A la sombra del maestro

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Hace dos décadas perdió la carrera hacia la presidencia de la República. Aquella derrota y los acontecimientos políticos de la agitada década de los noventa lo relegaron al olvido. Es Eduardo Fernández quien protagoniza esta entrevista romanceada. Un tigre en la política venezolana, y aunque no descarta retomar el protagonismo que tuvo alguna vez, hoy sólo observa con atención lo que ocurre en el país

Roberto Deniz Machín

La puerta de su oficina es verde. A simple vista, es de los pocos signos que evocan su pasado en el partido Copei. Una fotografía junto al papa Juan Pablo II, tomada en 1985, y la talla de una virgen descubren su fe cristiana. Los periódicos del día y varios libros reposan en una mesa que hace de antesala a su escritorio. Es el despacho de Eduardo Fernández, el tigre. Allí pasa la mayor parte de su tiempo. Ya no es un actor principal de la política nacional, pero la sigue con atención. Para él, los resultados electorales del 23 de noviembre representan “un triunfo de la cultura democrática”.

Hace veinte años pretendió ser presidente de la República. Hoy es presidente del Centro de Formación Arístides Calvani (Ifedec), institución dedicada a la formación de líderes en “cultura, principios y valores democráticos” y a la elaboración de propuestas “sobre las políticas públicas que se debaten en la nación”.

En esa campaña electoral de 1988 obtuvo 43% de los votos. Dos décadas después los opositores a Hugo Chávez cuentan con el respaldo de un porcentaje similar de la población. Se trata de un escenario conocido para el ex-dirigente copeyano, pero asegura que las recientes elecciones tienen otro matiz: ahora el país está más equilibrado políticamente, triunfa la descentralización y revela que los venezolanos quieren dirimir sus asuntos “por la vía pacífica, con votos y no con balas”.

Es optimista con los números que obtuvo Copei, donde militó desde que tenía diecisiete años. Una gobernación, once alcaldías y casi medio millón de votos le permiten afirmar que “la semilla de la democracia cristiana está sembrada y que el partido tiene una presencia significativa en todo el país”. En el recuerdo están las doce gobernaciones y los tres millones de votos obtenidos cuando él lideró a los demócratas cristianos a comienzos de los noventa.

 

El tiempo de los políticos

La política tiene su propia lógica. El tiempo de los políticos es distinto al de otras profesiones. Para algunos la jubilación llega antes de lo previsto y hay quienes envejecen en el poder. “El tigre” lo sabe. Se apartó de la dirigencia de Copei  “sin que nadie me pidiera que me fuera”, sin embargo, continúa “a la orden del país, a la orden de la democracia venezolana”. No le cierra la puerta a una nueva oportunidad en la política, pero su realidad es otra.

“Ahora estoy disfrutando de una experiencia que no sabía que era tan maravillosa: los nietos”.

Son tres: dos niñas y un varón. El tiempo transcurre y va dejando huellas. Cerca de los setenta años (nació en 1941) su apariencia dista de la que exhibían los afiches en la contienda de 1988. Su eslogan era “el tigre es el cambio”, pero pasó el tiempo y “el tigre” fue quien cambió.

De aquella imagen esbelta poco queda. El cabello y las cejas están blancos. No hay arrugas en su rostro, pero los párpados y la mirada no disimulan el paso de los años. Ahora el caminar es más pausado que las trepidantes caminatas que hizo por las ciudades y pueblos de Venezuela para promover su candidatura.

“A la política le debo mucho y a esa campaña presidencial  le debo dos cosas: conocí profundamente la geografía de Venezuela y también su geografía humana. La campaña presidencial me permitió conocer profundamente el modo de ser de los venezolanos, la riqueza inmensa que hay en ese modo de ser de los venezolanos, las cosas grandes y las cosas pequeñas que hay en nuestro modo de ser. Conocí al país geográficamente y humanamente”.

Aquella era otra realidad política: “en esa época los líderes políticos cuidábamos el lenguaje”. Predominaban Acción Democrática (AD) y Copei. Al tigre lo venció Carlos Andrés Pérez, el gocho, y los cimientos del modelo político que rigió a Venezuela desde 1958 comenzaron a desmoronarse.

 

El maestro y el discípulo

El tigre formaba parte de la generación de jóvenes políticos que reemplazaría a los viejos dirigentes, pero la lógica se estrelló contra la política. “Había que darle confianza a la nueva generación para que hiciera los cambios pacíficos y democráticos que el país estaba demandando”.

Las transformaciones no llegaron y el resto es historia. En 1988 Copei apoyó la candidatura de Eduardo Fernández sobre la de Rafael Caldera —quien aspiraba por séptima vez a la presidencia—, pero el fundador del partido no aceptó en buenos términos la decisión y decidió pasar a la reserva. “Era una manera de decirle a los venezolanos: yo que lo conozco, no le tengo confianza a este candidato, por lo tanto prefiero que voten por otro”.

Así fue. Ganó Carlos Andrés Pérez.

Hasta entonces la relación entre Caldera y Fernández había sido la de un maestro y su discípulo. En 1992 volvieron a tomar caminos distintos. El tigre condenó inmediatamente, a través de las cámaras de televisión, el golpe de Estado del 4 de febrero, mientras que Caldera navegó entre la reprobación y la justificación de la intentona militar. “La democracia no puede existir si los pueblos no comen”, exclamó el fundador de Copei ante el Congreso con aquella voz quebrada que siempre caracterizó sus discursos.

Un año después, Caldera volvía a ser presidente de Venezuela y el tigre empezaba a extinguirse de la fauna política nacional.

“Mucha gente me dice que eso me quitó la presidencia de la República, pero yo prefiero no haber sido presidente y no haber estado politiqueando con una crisis de aquella gravedad y de aquella magnitud para darme el gusto de decir yo fui presidente”.

La madrugada del 4 de febrero de 1992 sintió que era “testigo del fracaso” al ver la resurrección de “las cosas más primitivas, salvajes y bárbaras de la historia venezolana”. Lo peor vino años después. Cuando Caldera le entregó el poder a Hugo Chávez en 1998 la tristeza era el único sentimiento. “Es verdad que volvió a ser presidente, pero ¿a qué precio? A mí me resultó dolorosísimo ver a Rafael Caldera entregándole el poder y la banda presidencial a un insurrecto que había conspirado contra las instituciones durante tantos años”.

Cada día que pasa está más convencido de que la presidencia de Rafael Caldera “no justificaba de ninguna manera haber tenido la actitud complaciente, la lenidad que tuvo en relación con ese golpe”. Sin embargo, en sus palabras no hay rencor, ni adjetivos altisonantes para el que fue su maestro, para “el doctor Caldera”.

Ahora aprovecha el tiempo en las aficiones que sacrificó durante los años de figuración política. Compartir con su familia, viajar, escuchar música clásica y, sobre todo, leer son las cosas que más disfruta. En su escritorio está una de sus próximas lecturas: El pasajero de Truman. Es la novela más reciente de Francisco Suniaga, quien narra la historia de Diógenes Escalante, otro venezolano que estuvo cerca de convertirse en presidente de la República y tampoco lo logró.

 

Diciembre 2008