«Me han abierto más que un libro»

 

Esta es una de las entrevistas malandras que causaron, en su tiempo, mayor interés e incluso estupor: ese ídolo de multitudes que ha sido Lila Morillo durante cincuenta años, en las manos y en la voz inclemente de Nelson Hippolyte Ortega revela los claroscuros del patetismo  y el brillo de la pura ingenuidad

Nelson Hyppolite Ortega

Lila aún no aparece. Está arriba vistiéndose… A los siete días le dio tosferina. A los siete años pulmonía. A los diez, apendicitis. A los treinta, infarto pulmonar. De toda la vida: bronquitis, asma crónica, problemas vaginales y tumoraciones.

            –A mí me han abierto más que un libro.

            –¿Por inyectarte silicona?

            –Que yo sepa eso se pone en las piernas, en los glúteos, en los pechos. Y no es ahí donde me han abierto. De niña a veces no iba al colegio porque estaba llena de abscesos, de sangre, de porquería. Se me reventaban y me ensuciaba toda.

            –¿Ahora chantajeas a José Luis con tus dolencias?

            –Nadie puede creerlo. Ningún médico va abrir el vientre de una persona, la espalda o el pecho por publicidad. Eso es estúpido. Ahora sí me siento bien, sana, nueva y con mucha energía. He nacido otra vez.

            La cantautora. La vedette de 40. La Lila de siempre.

            –Yo soy una leona que lee teología y duerme con un grabador al lado. La que pinta –aunque nunca estudié eso– y hace paisajes. De niña me gané todos los concursos.

            De adolescente iban a comprarla por 100 vacas y 50 toros. De cantante amateur fue al Coney Island, le pidieron un autógrafo y no sabía lo que era eso. De artista profesional una multitud la desvistió y se quedó con el armador puesto.

            –¿Qué hiciste con tus viejos vestidos?

            –Yo no soy de las mujeres que guardan cosas sabiendo que hay tantos que necesitan. Me pongo un traje dos o tres veces y lo doy.

            –¿Gastas mucho?

            –No. Además, no me gusta hablar de cantidades. No soy tan vanidosa. Las cosas materiales no me han hecho feliz. Me hace feliz lo que tengo en mi alma y en mi corazón: Dios.

            –Siempre has tenido fama de mal vestida.

            –No, lo que pasa es que yo salto de una cosa a otra, de lo más exótico a lo más sobrio. Y eso le cae mal a la gente. No te olvides que la envidia existe y yo me he topado con ella, de frente. Me considero una mujer muy bien vestida.

            Lila Morillo está maquillándose, echándose gelatina en el pelo, y eso que en 1975 juró que no la volverían a ver ni con maquillajes ni con vestidos escandalosos porque eso oculta la fealdad espiritual.

            –¿Meterte a evangélica te restó popularidad?

            –Yo no pertenezco a ninguna iglesia.

            –Te la pasabas en una del Cementerio.

            –Yo pertenezco a Cristo. Y si lo hice fue porque Dios me guiaba. Nunca perdimos popularidad. Seguimos vigentes, los mismos. Dios no nos quiere encerrados, metidos en un escaparate, sino afuera, recorriendo mundo, alumbrando.

LILA MÉDICO CIRUJANO

            De pequeña le hubiera gustado ser médico.

            –A los siete años era el cirujano de mi casa: operaba iguanas, gallinas y perros. A las iguanas les sacaba los huevos, las desinfectaba y luego las cosía. A las gallinas les operaba el buche cuando se asfixiaban de tanta comida. Como médico hubiera sido lo mejor, lo más grande. Me habría atrevido a llegar a dónde no ha llegado ningún otro.

            Lila Rosa Morillo Bozo.

            –Sí, tengo dos flores en mi nombre. Mi madre no se contentó con una, sino con dos. Soy Lila por una tía que murió desangrada a los quince años y que nació para ser santa.

            –¿Fuiste precoz en el amor?

            –Muy precoz. Y cuando te lo digo con esa seguridad es porque es así. De niña comencé a sufrir y a celar con toda la fuerza de mi alma, con todo lo que podía amar mi corazoncito de doce años. Soñaba con un príncipe azul, de pelo rubio y crespo. De ojos azules y muy alto. Varonil y muy caballero. Dulce y tierno. Un hombre para estar a mi lado debe ser, además, muy inteligente.

            –¿Sigues celando?

            –No.

            (Pero intentó matar a una mujer en uno de sus arranques de furia).

            –¿Matarías por amor?

            –Sólo Dios podría pararme.

            (Duerme con una pistola y ha intentado suicidarse).

            –¿Volverías hacerlo?

            –No, no, ni pasa por mi mente, ni va a ocurrir. El tiempo pasado pasó.

LILA DESNUDA

            Dios hoy quiere una Lila alegre, sexy y jovial. Que muestre sus atributos en las cristalinas aguas de su piscina mayamera. Se quita un zarcillo y…

            –Esas fotos las hice por unas que vi de Natalie Wood bañándose en el mar, peinadita, mojadita y semidesnuda. Y a mí se me ocurrió lo mismo.

            –¿Te desnudaste o no?

            –Si la gente es curiosa verá que es un truco. Me puse un traje de baño color carne –strapless– y unas medias de igual tono, después me metí al agua. Desde las 5:00 de la tarde hasta las 10:00 de la noche. Me hicieron como 300 tomas, rodeada de José Luis y de mis hijas.

            –Pero en una aparece una sombra extraña.

            –Yo sé a la que te refieres, pero no puede ser tan larga.

            –¿En qué pensabas cuando te fotografiaban?

            –En salir bella, linda, preciosa.

            –Si te proponen un desnudo, ¿lo harías?

            –No me atreví a los 15 años, ¿voy a hacerlo ahora?

            –Lola Flores lo hizo.

            –Eso fue ella, y no le quedó bonito.

            –Pero tú, en tus comienzos como cantante, y que bailabas desnudita en un local de Nueva York.

            –¡Ay, me desayuno! Eso lo estás inventando tú, ja, ja, ja.

            –¿Y si a José Luis se lo proponen?

            –No lo hace. El respeta mucho a su familia. Su espiritualidad no se lo permite. Ni mis hijas lo harían. Ellas están levantadas sobre una base firme y sólida.

            Lila está por bajar. Por entrar a su salón, dividido en varios ambientes: con cinco juegos de muebles, lágrimas en el techo, enredaderas, cuadros y fotos-afiches: José Luis con copete. Liliana con Lilibeth. Lila entre rosas. Lila agarrándose la melena. Lila en moto.

            –¿Quién está allí? –pregunta.

            Y aparece sin una lentejuela, sin un escote, sin una lágrima. Lila vestida de lino blanco, con el cuello manchado de polvo y el pelo prensado, mojado.

            –¿Por qué volviste a la frivolidad?

            –Esa imagen de sexy yo siempre la he dado. Le saqué partido y le sigo sacando. Tengo qué mostrar todavía. Mi cuerpo es muy armonioso. Acuérdate, no quiero fotos. Estoy muy cansada.

            –¿Cuántas Lilas hay en ti?

            –Una sola, polifacética, inquieta, sensible, emotiva, sentimental, creativa y hogareña. No soy una mujer de vida nocturna ni de discotecas.

            –¿Fogosa?

            –¿Tú que crees? Soy una mujer de armas tomar, de carácter fuerte y muy dominante. Cuando amo estoy dispuesta a cualquier cosa. Defiendo lo mío con uñas y dientes.

            –¿Que pasaría si José Luis te deja?

            –Lo lamentaría mucho, me dolería mucho y nada más. Trataría de levantarme y de retirarme con mucha dignidad, para rehacer mi vida con otro ser humano que me merezca.

            –¿Te sientes sola?

            –Sí, pero cuando uno ama trata de apoyar a la pareja. Yo le doy a José Luis todo lo que él necesita. Cuando hace falta ser niña, lo soy. Cuando hace falta ser madre, amante o amiga, lo soy. Me duele la soledad, pero yo amo sin esperar nada. No tengo ni un solo pensamiento negativo para él. Cuando sale yo estoy rezando, orando para que Dios lo ayude y lo bendiga.

DE NIÑA A MUJER

            Lila pasa lentamente la mano por su cabeza. Ríe mimosamente. Ahogadamente.

            –¿Estás grabando? Deberías hacer un periódico dentro del periódico con todo lo que te he dicho. De niña sólo tenía un par de zapatos, un par de gomas rotitas para ir y venir del colegio. Cuando caminaba, el asfalto me quemaba. Mis pies crecían y parecía que explotaban en cualquier momento. Sufrí mucho. Ahora puedo comprarme todos los que quiera y al precio que me dé la gana. A veces, de una vez, me compro diez, quince o veinte pares de zapatos para guardarlos y no ponérmelos. Algunos los regalo. José Luis dice: «Increíble, tantos pares para un sólo par de pies».

            –¿Cuántos tienes?

            –He perdido la cuenta. Aquí 400, y en Miami 500. Con la ropa interior soy igual. Tengo mucha y toda de color carne.

            Se aprieta el cinturón dorado, como diciendo… ya es hora de terminar. He estado esperando la primera lagrimita y todavía no se le ha salido ninguna.

            –¿Por qué lloras tanto en TV?

            –He tenido momentos difíciles con mi cuerpo, y cada vez que salía en cámara sabía que después de ese momento alegre podía venir una noticia triste. Si viviría o no. Yo soy muy emotiva. Lloraba pensando en el futuro. Además, cuando tú me ves en el escenario eso es parte del show y lo que uno siente tiene que trasmitirlo.

            –¿Por qué tienes fama de cursi?

            –Esa es la opinión de algunos y yo la respeto. Allí no me meto. Ahora sí, tómame una foto montada aquí. Rompe las feas.

            Coquetea. Cierra los ojos. Levanta los brazos. Abre las rejas. Dice adiós y se monta en su Continental dorado.

            –Dios te bendiga, mi amor. Si tienes otra pregunta, llámame. Acuérdate, me sacas bonita.