Armando Coll, un ser amniótico

COLLPoeta, periodista de cultura, guionista de cine y televisión y, desde 2008, escritor de novelas. Armando Coll es eso y mucho más: un humanista en extinción, un hombre que decidió vivir de la escritura en cualquiera de sus formas. He aquí su perfil

 

Vanessa Haces Gonzatti

Un miércoles cualquiera en la mañana, un hombre blanco, canoso, con lentes de pasta que ocultan sus ojos verdes, cruza la Cuarta Avenida de Los Palos Grandes. En el abastos todos lo conocen porque es la misma zona donde creció. Es su elemento natural; todo lo hace caminando. Parece ser el reflejo de una clase media preparada para habitar en un país del primer mundo, que quizás sólo tiene cabida en esas pocas cuadras que conforman la urbanización.
Nacido en Caracas en 1960, estudió en el Colegio Emil Friedman, donde aprendió a tocar violín y recibió una formación musical intensa. Sin embargo, siempre supo que ese no sería su oficio. Vivió un tiempo en el Reino Unido de niño cuando a su padre ─médico y profesor universitario─  lo mandaron a trabajar allá, por lo que su pronunciación del idioma extranjero tiene un claro distintivo británico.
A pesar de haberse dedicado al periodismo cultural desde que entró a El Diario de Caracas, se graduó en la Universidad Católica Andrés Bello como comunicador social mención Audiovisual. Como él mismo dice, siempre tuvo el gusanito del cine. Pero antes pasó por las páginas de El Nacional y Economía hoy.
Su timidez es relativa. Cuando era joven le avergonzaba hacer ciertas preguntas porque sentía que importunaba al entrevistado. Afirma que la educación que se imparte en la casa sobre el respeto al otro no coincide con la entrevista que es siempre una agresión al otro. Pero algo en él lograba encontrar empatía con su fuente y con su entrevistado, quien por lo general era escritor, porque él es básicamente un escritor con diferentes propósitos: a veces informar, otras crear ficción y otorgar material a un director para que haga una película.
 
El amniótico caraqueño
Habla pausadamente y así observa su entorno. Uno de sus amigos más cercanos,  Alberto Barrera Tyska, sugiere que Coll tiene un “talante contemplativo, una aparente inmovilidad en la que pareciera refugiarse, para observar y vivir la realidad con cierta distancia, con la distancia que dan las palabras, la lectura y la escritura”. Quizás por eso se considera un ser amniótico. Barrera Tyska cree que “ha construido su propio útero, su propio espacio de protección, donde  existe un poco aparte de las leyes de tránsito que rigen el mundo”.
Caracas es, para Coll, su líquido amniótico. Tiene que ser Caracas, no puede ser otro lugar, ni el interior del país ni el extranjero. Recuerda cuando vivió en Ciudad de México a los 35 años de edad, y estuvo al borde de varios ataques de pánico lejos de su ciudad. Definitivamente es amniótico: después de dos matrimonios volvió al hogar materno, el mismo apartamento que había sido de sus abuelos.
Ese útero desde el cual ve la vida no le impide ser parte de su realidad, pero con una aparente contradicción: su calma. Para formar parte consciente de una ciudad que siempre está en movimiento, sus movimientos son pensados y sus palabras también. Ha logrado dominar el arte de la apariencia, porque asegura que el ritmo del periodismo siempre le ha creado una agitación interior intensa, especialmente cuando trabajaba como jefe de Información Cultural en El Nacional cuando tenía su sede principal en El Silencio.
Y la contradicción se intensifica. Un hombre en aparente calma, que se funde con Caracas hasta la médula pero se aleja para crear su propio universo desde el cual observa la ciudad. Tanto así que publicó un libro en noviembre con editorial Alfaguara, Close up, que critica desde adentro y desde afuera a la clase pudiente venezolana.
Barrera Tyska dice que “su forma de estar en la realidad, de negociar con ella, de dejarse tocar y de devolverle una respuesta, está marcada por una sensibilidad”. Quizás no es una contradicción sino una dualidad.
 
Viciosamente crítico
Además de una dualidad es también un arma de doble filo. Su vicio es la crítica, especialmente a sus colegas. Lo sabe, lo admite, e intenta no incurrir en ella pero es un camino predecible. El tema del periodismo cultural en Venezuela le genera opiniones fuertes. Considera que el espectáculo y la farándula no forman parte del periodismo cultural, y que debe haber espacio para el análisis. Esa postura fue la que lo alejó de las páginas de cultura de El Nacional.
Como guionista de televisión y de cine, afirma que el cine aquí está hecho por impacientes, y deja la modestia a un lado cuando dice sin tapujos que la película que escribió, El tinte de la fama, es la mejor de 2008. Es una película que ha tenido buena crítica, poca promoción y poca taquilla. Defiende a capa y espada el rol del guionista: ante todo escritor, que conozca la literatura y que le otorgue consistencia a una historia.
 
Close up y personal
La novela que publicó tiene como eje central una amistad no convencional entre un periodista y una relacionista pública mayor que él. La historia personal de Coll, con dos matrimonios fallidos, indica que quizás la amistad es la relación sobre la cual deposita más importancia. Para él, la amistad es un diálogo, no algo invasivo; y definitivamente no es la relación de conveniencia que viene de un interés comercial o social.
Su amigo Albinson Linares cuenta sobre Coll: “Suele alejarse, quitarse de en medio para no estorbar y dejarnos a nuestro aire, pero es omnipresente. Siempre está contigo en las buenas pero, sobre todo, en las malas.” Sin embargo, es selectivo y exigente.
Linares hasta se atreve a decir que “es jodido y muy difícil con sus amistades. Como las cosas más exquisitas de la vida, como el caviar, los erizos de mar, los huitlacoches y los vinos jóvenes y astringentes, Armando Coll es un gusto adquirido. Una maravillosa mala costumbre”.
Un gusto adquirido, como lo es la poesía a la cual se dedicó antes de incursionar en el periodismo.
Con respecto al matrimonio, no es de los que logra adaptarse a ese estilo de vida. Discute que el matrimonio y la familia no son como los vende la televisión. “La felicidad no es la que aparece en las cuñas de detergente”, dice. No se resigna, sin embargo, a creer que una pareja no pueda quererse toda la vida a pesar de infidelidades y traumas, pero tiene que mantener un elemento clave: la amistad. “Cuando tienes un logro sólo el verdadero amigo te acompaña, sin envidia o con envidia sana”.
 
El escritor
Tal vez por eso entiende por qué colegas escritores no le han dicho nada sobre su novela. Piensa que entre el círculo de escritores, que invariablemente se cruza entre sí en Caracas, hay miedo de confrontarse con el talento del otro. Algunos colegas lo llaman para preguntarle qué opina de sus obras, pero él no lo haría.
La escritura es a la vez su vocación y su salvación. No quiere que haya una sola línea que escriba que no se rentabilice porque sabe que es bueno en lo que hace. Por eso dejó su columna en Tal Cual, aunque a veces quiera retomarla. La situación política lo emociona hasta llevarlo a la risa irónica. De pronto su habla se vuelve más rápido. ¿Escritura como salvación? Sí, de la rabia que le produce que la idea de país para el cual le prepararon sea un espejismo. “Lo primero que nos enseñaron fue a cumplir las reglas así que nunca me imaginé que iba a vivir en un régimen despótico. Todo se ha venido abajo”.
Vuelve la contradicción: su imposibilidad de vivir fuera de Caracas, pero a la vez su posibilidad de vivir sólo cerca de las cuadras que marcaron su juventud. Él está allí, como la Caracas paralela que lee, que critica, que camina por las calles de Los Palos Grandes con  calma aparente, porque ni el periodismo ni la ciudad le pueden quitar la agitación interior intensa.

Febrero 2009