Cansada de ser periodista (II)

Continuación de la entrevista con Rosa Montero. Recién publicaba  Instrucciones para salvar el mundo (Alfaguara, 2008), que no resultaría en un éxito ni de público ni de crítica. Aquí habla de la construcción de una historia: «El crecimiento de una novela es algo muy orgánico: echa ramitas, poquito a poco va creándose esa historia grandísima a partir de una cosita de nada»

Sebastián de la Nuez

El encuentro fue en una pequeña cafetería frente a la avenida Raimundo Fernández Villaverde, cerca del paseo de La Castellana y de El Corte Inglés. No es que sea un lugar habitual para la Montero, pero la popular tienda por departamentos es referencia en la capital del Reino para guiar a los forasteros cuando salen del metro o bajan del autobús.

Durante una tarde primaveral, esta mujer llena de salamandras en su vida y en su cuerpo –lleva una tatuada en un brazo, varias en sus anillos, otra en la portada de su último libro y guarda una familia completa en su casa– negó prejuicios. Lo hizo porque le recordé un párrafo de su entrevista a la actriz francesa Catherine Deneuve publicada en febrero de 1996 en El País Semanal. Decía en ese párrafo que los hombres suelen tildar a una mujer de fría cuando esa mujer los rechaza. Eso había dicho el director de cine Luis Buñuel en referencia, precisamente, a la Deneuve.

La Montero no se acordaba de la metáfora del trasatlántico –alusión a la imponente figura de la actriz que adorna el lead de esa entrevista− ni tampoco del comentario sobre la expresión de Buñuel, pero enseguida concedió: «Puede ser perfectamente. Es una observación de la realidad, no es un prejuicio».

Después de 37 años ejerciendo el periodismo con fuerza creativa, lo ha dejado por la literatura o, más bien, por la fabricación de libros cuyo empaque se va pareciendo cada vez más a Kem Follet. La competencia es dura y hay que descollar porque en España se editan al año unos setenta mil volúmenes, incluyendo reediciones y libros de texto o enseñanza.

Quizás por haber dejado el periodismo anda más tranquila, visitando a su madre, Amalia, y luego atendiendo a los periodistas latinoamericanos de paso por Madrid que ella misma ha citado por teléfono o correo electrónico. La Montero se instala, menuda y tetona, con su vaso de café en una de las mesas plásticas dispuestas en la amplia acera frente a la Mozar. Sí, ella es madrileña y sus padres también, sólo que su abuelo por parte de madre era de Asturias y perteneciente a un grupo que, según dice, son como los gitanos de Asturias, nómadas. Se siente identificada con la vida de los montes, las brumas, el verde, las montañas, los bosques y los prados. Dice que no, que la lagartija tatuada en el brazo no es para promocionar su último libro –Instrucciones para salvar el mundo tiene en su portada uno de estos bichos, casi dispuesto a comerse la palabra mundo−; se la marcaron indeleblemente hace ocho o nueve años.

La lagartija, en el libro, es la imagen de uno de sus personajes y además representa la capacidad de regeneración. «Me encantan los lagartos; me parece que son como los dragones de los cuentos infantiles pero de verdad, ¿no? Y luego son como los dinosaurios, pero domésticos. Es un animal primordial y sabio. Me encantan».

−A Juan Villoro también le dio por ahí en su último libro…

−¿Ah, sí…? ¡Qué me dices! No lo sabía.

−Es una lagartija troquelada, silueteada, y se ve lo que hay debajo.

−Qué bonito.

−Muy bonito pero enseguida se estropea.

−Ya, se rompe. Pues le voy a escribir y le voy a decir que hemos tenido la misma idea, ja, ja. A mí me encantan los lagartos. Hoy he encontrado en casa una cría de salamandra fosilizada.

−¿En qué casa encuentras una salamandra fosilizada?

−En mi casa. Yo vivo en las afueras de Madrid y tengo un pequeñísimo jardín. Tengo salamandras residentes. Una grande, así de grande, que ha tenido salamandritas. Y una de éstas ha debido quedar atrapada, se murió y se secó.

−¿Usted vive sola?

−No. Tengo una pareja con quien vivo desde hace veinte años.

−¿No tiene hijos?

−No.

−Pero tiene libros.

−Bueno, sí. Pero yo creo que no es lo mismo. No he tenido hijos porque no he querido. Hubiera podido tener, sí.

Su centro de operaciones es Madrid, donde siempre ha vivido excepto año y medio que pasó en Estados Unidos y seis meses que estuvo en Londres. No considera que Historia del Rey Transparente sea una novela histórica:

Para mí es una novela de aventuras con ingredientes fantásticos que sucede en el siglo XII. Para mí, una novela histórica es aquella cuya finalidad principal es ilustrar un periodo histórico. A mí me encanta la Historia, y quizás por ello no me gusta mucho el género de la novela histórica, porque creo que para aprender de un periodo o de un  hecho es mejor leer libros de Historia. La novela está para hablar de lo que no sabemos, para intentar iluminar un poco las tinieblas del mundo.

−En todo caso, ¿de dónde se nutre?

−Pues las novelas son, sabes, sueños. Son los sueños de la humanidad; los sueños que el escritor sueña con los ojos abiertos. Y tú no escoges las historias que cuentas, sino que las historias te escogen a ti. De la misma manera que no puedes escoger tus sueños de noche, tampoco puedes escoger las novelas. Una idea de repente se te mete en la cabeza, te obsesiona…

Y, a continuación, se explica:

Escribir novelas es en realidad tener una imaginación muy desbordada, todo el rato estás imaginando cosas. Pero sólo el diez por ciento, o menos, terminan en las páginas de un libro. Una novela nace cuando, en una de esas imaginaciones, algo te emociona tanto que te dices ‘esto lo tengo que contar’. Ahí es cuando empieza a echar ramas en la cabeza. El crecimiento de una novela es algo muy orgánico: echa ramitas, poquito a poco va creándose esa historia grandísima a partir de una cosita de nada y de una manera muy natural. Así que las novelas nacen de tu inconsciente, y el inconsciente es lo que tú eres, absolutamente todo: lo que has leído, lo que no has leído, lo que temes, lo que deseas, lo que no siquiera sabes que está allá abajo. Yo por ejemplo detesto hacer una novela sobre mi realidad, ¿para qué? Lo bueno es escribir cosas que aparentemente no sabes, que te las cuenten tus personajes.

−¿Y de esa manera no está dejando la cosa como muy al azar?

−Absolutamente no. Es el azar y no lo es, porque te digo que nacen del inconsciente. Al contrario, cuando hay una imagen que echa raíces y te llena de una emoción determinada, no es por azar, es porque ha tocado algo tuyo muy importante, pero que ni siquiera tú eres capaz de traducirlo. A veces no sabes por qué eso te impresiona tanto. En el periodismo escribes lo que sabes, lo que has investigado, preguntado o estudiado; y en la novela escribes lo que no sabes que sabes. Esa es la diferencia. Eso no quiere decir que sea azaroso. Está ahí.

En suma, cree en la conveniencia de no repetirse; las novelas tienen –se refiere a las suyas− una unidad profunda porque todas pertenecen a la visión del inconsciente. O sea, azaroso, nada.

Otra cosa es que no lo sepas explicar, pero azaroso no es; hay una determinación de tu mirada frente al mundo, y de tu necesidad psíquica, por así decirlo.

Pero una novela como Amado amo no veo cómo puede venir por esa vía, porque para escribirla ha debido empaparse del mundo publicitario.

−No conozco para nada el mundo publicitario, absolutamente para nada. Pero conozco, porque llevo trabajando desde los 18 años, el mundo de las relaciones laborales, y el mundo de los seres humanos, porque lo llevo estudiando desde que era pequeña. Y de repente un día te inquieta contar las relaciones de poder que se establecen en la nueva esclavitud, que es la esclavitud laboral. Y lo pongo en el mundo publicitario no sé por qué. Ni he trabajado jamás ahí ni he tenido novios, amigos o amantes en el mundo publicitario. Para nada. Ni me he puesto a estudiar el mundo publicitario. Sale porque en lo básico todos somos parecidos. Sale porque te lo cuentan tus personajes.

−Bien, pero ¿cómo lo hace más vívido? Porque uno juraba, como lector, que lo conocía profundamente.

−No. Es obvio que es así. Si te metes dentro de eso y empiezas a vivir dentro de esas cosas, salen por su propio peso. Como en El corazón del tártaro el mundo de las drogas. Soy de la generación de las drogas, del 68 y 70, y tuve muchos amigos que del porro pasaron a la heroína; pero cuando pasaron se fueron del grupo. Yo, por fortuna, no he tenido a nadie cerca con ese problema. Sin embargo, ayer mismo, en la Feria del Libro, vino un tío y me dijo «mira, me encanta El corazón del tártaro, lo leí cuando era yonqui, ya lo he dejado, y es que retratas ese mundo perfectamente». Y digo ¡pues qué maravilla! Porque eso lo he vivido desde dentro de mis personajes, nadie me lo ha contado. Intentas ponerte en esa situación y va saliendo.

−¿Y ahora en qué está pensando?

−Tampoco lo puedo contar, pero vamos, estoy tomando notas para una serie. Quiero hacer un mundo coherente y prolongable. Nada de trilogías o tetralogías; no. Quiero hacer novelas que empiecen y terminen en sí mismas pero que pertenezcan a un mundo determinado. Eso es tentador para un escritor, siempre: un mundo en el que puedes vivir con unas leyes coherentes y unos personajes que se repitan. Y es maravilloso, porque si piensas en una serie todo cabe: de repente una idea que no casa con otra, la dejas para otra [ríe]. La verdad es que estoy muy divertida, deseando empezar dentro de nada. Normalmente siempre espero un año, sabes.

−Un año para desarrollar otro trabajo.

−Normalmente espero un año o año y pico hasta que me vuelvo a sentar, pero esta vez estoy tan ilusionada con la idea ésta que creo que me voy a sentar en septiembre.

−Dijo que tomaba notas. ¿Me puede explicar el proceso?

−Ya te digo, primero es una idea pequeñita, un huevecillo, una imagen que te emociona. Tengo miles de cuadernos siempre y durante un año, o año y medio, tomo notas en todas partes.

−Pero, ¿es algo que ve y asocia con su historia?

−No, el huevecillo es a lo mejor algo que has visto, pero lo siguiente es todo mental, o sea, te vas metiendo, los personajes van creciendo, creando historias; se va creando ese mundo; y al final de ese año o año y medio ya tienes la historia entera. Además soy muy caótica, personalmente; quizás por eso me gustan mucho los libros muy arquitectónicos. La estructura es muy importante para mis novelas. Termino haciendo mapas en cartulinas con los ingredientes de la novela y los personajes. Al final ya sé que va a haber 37 capítulos, en cada capítulo lo que va a pasar.

−[Señalando un mechón color cobalto que le adorna la cabeza] Quíteme una curiosidad. ¿Eso es un mechón que se pinta?

−A veces lo he pintado, pero éste es una extensión. O sea, se pega. Te puedes lavar la cabeza y peinarte, cosa que te evita decolorar el pelo, que es un coñazo.

−Uno de sus anillos también tiene una salamandra.

−[Mostrando ése y otros tres anillos] Sí, y una serpiente en este otro. Un cocodrilo gordo y otra serpiente.

Explica su nuevo libro: dos personajes cumplen 45 años, un taxista y un médico; también está Cerebro, una mujer de 70 años que cuenta a lo largo de la novela un montón de teorías científicas y fascinantes. Ha descubierto Rosa Montero que le gustan esos personajes, mujeres mayores que son como brujas. Pero la gracia, en esta novela, es que esa especie de bruja del conocimiento cuenta prodigios que en verdad no lo son, sino teorías científicas auténticas. Le encanta la divulgación científica, dice. «Y si te pones a ver, la neurología, la zoología o la biología son mucho más maravillosas y mágicas que cualquier historia de hadas y de gnomos, porque el mayor prodigio es la vida. La vida es absolutamente un prodigio y un misterio».

−He notado al comenzarla a leer que hay un miedo a la muerte…

−Pues claro. No sólo un miedo sino una obsesión. Pero es que la vida humana está marcada por la muerte desde el principio de los tiempos; todo lo que hacemos en la vida es contra la muerte. Además de eso, los novelistas somos gente con una mayor conciencia del paso del tiempo. La mayoría de la gente se las apaña para vivir pensando que es eterno, sin recordarla. Entonces los novelistas escribimos justamente por eso; la conciencia de la muerte hace que valores más la vida. Puede ser una opción vitalista: valoras más el esplendor de la vida mientras dura.

−¿Escribe para dejar constancia de usted, es decir, para no morirse?

−No, no para dejar constancia de mí porque cuando yo me muera, el mundo se muere y además no creo en la posteridad. Para nada. No. Escribes porque mientras lo haces eres eterno, la muerte no existe. En tanto en cuanto estás escribiendo, no eres mortal.

−¿Quién le enseñó esas cosas?

−No me las enseñó nadie.

−Pero alguna referencia que tuvo…

−Consciente no. Todos somos hijos de nuestros padres pero, vamos, no me lo enseñó nadie. No he tenido maestros, de hecho. Lo lamento.

−¿Y gente como Juan Luis Cebrián o Joaquín Estefanía?

−Qué va. Primero, Joaquín Estefanía es de mi generación, un coleguilla. Y Cebrián, que es un poco mayor, sobre todo ha sido un gran periodista de edición. Como director del periódico ha sido genial. En ese sentido sí me enseñó periodismo, y periodismo de gestión, que yo nunca he hecho. Pero maestro, digamos, existencial, pues no es.

Para ella, una referencia literaria ha sido Vladimir Nabokov, y en principio fue su modelo. Luego tomó su propio camino y apareció en sus textos la parte fantástica de la que Nabokov carece, pero para ella sigue siendo el autor de Lolita uno de los grandes escritores del siglo XX. «Pero en cuanto a la existencia, nada, porque Nabokov era un hijoputa, además. Estoy hablando de la pura maestría narrativa». Luego repasa a los escritores españoles. Sobre Umbral dice que fue un buen amigo que le dio trabajo cuando ella estaba empezando. «Era un tipo muy majo que luego se fue quedando encerrado en su propio personaje y la vida quizás le fue pasando un poco por encima, con la muerte de su hijo y todo eso. Siempre ha sido un magnífico prosista, pero jamás un buen novelista. Lo recuerdo como amigo pero no como maestro».

−¿Y Vásquez Montalbán?

−Mucho menos porque no he tenido casi trato con él.

−¿Y no le gustaba como novelista?

−No. Nada, Pero como prosista, buenísimo.

−Qué directa, qué cruda.

−No. Te puedo decir montones de novelistas que me encantan. Montones. Y ahora creo que se escribe como Dios en España y hay unos narradores que admiro. Pero has citado a dos malos novelistas. Grandes prosistas los dos. Mucho más maestro de la prosa Umbral, de quien creo se hablará dentro de cien años. De Vásquez Montalbán no lo sé, pero vamos, tenía una cabeza amobladísima y escribía artículos maravillosos.

De ahora le gustan Ignacio Martínez de Pisón («me parece monumental»), Alejandro Gándara, Clara Sánchez, Elvira Lindo, Bernardo Atxaga, Nuria Amat, Javier Marías, Clara Usón («una chica nueva que acabo de leer, catalana, que me parece estupenda»), Álvaro Pombo, Juan Marsé. «Hay mogollón».

La Feria del Libro 2008 ha sido la feria de las vedettes derrochando firmas y simpatía en el parque del Buen Retiro, por ejemplo Joaquín Sabina y Boris Izaguirre. Que todo esto de la literatura en España se ha convertido en una cuestión de mercadeo, le digo.

Pero ella dice que no deben confundirse las cosas.

En 2009 se cumplirán treinta años de la publicación de su primera novela, Crónica del desamor. Cuando empezó, recuerda, el mundo de la literatura era muy pequeño, no se hacía promoción. Pero en los últimos años se ha convertido en un mercado, con sus cosas buenas y malas. Eso quiere decir que se venden libros con unas técnicas publicitarias muy agresivas. La parte buena, piensa, es que ha acercado el libro mucho más a la gente. Eso no pasa sólo en España, sino en todo el mundo occidental. Y por otro lado, puesto que el mundo de hoy es sobre todo del mercado, si el fenómeno del libro se quedara fuera, quizás le pasaría como a la música contemporánea sinfónica, donde no hay continuidad; se ha roto el puente y la gente no escucha a los compositores sinfónicos actuales. La parte mala es que el mercado mete mucho ruido, se venden los libros en grandes pilas y queda poco espacio para los pequeños, con tirajes de tres mil ejemplares. Para venderlos tendrían que estar un año en las librerías pero se devuelven a los dos meses porque no hay sitio para ellos.

Defiende la Feria del Libro porque, por ejemplo durante el año 2007, pasaron por allí cuatro millones de personas; y hay tardes que reúne hasta cuatrocientos autores interactuando con el público. Que es muy bonita y muy graciosa. Y que entre los autores va gente mediática, farandulera. Y futbolistas. Pero es lógico pues todo forma parte de esa feria popular.

−¿Por qué no va a ser popular el fenómeno de la literatura? Por Dios. O es popular o es nada. Si los libros son una emanación de la sociedad y lo cubren todo, perfecto.