Sobre TEM

EL DIARIO (Small)Tomás Eloy Martínez acaba de morir, a los 75 años, en Buenos Aires. Maestro de periodistas, escritor de renombre sobre todo a partir de Santa Evita, vivió en Venezuela varios años y dejó enseñanzas que pueden rastrearse en las páginas de El Diario de Caracas

 

Sebastián de la Nuez

No llegué a compartir sino unos meses cuando fui pasante en El Diario, desde su nacimiento en 1979 hasta principios de 1980. Era Tomás Eloy un caballero talentoso, alma de la Redacción y referencia de donaire y mundanidad para la generación que allí daba sus primeros pasos. No era director, porque el director era un coterráneo suyo llamado Rodolfo Terragno –el que nos inculcó aversión a la firmitis−, sino jefe de Redacción.
Lo aprendido con Terragno, Tomás Eloy y con algunos otros sureños (venían huyendo de las dictaduras del cono sur) que se pusieron a cargo de este periódico y a las órdenes de un emprendedor Diego Arria son cosas que quedan para toda la vida. En especial, la idea de ser precisos con las palabras, y que en cada línea de la nota haya un dato corroborado. Por otra parte, la contextualización de la información, lo cual significaba en la práctica no conformarse con lo que dijera una gacetilla de prensa, un cable o una fuente en particular. Siempre había que buscar más. En lo personal, apreciábamos en Tomás Eloy la inteligencia y la capacidad para mostrar los errores sin herir.
Los aportes de Tomás Eloy al periodismo venezolano perviven hasta hoy. De su propia mano se hallan en editoriales, artículos y entrevistas que hizo para El Diario así como para Papel Literario de El Nacional. En el libro Lugar común la muerte, que aquí editó Monte Ávila, recoge trabajos que hizo sobre los poetas Ramos Sucre y Vicente Gerbasi, así como sobre el novelista y cuentista Guillermo Meneses. Muchas veces he puesto de ejemplo en mis clases de la Universidad Católica la manera en que recrea los últimos días del poeta cumanés, vagando en Europa “de sanatorio en sanatorio”, introduciéndose en su mente perturbada por el insomnio. Tomás Eloy ilumina terribles despertares a partir de su consulta de notas, informes y cartas: aquel martirio que debieron haber sido los últimos días de Ramos Sucre.
Las enseñanzas de Tomás Eloy, y en general del ambiente febril que se vivió en la Redacción de El Diario durante aquellos meses a comienzos de la década de los 80, semejan un estallido en la distancia, como una bombona a gas que se rompe y de ella emanan posibilidades que fueron directamente a nuestras conciencias ávidas. De allí surgen caminos, luces y vericuetos del periodismo –fuentes no explotadas, personajes nunca vistos en la prensa tradicional, fotos de Luigi Scotto con fuerza narrativa independiente.
Me han hecho la pregunta sobre si el periodismo que nos dejó El Diario, es decir, el que nos dejó TEM, se ajusta o no a la actualidad; si lo que representaba TEM se lee hoy, de alguna manera, en la Prensa nacional. Eso puede ser objeto de una larga discusión, tema para un foro. Creo que, en general, no. Porque el periodismo que proponía privilegiaba la crónica y la nota de interpretación, exigía el cuidado por la palabra y la valoración exacta del apoyo gráfico. El Libro de Estilo de El Diario de Caracas sigue siendo, hoy, un ejemplo para la redacción profesional, algo que pone distancia entre el verdadero periodista y el aficionado, sobre todo en estos tiempos cuando cualquier ciudadano de a pie puede inmiscuirse en ese terreno porque las nuevas tecnologías así lo permiten. Pero siempre habrá una brecha entre el profesional y el aficionado. Ser profesional no es cuestión de alimentar un blog, mandar rumores por twitter o hacer una foto con Blackberry de un suceso. Las nuevas tecnologías no lo dan todo. No dan la ética de la palabra ni el enfoque multiangular de quien cultiva su espíritu y su talento en función de recoger y narrar realidades. Tomás Eloy acuñó esta frase:
El lenguaje del periodismo futuro no es una simple cuestión de oficio o un desafío estético. Es, ante todo, una solución ética. Según esta ética, el periodista no es un agente pasivo que observa la realidad y la comunica; no es una mera polea de transmisión entre las fuentes y el lector sino, ante todo, una voz a través de la cual se puede pensar la realidad, reconocer las emociones y las tensiones secretas de la realidad, entender el por qué y el para qué y el cómo de las cosas con el deslumbramiento de quien las está viendo por primera vez.
Se llevó a una venezolana a quien conoció en El Diario, Susana Rotker. A ella le abrió las puertas de una vida dedicada al estudio histórico de la crónica –también de otros estudios, pero ése es el que mejor conozco−, y ella seguramente supo catalizar su talento, sosegarlo lo suficiente para concentrarlo en la escritura y la academia. Quizás un trasunto oscuro de esa relación emane de la novela El vuelo de la reina. Fue seguramente, y en todo caso, ese tipo de relación rica en alimentaciones mutuas. Se la llevó con su belleza y sus reseñas cinematográficas, pero la mejor reseña que se me quedó grabada fue, a viva voz, del propio Tomás Eloy. Era un día de semana muy temprano, cuando aparecía esporádicamente en un programa mañanero de RCTV (creo que fue antes de la era Marietta Santana) que producía o cuyos guiones escribía: recomendó, junto a María Teresa Arbeláez y desde su fascinación, una película  que sonaba muy rara,  Blade runner. Su entusiasmo atravesó la pantalla y con ese espíritu fui a ver lo que es hoy una de mis diez preferidas de todos los tiempos. 
 Anécdota final
La dedicatoria que me puso con letra redonda y cuidada en Lugar común la muerte dice “Para Sebastián, en memoria de días deportivos y felices, con la amistad de Tomás Eloy Martínez”. Me había ofrecido la cobertura de deportes, a mí, un pasante que sólo sabía de eventuales batacazos en La Rinconada. Me dijo que no importaba que no supiera de deportes, que lo principal era que escribía bien. La sección deportiva, tal como estaba pensada al principio en El Diario, habría de ser más bien vitrina de las disciplinas más elitistas (el diario apuntaba a un target reducido pero con alto poder de liderazgo) como por ejemplo tenis, golf y automovilismo. Así que a Tomás Eloy le bastaba con eso y que fueran reseñas bien escritas. A él le bastaba pero a los lectores no: a los pocos días escribí, por descuido, que Roberto Mano ‘e Piedra Durán era puertorriqueño, y llamaron o escribieron decenas de personas protestando por el exabrupto. En Venezuela pueden alterarse cifras en la sección de economía de un medio sin que nadie se dé cuenta; pero si escribes de deportes o de salsa, haz de estar muy enterado. El público no perdona deslices. Ese tipo de matices de nuestra propia idiosincrasia quizás se le escapara a Tomás Eloy aun tras años en el país y aunque él mismo se venezolanizó de cierta manera. Aprendería, con el tiempo y ya desde su ciudadanía universal, acerca de otras mecánicas nacionales que emparentaban su pueblo con el nuestro, esas mecánicas desgraciadas y tan latinoamericanas teñidas de militarismo, que lo alarmaron en la distancia. Tal vez por eso sus últimos artículos sobre Venezuela fueron testimonio no tanto de su perplejidad como de su decepción.