Cuando el rock se convierte en sustancia de vida

Carlos Moreán es el hippie que no se dejó enamorar por las revoluciones. Se dice lloronsísimo “hasta oyendo guaracha”. Es romántico y distraído. Mientras habla, canta. Y mientras piensa se le van las palabras por anécdotas que tienen un inicio en las oficinas de la Seguridad Nacional, durante la dictadura de Pérez Jiménez. Ex líder de la banda de los años sesenta que tenía nombre de carro, Los Darts, no ha parado de componer música porque es lo que lo hace feliz

 María Angelina Castillo Borgo

Los rastros que dejan la lluvia y la basura que invade un parque residencial de El Cafetal son el escenario en el que Carlos Moreán recuerda una vez más cómo se enamoró de la música. Su caminar es pausado y feliz. Como de un hombre que jamás se ha preocupado demasiado por lo que pueda suceder. Conserva una estampa hippie que se hace atemporal a pesar de que deja entrever la antigüedad que lo acompaña. El ex integrante de Los Darts, aquella banda que fusiló temas de Los Beatles, afirma que continúa en la movida y que puede cantar más de treinta piezas, pero que si no interpreta “Tú la vas a perder” no le pagan.

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Nunca le gustó el nombre de Los Darts. Cuenta que en aquella época la influencia mayor la recibían de las agrupaciones mexicanas, acostumbradas a llevar nombres de carros. Su grupo no fue la excepción: el Dodge Dart. Recuerda que todo surgió entre sus deseos de aprender a tocar, un cuatro eléctrico que construyó con la ayuda de un amigo y un cafetín con maquinita. Alguien le sugirió que hablara con un tal Augusto de Lima, un chico que tenía guitarra.

Me encantó la idea, pero ni siquiera pensé en hacer un grupo. Dije: ‘Oye, si el tipo toca, yo quiero aprender de él’. Él tenía un amigo que se llama Oscar Franco. No era un buen bajista, pero tenía el bajo, que era más importante que el talento en ese momento.

Sólo faltaba una batería, y así llegaron hasta un muchacho a quien le decían Pajarito, Rafael Pimentel, “un chamo que se la pasaba dándole a los tubos de su edificio. Y así empezamos, absolutamente empíricos, aunque más osados que otra cosa”.

Su primer toque fue en el Club Táchira de Bello Monte. Tenían únicamente doce canciones y debían interpretar más. Invirtieron treinta bolívares en el alquiler de una batería y treinta más en el taxi que los llevó con el corotero. “Total que nos quedaron como cinco bolívares a cada uno de lo que nos pagaron. Ese fue el debut. Angustiosísimo. Entre las canciones, recuerdo una que se llamaba “Cebollas verdes”, en la que hacíamos coreografía y todo”. Tararea una melodía y se bambolea de un lado a otro mientras se ríe como un niño que acaba de cometer una travesura.

Cuenta que su referencia más cercana era otro grupo que se llamaba Los Supersónicos, “porque Los Impala no había llegado aún a Caracas. Cuando los oí se me cayó la quijada. Sonaban cabillísima. Esos bichos eran los propios”.

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Siempre tuvo claro que lo suyo era la música. Se valió de ello para ejercer influencia en la banda, de allí que los convenciera de interpretar temas de Los Beatles, “porque eran lo máximo. El plus ultra”.

Cuando Carlos Moreán habla de aquellos cuatro pelúos que había parido Inglaterra suena algo distinto en su voz. A pesar de que oculta sus ojos tras unos lentes Ray Ban que le dan un aire de detective de película en blanco y negro, parece que se le engrandece la mirada y que se le conmueve cada vena musical.

Recuerda que John, Paul, George y Ringo eran la melodía que les quitaba el “encajonamiento” que habían impuesto Elvis Presley y los años cincuenta. De los chicos de Liverpool, se identifica más con la personalidad de Paul McCartney, porque era “el músico del grupo”. “A mí no me gustó John Lennon, aunque reconozco que era un poeta. Pero musicalmente nunca me dijo nada, de hecho creo que era el más precario del cuarteto”.

Los jóvenes del Reino Unido fueron los artífices ─sin quererlo y sin saberlo─ de una popularidad que traspasó las décadas y que arrancó con la traducción del tema You’re gonna lose that girl. Para Moreán, Tú la vas a perder es el comienzo de todo.

Fuimos a la California Sur a una audición y grabamos ése y otro tema. Cuando terminamos nos dieron las gracias y nos fuimos. Un amigo me dijo que cómo íbamos a grabar esa canción, que para eso la compraba por Los Beatles. Yo le dije que la habíamos hecho en español y me contestó: ‘Peor todavía, chico, cómo le vas a quitar la letra. No puede decir lo mismo’. Pero a los días, voy cambiando las emisoras de radio y en todas sonaba la canción. Eso fue realmente magia.

Asegura que no tuvieron problemas de derechos de autor. “A veces escuchábamos que decían ‘oímos la canción de Los Darts cantada en inglés por Los Beatles”. Y se echa a reír. “En esa época no había tanto problema. Si lo hago ahorita me revientan”.

Considera que la movida de la que formaba parte era muy ingenua, “ni siquiera se nos cruzaba por la mente el plan de ser famosos. Era simplemente tocar”. Entonces comienza a cantar y afirma que las cosas se le han dado fácil en la vida, de lo cual está muy agradecido con Dios. “Son pocos los momentos desagradables. He tenido más matrimonios que momentos desagradables en mi carrera” y cuenta sus cuatro experiencias de un amor legal, que en la actualidad tiene el nombre de Teresa, quien además es su mánager. Para él, el éxito de Los Darts se debió en gran medida a la honestidad con que hicieron su trabajo, “no estábamos en plan de estrellas”.

Por el año 1968 se separa de la agrupación, porque sentía que se había estancado, que ya no estaba contento. “Ese ánimo y esas ganas de tocar se me estaban desvaneciendo. Yo respeto muchísimo la música, así que preferí dejarlo así que hacer las cosas de mala gana. Ya yo estaba estudiando música y quería nuevos proyectos”. Recuerda el dolor que lo invadió cuando les dijo adiós. “Me puse a llorar, como las misses cuando ganan. ¡Pero una lloradera! Estaba dejando mi génesis como músico. Y después me decía ‘ay, Dios, y ahora qué hago’”.

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Carlos Moreán es distraído. Mezcla de vez en cuando alguna palabra en inglés, producto quizás de sus años en el Berkley College of Music en Boston, a mediados de la década del setenta. Canta, no para de cantar. Las risas que se le escapan se funden con una personalidad que él denomina romántica y llorona. Su gusto por la música se originó en la sala de su casa, mientras veía a su abuela interpretar y dar lecciones de piano.

Yo le dije que quería ser pianista, pero ella me contestó que era muy sacrificado. Así que me compró un cuatro. Siempre me sentaba a oírla y me decía a mí mismo: eso es lo que yo quiero ser  y es lo que quiero hacer. No me interesa saber más nada.

Confiesa que era pésimo estudiante de bachillerato. Estudió luego tres años de Derecho, para complacer a su mamá, y allí sí salía bien, porque le gustaba. “Pero lo dejé. Todo el mundo hubiera quedado preso, a todos les hubieran quitado la casa, se me habría olvidado qué hacer”. Y repite: “Lo mío es ser músico”.

De su infancia guarda recuerdos que le traen una imagen terrorífica. Conoció al maestro Vicente Emilio Sojo cuando no pasaba de los doce años. Su abuela, al ver que su interés iba en serio, lo lleva para la Escuela Superior de Música, que dirigía el maestro. “Él tenía una oficina con una tarima donde estaba su escritorio y desde allí te veía hacia abajo. Tú te sentías como un microbio. Me pregunta ‘¿y usted por qué quiere ser músico?’. Y mientras le respondía me dice: ‘Ajá. Repítame la melodía que estaba haciendo con mi mano’. Pánico total. Yo le estaba parando a él, a mí la mano no me interesaba para nada. Le pedí disculpas. Pero él respondió: ‘No, no, no. Si a usted le gusta la música tiene que prestar atención a todos los sonidos, sean determinados o indeterminados. Todo lo que suena es música y usted tiene que estar pendiente. Si no, nunca llegará a componer’. Y me puse a llorar”. Relata que esas frases lo desanimaron muchísimo, “como cuando te deja la novia. Menos mal que fue pasajero”.

Su familia nunca le hizo la guerra para que desistiera de su idea de dedicarse a la música, excepto, recuerda, su padre, “que era militar, y tú sabes que militar no es gente”. De esa época se desprende otra etapa importante en la vida del país: los conflictos políticos.

“Veníamos de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Mi papá estuvo preso en la Seguridad Nacional. Yo tenía once años y estaba con mi mamá cuando vi el lugar en el que lo tenían. La represión de esa época era muy fuerte, y uno se crió con eso. Era una Venezuela primitiva. Pero los músicos no nos metíamos en eso, no interpretábamos canciones alusivas a revoluciones. Lo que hacíamos era tocar donde se podía. Los estudiantes siempre fueron los contestatarios y aguerridos”.

Hace una comparación con el actual régimen de Hugo Chávez. “No hemos llegado a tal punto. Todavía podemos salir y gritar. Y yo lo hago todos los días”. Se acerca a la grabadora y dice con firmeza, como para que nunca se le olvide a nadie: “Soy antichavista y lo seré toda la vida”.

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Carlos Moreán no es cinéfilo. Entre sus roles de director de orquesta, intérprete, músico ejecutante y compositor, le satisface más el último porque  “en la composición está todo”. No tiene cómo agradecer a Dios que le haya permitido tener dos grandes “panas”: Renny Ottolina y Aldemaro Romero, a quienes se encomienda a la hora de componer y que recuerda como seres solitarios que siempre fueron genios.

Además de dedicarse a la música, ha grabado cuñas para televisión y comenzará a dar clase de teoría y solfeo a las señoras de la tercera edad en la biblioteca Raúl Leoni de El Cafetal. El año pasado ofreció cincuenta y tres conciertos; éste, únicamente siete. Piensa que tiene que ver también con la situación que está viviendo el país. “Qué terrible y qué pánico”.

No es de quienes piensan que todo tiempo pasado fue mejor, ni califica de buena o mala una corriente musical, a pesar de que dice que no le gusta el reggaetón. “No le encuentro nada. Es una base rítmica repetida y decir tres veces ‘mamita rica apretadita’”.

Lamenta que en la actualidad se esté haciendo música pensando más en el mercado y menos en el corazón. “Pareciera una receta: agarre cuatro gramos de reggae y dos de bolero. Mézclese bien y sírvase”. Esclavitud que achaca sobre todo a las disqueras.

Pero una esperanza hace que conserve el buen humor: la estimulación que reciben los jóvenes para que estudien música, hecho que antes era más difícil.

Los muchachos son músicos, pero también cobran. Y me parece bien, no todo puede ser romántico. Aunque si tuviera que escoger, me quedaría con la época anterior. Porque yo nunca dejé de comer. No me hice millonario, pero compré mi apartamento. Toqué y sigo cantando. Son un soñador y soy feliz.