Aprender del fracaso

elia1 (Small)Elia Schneider dirigió con éxito Huelepega (1999) y Punto y raya (2004), película con la cual logró la única nominación de Venezuela a los Globos de Oro. Ahora regresa como productora de Un lugar lejano (2008), pre-nominada al Oscar y, aunque ha evolucionado su forma de hacer cine, su reto sigue siendo sobrevivir en un país en donde se desconfía de lo nacional

Anyimar Cova Lugo / Cursante actual de Entrevista Periodística

Se abre la puerta y la periodista cruza el impecable portón blanco. Sin pronunciar palabra alguna, el vigilante hace una seña hacia la derecha, indicando dónde queda  el ascensor de servicio. Como si se tratara de alguien conocido, no se molesta en ofrecer la entrada principal. Cuando  el aparato llega al piso cuatro, se abre la puerta y de inmediato se observa el mesón de la cocina a medio servir. Los Novoa-Schneider prefieren ese espacio, y no el comedor, para cenar. Aparece entonces Elia Schneider, quien sólo disfruta entrar a la cocina de su casa cuando le toca hacer ensaladas y tortas. Pero este no es el caso.
La directora de Huelepega (1999) y Punto y raya (2004); productora de Sicario (1996) y Un lugar lejano (2008), sólo por mencionar algunas de sus películas, está dispuesta a conversar no más de un par de horas. “Agarra una silla y vente para acá. Tengo un compromiso de última hora”, dice mientras abre la puerta de una oficina en la que abundan libretos, premios, presupuestos y fotos. En fin, un montón de cosas de su esposo, el también director de cine José Ramón Novoa, y de su hijo Joel, recién graduado en Derecho.
Ella, con ese apellido foráneo, nació en Caracas como fruto de un matrimonio entre sobrevivientes del Holocausto, quienes vinieron a recuperar las esperanzas perdidas en un país que nada tenía que ver con la Alemania de aquellos días. Durante su infancia vivió en San Bernardino, donde jugaba con su inseparable muñeca Ginny, al tiempo que dirigía a sus amigas en improvisadas obras de teatro. Tenía siete u ocho años.
Desde muy joven se interesó por la danza y el ballet clásico, así como en la coreografía y dirección para teatro, formación que obtuvo en la Universidad de Nueva York. Fundó el Grupo Teatro Dramma como espacio para explotar la acción y la música sobre las tablas, con temas que le tocaban muy de cerca como la soledad, la desesperanza y la incomunicación. Y es que la historia de vida de sus padres la mantuvo sumida en la misma lucha por mantenerse a flote, y le dejaron su aversión por las religiones. “Había muchas cosas que yo no entendía. Tenía muchos sentimientos que no sabía cómo manejar y me llevó mucho tiempo entender la naturaleza del hombre”, dice la también psicóloga, egresada de la Universidad Católica Andrés Bello.
Nunca estudié Psicología con la idea de ejercer. Lo hice sólo con la intención de entender muchas cosas de mi vida. Estuve casi seis años en terapia y tuve un gran aprendizaje de mi misma y mi relación con los demás.
¿Y del cine nacional?
Un lugar lejano es la película dirigida por su esposo y producida por ella, de forma conjunta con Argentina y España, la cual fue pre-nominada al Oscar y seleccionada como competidora oficial en el Festival de Cine de La Habana. “¿Por qué hacemos siempre coproducciones? Porque nunca se consiguen fondos suficientes dentro del país”, asegura sobre un filme que costó más de 900 mil dólares. Y es que lograr que  alguien crea en el cine venezolano resulta difícil. La primera vez que el proyecto de Un lugar lejano concursó en el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC) fue rechazado, aun cuando contaba con la aprobación de los otros dos países que participarían en la producción. Al año siguiente, se volvió a presentar sin cambios y fue aprobada por unanimidad. “A ese nivel es la cosa. Tú  ya no sabes si se trata de que no soportan el éxito, no te explicas qué pasa allí”.
Recuerda entonces lo que pasó con Sicario (1996):
Cuando Sicario participó en Biarritz como mejor película, el agregado cultural de la Embajada de Venezuela ya le había puesto resistencia total para que no concursara. Cuando gana el premio hay dos periodistas de El Nacional que se acercan a José Ramón y le dan un cuestionario de preguntas. Atiendo la llamada y me dicen: ‘Dile a José Ramón que mejor responda este cuestionario porque si no escribiremos lo que queramos’. Todo porque una película venezolana era reconocida internacionalmente. Una cosa incomprensible.
Schneider considera que el star system estadounidense no ha permitido el avance del cine nacional y buena parte de la responsabilidad la tienen los dueños de medios de comunicación. “Observa la forma cómo se venden las películas norteamericanas. Vas a cualquier tapa de revista y aparece Tom Cruise con su dieta o con un perfume. Es mercadeo puro. Es mucho más importante para Tom Cruise vender el perfume que la película. Comercian estilos de vida ¿Por qué no hacen eso con el star system latinoamericano? Muchas veces sentimos que trabajamos cinco años para nada, nuestras películas deberían tener acceso a los mercados. Cómo será que con este Gobierno, con quien nosotros creíamos que eso iba a cambiar porque daba la posibilidad de que fuese así, es peor todavía. Nunca habían hecho tanto dinero los distribuidores con las compañías estadounidenses”, sonríe con ironía.
Tocan a la puerta. Entra José Ramón para pedirle que concluya la entrevista. Ella lo mira a tiernamente pidiendo unos minutos más. Apenas se cierra la puerta, ella sonríe haciendo un gesto infantil, como quien hace una travesura.
Aunque sobre su edad sólo se limita a decir que cree en que la mujer debe ser coqueta con eso, no vacila al decir que son 27 los años de vida en pareja que tiene con José Ramón Novoa. “Lo conocí en el Festival Internacional de Teatro en Venezuela. Él era el director adjunto del sistema internacional. El mismo día fue el flechazo y a partir de allí nunca nos separamos”, comenta entre risas de quien ha sido su compañero de vida y trabajo. “Es una relación muy buena, yo no me imagino haciendo lo que hago de otra forma. Nunca he trabajado totalmente sola, empujando solita mis proyectos. Siempre lo hemos hecho juntos”. Pero no lo lograron a las primeras, con Agonía (1986) aprendieron la lección que les serviría para toda la vida: “La película estuvo un día en cartelera y todos los fondos los pusimos José Ramón y yo. Salimos muy heridos, pero también aprendimos a trabajar juntos. Ahora hay mucho respeto, es un poco también ponerse en los zapatos del otro. Eso no quiere decir que no haya encontronazos ni peleas, pero al final terminamos poniendo la paz”. Y si no lo logran a las primeras siempre intervendrá Joel, el hijo del matrimonio, quien muchas veces debe negociar entre padres de carácter dominante. “Él ha entrado a ser el balance ente nosotros dos”. El secreto de esta triada de amantes del cine está en la solidaridad y el respeto.
Repica el teléfono, es su esposo otra vez, insistiendo con que termine la entrevista. “Diez minutos más, ya voy”. Cuelga pidiendo con una seña acortar el encuentro.
Esos días por venir
El 24 de marzo del próximo año por fin estrenará la pieza Des-autorizados, una coproducción entre Colombia, Perú y Venezuela, que muestra la historia que ocurre en la imaginación de una escritora. Con esta película Schneider cumple el sueño de convertir en locación a dos importantes sitios de Caracas: El Calvario y el Hotel Humboldt. En el filme se mezcla la ficción con la propia realidad de los personajes.
“Una obra de arte es sobre todo una aventura de la mente”, repite una cita de Ionesco que se encuentra en el borde de su escritorio. “El creador no para, uno siempre está comenzando porque si trabajas sobre algo que ya conoces, no estás haciendo nada nuevo”.
También tiene dos proyectos: Tamara, una ficción que cuenta la historia de Tamara Adrián (transgénero que lucha porque se reconozca su identidad como mujer). Por otro lado está Unfit, una posible coproducción entre Australia, Inglaterra y Canadá, que trata sobre la campaña de esterilización que hubo en Estados Unidos por problemas de raza.
La única fórmula para hacer buen cine es no tener fórmula. Hay que tomar proyecto por proyecto y poner el foco donde se tiene que poner.
Por las frustraciones y satisfacciones que ha vivido durante sus más de 30 años de carrera artística, a Elia Schneider no le interesa si un día despierta en Caracas o en Nueva York. Esta venezolana, ciudadana del mundo, como se define, está segura de algo: “Hace tiempo me hubiese encantado que me reconocieran aquí, que me hubiesen dado las opciones que le dan a un artista en cualquier parte del mundo”. Pero sin importar dónde se encuentre, seguirá haciendo su trabajo y todas las mañanas se dirá lo mismo: “Caray, no me arrepiento de las cosas que he hecho”.