Con la vida en contra (I)

→ Este trabajo fue originalmente publicado en la revista SIC en mayo de este año. Es la crónica de una tragedia, de un empeño y de una esperanza. Eulogia –todos los nombres han sido cambiados− es la protagonista

→ A ella, cuya hija ha sido condenada a muerte por un distribuidor de drogas,  no le queda tiempo para llantos: su único descanso es aquel que le reservan cuatro horas de sueño cada noche. Lo demás es bolsa. Bolsa tras bolsa, o plancha en mano, saca de donde no tiene para pagar las arepas y las boletas a catorce hijos y nietos

Sebastián de la Nuez

Para llegar donde Eulogia, es decir, a la casa donde está viviendo con su hermana y catorce menores de todas las edades, no hay que andar demasiado. Sólo ir a Guarenas, darle la vuelta a una redoma, regresar como si uno fuese a tomar la carretera vieja y subir por una de las dos cuestas que ofrece el cerro, ahí mismito. Hay una parada de autobús donde mataron hace tres años al segundo de los hijos de Eulogia. De allí suben esas dos cuestas bien empinadas, una a la izquierda y otra a la derecha. La casa se consigue subiendo por la derecha. Al llegar a una santamaría pintada de colores y adornada con abolladuras de balazos, bajas una hilera de escalones de cemento desiguales, pasas la capillita pintada de azul que le pusieron los vecinos a dos jóvenes asesinados en el lugar y, poco más abajo, encuentras la casita rodeada por una cerca Alfajol. De bloques, con rejas de hierro en las ventanas, pintada de amarillo.

Desde el terreno aledaño observas la autopista que comunica con Guatire donde los carros en miniatura van y vienen. Es la misma vista que puede tenerse desde un avión; pero encima del barrio donde vive Eulogia con su hermana y la muchachera hay tres o cuatro barrios más. Casi cualquier cosa que uno le pregunte a Eulogia guarda relación con algo que queda por allá encima. “¿Dónde es que usted busca los materiales para hacer sus cuatro mil bolsas semanales?” “En un sitio que está por allá arriba”. “¿De dónde viene el señor que le alquila la lavadora los domingos, por sesenta bolívares de los de ahorita?”. “Guá, de allá arriba”.

Lo único que queda arriba de manera tangible es la escuela, con su cancha para jugar futbolito y una puerta azul. Casi todos los niños que viven con Eulogia entran a la una de la tarde y permanecen allí hasta la cinco: les dan una especie de almuerzo compuesto por arepas y un vaso de leche. Los niños que rodean a Eulogia parecen haber salido de un anuncio fotografiado en el Caribe. Con su piel recién estrenada y los ojos como aceitunas de vidrio, se le quedan mirando al periodista como si hubiera llegado vía expresa desde Marte. Pero lo que debe decirse de una buena vez es que Eulogia los saca adelante a todos, sean hijos o nietos heredados de los padres que se han marchado o han muerto. Los saca adelante con la fuerza de su voluntad de acero inoxidable. No hay fisuras por donde pueda escaparse el desaliento en su vida cotidiana que comienza a las 4:00 am y termina a las 12:00 de la medianoche, hilando y pegando bolsas. No se da tregua. En algún momento recuerda al marido asesinado el 29 de diciembre pasado. Esa fecha la tiene clarita y no le queda por allá arriba.

Lo otro que debe decirse de una vez es que cuatro de los niños a su cargo tienen a su madre sentenciada a muerte, y todos lo saben en esta casa de bloques con la cadena musical en la esquina y los sillones de la sala protegidos con sus sábanas estampadas. Todos, grandes y chicos, incluyendo a la preciosa niña de diez años que escucha la entrevista con sus ojos achinados. Alieska desea, de grande, convertirse en doctora. Así mismo dice, “yo quiero ser doctora”.

 

Por un puñado de coca

El asunto es así: Yuleima, su madre, introdujo un paquete de cocaína en la cárcel pues su novio de turno, a la espera de juicio por un crimen, se lo pidió. Y como la abuela de Alieska dice, Yuleima es capaz de cualquier cosa por ese hombre, incluso de robar a su propia madre. Platos, celular, ropa de uno de sus hermanos que por mala suerte lleva la misma talla del amante: lo que sea, con tal de dárselo al galán antes recluido en La Planta y ahora en otro lugar que es mejor mantener en reserva.

El puñado de coca lo consiguió con un amigo del antiguo barrio donde vivía la familia cuando la familia aún estaba completa. Después de entregado y consumido, no fue cancelado y, ya se sabe, este tipo de compromisos debe honrarse a rajatabla. Son deudas sagradas, más tratándose de un amigo que le había rebajado medio millón a la mercancía. Sin embargo, el reo y su novia se desentendieron del pago; ella se marchó fuera de Guarenas, cerca del lugar donde ahora está recluido el galán.

Mejor se lo hubiera pensado un poquito. Ahora, aunque decidiera pagar la deuda con todo e intereses acumulados, igual quedaría sentenciada. No puede aparecerse por Guarenas. No puede ver a los hijos a menos que se ponga de acuerdo con la abuela y los encuentre en otra parte. Está condenada por abusadora. Así le dijo el distribuidor a Eulogia cuando hablaron la última vez.

Al segundo de sus hijos, de 25 años –ahora tendría 28−, también supo que lo iban a matar y tampoco pudo evitarlo. Lo único a su alcance fue rogarle que no saliera de la casa. Pero salió, salió a comprar cualquier cosa el 7 de noviembre de 2006 y en la parada lo atajaron. Se bajó alguien de un carro y le descargó 18 tiros. “Digo yo que fue una venganza. Nunca llegó a matar a nadie pero lo que hacía era que se agarraba las cosas ajenas de las casas”. En sus últimos tiempos fumaba piedra en la casa delante de los chamitos, y como su madre no quería que saliera para que no lo mataran, ella misma decidió salir a comprarle la droga. Pero se descuidó y, pese a sus ruegos, el joven salió un mediodía. Cuando Eulogia regresó y no lo vio en casa, se sentó a esperar la noticia. No pasó ni una hora cuando le vinieron a avisar. Para ese momento, Yuleima, que trabajaba, tenía un dinero dispuesto para el entierro: estaba previsto.

 

Amor fatal

El dolor de cabeza de Eulogia, ahorita, es el enamoramiento ciego de su hija con el recluso consumidor de cocaína. Es un individuo que no existe para el Estado, nunca fue presentado: ni siquiera tiene partida da nacimiento. Nada. Y sin embargo, esa entelequia ajena a la Onidex mató al hijo de un teniente, un niño. En 2008, durante una de las tantas revueltas en La Planta, recibió un tiro en una pierna; no se consiguió material para operársela y quedó cojeando. “El muchacho no tiene buena conducta, me imagino que saldrá de ahí a lo mismo”, dice una activista de una ONG que conoce el caso.

A sus 30, Yuleima ha tenido cuatro hijos, todos ellos de padres diferentes. El papá de su primera hija estaba preso en El Rodeo, y visitándolo a él conoció a este último y al parecer definitivo: aquello fue un flechazo. “Ella se desvive por él, es capaz de todo por ese hombre”, recalca Eulogia. Incluso es capaz de meterse 50 gramos de coca en alguna parte entre su ropa y su cuerpo para entregárselos. Al tiempo fue que Eulogia se encontró con el dealer, quien le contó el problema. Le dijo que la mercancía costaba originalmente millón y medio, pero que le había hecho una rebaja. Y con todo y eso, ahora se le escondía. Eulogia le contestó lo único que podía contestarle: que ese problema no era con ella, que llamara a su hija y le reclamara directamente. Le ofreció, incluso, llevarlo un día al retén pero el distribuidor se negó. De todos modos, Eulogia habló con su hija. Inútil. Llamó entonces a su yerno –de hecho lo es puesto que tiene una hijita de 2 años en común con Yuleima− y el galán, desde su celda, le confesó muy olímpicamente que la coca la había consumido en parte y vendido en parte, pero que no tenía los reales.

Volvió Eulogia a hablar con el acreedor, y el acreedor se fue poniendo más duro con el correr del tiempo. Hasta que un día regresó uno de los niños corriendo, sin alcanzar a llegar a la escuela: un señor, desde un carro negro, lo había amenazado. Eulogia llamó a Yuleima y le pasó al propio muchacho para que fuera él quien le contara. Ni siquiera escuchando el relato de primera mano se dio por enterada.

Insistió Eulogia pero no hubo manera: Yuleima le argumentó que a ella lo que le interesaba era su marido y que andaba en diligencias de buscar otro bebé. De ese modo dijo: diligencias. Como resultado de todo esto, Eulogia se marchó del sitio donde estaba viviendo para refugiarse en casa de su hermana, lejos del distribuidor de drogas.

Aparte de Yuleima y el que le mataron, Eulogia tiene otro hijo mala conducta (27 años) viviendo en Vista Hermosa. Le dejó un par de hijos, reclamados por ella a través de la Lopna ya que ni él ni su pareja están en condiciones de sostenerlos; otra hija marchó a Colombia y tres hijos propios, varones, quedan junto a ella, el mayor de los cuales (16) tuvo que ser mudado de colegio ante la posibilidad de que fuera víctima de un violento compañero que suele cargar cuchillo (resultó ser familiar de la directora). Tiene en su haber, el mayor, varios diplomas y medallas que ganó en la escuela y en los deportes, allí mismo donde después se vio amenazado. Otro (13) estudia primer año y desea ser guardia nacional; y el maraco, de 9, está en cuarto grado.

Entre toda la muchachera, un negrito vivaz parecido a Lumumba Estaba pero chiquito le confiesa a menudo una alucinación: Chávez se le aparece como el Anticristo. Así mismo le dice poniendo cara de susto. Eulogia lo cuenta sin reírle la gracia, como una curiosidad a la cual no le ve el chiste. Es muy difícil que Eulogia ría por algo. En realidad no lo hace. El niño no tiene sino, a lo sumo, un metro y diez centímetros de estatura y sin embargo ya ha visto a un miembro de su familia tirado en la calle con 18 balazos encima. Ese día, Eulogia no quiso bajar a la avenida pero no pudo impedir que algunos niños asistieran a un rito habitual por estos barrios de Dios.

Ahora Yuleima va por el mismo camino.

Continúa…