«No me gusta para nada la política»

Jacinto García es un agricultor urbano. Pero no cualquiera. Aplica sus conocimientos en los huecos verdes que encuentre por el bloque siete del 23 de Enero, territorio custodiado por el colectivo La Piedrita, el cual apoya a Jacinto en cada uno de sus proyectos agrarios

Marian Licheri

A Jacinto García, agricultor del colectivo La Piedrita, le dicen Ñarriao porque así hacen los gatos y él tiene ojos de gato: claros. Azul claros. A pesar de haber vivido en las ciudades más calientes del país, lo andino de Rubio, Táchira, no le abandona las mejillas coloradas. Arrugadas acordes con sus 63 años de edad, pero disonantes con la velocidad con la que sube y baja escaleras, prende y apaga luces, siembra y recoge vegetales. Jacinto García lleva trabajando con el colectivo La Piedrita diez años.

Para hablar con él hay que ir por allá donde el Metro de Caracas ya no es subterráneo. Allá, en la estación Agua Salud. Se debe salir por donde dice 23 de Enero si se quiere conocer a Jacinto, porque es en el bloque siete de esa parroquia donde él desarrolla sus cultivos. No son lagunas, ni pastos, ni caminos de tierra lo que rodea a esos cultivos. Es la antinatura de concreto modernista de Villanueva influenciada por Le Corbusier la que le abre un espacio verde al Endógeno La Piedrita a unas cinco cuadras de la estación Agua Salud subiendo por la Calle Real de Monte Piedad.

También hay que avisar que se quiere hablar con Jacinto. Douglas Torres, el sobrino del jefe del colectivo, Valentín Santana, aprobó tras sus lentes oscuros y su chaqueta de cuero negra que una estudiante de periodismo de la Universidad Católica Andrés Bello, que no trabaja en ningún medio y que no viene contaminada del documental Los Guardianes de Chávez, entrevistara a alguien de la comunidad. «Jacinto es el mejor, porque él siente su trabajo», dijo Torres para darle play a una conversación que se daría en la bloquera, lugar donde se realizan los proyectos comunitarios de la Piedrita.

Allí, Jacinto colocaría dos sillas plásticas mirando hacia la montaña, los bloques, las casitas de ladrillo y las áreas de cultivo. Había llovido todo el día, pero ahora sólo quedaba una brisa fresca que hacía ondear el símbolo de aquel territorio, una tela blanca y roja: la bandera del colectivo La Piedrita. Al igual que el viento, preguntas y respuestas sobre la vida de Jacinto revoloteaban en el aire para luego, por sí solas, coger su propio rumbo.

−¿Siempre trabajó con el colectivo La Piedrita?

−No, con el colectivo llevo 5 años. Decidí empezar hace diez años, un día en que dejé la flojera y empecé a tumbar ese monte, lo emparejé y empecé a sembrar.

−¿Cómo hizo? ¿De dónde sacó los materiales?

−Por mí mismo. Fui a Los Teques, por ahí por La Mariposa, compré semilla de yuca, de maíz, de caraota y sembré todo lo que es la parte de allá (señala a un monte cercano a la vía pública) y como vi que la tierra se presta para todo se me dio, pues, y seguí continuado.

−¿Lo hizo para la comunidad? ¿O para beneficio propio?

Para todos. El que me pide yo le regalo, yo no tengo ese sistema de pesetero, pues.

−¿Y eso tiene que ver con la dinámica que se da aquí en la comunidad? ¿Aquí todo el mundo es así como usted?

−No. Aquí, prácticamente, lo hago yo y, no es por nada, pero siempre lo he tenido yo y nadie me ha prestado ayuda, si no hasta hace cinco años que tenemos el proyecto con el colectivo y ya tengo un personal a cargo mío integrado por ocho personas.

−¿Qué se produce aquí actualmente?

−Calabacines, cilantro, pepino, vainitas, apioespaña, girasol, ajoporro, pimentón, zanahoria, rábano, acelgas. Y ahora estamos criando cachamas.

−¿Le dan un sueldo por esto?

−A mí me dan 800 quincenal.

−¿Quién le da el sueldo?

−El CIARA (Fundación para la Capacitación e Innovación para Apoyar la Revolución Agraria). Eso está a cargo del ministerio que es de siembra y… de cachamas. Prácticamente, el de las cachamas y la pesca.

−¿Cómo se le ocurrió hacer cría de pescados aquí? ¿De dónde sacó la idea?

−Bueno, eso se dio por lo que el Presidente dijo por televisión, en una cadena,  de que deberíamos criar cachamas.  Y yo me mostré interesado hacia el CIARA y todo se me ha prestado. En un tiempo récor tuve todo lo que son las instalaciones.

−¿El apoyo se prestó a través del consejo comunal o del colectivo?

−Del colectivo. Y todos ganamos porque ahora yo, prácticamente, soy para el CIARA un vocero a nivel de siembra. Ellos tienen la teoría y yo tengo la práctica. Entonces estamos en comunicación y esperamos que nos llevemos bien.

−¿Los recursos se los dan directo en materiales o en dinero?

−En materiales. El CIARA nos da unas 200 matas para probar. Ellos mismos buscan todo. Pero nosotros construimos todo y los del colectivo colaboran también.

−¿Vende los cultivos fuera de la comunidad?

−Esto como es a prueba, yo lo regalo. Pero ahora que hay cultivos que no son de prueba, ya es otro cantar. A la gente que esté en necesidad se le da, a los otros se les vende a un precio barato y afuera se vende a precios más altos como en ferias del CIARA y en otros sitios.

−¿Quién controla la venta?

−Yo mismo.

−¿A dónde van las ganancias?

−Al consejo comunal. Se le da a los tesoreros y ellos se encargan de eso. Ya verán si destinan eso a proyectos o si lo usan para pagar personal.

El colectivo La Piedrita es un grupo que hace vida en la parroquia 23 de Enero. Es conocido por los medios como los terroristas que hasta Chávez mandó a encerrar. Pero por muchos habitantes de la zona, es conocido como la gente que pone orden y trabaja por el bien común. Su sede se encuentra en el bloque 7 y es allí donde Jacinto realiza sus labores.

−Explíqueme un poquito cómo es la relación del Colectivo con el CIARA.

−Bueno, el colectivo no.  Es el consejo comunal La Piedrita.

−¿La gente del consejo comunal es la misma del colectivo?

−Sí, hay unos de aquí y de allá. Del colectivo están unos del consejo y del consejo están unos del colectivo.

−He visto a Valentín Santana pendiente de los proyectos de siembra y de las bloqueras que llegaron la semana pasada. ¿Él lo ayuda en los proyectos?

−Sí, ese es el líder de nosotros. Ese es el que hace el apoyo para obtener lo que se tiene. Por él se consigue porque él es el que se mueve. Aquí prácticamente estamos tres líderes: Valentín, que consigue todo y tiene las palancas y eso; Robert, el del taller de herrería; y yo, que tengo estos proyectos. Digo líderes por decir,  porque yo sigo siendo Jacinto.

−¿Y Valentín trabaja a través del consejo comunal?

−No, aparte. Colectivo es colectivo y consejo es consejo. Pero trabajan en conjunto. Se velan uno al otro. Por lo menos, yo cuando necesito un personal, hablo con Valentín y él me pone a la orden el colectivo y los del consejo comunal también se muestran dispuestos y todos trabajamos en conjunto.

−¿Conseguir los tanques de las cachamas se hizo a través de Valentín o del CIARA?

−Por medio de los dos. Porque hay un señor que nosotros conocemos que trabaja ahí (en el CIARA) y él es coordinador. Entonces se nos dio y ahora estamos haciendo un complejo turístico. Queremos que la gente venga y conozca lo que estamos haciendo. Debajo de aquel techo rojo y blanco hay un banco para sentarse, para el que quiera descansar ahí. Y para acá vienen también las comunas y los demás colectivos que quieren aprender y hacer lo mismo. Yo no tengo problema en enseñarles.

−¿Con cuál colectivo se la llevan mejor?

−Con todos igual.

−¿Con todos? ¿Hasta con Los Tupamaros?

−No, ya de ese sistema ya es otro cantar. No me gusta hablar de eso porque no me gusta. Ya eso es otro ritmo.

−¿Otro ritmo en qué sentido?

−Bueno, son un personal diferente a nosotros, pues. No hablo porque yo no estoy enterado sobre eso. Llevarse bien con todos los colectivos es lo que manda. Por lo menos, ellos tienen sus cultivos, yo a veces los visito y compartimos ideas.

−¿Qué tipo de ideas?

−De siembra, hay tierras que no son aptas para una mata y como yo tengo cierta experiencia, yo les explico cómo hacerla apta.

Jacinto no es una persona predecible. Su sombrero de paja no significa que se un hombre de llano, tranquilo. Sus 63 años, no quieren decir que quiera bajar el ritmo. Sus 55 años viviendo en el 23 de enero, no fueron, precisamente, seguidos. Y, a pesar de que casi siempre se le ve solo con sus hortalizas y sus peces, es padre de cuatro hijos.

¿Cómo es un día normal en la vida de Jacinto?

−Estoy acostumbrado a pararme a las tres de la mañana. Y eso es costumbre, no de ahorita si no de años. Y ahora como tengo esto aquí, me despierto, me cepillo, me pongo un chor, me vengo sin camisa pa’cá [para la bloquera], prendo las luces y me estaciono aquí hasta que llegan los que laboran en la construcción y en otra ramas. Hago un cafecito ahí y me lo tomo y amanezco aquí. A las seis de la mañana apago la luz y cuando ya llega la gente me voy pa’ mi casa y después, como a las siete y media empiezo a trabajar. A medio día voy y descanso un rato. Y ya a las cinco no hay nadie aquí. Tengo que estar pendiente de las máquinas que suenan que trabajan con las cachamas. Hay que estar pendiente que no se les vaya el aire y eso.

−¿Dónde crió a sus hijos?

−En el Táchira. Bueno y aquí y en todas partes porque yo vivía por tiempos por La Guaira, por Canaima, por Puerto Ayacucho, por Maracaibo. La hija menor vive en La Guaira y todos viven cómodos. El varón en Parque Carabobo, una hija en Los Teques, otra en Alto Hatillo y otra en Guatire.

−¿Con qué hijo se lleva mejor?

−Con el varón. Tengo mucha comunicación con él, mucho más con él que con las demás. Lo que pasa es que yo soy a mí nadie me gobierna.

−¿Cómo es eso?

−Me siento fuerte todavía para trabajar. Y mientras uno tenga vida hay que hacer. Mis hijas quieren que yo me ponga tranquilo, pero yo estoy tranquilo, les digo. Pero me llevo bien, si ellas me llaman yo les contesto y eso. Y ya son como veinte años los que no vivo con mis hijos. Hubo un problema personal con la señora y agarré para Caracas que me quedaba mejor que quedarme peleando. Yo soy rencoroso y es para toda la vida. Si me botaron y no quieren nada conmigo, pues, bueno, ahora ni miro a esa persona. Después me mudé, conviví con una señora por 12 años y tampoco funcionó. Ahora vivo con mis sobrinas y mi hermana.

−¿A quién le rinde cuentas usted?

−A nadie, ¿no le digo? Valentín es el líder pero yo me entiendo con lo mío porque él no sabe nada. En caso de que vaya a una reunión le digo «mira, voy saliendo», y como siempre lo que hago es a favor de nosotros entonces no he tenido problema. Si uno trabaja uno no da motivos para que te llamen la atención.

−¿Su relación con los animales es mejor que con las personas, entonces?

−Los animales son iguales a las personas y me disculpas por cómo suena eso. Muchos no creen eso, pero es la verdad. Un ejemplo es como yo vengo les echo la comida a las cachamas y ellas se acostumbran a mí, me observan. Si usted se acostumbra a un caballero, es porque se siente bien con él. Así es con con los animales, igualito. Hay veces que les hablo y todo. Yo les digo cosas de viejo como «pórtense bien, mis niñas».

−¿Ha estado enfermo?

−Yo he estado enfermo pero no me siento enfermo. El día de las madres me dio un infarto. Yo tengo que tener dieta, inyectarme medicamentos porque retengo líquido. Me drenaron un pulmón una vez. Ahora me detectaron Hepatitis C. Pero yo no estoy enfermo. Yo cuando estoy aquí hago de cuenta que no estoy enfermo, eso sí, el tratamiento al pie de la letra.

−¿Le gusta beber?

−Soy alcohólico anónimo. Desde hace seis años. Lo dejé de un día para otro. Tomé la decisión porque me enfermé. Me dio lo de la próstata. Ese dolor es horrible. Provoca matar a alguien de la rabia que da cuando te ataca ese dolor, aquí en la vejiga. Eso no me lo causó el alcohol, pero como agarré tratamiento con lo de la próstata dejé de tomar. De vez en cuando una sevillana [sangría], pero me regañan. Fumo todavía, eso no lo puedo dejar.

−En los colectivos hay charlas y foros que realizan en la comunidad en donde hablan sobre su ideología y cómo aplicarla en la comunidad. ¿Usted va para este tipo de actividades?

−No. Ni ellos me dicen para ir y yo tampoco muestro interés. No me gusta. Nunca he compartido ideas de nadie  y menos de política. Es más, yo para el Consejo Nacional Electoral soy un ser muerto, nunca voto.

−¿Y no lo obligan a votar? Eso dicen.

−No, para nada. La gente actúa por miedo y yo no creo en eso. Yo soy yo y ellos son ellos. Pero es que esa gente está en todos lados, hay unos que son evangélicos como mi sobrina, Testigos de Jehová. Cuando me dicen: «¡la Biblia!» me hago el loco y me voy. Y lo mismo con la revolución y todo eso. Yo nací católico. No me van a andar bautizando de nada más.

−¿Entonces su relación con el colectivo es más de trabajo que de otra cosa?

−Sí, yo he trabajado antes que ellos llegaran aquí. Y son proyectos que yo les ofrezco y no van a decir que no.

−¿Estos proyectos no tienen que ver con nada político?

−Para nada. A mí me dicen camarada no se qué y yo los saludo y ya. Pero yo soy como un niño chiquito, que no le para a nada. Sigo igualito.

 

Ya se hacía tarde. Eran las siete de la noche y las secciones de sucesos siempre advierten desalojar esa zona antes de las cinco. Pero no importaba, porque a Ñarriao lo conocen y a él no le van a hacer nada. Saluda a Valentín Santana de lejos, sigue conversando sobre las cachamas y atraviesa el barrio para escoltar a la estudiante a la estación de metro. Se esconde detrás del reguetón, la salsa y la fría brisa de una voz parca, respetuosa y suave. La voz y de un andino en el 23 de Enero.