UN BASQUETERO DE LA VIEJA ESCUELA

Con casi tres décadas como jugador activo en las canchas venezolanas, Víctor David Díaz se aproxima a ser el hombre récord de la Liga Profesional de Baloncesto (LPB). Aun así, el caraqueño no piensa en sus marcas. Para él lo más importante son su familia y amistades

 Nellyan Pedrique

Al entrar al gimnasio cubierto Parque Miranda cualquier persona que tenga una estatura promedio se considerará un liliputiense al lado de los Gulliver que encontrará en el tabloncillo. Uno de ellos es el hombre que posee la marca de más triples logrados —2 mil 218— en la Liga de Baloncesto Profesional de Venezuela, Víctor David Díaz Díaz, y que el próximo 25 de febrero se convertirá en el basquebolista con más temporadas jugadas en la LPB, al superar las 23 campañas del estadounidense nacionalizado venezolano Sam Sheperd.

Aunque a simple vista encaja en el prototipo de un atleta de esta disciplina por su altura y destreza, rápidamente se separa del resto: es el único miembro del equipo Panteras de Miranda que no posee tatuajes en su cuerpo. La razón, quizás, se debe a lo que comenta su único hijo —cuyo nombre es idéntico al de su padre—: “Es un basquetero de la vieja escuela, es muy conservador. No le gusta nada extravagante, mucho menos los tatuajes y los aretes”. Las palabras del chico de 16 años de edad están matizadas con la admiración que tiene hacia su progenitor que, como él, quiere hacer de los balones y los tableros su forma de vida.

El deportista de 43 años de edad ha vivido del baloncesto desde el año 1991 cuando el entrenador Larry Brown —reconocido como uno de los mejores coachs tanto colegiales como de la Asociación Nacional de Baloncesto (NBA en sus siglas anglosajonas) — vino al país para examinar a Gabriel Estaba y se encontró con el novel basquetero Díaz en uno de los entrenamientos de Panteras de Miranda. A Brown le gustó lo que vio, se acercó al joven de 1,98 metros de altura y le ofreció una beca para estudiar en la Universidad de Houston, Texas.

 

ENTRE CHICANOS Y GRINGOS

 Moñito —como lo llaman sus allegados— dice ser un hombre variado. Sus gustos musicales van de la salsa al jazz. Sigue con atención los acontecimientos del atletismo, fútbol, tenis, golf y hasta del béisbol. ¿Y las mujeres? Blancas, morenas, pelirrojas y rubias.  

Es el menor de los seis hijos del matrimonio entre Estanislao Díaz y Sara Díaz. El maraco de la familia fue muy consentido por todos en la humilde casa en la que creció en el barrio El Guarataro.

 “Mis hermanos eran mis alcahuetes. Mi infancia fue normal y muy venezolana. Jugué metras, trompo, papagayo y gurrufío como un chamo cualquiera”. Además de los pasatiempos tradicionales practicó béisbol durante su niñez y parte de su adolescencia. Era un lanzador y tercera base con mucho talento, pero poco a poco la adrenalina que se vivía en las canchas de cemento lo alejó de los estadios hasta cambiar las pelotas de 24 centímetros por balones que les triplicaban el tamaño.         

Willy Naranjo fue uno de los testigos de este cambio. Amigo de la infancia y compañero en las partidas del barrio, afirma que la constancia y dedicación que mostraba Díaz le auguraban un gran futuro. “Siempre le vimos el talento que a nosotros nos faltaba y por eso fuimos engatusándolo hasta que no pensara en otra cosa sino en el baloncesto. Es un hombre sencillo y humilde, eso es indispensable para tener una carrera exitosa”. No se equivocó. En pocos meses Víctor David pasó de compartir con Willy y sus compinches a caminar por las calles de Houston entre chicanos y gringos.

Para el basquetero graduado en Administración y Gerencia esa fue una de sus mejores vivencias. “Me hizo crecer como persona, aprendí otra lengua y me relacioné con una cultura muy distinta a la nuestra. Los primeros tres meses fueron muy difíciles, pues estaba acostumbrado a estar con mi familia. En ese tiempo se conjugaron muchas cosas: nostalgia, la barrera del idioma y el frío”.

 

JUEGO EN EQUIPO

En un principio, sus padres no estuvieron de acuerdo con que el menor de sus hijos practicara baloncesto, pero de igual manera lo apoyaron. Víctor David asegura que sus seres queridos lo han animado desde las gradas durante sus 24 años de experiencia en las canchas venezolanas.

A pesar de vivir bajo la neblina que azota todas las noches al municipio mirandino Los Salias, su calidez prevalece al conversar con las personas. La familia y sus amigos son sus prioridades. Willy Naranjo, quien aún reside en El Guarataro, indica que el segundo anotador de todos los tiempos en la LPB nunca ha dejado de visitar al sector que lo vio crecer. “No ha perdido esa sencillez que lo caracterizaba. Siempre viene al barrio, comparte con la gente y juega unas cuantas partidas. Por acá lo queremos mucho”.

Díaz pronuncia las palabras con mucha pausa y tranquilidad. Sus ojos revelan más experiencia que cualquiera de su misma edad. El periodista Williams Brito quien ha seguido la carrera del basquebolista desde sus inicios y le ha realizado innumerables entrevistas dentro y fuera del tabloncillo, afirma: “Es un hombre muy  preparado. Le encanta la lectura y la cultura asiática. Siempre te responderá con algún proverbio chino”.

Es divorciado pero aún cree en el amor. No le teme a las segundas nupcias. Es partidario del juego en equipo tanto en el deporte como en el amor y la familia. “El árbol más fuerte y frondoso vive de lo que tiene debajo”, comenta Díaz y aparecen los proverbios.

Víctor David Díaz junior difiere un poco de su progenitor. Alega que es un jugador con tendencias individualistas y que ese aspecto fue determinante en las marcas que posee dentro del circuito rentado del baloncesto. A lo que el veterano replica: “Para que haya un equipo deben existir individualidades, pero éstas no ganan los partidos”.   

 

LOS RÉCORDS CERRARÁN EL LIBRO

Aunque no tiene nada más que demostrar, es el último en retirarse a los vestidores luego de las sesiones de entrenamiento del equipo Panteras de Miranda que se realizan dos veces al día. El caraqueño dedica unos minutos adicionales para mantener su mejor herramienta: el lanzamiento de tres puntos.

El menor de la familia Díaz Díaz asegura que el básquetbol estaba en su destino y no se arrepiente de eso. Este deporte está presente en cada momento de su vida. “El trabajo diario es el que establece lo que serás. Conozco pocos jugadores que entrenan siempre, yo lo hago porque lo disfruto y me nutre. Es mi pasión”. No se imagina realizando otra cosa que no implique lanzar balones, capturar rebotes y correr durante 48 minutos seis noches a la semana.

Díaz dedica diez meses al año al baloncesto. Las temporadas en la LPB consumen sus días entre los meses enero y julio. Además, participa en la Liga Nacional de Baloncesto que se disputa entre agosto y noviembre, y ha competido en los campeonatos profesionales de Brasil, Argentina y Colombia.

Ciertamente necesita tiempo en su agenda para pensar en los récords que ha superado. Para él, estas marcas tendrán un mayor significado cuando se retire. “En este momento no puedo tenerles el mismo aprecio. Son cosas de las que estoy orgulloso puesto que he trabajado y luchado por ellas, pero no me quitan el sueño”.

La salsa, el hip hop, el merengue y el rap musicalizan su tiempo fuera de las canchas. El jazz es su acompañante antes de los juegos. Le gusta vivir la vida de forma desacelerada, es un hombre tranquilo que disfruta de una buena película en compañía de su hijo, pero al momento de vestir el uniforme del conjunto mirandino se convierte en un felino.  

Víctor Moñito trabajará hasta el último día de su contrato — 2012— con la divisa en la que comenzó su carrera y lo verá colgar su camiseta. Espera ser recordado como un hombre que se esforzó por sus logros y que disfrutó su trabajo. El oriundo de El Guarataro ha escrito su historia sobre las canchas venezolanas y está consciente de que el final de su carrera como atleta activo se aproxima, pero con una sonrisa aplicará uno de tantos refranes que predica: “Cuando llegues a la última página, cierra el libro.”