RECUERDOS DE UNA LUCHADORA

Analuisa Llovera, ex presidenta de la Asociación Venezolana de Periodistas, adeca, emancipadora y de verbo más bien grosero pero sobre todo defensora de la libertad de expresión, ofrece esta entrevista imaginaria llena de recuerdos a pesar del Alzheimer que ensombreció sus últimos días

 

Vanessa Moreno Losada

Crisantemos, rosas y claveles eran parte de la audiencia que escuchaba atenta las palabras de La Chamaquita. En esa casa maracayera la vegetación, con sus árboles, arbustos y flores, era la atracción principal del hogar; pero ese día cedió su puesto a la mano que las riega. Analuisa Llovera manifestaba su gusto por la naturaleza sembrando matas a granel en su casa de El Limón. Con el sol pegando en el patio ella ofrecía la entrevista con su voz grave y de vez en cuando el tono bajo se combinaba con una grosería dicha con ganas.

Sí, malas palabras salían de ese casi metro cincuenta que se acostaba por las tardes en el chinchorro al final del amplio corredor central de aquella casa. Ese vocabulario fue una de las cosas que la hicieron resaltar en una sociedad acostumbrada a mujeres complacientes y conservadoras. También el carácter, propio de una llanera, y el guáramo con el que se enfrentaba a reporteros y políticos la hicieron merecedora de un gran respeto entre sus compañeros y allegados, incluso de aquellos con los que no compartía la misma ideología.

 

Ser periodista en una dictadura

Muchos dicen que es la primera mujer periodista, pero a ella no le agrada esa exclusividad. Siempre aclara que junto a ella destacaron otras reporteras como Mercedes Clemente y María Teresa Castillo. Tal vez lo que la historia del periodismo vio en ella fue su decisión de luchar por la defensa de la libertad de expresión, principio que acompañó cada cargo que iba ocupando en su vida profesional.

― ¿Cuándo sintió que la vida casera no era suficiente para usted?

Me viene de mi padre. Él era un luchador antigomecista, era estudiante de medicina que no se graduó porque siempre estaba muy activo en la vida política del momento. Así que cuando murió Gómez yo veía pasar los autobuses llenos de estudiantes derechito para las rejas, agarré la máquina de escribir, aprendí a usarla y comencé a unir letras en ella para inmortalizar lo que veía y ridiculizar al dictador.

―¿Se puede decir que luchó también contra los hombres?

―Para nada. Solo me tocó desenvolverme en un mundo extremadamente machista y velar por mis derechos. Bueno, fíjate que en esa época las mujeres no nos podíamos divorciar, ni votar. Las trabajadoras de los cafetales y tabaqueras ganaban 2 o 4 bolívares por unas jornadas de trabajo inhumanas. Con la lucha de la Agrupación Cultural Femenina, a la que yo pertenecía, se logró una participación política e igualdad de derechos. ¿No me divorcié de mi primer esposo, Bonaparte Padra, pues?

―Su vida política y periodística comenzaron a andar casi simultáneamente. ¿Cuál era la de su preferencia?

―Durante mucho tiempo estuve dedicada a la política, me hice militante del partido Acción Democrática y estuve como diputada en la Asamblea Constituyente de 1946, pero siempre escribiendo, reporteando. En mi exilio, tuve la oportunidad de compartir con muchos periodistas extranjeros y otros exiliados, me empapé de la literatura censurada en el país por la dictadura de Pérez Jiménez y, al regresar, me dediqué de lleno al periodismo, sobre todo después de asumir la presidencia de la AVP (Asociación Venezolana de Periodistas).

―¿Qué ganó y qué perdió con ese exilio?

―Comenzaré con las ganancias. En ese viaje obligado, “regalado” por el hijo de puta de Pérez Jiménez, tuve la oportunidad de hacer famosa a Lupe Ravelo, el seudónimo que usaba para escribir en la prensa de México. Luego viajé a España y ahí cursé unos estudios de periodismo. Y por supuesto, también hice relaciones con muchos colegas, tanto extranjeros como venezolanos exiliados. Así que en resumen, al exilio le debo una buena parte de mi madurez profesional. Ahora, al pensar en las pérdidas ya se me va quitando esa sensación de agradecimiento: Raúl Leoni y yo tuvimos una relación de pareja estable, teníamos incluso un apartamento por El Silencio; pero al salir del país nos separamos, él conoció a Menca Fernández (Carmen América Fernández) y se casaron en Washington. Ese coño de madre…

―¿Volvió a ver a Leoni?

Sí claro. De hecho en una celebración gremial, cuando él ya era presidente, me topé con Menca. Estaba yo con El Compañerito (Omar Pérez) y  felicite a Menca con un abrazo por su labor social con los muchachos de los barrios. Era una mujer en verdad muy trabajadora.

 

Un hogar con historias que contar

El ambiente de esa casa era el reflejo de la personalidad de Analuisa: alegre, femenina, acogedora, independiente y locuaz. Fue escenario para reuniones y sancochos con invitados como Eleazar Díaz Rangel, César Gil, Omar Pérez, Héctor Mujica, entre otras personalidades del gremio y del mundo político.

Por engaños familiares, el hogar ahora se encuentra hipotecado: un sobrino la animó hace poco para firmar un “crédito” y  realizar un viaje por distintos países y ella, como para darse un lujo merecido después de tantos años de trabajo, accedió. ¡Craso error!

Sin embargo, aún le sirve de techo a quien fue la primera mujer en presidir la AVP y el Tribunal Disciplinario del gremio, la primera mujer diputada y una de las piezas claves en la emancipación de la mujer venezolana. En esa casa, recibe los cuidados de una de los ocho hermanos, Ana Teresa Llovera, aunque desde hace un tiempo pasa la semana en un ancianato.

El Alzheimer de su hermana era lo que cuidaba Ana Teresa. A los ochenta y cinco años muchos allegados creen que se trata de un síntoma de locura, por lo que la compasión se comenzó a sentir en el círculo social de Analuisa. “Me acuerdo de algunas visitas que he recibido en el ancianato, sé que me visita mucha gente pero no recuerdo quiénes son. Una  de mis visitas hasta se puso a llorar ahí delante de  mí”, confiesa Analuisa. Ese llanto de hombre que ella no conocía provino de uno de sus reporteros del diario El País, cuando ella era jefe de información,  y compañero en varias reuniones sociales: Omar Pérez.

La compasión no era lástima. Al saber la noticia de la difícil situación que vivía la hermana para cuidar de Analuisa, el gremio acordó, junto a Carlos Andrés Pérez, darle una pensión especial y un carro para ayudar con las necesidades de la colega. Y ese gesto era lo menos que se podía esperar de los periodistas después de la pelea familiar que ocasionó el regalo del apartamento en Parque Central a la AVP.

―¿Por qué tomó la decisión de donar su apartamento?

―Aun cuando me retiré de la dirección gremial siempre estuve interesada en el ejercicio periodístico, sus avances y el bienestar de todos los inscritos. Sé, porque trabajé ahí, que la asociación sufre de una falta de espacio y como no tengo hijos a quien heredar decidí donar ese apartamento para que lo acondicionaran según las necesidades más urgentes.

―¿Trajo problemas familiares ese gesto de generosidad?

―Ahora que preguntas, creo que sí. Creo haber oído decir a mi hermana que por qué yo había hecho eso, que no tenían dinero para mis medicinas y cosas así. Coño, no me acuerdo mucho, pero algo así era.

―Dijo que  no tuvo hijos, ¿no se volvió a casar?

―Sí, me casé con un corredor de seguros nicaragüense. Pero gracias a una amiga me enteré que tuvo un amorío con otra y al llegar a casa le puse tranquilamente las maletas en la puerta. No volví a  ver más a Amador Fonseca y todos mis compañeros le agarraron mucha rabia.

 

Un homenaje olvidado

El Alzheimer de Analuisa evitó que alcanzara uno de sus anhelos: “Aspiro vivir hasta el año dos mil, si es que para entonces estoy lúcida, de lo contrario, preferiría no llegar hasta esa fecha”.

Sin embargo, sí le permitió recordar episodios de su pasado, incluyendo los nombres de los protagonistas:

Una vez estábamos en un foro por Guárico, en los tiempos en los que Eleazar era presidente de la AVP, y hablando con Antonio Estévez de la época de muchachos cuenta cuando todos nos bañábamos en el río, eso sí, hombres y mujeres bien separados, y sale con que no sabe por qué me no me cogió.

Ya el sol se estaba poniendo cuando Analuisa se paró del chinchorro, con bastante dificultad por los achaques,  y fue a buscar una revista en la que su cara era la portada. La razón: un homenaje realizado por el gremio, por lo cual le dedicaron un especial en la revista de la asociación y le celebraron los setenta años. Ese fue el evento que marcó el fin de  su participación en la vida pública y la manera en que la historia recordaría a la periodista adeca pero fiel a su profesión antes que todas las cosas.

Ella recuerda muy poco de esa celebración.

En medio del amplio corredor y dejando atrás a sus crisantemos, rosas y claveles Analuisa deja ver cómo su carácter luchador, imponente y perseverante se dejó doblegar por una enfermedad de nombre alemán.

―Aquí tengo una revista que tiene mi foto en ella. No sé por qué, pero si salgo en ella es porque debe ser importante.

―¿No sé acuerda del homenaje que le hicieron por su cumpleaños setenta?

―Creo. Había mucha gente, pero no sé para qué era.