Abril, hace cinco años

En abril de 2006 fue asesinado, por motivo fútil, el fotógrafo Jorge Alfredo Aguirre Millán, trabajador de la Cadena Capriles. Sucedió a las puertas de la Universidad Central de Venezuela cuando, junto al chofer de la Cadena, intentaba cubrir una manifestación. Hasta su último momento, al caer herido por la bala asesina, Aguirre hizo su labor apretando el click de su cámara que capturaría al criminal, montado en moto, en plena fuga. Ayer se cumplieron cinco años del suceso. Este perfil se publicó a los pocos días en el diario El Mundo, y para hacerlo se revisó la colección de instantáneas que el propio Aguirre había cosechado durante su carrera, fotos que precisamente relatan la violencia urbana

Sebastián de la Nuez

En el guión cinematográfico que el escritor norteamericano Paul Auster hizo para su amigo Wayne Wang, Smoke, hay un personaje llamado Auggie que fotografía todos los días a las 8:00 de la mañana la misma esquina de Brooklyn, Nueva York, cruce de la Calle 3 con Séptima Avenida. Ha recopilado más de cuatro mil fotografías durante más de cuatro mil días.  “Cuatro mil días seguidos haga el tiempo que haga”, le dice, orgulloso, a un amigo mientras le muestra un álbum de imágenes en apariencia muy semejantes entre sí. “Por eso no puedo tomarme vacaciones nunca. Tengo que estar en mi sitio todas las mañanas”. La esquina que fotografía Auggie no tiene nada de particular: un poste del alumbrado público, un edificio pequeño, personas cruzando la calle… El amigo que observa el álbum se queda perplejo, no entiende “el proyecto”.

Auggie se parece más de lo debido a Jorge Alfredo Aguirre Millán, nacido en 1945 en el departamento de Tolima (Colombia) y fallecido en la tarde del jueves 5 de abril de 2006 luego de haber sido herido en las adyacencias de la Universidad Central, la casa que no siempre vence las sombras. Un motorizado que se autodenominó “la autoridad” le disparó sin alevosía pero con extraordinaria puntería; quiso pasar de este modo a la posteridad, asesinando por motivo fútil −es la acusación legal que enfrenta− a un padre de familia, trabajador, natural de este vecindario, cuyo mayor pecado en la vida consistió en inventar alguna que otra historia ante sus colegas, esos cuentos que ninguno de ellos, en su sano juicio, se tomaba en serio.

Un tercer disparo y ya.

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Auggie es un poco Jorge Aguirre o viceversa: al revisar la secuencia de su trabajo guardada en el archivo de la Cadena Capriles, empresa para la cual trabajó los últimos 20 años, cualquiera puede darse cuenta de su dedicación a registrar la violencia y la muerte en esta esquina del mundo, un día tras otro excepto algunas fiestas de guardar y vacaciones. Es la gran paradoja dentro de un país ahíto de paradojas: el hombre que acaba abatido por el propio objeto de su oficio. Su punto culminante no es la imagen del verdugo alejándose hacia su madriguera mientras Aguirre dispara lo único que supo disparar en su vida, el obturador de la Nikon (aunque su marca personal siempre fue Canon), sino la foto tomada poco antes en una de las manifestaciones que se produjeron ese día en protesta por la muerte de los hermanos Faddoul: entre dos hileras de piernas, sobre el asfalto, el lente de la cámara se fija en una figura de tiza tendida junto a un grafiti: “¿Quién será el próximo?”

No había que mirar muy lejos para saberlo.

 

DESDE LAS SOMBRAS

La periodista Mariahé Pabón apenas recuerda su presencia durante la entrevista que le hizo a Paulina Soto de López en su propia casa, en septiembre de 2004. Paulina es la madre de Linda Loaiza y por entonces, a raíz de una decisión judicial, el caso estaba en uno de sus puntos álgidos. Aguirre entró en el salón, disparó el obturador y desapareció sin dejar huella aparente.

Como si en realidad nunca hubiera estado allí. Pabón recuerda con simpatía a Leo Matiz o el Gordo Pérez, leyendas de la fotografía que metían baza en la conversación, se hacían notar ante el personaje entrevistado. Aguirre no. Y sin embargo, ahí está el testimonio de que sí estuvo y de que la situación no le era ajena: captó un gesto de patética incredulidad en la madre de la joven a quien casi matan a golpes. Mejor que gesto, un rictus. Fue una verdad lo que Aguirre capturó; la prueba fehaciente de la ausencia de justicia en Venezuela.

Otros rostros rellenan su portafolio laboral, ese tipo de instantáneas tomadas en ruedas de prensa donde generalmente los personajes del poder muestran su vigor institucional o corporativo, muy dueños de sí mismos. Aguirre no evadía esas pautas y las cumplía, pero en ese otro registro callejero es donde puede seguirse la pista de la violencia que finalmente lo devoraría. El 11 de abril, desde un ángulo superior privilegiado −Puente Llaguno sobre la Baralt−, tres hombres llevan a un herido: uno lo carga boca abajo sobre su hombro derecho, otro le sostiene las piernas y un tercero el torso. Pero el herido, cabeza envuelta en su franela blanca, alarga el brazo izquierdo para rodear el cuello de un cuarto joven, sea por equilibrio o por asegurarse su compañía. En otra, tomada durante las barricadas improvisadas en la avenida Luis Roche en abril de 2004, un grupo de manifestantes corre hacia la cámara perseguido por perdigones y gases lacrimógenos.

No se limitó a retratar la violencia política o social que nutre con generosidad las páginas rojas; también hay fotos de cadáveres tirados en plena vía tras un accidente automovilístico, y del ensañamiento necrofílico de la naturaleza, que a veces decide competir con los índices de delincuencia (aunque suele perder la batalla): 120 tumbas de la terraza 3 del Cementerio General del Sur rodaron cuesta abajo en febrero de 2005 al no resistir un chaparrón casi continuo durante 72 horas, y allí estuvo Aguirre. Fueron desenterrados a la fuerza, entre otros, fallecidos durante la tragedia de Vargas en diciembre de 1999. Como si aquel primer alud no hubiese bastado para asesinarlos. En la foto de Aguirre, frente al desastre de tierra y piedras, urnas y tumbas semiabiertas, una cruz blanca sobre su lápida permanece en pie, y a su lado, un hombre vestido con chaleco negro y camisa blanca parece sostener un misal en la mano. Protegido con tapabocas, mira entre impávido y solemne aquel desastre. En ese encuadre están todos los elementos de la desolación.

Eso es lo que hacía Aguirre: construir sus encuadres con todos los elementos necesarios para expresar el hecho sin palabras y por su propia cuenta. Es la manera de hacer fotoperiodismo que compartía con Álvaro Álvarez, el fotógrafo que comenzó en la Cadena como office boy, logró licenciarse en Comunicación Social y aprendió buena parte de lo que sabe con su amigo Jorge Aguirre, siempre dispuesto a darle una mano al novato: así lo recuerda. La última vez que lo vio fue precisamente aquel 5 de abril por la mañana en el departamento de Fotografía, mientras le daban la pauta para cubrir una manifestación cerca del Ministerio de Interior y Justicia. Luego iría tras los remiendos que se le hacían al Estadio Olímpico, en la UCV.

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Saldría y cumpliría su destino. Se encontraría en la avenida Urdaneta con el conductor Julio Canelón. Es la historia ya contada, incluyendo el episodio del folleto de los Testigos de Jehová premonitoriamente titulado “Vida después de la vida”, que le obsequió a Canelón para que se entretuviera mientras hacía su trabajo en el Olímpico.

La religión no le era ajena, en absoluto. Su viuda Betty dice, entre sollozos y por teléfono, que todos los meses le rinde a Papi −así lo llama− una misa en la iglesia de la Caridad del Cobre; que quizás Dios necesitaba a alguien así a su lado y por eso lo llamó. “Quien lo conoció sabe lo maravilloso que era, sabe de su calidad como persona”. La pareja tuvo cuatro hijos, tres varones y una hembra: dos de ellos viven en Venezuela, y dos en el exterior.

Al final de Smoke, Auggie machaca una consigna: “Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio”. Se refiere a las fotos de su álbum, todas tomadas en la misma esquina.  Desde luego, Jorge Aguirre era una buena persona. Pero para entenderlo cabalmente hay que quedarse mirando sus fotos, no todas, pero sí algunas, durante un buen rato. Son un retablo de las razones que lo mataron.