«Qué vaina tan seria es ponerse viejo»

En su casita de Las Delicias guardaba los retratos de Juan Vicente Gómez que le había hecho Pedro León Zapata. Nadie como Rafael Briceño supo encarnar con tal precisión y agudeza al benemérito, el hombre, por cierto, que una vez ordenó el asesinato del padre del actor

No va quedando mucho de Rafael Briceño: la Casa de Teatro que lleva su nombre en Mérida está hoy alquilada a uno de esos grupos evangélicos que no descansan en sus loas ni en su expansión. Además, su foto en la galería que la Casa del Artista en Quebrada Honda ha reservado para los grandes de la escena nacional, fue desmontada y devuelta a sus familiares. No era un buen recuerdo, al parecer, para la oficialidad reinante hoy.

A la casa de Las Delicias se entraba por una puerta de dos hojas. Tras el umbral se hallaba, a mano izquierda, una sombrerera. Una chaqueta color marrón claro, tela de paño, permaneció colgada allí desde su muerte hasta que la pareja José Luis-Martha vendió la casa. La nuera no guardó la prenda como esperando que algún día regresara su dueño del Ateneo, adonde marchó aquella tarde a ver Monólogos de la vagina.

Arrimado a la pared, después de la sombrerera había un juego de butacas con brazos y su respectiva mesita. En la pared, varios Gómez dibujados o pintados por Pedro León Zapata. Pero también podían detectarse signos de la virtual presencia del benemérito como su bastón, su gorra o sus lentes. En un óleo sobre tela aparece dentro de un óvalo, quizás un espejo, observando a su alter ego muy compuesto al otro lado de la realidad. El del espejo se pregunta intrigado “¿dónde he visto yo esa cara?” pues Rafael Briceño fue Juan Vicente Gómez. Lo encarnó de tal manera que puede decirse así. Se confabuló con Cabrujas para revivirlo y mostrarlo a las nuevas generaciones por RCTV bajo la dirección de César Bolívar.

Una personal venganza por haber mandado a asesinar a su padre, Macedonio, en los años veinte.

A la derecha, siguiendo con la casita de Las Delicias, el recibidor propiamente dicho donde descansaban dos tresillos, una alfombra persa, un retrato del dueño de la casa pintado por su amiga Luisa Richter y algunas antiguallas aquí y allá.

También una serigrafía en forma de díptico titulada De Zapata para Rafael Briceño.

Después, la entrada al estudio, la escalera que se perdía en la oscuridad y, antes, un pedazo de pared con un espejo bajo el cual Briceño solía acomodarse a leer El Nacional o nada más meditar cuando ya pisaba los ochenta.

−Qué vaina tan seria es ponerse viejo –dicen sus familiares que decía.

En sus últimos tiempos la medicina se estaba convirtiendo en su mujer legítima.

A fin de cuentas, tanta carne viva al final sucumbe. “Todos somos carne viva; dentro de la corteza cerebral de cada uno hay un telón; aquí hay un grito de amor y poesía”, escribió Chalbaud en su Credo de los actores, un texto que Briceño leyó y dejó grabado.

¿Seguirían siendo tan amigos hoy en día, de haber sobrevivido Briceño estos nueve años?