1941 Ultimas Noticias con un equipo de comunistas: Kotepa Delgado, Pedro Beroes, Vaugham Losada, José Luis Martínez. En 1942 se funda el semanario de Unión Municipal, que después fue Unión Popular (la fachada de los comunistas), Aquí está. Además aparece en 1943, con gran apoyo de los comunistas, El Nacional; y El Morrocoy Azul, con Miguel Otero Silva, Kotepa Delgado y Carlos Irazábal,  aunque hubo una apertura: también estaban Isaac J. Pardo y Andrés Eloy Blanco.
El peso de los comunistas en general era muy grande.
Acción Democrática, agrupación fundada en 1941, irrumpe con su propio periódico homónimo, y a finales del régimen de Medina edita El País, de aparición diaria.
—¿Y Tribuna Popular?
—Tribuna Popular es el resultado del proceso de división y reunificación del Partido Comunista. Mientras ocurre la Revolución de octubre del 45 se divide en Partido Comunista de Venezuela y Partido Comunista de Venezuela Unitario. Allí, un sector edita TP con Gustavo Machado a la cabeza, y el otro sector sigue con Aquí está, con Juan Bautista Fuenmayor. Viene luego el proceso de unificación a través del congreso y se publica, más o menos en 1947, el periódico Unidad. Pero viene otro desprendimiento de la llamada ala trostkista: TRP, Partido Revolucionario del Proletariado, cuyas cabezas visibles eran Salvador De La Plaza, Rodolfo Quintero, Luis Miquelena y Cruz Villegas. Formaron un semanario homónimo de corta duración, mientras el PCV fundaba, a dos días de la toma de posesión de Gallegos, el 17 de febrero de 1948, Tribuna Popular.
—Al parecer, las perspectivas han cambiado radicalmente. Lo que era antes de un color ahora es de otro, o no tiene color. No sé si es bueno para la profesión del periodista el compromiso partidista.
—Fíjate que el periodismo de partidos, antes de que se constituyera el Colegio Nacional de Periodistas, fue una escuela. Yo me aferré a ser sólo comunista, a pesar de que me lo pasaba en los talleres, pero la mayoría de quienes aprendieron la técnica del periodismo, asiduos colaboradores, gente que palpita con los problemas en debate, viene de ese periodismo político. Te hablo de Luis Herrera Campíns, que no pasó por una escuela de periodismo; te hablo de Arístides Bastidas y de grandes dirigentes de AD: por ejemplo, Valmore Rodríguez o Luis Esteban Rey, que ejerció el periodismo incluso desde el exilio, en la época de Pérez Jiménez, desde París. Eso fue una escuela. Y quienes se formaron en esa fragua tan pasional, tan emotiva, impregnada de combatividad, más bien se sintieron un poco heridos o no conformes cuando aquí, desde la propia izquierda, se presentó el proyecto de colegiación.
Desde luego, fueron admitidos en el Colegio Nacional de Periodistas. Sanoja anota, además, que desde la conversión de la Asociación Venezolana de Periodistas en CNP comenzó a declinar su peso político orientador en la sociedad. Eso ha venido agudizándose, con su gente dividida en diferentes conceptualizaciones en torno a los códigos de ética, la SIP y la Felap.
—Aquella época cuando, por ejemplo, Nixon visitó Caracas y se produjo una expresión de rechazo, ¿qué papel jugaron los medios?
—Fue una época muy eruptiva. Los medios eran portadores de esa efervescencia, hasta tal punto que el CNP sacó una lista de execrados: los que habían sido cómplices del perezjimenismo, bien fuera a través de columnas o directamente utilizando los periódicos. Era una lápida. Se publicó. Y el periodista estaba en la calle, en las manifestaciones, entre otras cosas orgulloso de que hubiese sido la prensa, con la huelga del 21 de enero, protagonista de la caída del perezjimenismo. Por primera vez se dio un fenómeno que no se daría más nunca: la unidad de los periodistas de redacción, del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa (gente de talleres) y de los patronos. Allí participaron los Capriles y los Otero Silva. El manifiesto de los intelectuales se redactó en El Nacional, y allí se recogieron las firmas. Nixon venía de una turné en el cono sur, y había habido problemas ya. Eso fue a los cinco meses de la caída de Pérez Jiménez. Yo estaba colaborando para El Mundo, y escribí una serie de reportajes sobre la gira de Nixon. Cuando voy a llevar el que se refería al último toque de Nixon antes de llegar a Caracas, me dice Ramón J. Velásquez que eso no puede salir, porque  los marines están a punto de invadir al país. Están en una de las islas del Caribe. Sin embargo, gente convocada a la embajada norteamericana, como Caldera o Villalba, rechazaron eso, dijeron que no aprobaban la intervención norteamericana y que el asunto tenía solución por otras vías. Nixon narra eso en sus memorias, y se refiere a Tribuna Popular, donde aparece su foto con unos colmillos y un pañuelo alrededor de la cabeza, con el título de Fuera Dick Thricky (Ricardito el tramposo). La leyenda la hice yo, y el fotomontaje lo hizo León Levy. No te olvides que poco antes había sido la crisis de Trejo, un militar izquierdista de quien muchos decían que iba a ser un nuevo Perón.
Jesús Sanoja narra la conformación del Pacto de Punto Fijo y la consiguiente repartición de las gobernaciones y los poderes:
—Allí empezó otra historia, porque al año y medio o dos años comenzó la división de aguas profundas y, en el plano periodístico, las clausuras de Tribuna Popular, el periódico Izquierda (MIR), Fantoches (un periódico que no tenía nada que ver con la izquierda) y un periódico humorístico llamado El Fóforo, así, sin ese. Eso fue en noviembre del 60 y desde ahí arrancó un periodo muy difícil para el periodista de izquierda.
—Luego el complot contra el diario El Nacional fue otro balde de agua fría contra la relación entre el periodista y la izquierda.
—Eso comenzó en diciembre de 1961, tras la debacle de Playa Girón, promovido por cubanos y por la OLA, Organización Latinoamericana Anticomunista. Eso fue terrible, porque estaban además los Capriles, que tenían una competencia tremenda y un odio familiar contra El Nacional, más los grupos económicos y un sector recesivo de la reacción de los años cuarenta, que no toleraba discusiones ante un escenario como la revolución cubana. Allí estaban incluso las señoras de las grandes fortunas. Entonces hubo una negociación interna en El Nacional, entre trabajadores y sindicalistas, para salir de todos los sospechosos de filiación comunista. Incluyendo al propio Miguel Otero, que era director, y Oscar Guaramato, que era de la familia. Se salvó únicamente Arístides Bastidas porque era el delegado sindical. Le dijeron: “Tú cobras pero no puedes escribir”. Cambió la directiva. Y fueron dos años de padecimiento, porque duró hasta 1963. A mi me decía Miguel Otero una vez: “Primero pedir limosna en la calle que vender El Nacional”. Hubo muchas ofertas, incluso de El Universal. La familia Otero se salvó gracias a sus reservas y a Gonzalo Barrios, que medió entre Acción Democrática y el gobierno para que aquello no cogiera cuerpo; y porque el Grupo Mendoza no se sumó al boicot. Otro que dejó los avisos fue Cupello, el de la joyería.
El Nacional contraatacó tildando al general que dirigía Sears —comercializadora pionera en el boicot— de tener antecedentes fascistas. Cuando Betancourt salió del gobierno, los directivos del diario buscaron a un hombre que representase una transición: Raúl Valera, que había sido gobernador. Le ofrecieron primero el cargo a Betancourt, pero el líder rechazó la oferta. Después de Valera asumió Ramón J. Velásquez, que venía de la secretaría de la Presidencia. Allí comenzó una etapa larga para que volvieran colaboradores tildados como comunistas. Los fue metiendo por cuentagotas y con seudónimo. Uno de los primeros fue Aníbal Nazoa como Matías Carrasco. Se guardaba el secreto para que no hubiese represalias desde la propia directiva, que vivía atemorizada.
—Yo entré como al año, con un seudónimo que terminó siendo uno de los catorce que tuve en El Nacional.
—Hablemos de revistas: quizás antes se hacían mejores revistas. Elite, por ejemplo, era muy buena.
—Desde su nacimiento en la época de Gómez fue una buena revista, es cierto. Porque dio cabida a valores literarios. A raíz del estallido de la vanguardia en el 28, que provoca represión contra los estudiantes, algunos de esos jóvenes intelectuales, que se restituyeron a la Universidad sin salir al exilio, encontraron en Elite un gran refugio: Carlos Eduardo Frías, que tenía fama de que iba a hacer explotar el mundo de la narrativa a raíz de la publicación de Canícula; Guillermo Meneses, que hacía la crítica de cine; Ramón Díaz Sánchez; el viejo Paz Castillo; y el mismo Uslar. Y en la etapa que va del 54 al 58, la revista se aventura algo más: metieron a Ramón J. Velásquez, que venía de la cárcel y que luego volvería a la cárcel en el 56, supuestamente implicado en un acto terrorista en contra de los miembros de la Junta de Gobierno. Por eso fueron también a la cárcel Chepino Gerbasi, Páez Avila, un hermano de Luis Esteban Rey, entre otros. Recuerdo que regresé en el 56 (de un exilio mexicano que duró cuatro años) y no encontraba qué hacer. Entonces Elisa Lerner me dio el dato de que Ramón Jota estaba de coordinador de la Cadena Capriles. Ramón me dijo: “Búscate un seudónimo y traes tres artículos semanales para Ultimas Noticias y un reportaje para Elite”. Yo estaba de lo más tranquilo hasta que a los cuatro meses agarran a Ramón Jota por ese asunto (en el que estaba involucrado, dijeron, Carlos Andrés Pérez desde Colombia). Ya había llegado otra gente desde el exilio, como Alberto Ravell. Yo me incorporé a La Esfera a mediados del 57, donde estaba Cayetano Ramírez, y en la jefatura de Redacción, Sergio Antillano. Los últimos tiempos de la dictadura los pasé allí y de nuevo con Elite, cuando me metió Antillano.
—¿Podía vivir de eso?
—Sí, yo era estudiante. Por lo de Elite me pagaban 80 bolívares; y por lo de Ultimas Noticias, 40, que eran tres a la semana. Afortunadamente tenía casa y hermanos aquí. Bueno; después siguió siendo una revista política. Había nacido Momento, un año y medio antes de la caída de Pérez Jiménez, donde estuvieron trabajando los tres indocumentados colombianos: Plinio Apuleyo, García Márquez y Luis Buitrago Segura.
La ofensiva anticomunista de los sesenta no sólo sacudió El Nacional: en la Cadena Capriles las cosas también su pusieron difíciles para Sanoja Hernández.
—Lo reconoció después Capriles. En su última entrevista, que la publicó Díaz Rangel, admitió su error al haber desatado esa campaña. Al parecer, estaba dolido porque había ido a Cuba y no lo tomaron en cuenta. Y en cambio había ido Miguel Otero Silva y lo habían recibido con bombos y platillos. 
—¿Y qué hicieron ustedes para sobrevivir, en ese comienzo de los sesenta?
—Intentamos fundar periódicos substitutivos. Uno, dirigido por Díaz Rangel y llamado Crítica, duró dos días. Otro, llamado Voz popular, duró tres días. El único que sobrevivió algo fue El Venezolano, que se fundó en junio del 63, que se editaba en la imprenta de URD, donde se hacía Clarín. Pero hubo problemas con URD, que estaba lanzando a Jóvito para las elecciones mientras el MIR y el PCV propugnaban la abstención militante, y ya en el mes de septiembre el gobierno dio el golpe de gracia, y lo liquidaron; sin embargo se sacó un periodiquito en los dos últimos meses para cubrir el problema electoral, donde estaban comunistas y miristas con seudónimos: un tabloide llamado La Extra, que dejó de salir apenas se supieron los resultados electorales. Para ese momento, el 24 de diciembre de 1963, estoy saliendo yo de la cárcel a petición de la AVP. Fíjate como todavía tenía fuerza.
Se reunió con un grupo de militantes para montar un semanario estilo francés, con mucha opinión, pero el 15 de enero del 64 hicieron presos a Pompeyo Márquez y Díaz Rangel. Sin embargo, el periódico salió y los presos colaboraban desde el cuartel San Carlos. Se llamaba Qué pasa en Venezuela. Mientras tanto el gobierno había clausurado a Clarín, y después URD fundó Intermedio, que no  duró ni quince días.
En esta nueva aventura de Qué pasa en Venezuela involucraron a Orlando Araujo, José Vicente Rangel y Adolfo Herrera.
—Quien trabajaba era Orlando; José Vicente llamaba de vez en cuando y Adolfo nunca se apareció. Después fundamos una separata llamada Qué ideológico y luego En letra roja, un tabloide co-dirigido por Adriano González León y por mi. Colaboraban personas que estaban encerradas en Tocuyito y en el San Carlos. Yo le puse un seudónimo a Pompeyo Márquez, Carlos Valencia, en honor al cuartel y al Estado donde estaba situada la cárcel de Tocuyito.  A Eloy Torres le pusimos Emiliano Tovar; a Pedro Ortega Díaz, Próspero Ortiz; y Teodoro Petkoff era Teódulo Perdomo, T.P. Y así estábamos todos, porque era la semiclandestinidad. Y eso duró hasta 1967.
En 1964 habían comenzado a decaer los grupos intelectuales El techo de la ballena y Tabla redonda. Ya se había fundado el grupo En HAA, en forma de cuadernillo, con una generación más nueva donde estaban José Balza y Argenis Daza, entre otros; estaba la revista LAM, y después Expediente. Había un grupo también, Subterráneo, donde estaban Oswaldo Capriles y Ron Pedrique; y Trópico 1, de Puerto La Cruz, con Gustavo Pereira y Rita Saldivia, a quien después mataron durante la guerrilla en Bolivia. Finalizando 1964 JSH le propuso a Adriano González León convertir En letra roja en vocero de todos esos grupos, y efectivamente, en el número siguiente aparecían los representantes de todos ellos.
Pero eso después no tomó fuerza.
Había un reacomodo de los intelectuales de izquierda, que se estaban cansando de la marginalidad militante. A ello contribuyó la aparición en el Inciba de Simón Alberto Consalvi, amigo de toda esta gente. Por cierto que Betancourt le envió una misiva al entonces presidente Leoni donde le decía: “Ya supe que Consalvi convirtió al Inciba en un aerófago de los ex guerrilleros”.
—Además, se estaba formando una radicalización acelerada con el Mayo Francés y la renovación universitaria, de un tipo no enmarcado dentro del marxismo, sino de las tesis llamadas contestatarias, con las tres emes unidas: Marx, Mao, Marcusse; entonces salen otro tipo de publicaciones. Reventón fue la máxima expresión, pero también las revistas que sacaban las universidades de Mérida y la Católica; era el periodismo underground. Era un periodismo subterráneo, ofensivo, provocador.
—¿Un poco onanista? ¿Empezaba y terminaba en sí mismo?
—Sí. Después, sobre todo los que tenían inclinaciones de izquierda, al formarse el MAS encontraron allí una cobertura. Pero esa es la decadencia. El mismo MAS, que nace con la inquietud de que hay que tener una revista ideológica y un periódico por encima de todo, comienza precisamente con Deslinde, que habíamos fundado nosotros en la Universidad antes de dividirnos. Cuando los masistas se van, nos preguntaron a Federico Alvarez, a Orlando Araujo y a mí si cedíamos el nombre. Y les dijimos que sí. A los dos meses lo cambiaron por Bravo pueblo, y después vino Punto.
A todas éstas, Sanoja Hernández llega a una conclusión, que fue la misma a la que llegó la gente de Punto: los periódicos de partido son costosos, no los lee nadie y mejor es insertar avisos publicitarios en la gran prensa, o escribir como columnistas o como trabajadores en Redacción. Así la cosa resulta más efectiva.
—La censura, en todo caso, al parecer estaba a la orden del día durante los sesenta y los setenta. El caso de Ratto Ciarlo; el de Reventón, que se metió en un caso que involucraba a militares…
—Con la cuestión militar hubo, más o menos por la misma época, a comienzos de los setenta, varias cosas. Había una revista de Pedro Duno llamada Punto negro. Sacó un material de denuncia de la venta de la chatarra militar a Colombia. En El Mundo publicaron ese informe, o la noticia del informe. Llegó  la policía a los talleres de nuestro periódico y no dejaba entrar ni salir a nadie. Rodolfo José Cárdenas (secretario de la Presidencia en ese entonces) llamó a Gustavo Machado y le dijo que el gobierno acababa de allanar a la Cadena Capriles. “Si ustedes sacan alguna nota condenatoria, hacemos lo mismo con ustedes”. Y así llamaron a toda la prensa. Fue una medida torpe, porque eso no se podía ocultar. Lo otro fue lo de Reventón, que se metieron me parece con el cardenal Quintero, y también con otro problema militar.
—Hubo otro caso: el de Resumen.
—Si, pero eso fue ya cuando Carlos Andrés. Fue una confrontación inicial entre Diego Arria y Jorge Olavarría. Ahí se dio el caso de que Betancourt, como estaba en lucha contra Carlos Andrés, se solidarizó con Olavarría; y lo mismo iba a pasar con Poleo después. Lo de Resumen fue grave porque Olavarría, que no cede en nada, contraatacó, y aquellas ediciones eran terribles. Inició la denuncia de un caso que viene a estallar veinte años después, el problema de Cecilia Matos. Todo lo que sería el mundo descompuesto de las relaciones extramaritales de los presidentes estalló con Resumen, lo cual no deja de ser un mérito de Olavarría. Hubo luego un episodio oscuro con Poleo, cuando le asaltaron la casa, ya otra vez con Carlos Andrés.
—¿Cómo ve, hoy en día, la conducción de las diferentes campañas de los aspirantes a la Presidencia, en comparación a las de antes?
—Primero, ahorita no hay campañas. Menos que campañas hay jefes. Se dicen las cosas a través del mutismo.
—Bueno, todavía no hay publicidad [no al momento de la entrevista] porque no hay dinero o porque todavía no es legal.
—Vendrá, pero esto es una campaña de acomodamientos silenciosos, de conversaciones supersecretas; de planes que la misma gente de los partidos no sabe cuáles son.
—¿No observa, entonces, manejo de imagen de los candidatos, de cara a los medios?
—No, no lo observo. Vamos a verlos uno por uno. A excepción de Irene Sáez, no hay una programación de imagen. Porque la de Chávez se la han hecho sus adversarios, no se sabe a cuál costo para ellos. Se les está convirtiendo de una realidad virtual a una realidad real, y ante esa amenaza andan buscando reacomodos que antes no existían. En el caso de Irene se le ha dado una proyección internacional en la creencia de que es una mujer moldeable, fácil de dirigir, de asesorar. Desde luego ha hecho más campaña que nadie, tratando de dar la sensación de que así como se maneja un municipio de 84 mil habitantes se puede manejar un país de 22 millones.
—¿Hay buen reporterismo de política actualmente, o se dejan escapar grandes filones por explotar?
—Creo que la gran mina fue demasiado explotada, y fue el periodismo de denuncia: primero, cansaron  a la gente haciendo de la corrupción un fenómeno banal; denuncia sobre denuncia, no pasa nada y nadie cae preso: eso banaliza el problema. Parece que el último acto de corrupción castigable es el de Carlos Andrés, que viene desde 1985 y que revienta en 1993. 
—¿Cree que adelantos tecnológicos al alcance del periodista, como Internet, significan una ventaja, o contar con muchos datos no implica necesariamente tener más criterio?
—Esa información masiva, heterogénea, bombardeada y simultánea es más veloz que el propio pensamiento. Y desde luego, mucho más veloz que la reflexión, que es una etapa diferente. Puedes salir de ahí informado de todo lo que está pasando en el mundo pero en realidad no sabes qué  es lo que está pasando. Pregúntale a alguien del común qué es lo que sucede en Palestina, qué pasa con Irlanda o lo que significa el euro.
Lo dice un guayanés que ha formado parte de prácticamente todos los periódicos y revistas que en Venezuela han hecho historia, excepto El Universal.