UN TIPO QUE HACE LO QUE LE GUSTA

Pocos artesanos se dedican a un oficio casi extinto y tan exclusivo como el de Hugo Alcántara: el Arte Murano. Es peruano y lleva dos décadas trabajando en la empresa ICET Arte Murano, en los Altos Mirandinos. Pero él tiene algo en común con los demás que hacen arte con sus manos: son los manufactureros anónimos y humildes que mantienen llenas las vitrinas de las tiendas, donde se multiplican exponencialmente los precios de sus piezas

 

Fernanda Cabrera

“¡Haga un payasito!”, exclamó eufórico uno de los espectadores del show. Hoy la función está protagonizada por cisnes. Un cisne amarillo, uno azul, uno rojo, uno negro y dos transparentes antes de completar la media docena para el lago. El maestro luego hace un toro. Le gustan los toros –es Tauro– por su fuerza e imponente figura; por el contrario, Hugo Alcántara es menudo y no pasa los sesenta kilos. Mientras corre de un lado a otro por su taller haciendo girar constantemente una vara de metal con cristal fundido en la punta, explica que para elaborar piezas más complejas necesita a sus asistentes, que sólo lo acompañan en días de semana.

El espectador eufórico vuelve a intervenir:

– ¿Usted es… peruano?

– Sí, de Lima.

– ¡Lima! ¡La capital meeesma! Le iba a decir Lima, pero dudé con Arequipa…¡Qué lindo país! ¡Pisco!

La distracción generada por la conversación ocasiona un cisne con el pico pegado al cuello.

 

EL ARTISTA Y SU OBRA

 La elaboración de piezas en cristal es una carrera contra el tiempo; sacar el cristal incandescente del horno con la caña de vidriero, soplar a través del tubo, estirar con las pinzas, cortar con la tenaza y mojar la base para enfriar y cortar con la estaca. El proceso debe ser rápido, antes de que el cristal se enfríe, endurezca y deje de ser maleable. 

Hugo Alcántara, tiene 69 años y lleva las últimas dos décadas trabajando en la empresa ICET Arte Murano, en los Altos Mirandinos. Venecia y la “pequeña Venecia” son los únicos lugares en donde se fabrican piezas en cristal de Murano. 

−¿Cómo aprendió?

−Mi familia tenía una solvencia económica bastante buena. Yo debía estudiar Derecho pero me dediqué a la Química. Allí descubrí el vidrio y el cristal. Pero no es fácil, esto tiene mucho sacrificio porque uno tiene que estar estudiando constantemente; es como la cibernética. Con mi hermano Willy, Guillermo Alcántara, tengo una empresa en Perú, Cristales Alcántara. Él pinta el cristal con oro y lo vende caro. Tiene la fábrica Para mí es un laboratorio) y cuando voy, pruebo mis fórmulas.

La historia es que el maestro Hugo Alcántara marchó primero a Cuernavaca (México), la zona artística por excelencia entre los mexicanos que desean abrirse camino en la artesanía. «Allá me vieron trabajando el cristal y me trajeron para acá. Mis grandes maestros en ICET fueron italianos, ellos me enseñaron la técnica para trabajar el Cristal de Murano».

−¿Por qué el Arte Murano se hace solamente allá en Murano y acá en Venezuela?

−En Perú, por ejemplo, se llama Cristal Murano Peruano. Ni siquiera tiene la palabra arte porque no es lo mismo, es una variación. Ni la técnica, ni el cristal son los mismos. La mayoría de los artesanos del cristal no son de Arte Murano, ni siquiera en Europa.

−¿Quién diseña las piezas que usted fabrica?

−El dueño de ICET, Fulvio Ava, es el encargado de diseñar todo lo que aquí se fabrica. Él trabaja con nosotros en el taller, guiándonos al momento de crear una pieza nueva. Él siempre está viajando y siempre vuelve con ideas nuevas. Las piezas que hacíamos hace veinte años son muy distintas a las que hacemos ahora. El público siempre quiere cosas nuevas y distintas.

 

REGULAR PAGA

Alcántara vive en Caracas. Gana bastante para mantener a su familia, que también se dedica a la elaboración de figuras en cristal. En el balcón de su apartamento, ubicado en la avenida Baralt, tiene su taller en el cual produce de manera independiente para generar un ingreso adicional. Usa como materia prima los tubos de luz fluorescentes que el Metro de Caracas desecha y él recicla. «Hago cosas pequeñitas, voy soplando, corto y tiño con McCormick o con Wiki-Wiki». El primero es un colorante de tortas; y el segundo, de ropa. Su objetivo es vender pequeñas obras de arte a personas que poseen bajo presupuesto.

−Yo bajo el costo porque el que baja el costo se agarra el mercado.

La realidad de los artesanos – cualquiera sea la materia prima empleada– es muy similar. Una fruta de madera que se vende en Barquisimeto a 12 bolívares fuertes, es vendida a 45 en un mercado popular de Caracas y a 120 en una tienda de un centro comercial. El trabajo de los artesanos es escasamente pagado por las tiendas, pero bien apreciado por el público que está dispuesto a pagar al menos cinco veces el valor original de una pieza.

−Considerando que hay pocos artesanos que trabajan el Arte Murano y que usted mantiene un público fiel, ¿ha considerado abrir su propia tienda?

−Soy químico y soy artesano, pero no soy empresario. Además es una inversión muy grande. Cada horno tiene media tonelada de cristal y cada uno de diferente color (rojo, azul, amarillo, verde, blanco leche…). El cascarón del horno tiene más de cincuenta años, pero adentro hay un crisol, hecho con materiales electrofundidos que resiste hasta mil seiscientos grados centígrados que contiene el cristal fundido.

Concluye el acto frente al público tocando la figura recién terminada con un pedazo de papel periódico que se incendia al mínimo contacto con el cristal. Al ver el fuego, la reacción es aplaudir la destreza del artista al trabajar con un material hirviendo. Pero él ruega por silencio, ya que, según dice, los dueños de ICET le prohíben demostraciones, sin embargo el taller cuenta con una zona especialmente separada para que los visitantes presencien la manufactura de los objetos.

Cuenta que cuando llegó a Caracas llevaba 19 años divorciado. Ya en Perú se había dedicado a la artesanía. «Tanto, que me olvidé de mí… Acá trabajo todos los días de la semana, desde la mañana hasta la noche. Me demoro más de dos horas en llegar al trabajo y más de tres para volver a la casa. Pero hago lo que me gusta y mi familia de acá lo entiende. Tengo tres hijas y las tres se destacan en la artesanía con el vidrio».

Ellas hacen aretes, medallones, de todo. Y su mayor orgullo es que la gente lo identifica por la calle, después de tantos años trabajando el vidrio. Estando en el Metro un niño dijo: «¡Mira, Arte Murano!»

Y todo el sacrificio valió la pena.