Cinco centavitos de fama

portada 5 centavitos Oswaldo Morales[1]Nació humilde y acaba de morir humilde. Vivió durante cuarenta años en Los Magallanes de Catia, calle Gobernador. Oswaldo Morales, compositor y cantautor, nunca permitió que sus sueños caducaran. Tuvo genio y voluntad para editar 21 discos, varios exitosos y premiados, sobre todo en los años sesenta. Esta entrevista fue la última que se le hizo. Acaba de ser enterrado en el Cementerio General del Sur

 Rossana Agüiño C. / Cursante de Entrevista Periodística

Todavía creaba, componía, enseñaba y cantaba al momento en que se le hizo este trabajo. Cuatro, guitarra, mandolina, arpa, bajo, piano: tenía intuición para todo. Pero sobre todo, era un venezolano cabal. Un caballero de tez morena y voz melodiosa.
A los 65 ya no iba a tantos toques como antes. Por lo general estaba en casa. A finales de diciembre, Oswaldo Morales dejó definitivamente las presentaciones en público pues una gripe lo dejó afónico y él, que siempre se había cuidado las cuerdas vocales –nunca bebía líquidos fríos−, no las iba a forzar después de viejo. Empezando 2010, una leve infección en una pierna vino a sumarse al cuadro. La cosa fue empeorando hasta que la familia lo llevó, obligado, a un hospital el lunes 8 de febrero, antes de carnaval. De allí no saldría más, y ahora ha dejado a un montón de amigos huérfanos que quieren por su temple, por su genio, por su manía de buscarle las vueltas a todo el mundo a través de su signo zodiacal.
Grabó 21 discos, no es algo de lo que cualquiera pueda ufanarse. Dejó dos hijas de dos mujeres diferentes más dos nietos. Dejó, además, una estela que es la del querer. Y esa sintonía con la música a la que estuvo conectado desde que su padre, en los años cincuenta, reuniera a un grupo de serenateros en la casa familiar en Lídice. Le gustó cómo tocaba el cuatro uno de aquellos señores. El instrumentó ejerció sobre él cierta fascinación.
 
Antes de deslizarse
En su estudio –quizás 5 metros cuadrados− atiborrado de instrumentos de cuerda habló para este trabajo. Contó que, a los dos años, quedó sin poder utilizar sus piernas debido a una simple lluvia; tos y grandes cantidades de penicilina inyectadas vinieron con ella. Una bronquitis que lo debilitó hasta orillar la muerte. Sin embargo, se salvó, pero el virus, o lo que fuera aquella maldición, se le instaló en las piernas para siempre.
Desde entonces se defendió con la música. Hasta su verbo al hablar era melodía, y sus palabras, hiladas con ritmo.
Cree en cosas no tangibles: “En mi vida pasada me burlaba de aquellos que tenían problemas físicos”, dice. Y agrega:
Desde entonces, vengo pagando mi karma. Yo creo mucho en esas cosas y vaya a donde vaya tengo que cargar con esto.
A su edad no ha abandonado ni supersticiones ni las señales astrales. Le apasionan, también, las ciencias que predicen el destino de las personas y pronostican sucesos.
 
Constancia y perseverancia
Había nacido en Lídice, parroquia La Pastora; sin suficiente dinero en casa –fue uno entre doce hermanos− no hubo estudios universitarios ni profesores particulares. Pero supo observar a los amigos de su padre que iban de vez en cuando a la casa. En las noches escapaba a hurtadillas para hacer toques con amigos: salía con las muletas y regresaba antes del amanecer. Después, gracias a la colaboración del guarachero Víctor Piñero, en Radio Caracas Televisión se le cedió un espacio en el programa Matinal en su casa, transmitido todos los domingos a las diez de la mañana. Allí comenzó a surgir su estrella. Su hermana menor, Ofelia Morales, recuerda: “Nunca contó con el apoyo de nuestros padres, siempre se negaron a que él cantara, a que demostrara con su voz que la música lo era todo”. Sin embargó, se empeñó.
 
Tan sólo cinco centavitos
En su pequeño estudio, poco antes de bajar la empinada cuesta del final, Morales habla pausado y añora aquella época de los sesenta. Fue mujeriego y lo admite.  Quiso ser cantante y lo logró. No le llevaba la contraria a la madre; según su propia versión de los acontecimientos, sólo buscaba demostrar sus capacidades. No estaba dispuesto a ser un inútil.
Cinco músicos, cinco signos, cinco centavitos. Le preguntaba a sus músicos de qué signo eran para saber a qué atenerse. Por los signos de los integrantes de su orquesta −cada constelación lleva su impronta, su destino, su sino− se guiaba. Para 1962 ya había lanzado su primer long play, adaptando boleros y guarachas a su estilo. Incursionó en la balada, abordó el pasaje criollo, grabó cosas bailables.
Con el cuarto disco floreció la fama. A los 21 años y con Cinco centavitos, los compromisos aumentaron y conoció, además de todo su país, Costa Rica, Panamá, Colombia, El Salvador y Curazao. No hay aires de grandeza en la historia que cuenta, pero sí seguridad en cada una de sus palabras. La canción se la dio a las dos emisoras más populares de entonces, Radio Rumbos y YVKE Mundial.
La canción es colombiana, de Héctor Ulloa, y a pesar de que el primero que la graba es un peruano, fue Oswaldo quien la popularizó: el 20 de junio se cumplen 43 años desde que se grabó este tema, y Oswaldo todavía la canta en el mismo tono, en re menor.
Eso es lo que recuerda y Frank Cádiz, encargado de tocar el bongó en el grupo. A Frank lo llaman el negrito y es libra. También forman parte de la banda Edgar Rujano (tumbadora y conga, acuariano) y  Alexander Bracamonte en el tres, entre otros.
Tiene unos cincuenta reconocimientos en la sala de su casa, premios como el Discómetro Musical y el Guaicapuro de Oro. En 2006, durante la celebración del natalicio de Lisandro Alvarado, en la plaza que lleva su nombre –Propatria− le entregaron una placa de reconocimiento: “Patrimonio cultural artístico del municipio libertador, por su trayectoria artística y sus años como profesor”. Así quedó inmortalizado en la placa.
Es amigo, hijo, hermano y padre, pero sobre todo maestro. Han pasado varias generaciones por este estudio, y no sólo ha enseñado a los muchachos a tocar cuatro y guitarra; también a cantar y a vérselas con el bajo, la mandolina y el arpa. “La pedagogía es querer y saber enseñar”, asegura mientras arregla uno de los instrumentos de su salón. Otro reto, porque es lutier. Aprendió a reparar instrumentos porque por ahí cobraban demasiado caro por ese oficio. “Partiendo del punto de lógica todo tiene solución”, es su consigna.
¿Y el pago por el trabajo como maestro? Pues no es fundamental. “Les digo que le pregunten a su cartera cuánto creen que me pueden dar, no les cobro ningún precio específico. A mí nadie me enseñó, yo aprendí por mi propia cuenta”.
 
En la lucha por la locha
En esos días de diciembre de 2009, que fueron sin saberlo los últimos de su vida, andaba molesto con la piratería. “Ha embromado tanto a los compositores como a las disqueras. Hoy en día ya ni las disqueras existen, están allí pero no funcionan”. Estaba preparando un álbum para el día de la madre, tenía nueve temas listos en un demo pero nunca llegó a terminarlo. Le faltaba, según dijo, presupuesto. A pesar de todos los pesares, conservaba su voz y su entusiasmo. Seguía leal a sus fieles, considerándose “un rockolero de la época. Si en verdad me merezco algo, búsquenme”.
La madrugada del 12 de marzo le dio un paro respiratorio. Falleció en el Hospital Militar. Este lunes 14  le harán un homenaje en YVKE Mundial a las 9:00 am. El conductor del programa es Ramón Guárate, amigo, como muchos otros que ha dejado aquí y allá, cargando una nostalgia que se devuelve con sabor agridulce cada vez que lo escuchan en esos viejos discos de acetato.