Esta es una aproximación al actor Rafael Briceño, fallecido en 2001, a partir de algunos objetos que dejó. José Luis Briceño y su esposa Martha −hijo y nuera− permitieron el acceso a los vestigios de una vida que fue muchas vidas al mismo tiempo, sobre las tablas y frente a las cámaras. Son cosas que quedaron regadas en la casita de Las Delicias de Sabana Grande que fue su morada por muchos años: cartas, apuntes varios, disfraces, maquillajes, cuadros, muebles
Es una tarjeta que tiene cara de guardada por años. Por el anverso dice simplemente José Ignacio Cabrujas, y por el reverso hay unos garabatos inclinados hacia la derecha, en todo caso legibles: “Porque he aprendido a conocer a Amadeo Mier gracias a ti, a tu generosidad, y a que puedo llamarte mi gran amigo”.
En el borde inferior derecho, la breve firma del dramaturgo Cabrujas.
Amadeo Mier es el personaje central de Acto cultural, obra que un crítico calificó como una descarnada, sincera y amorosa burla de lo cultural nacional. Es sólo un rectángulo de cartulina color marfil. Pero es sobre todo el testimonio de una amistad que señaló un rumbo en la historia del teatro venezolano. Cabrujas descubría a sus propios personajes a través de la interpretación que de ellos hacía Rafael Briceño.
La tarjeta se conserva en una carpeta dentro de una caja que a su vez está dentro de una gaveta de una cómoda, uno de esos viejos armatostes de caoba o pardillo; en este caso, herencia del actor Arturo Calderón −alias Ganzúa−, quien en 1984 le vendió esta casa de Las Delicias de Sabana Grande a su compañero de reparto en las viejas películas de Román Chalbaud. Y con la casa, trastos bien conservados: un sofá Luis XVI, una mesa con tope de mármol, un banco de iglesia cuyo asiento es, a la vez, baúl y caja de Pandora.
Las huellas de cincuenta años de tablas y adrenalina sobreviven esparcidas en la quinta Martha: una libreta con los números telefónicos de seis cifras de Fausto Verdial y Ugo Ulive, una tarjeta de invitación para el estreno de La revolución (30 de julio de 1971: fue un fracaso); fotos en blanco y negro donde aparecen Yago (Shakespeare), Gabriel (La revolución), Gregorio Salomón (El precio), Amadeo Mier, Samuel Robinson: personajes construidos con la piel camaleónica de quien habitó esta casa hasta el 22 de junio de 2001. Ese día se asomó en el umbral del estudio donde su nuera escribía en la computadora y dijo con toda naturalidad:
−Me voy al Ateneo.
Y en efecto se fue al Ateneo. Se quedaron los apuntadores Panasonic, la casaca de Simón Rodríguez, los libros de Chéjov y García Lorca que visitaba a menudo; el polvo Max Factor para maquillarse −aún en buen estado−, un reloj con leontina demasiado dorado para ser de oro. Quedó el caparazón de sus interpretaciones, es decir, los trajes en el cajón que huele a naftalina y humedad. Como diría Joan Manuel Serrat, uno creyó que a estas cosas de Rafael Briceño las mató también el infarto, el tiempo y la ausencia. Pero no, su tren vendió boleto de ida y vuelta.
Continúa…




Lo que yo no termino de entender es por qué no puedo terminar de leer un texto, cualquiera que sea. Siempre empiezo y cuando ya estoy emocionada queriendo más, el cuento se suspende y a renglón seguido sale una bendita palabra: Coninúa… Pero no me continúa en ninguna parte. ¿Qué hay que hacer? ¿A qué botón hay que dar? ¿Qué código secreto hay que introducir? ¿en qué planilla digital secreta debo escribir? He hecho todo, he intentado de todo y nada que me continúa ningún texto. ¿O es que empiezas texto pero no los terminas…?
Mirtha, la siguiente entrada, titulada “Qué vaina tan seria es ponerse viejo” es la segunda parte de este trabajo. Me alegra que te haya emocionado.
@delanuez
Parece que lo de “¿qué vaina tan seria es ponerse viejo?” fuera conmigo. En mis tiempos se diría: ¿es una indirecta?