HAY QUE LEER A WOLFE

Cuando se van a cumplir los 50 años desde que un hombre se fue al espacio exterior por primera vez –y regresó sano y salvo−, es hora de releer a Tom Wolfe, periodista altamente recomendable para las nuevas generaciones

Sebastián de la Nuez

Leer a Tom Wolfe en Lo que hay que tenerThe right stuff− es recuperar como experiencia personal lo que fue algo tan universalmente colectivo:  la carrera espacial en los primeros años sesenta. Leer a Wolfe es viajar en el tiempo y, como en una película, asistir a la puesta en escena de una gran aventura compartida. Leer a Wolfe es evocar los detalles vívidos de aquellos días cuando los astronautas ocupaban la portada de la revista Life, y la revista Life –como Mecánica Popular o la Bohemia criolla− se conseguía en cualquier kiosco de Caracas.

Puedes recuperar tu infancia, como diría Fernando Savater, leyendo a Wolfe mientras describe las peripecias del cohete Redstone. O en general las metidas de pata de la NASA:

Pero no fue el último chasco. El último chasco vendría más tarde, a finales de aquel año, cuando la NASA montó una prueba en Cabo Cañaveral destinada a mostrar a los políticos que el sistema cápsula y cohete del programa Mercury ya estaba casi listo para el programa pilotado. Llevaron allí a 500 personalidades (…). Nueve… ocho… siete… seis… cinco, etcétera, y luego: «¡Ignición!» Y el poderoso eructo de llamas brota del cohete en una tremenda exhibición de potencia… El poderoso dardo blanco retumba y se agita… y luego parece cambiar de idea, su sistema nervioso central computarizado parece pensar otra cosa sobre todo el asunto, porque de repente las llamas cesan y el cohete vuelve a asentarse sobre la plataforma y se oye un pequeño POP. Y de la punta del cohete sale un casquete. Se eleva en el aire, una cosita pequeña con la punta en forma de aguja. Se trata de la torre de emergencia de la cápsula. Mientras la gran multitud observa, perpleja, en un silencio pétreo, el casquete se eleva a unos mil 200 metros y luego cae con un paracaídas. Parece una pequeña piñata de una fiesta.

La carrera espacial fue una aventura con millones de espectadores en todo el mundo. Deslumbró a toda una generación. Para los más pequeños fue un modo de vivir lo que al mismo tiempo leían cada noche antes de dormir. como por ejemplo De la Tierra a la Luna, de Julio Verne. ¿Qué más podía desear un chico de siete u ocho años que no estaba muy por la labor de tragarse las películas animadas de Walt Disney?

De la Tierra a la Luna correteaba desde Life o la televisión de señal libre con la fuerza onírica de lo leído… y tomaba los contornos firmes de la noticia en blanco y negro, junto a un portento llamado Cassius Clay y una amenaza más bien etérea: el comunismo.

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Se van a cumplir 50 años del primer viaje de un terráqueo al espacio exterior. Yuri Gagarin –un soviético, no un norteamericano−, abril de 1961. Tiempo de recordar con alguna parte del alma, no necesariamente del cerebro.

Hace cincuenta años, la Unión Soviética le llevaba ventaja a Estados Unidos en tecnología aeroespacial. Gagarin, a bordo de la Vostok I, fue eyectado como sardina en lata rumbo a la estratosfera, dejando a los estadounidenses avergonzados y sorprendidos: ¡el sistema comunista, caramba, era capaz de adelantárseles en tal proeza!

Todos los sufrimientos de los astronautas seleccionados para el proyecto Mercury están relatados por Tom Wolfe en The right stuff. ¿Cuántas entrevistas hicieron falta para reconstruir toda esa historia? Subsiste en toda la narración de Wolfe un elemento y es esa capacidad de los medios masivos, y de la gente, para hacer de un pobre piloto de caza destinado a jugar el rol de conejillo de Indias durante un vuelo —igual podría haber sido un chimpancé y, de hecho, primero fue un mono allá afuera—, un héroe nacional.

Así, héroes fueron Wally Schirra, Deke Slayton, Al Shepard, Gus Grissom, Gordon Cooper, Scott Carpenter y John Glenn: los siete magníficos del proyecto Mercury, con chicas rondándoles todo el tiempo alrededor, “fueses un tipo  endiabladamente atractivo, como Scott Carpenter, o fueses un tipo gruñón y chiquitín como Gus Grissom”, dice Wolfe. Porque todos ellos tenían, a fin de cuentas, lo que hay que tener.

Y uno piensa cuando lee o relee este reportaje en lo bien que escriben los periodistas cuando escriben bien. Quizás porque, además de manejar la palabra, han hecho acopio de herramientas que no están muy al alcance de cualquier escritor que se ha hecho a sí meramente escribiendo y no saliendo a la calle.