RAFAEL BRICEÑO EN UNA GAVETA

Esta es una aproximación al actor Rafael Briceño (1922-2001) a partir de objetos que dejó a su paso por este mundo. José Luis Briceño y su esposa Martha −hijo y nuera− permitieron el acceso a los vestigios de una vida que fue muchas vidas al mismo tiempo, sobre las tablas y frente a las cámaras. Son cosas que quedaron regadas en la casita de Las Delicias de Sabana Grande que fue su morada por muchos años: cartas, apuntes varios, disfraces, maquillajes, cuadros, muebles. La casa fue vendida en 2008 y luego echada abajo. Su hijo vive hoy junto a su esposa en la urbanización La Florida; los nietos del gran actor, como tantos jóvenes venezolanos, han emigrado a Panamá

 

Sebastián de la Nuez

Es una tarjeta que tiene cara de guardada por años. Por el anverso dice simplemente José Ignacio Cabrujas, y por el reverso hay unos garabatos inclinados hacia la derecha, en todo caso legibles: “Porque he aprendido a conocer a Amadeo Mier gracias a ti, a tu generosidad, y a que puedo llamarte mi gran amigo”.

En el borde inferior derecho, la breve firma del dramaturgo Cabrujas.

Amadeo Mier es el personaje central de Acto cultural, obra que un crítico calificó como una descarnada, sincera y amorosa burla de lo cultural nacional. Es solo un rectángulo de cartulina color marfil. Pero es sobre todo el testimonio de una amistad que señaló un rumbo en la historia del teatro venezolano. Cabrujas descubría a sus propios personajes a través de la interpretación que de ellos hacía Rafael Briceño.

La tarjeta se conserva en una carpeta dentro de una caja que a su vez está dentro de una gaveta de una cómoda, uno de esos viejos armatostes de caoba o pardillo; en este caso, herencia del actor Arturo Calderón −alias Ganzúa−, quien en 1984 le vendió esta casa de Las Delicias de Sabana Grande a su compañero de reparto en las viejas películas de Román Chalbaud. Y con la casa, trastos bien conservados: un sofá Luis XVI, una mesa con tope de mármol, un banco de iglesia cuyo asiento es, a la vez, baúl y caja de Pandora.

Las huellas de cincuenta años de tablas y adrenalina sobreviven esparcidas en la quinta Martha: una  libreta con los números telefónicos de seis cifras de Fausto Verdial y Ugo Ulive, una tarjeta de invitación para el estreno de La revolución (30 de julio de 1971: fue un fracaso); fotos en blanco y negro donde aparecen Yago (Shakespeare), Gabriel (La revolución), Gregorio Salomón (El precio), Amadeo Mier, Samuel Robinson: personajes construidos con la piel camaleónica de quien habitó esta casa hasta el 22 de junio de 2001. Ese día se asomó en el umbral del estudio donde su nuera escribía en la computadora y dijo con toda naturalidad:

−Me voy al Ateneo.

Y en efecto se fue al Ateneo. Se quedaron los apuntadores Panasonic, la casaca de Simón Rodríguez, los libros de Chéjov y García Lorca que visitaba a menudo; el polvo Max Factor para maquillarse −aún en buen estado−, un reloj con leontina demasiado dorado para ser de oro. Quedó el caparazón de sus interpretaciones, es decir, los trajes  en el cajón que huele a naftalina y humedad. Como diría Joan Manuel Serrat, uno creyó que a estas cosas de Rafael Briceño las mató también el infarto, el tiempo y la ausencia. Pero no, su tren vendió boleto de ida y vuelta.

No va quedando mucho de Rafael Briceño: la Casa de Teatro que lleva su nombre en Mérida está hoy alquilada a uno de esos grupos evangélicos que no descansan ni en sus loas ni en su expansión. Su foto en la galería que la Casa del Artista en Quebrada Honda ha reservado para los grandes de la escena nacional fue desmontada y devuelta. No era un buen recuerdo, al parecer, para la oficialidad reinante hoy.

A la casa de Las Delicias se entra por una puerta de dos hojas; tras el umbral se halla, a mano izquierda, una sombrerera. La última vez había una chaqueta color marrón claro, tela de paño, que ha permanecido allí desde hace cinco años. Martha, la nuera, no la ha guardado como esperando que algún día regrese su dueño del Ateneo, adonde ha marchado a ver Monólogos de la vagina.

Arrimado a la pared hay un juego de butacas con brazos y su respectiva mesa. Es en esa pared lateral donde cuelgan varios Gómez dibujados o pintados por Pedro León Zapata. Pero también puedes hallar pedazos del benemérito en ciertos escondrijos: su bastón, su gorra, los lentes. En un óleo sobre tela aparece dentro de un óvalo, quizás un espejo, observando a su alter ego muy compuesto al otro lado de la realidad. El del espejo se pregunta intrigado “¿Dónde he visto yo esa cara?” pues Rafael Briceño fue Juan Vicente Gómez, se confabuló con Cabrujas para revivirlo y mostrarlo a las nuevas generaciones por RCTV bajo la dirección de César Bolívar. Una personal venganza por haber mandado a asesinar a su padre, Macedonio, en los años veinte.

A la derecha, es decir, frente a la exposición gomecista, el recibidor propiamente dicho, con dos tresillos, una alfombra persa, un retrato del dueño de la casa pintado por su amiga Luisa Richter, algunas antigüedades más o menos prescindibles. Hay una serigrafía, un díptico “De Zapata para Rafael Briceño”. Después, la entrada al estudio, la escalera que se pierde en la oscuridad y, antes, un pedazo de pared con un espejo bajo el cual Briceño solía acomodarse a leer El Nacional o nada más meditar cuando ya pisaba los ochenta.

−Qué vaina tan seria es ponerse viejo −decía.

Presentía el correr de su último acto, tiempos cuando la medicina se estaba convirtiendo en su mujer legítima. A fin de cuentas, tanta carne viva al final sucumbe. “Todos somos carne viva; dentro de la corteza cerebral de cada uno hay un telón; aquí hay un grito de amor y poesía”, escribió Chalbaud en su Credo de los actores, un texto que Briceño leyó y dejó grabado.

 

Las uvas de la desmemoria

Por cierto, cuando Briceño cumplió cuarenta años de trabajo en los escenarios se le rindió homenaje y el autor de La quema de Judas tuvo palabras para su amigo. Dijo que parecía un hombre común y corriente, orgulloso cuando habla de la carrera de su hijo, lapidario cuando alguien dice a su alrededor alguna tontería, rabioso cuando se le echa a perder la batería de su carro y no sabe cómo repararla; pero que cuando se sube al escenario se convierte “en uno de los hombres más importantes que he conocido. Importante porque sabe reflejar con fidelidad y brillantez las grandezas y las miserias de los seres humanos. Importante porque ha sabido cuidar su profesión: lejos de prostituirse, ha sido rígido y severo en un medio y en una ciudad donde es fácil venderse al mejor postor”.

Que Chalbaud haya reconocido esa virtud en Briceño suena hoy, después de haber producido y dirigido El caracazo, como una gran paradoja, ¿no? Ese discurso, más recortes de prensa, fotos de sus personajes, revistas completas de El Nuevo Grupo, afiches, programas de mano, cartas y telegramas −uno de felicitación firmado por José Vicente Rangel, por ejemplo− los pegó cuidadosamente el actor en unos álbumes grandes que hoy reposan en la Casa de Estudio de la Historia de Venezuela “Lorenzo A. Mendoza Quintero”, en el bulevar Panteón, después de haber sido rechazados por la Biblioteca Nacional.

Entre los libros que dejó Briceño en la quinta Martha hay una serie de impresiones biográficas sobre Chéjov escritas por Quentin Ritzen. Ajado por el tiempo y el manoseo, el pequeño volumen tiene manchas sepia y en una de sus páginas se reproduce una carta que el médico tuberculoso le dirige a su amigo Grigorovich, en respuesta a otra que, según el escritor, casi le ha hecho llorar de alegría. “Que Dios sosiegue su vejez como usted ha acariciado mi juventud”.

La vejez de Briceño fue buena, cuenta su hijo José Luis, aunque a veces resintiera que ya no lo llamaran como antes para montar obras. Salía con sus nietos Corina y Sergio, seguía asistiendo al teatro. Esa vida de fuego que llevó por dentro (Chalbaud tenía razón: por fuera era normal y corriente) se ha convertido en cenizas esparcidas sobre esta ciudad cada vez más mugrienta, cada vez más desmemoriada.

Hay pavesas del incendio final aquí y allá; sin embargo, quizás, a las personas que fueron tocadas por su magia hecha de palabra y mimo, se les habrá cruzado por la cabeza algo semejante a lo que le escribió Cabrujas en una hojita, a mano, justo antes del estreno de La revolución, obra en la que ambos eran los únicos actores: allí le decía Cabrujas que intentaría su mejor actuación, “mi mejor posibilidad en un escenario”, ya que con ello no haría sino devolverle “lo que usted merece esta noche: el más grande de los éxitos. Cuando caiga el segundo telón tendré la emoción de aplaudirlo calurosamente y venerarlo aún más”.

Ya cayeron todos los telones posibles, incluso el del mismo Cabrujas. Seguramente al salir de algún ensayo en la sala Alberto de Paz y Mateos un lunes por la tarde, Briceño habrá mirado hacia el cercano Ávila y deseado terriblemente, como Chéjov al ver la primavera, que en el otro mundo haya un paraíso.

 

Continúa…