EL ESPÍRITU DE LA CUARTA REPÚBLICA

La librería Suma fue la representación de Venezuela en miniatura, escena en movimiento de un país, una época y una ilusión de armonía (en este caso, ni tan mera ilusión). Raúl Bethencourt, fallecido hace tres años atropellado por la locura caraqueña, su propietario, sigue recorriendo el local de Sabana Grande cada noche. No tiene forma ni peso, pero todo el mundo sabe que anda por allí. He aquí su semblanza corpórea

Sebastián de la Nuez

Los románticos y arrojados de las dos izquierdas –algunos recién acabados de bajar de la montaña− con adecos y copeyanos se encontraban en el número 90 de Sabana Grande, al lado de la discotienda El Disco de Oro y más o menos frente al Gran Café. Entraban a conversar, a curiosear y comprar, probablemente fiao. Rómulo Betancourt solía decir que aquello era un antro de izquierdistas; lo decía incluso en la propia librería ante un corro de gente, según recuerda el amigo de la casa y poeta Joaquín Marta Sosa. Pero en realidad jamás dejó el ex presidente de ser cliente. Como Carlos Andrés Pérez o Jaime Lusinchi. Tanto como cualquiera de los atormentados borrachos de la República del Este.

Precisamente uno de los primeros recuerdos de Andrés Boersner como comprador de libros, hoy él mismo librero en Noctua del Centro Plaza, pasa por el piache de la pipa en trance clientelar y Raúl Bethencourt, librero, abandonándolo para atender al joven recién llegado. Debió sentirse muy importante Andrés en ese momento, o simplemente pensó que así es como funcionan los demócratas de izquierda, sin ceder privilegios ni obsequiosidades ante los representantes del poder.

Bethencourt siempre tiró hacia la izquierda aun cuando jamás cambió la palabra escrita por un fusil, ni mucho menos. Sus clientes venían de todas las ideologías, pero sus amigos llevaban cierto sesgo. Comenzando por Orlando Araujo, compañero de viaje cada enero cuando juntos marchaban a recorrer Mérida, sólo por el placer de agarrar camino.

* **

Hoy, tantos años después y luego de la invasión buhoneril, Suma sigue abierta con su hija Margarita al frente y cuatro estudiantes que se turnan para atender al público. Las épocas son simplemente eso, épocas; no significan el fin de los tiempos. Margarita, niña o joven, pasaba grandes temporadas en la librería tratando de leer cosas que a la fuerza no le gustaba aprender en el liceo. O estaba de vacaciones o su papá había decidido que trabajara de una vez ya que a la moza no le gustaban los estudios.

Ante una encuesta a varios libreros hecha por la periodista María Josefa Pérez para El Universal (allí están Cristina Guzmán, Walter Rodríguez y Arturo Garbizu, entre otros: era julio de 1976), Bethencourt declaraba su intención de imprimirle a Suma “ese sello antiguo de ser centro de reunión y donde se va no solo a adquirir libros” sino a intercambiar ideas, comentar libros y, ¿por qué no?, se preguntaba, a chismear.

Pero Suma ya no es lo que era. Suma fue Raúl Bethencourt, el canario que se vino a Caracas en 1955 y se quedó para siempre. Fundó una distribuidora de libros llamada Hespérides. Tuvo a sus cuatro hijos. Se hizo librero, cultivó amistades para toda la vida. Editó El inquieto anacobero y se formó un escándalo. Cada año le reservó su botella de champán a Morella Muñoz, conservada para ella y solo para ella en una hielera en el baño cada 30 de diciembre, cuando reunía a sus amigos y conocidos en la librería para celebrar el fin de año. En fin, hizo historia menuda en democracia y algo de dinero. No mucho, pero levantó a sus cuatro hijos. Hizo su vida como quiso y contribuyó –con su cara cuadrada y adusta, desde luego− de cierta modesta manera a hacer del este de Caracas una zona de encuentro intelectual. Había sido antes que nada contable y vendedor de maquinarias, según le declaró en 1975 a una periodista de El Impulso, Mirla Alayón.

Quizás en 2011 camina su fantasma cada noche entre los anaqueles y las mesas de la librería, cuando cae la santamaría en el local número 90. Apenas se acaba de marchar, de modo que seguramente hay amigos que todavía tienen cuentas pendientes con él. Dicen que los muertos no se terminan de conformar con el sueño eterno si han dejado algo inconcluso de este lado del terreno. Raúl se fue a medias en diciembre de 2007, cuando un conductor enloquecido se llevó por delante a un hombre mayor, de lentes de pasta y barba encanecida, todavía con buena estampa, parado sobre un rayado peatonal en plena avenida Libertador un día cualquiera por la mañana. Había salido antes a hacer mercado en su carro, que todavía manejaba a pesar de sus dificultades en la vista ya a los ochenta y pico. Dejó el mercado en casa y se marchó rumbo a Sabana Grande. Nunca llegó.

«Para ser librero es imprescindible tener buena memoria, inquietudes por la lectura y una paciencia terrible para aguantar al ignorante», le dijo a Mirla Alayón. Lo más probable es que aquel conductor, quien jamás pagó por el asesinato, no haya tocado un buen libro en su desgraciada vida.

  

Bethencourt se hizo librero por cuenta propia y sin computador a mano. Una especie en extinción. Un norteamericano fue quien instaló Suma el año en que asesinaron a Delgado Chalbaud. Jules Lloyd Waldman, portador de la cédula de identidad número 10323, comerciante y de este domicilio, constituyó legalmente la compañía anónima Suma el 28 de febrero de 1950. Luego la compró José Salazar Meneses, quien se la dio en 1963 a Bethencourt en parte de pago: había adquirido una enorme deuda con la distribuidora Hespérides y no encontró otra forma de saldar cuentas sino dejándole su propiedad, en la que al parecer también tenía algunas acciones Juan Liscano. José Salazar Meneses vive hoy en día, a bordo de sus 90 años, en alguna parte de Margarita. En los años sesenta hacía parte de un grupo literario alrededor de Suma, homónimo, en el cual militaban el mismo Liscano, César Rengifo, Aquiles Nazoa y Juan Beroes.

Se la dejó en 1963 pero tan llena de acreencias que más bien el pago fue un dolor de cabeza, no solución. Margarita, la hija que ahora lleva su administración, calcula que hubo de transcurrir una década hasta la recuperación: así de grandes fueron los problemas heredados.

−Se apoyó mucho en la distribuidora Hespérides para sobrevivir –dice−. Mi papá nunca fue buen negociante.

Hespérides había funcionado por allí cerca, en la calle San Antonio, en la parte de atrás de la vivienda de la familia Bethencourt. A partir de la adquisición de Suma, Hespérides fue mudada al segundo piso del local número 90.

Atado a un punto cardinal

Con el tiempo y saldando deudas ajenas sacó el pescuezo de la tierra y conformó una clientela variopinta en lo ideológico y en lo demás. Construyó algo parecido a una sala de reuniones intelectuales y trenzó lazos con editoriales de otros países, lazos que ya había comenzado a tejer a través de Hespérides. De esos lazos, modos y modales nacieron titulares de periódico: el sábado 11 de noviembre de 1967, por ejemplo, El Nacional, a través de la pluma de Miyó Vestrini, anuncia para esa misma noche la presentación en Suma de Entre sajones y el arrabal, del director cinematográfico argentino Leopoldo Torre Nilsson, quien precisamente le confesaría a Vestrini que lo que él más deseaba ser era escritor. En paralelo, agrega la nota, se bautiza un libro de Adriano González León titulado Hombre que daba sed. Ambos libros editados por Jorge Álvarez en Buenos Aires.

Otra nota anuncia −viernes 13 de diciembre de 1968− la presentación de un ensayo de Orlando Araujo titulado Venezuela violenta. Con Araujo, ya se ha dicho, lo unía una entrañable amistad. Pero Araujo bebía más que él.

Su mundo estaba hecho de libros pero en cuestiones de dinero era fatal. Fiaba la mercancía a los amigos y los amigos alargaban las deudas al infinito o pagaban con cheques chimbos. Margarita recuerda una carpetica donde se anotaban esas deudas por cobrar, y aquello era terrible. «No hacía falta tener dinero para venir aquí a comprar libros», dice. Mucho más tarde, viéndose ya mayor, comenzó a poner orden. La librería no le había dado ni para comprar casa o apartamento. Siempre alquilado, como sigue alquilado hoy en día el local de Sabana Grande. Bethencourt no era apegado al dinero ni a las cosas materiales. Esto lo comentaron las hijas cuando, al fallecer, tuvieron que vaciar el apartamento donde vivió solo sus últimos días, en la urbanización La Campiña. Tenía un montón de libros y alguna ropa. Gastaba en comida y en bebida, eso sí.

Casi al final las hijas vendieron sus respectivos apartamentos −él también puso de sus ahorros− para comprar una casa en Prados del Este y dividirla en varias viviendas. Así, estarían a su lado, y al lado de la madre, de quien se había separado hace un montón de años y quien por su parte también se estaba poniendo anciana.

Lo habían convencido y parecía contento con la idea. Su única preocupación era cómo allegarse cada día desde tan lejos a Sabana Grande. Le propusieron trabajar en en el Centro Comercial Concresa, que es donde pusieron la sucursal pero esta vez con doble eme, Summa. Pero él no quería atender allá. Aquello fue una idea de las hijas para alejarlo del arrabal en que se había convertido Sabana Grande. Hasta un asesinato a puñaladas había contemplado el viejo en cierta ocasión. ¿Qué necesidad tenía de seguir allí?

Sí. Estaba contento: a sus vecinos del edificio en La Campiña les comentaba que pronto se mudaría; se hacía el remolón con las hijas, pero le gustaba la idea. Sin embargo, de la librería en el bulevar nadie lo arrancaría.

El local de Sabana Grande tiene una escalera lateral que conduce al primer piso. Lo que antes era Hespérides ahora está lleno de cajas de libros y de filas de volúmenes sueltos en anaqueles de metal hasta el techo. Almacén polvoriento lleno de vida amasada en papel y cartón, es tan largo como la librería propiamente dicha que queda justo debajo. Hay un trecho de listones de madera y otro, mayor, de granito. Raúl murió el 23 de diciembre de 2007, y Margarita reabrió la librería ya a su cargo en enero de 2008. Desde entonces vio unas cajas en la última estantería, casi tocando el techo, con libros desconocidos. Supone son los de la propia editorial del viejo, entre los que está Compañero de viaje, de Araujo.

Y dejó unas cajas listas para ser regaladas a algunos amigos o quizás a alguna institución, pero Margarita paró en seco y se dispuso a inventariarlo todo. Todavía no lo ha hecho.

El tertuliano y lector empedernido José Encuentra recuerda sus visitas a la librería desde 1965, cuando lo asombraban las joyerías de Sabana Grande y estaba de moda el Chicken Bar. Dice que Bethencourt era medio arrecho con los empleados, y con los clientes, serio. «Pero cuando te hacías amigo de él podías pedirle cualquier cosa».

A los amigos no sólo les daba crédito sino que les permitía cambiar los libros. A él, incluso, le dejaba devolver algún libro que no le hubiera gustado.

Parecía, al principio, malencarado pero en verdad detrás del semblante adusto solía florecer un carácter cercano, entrañable. «Pero cuando se molestaba sí había que correr».

Dice Margarita que no sólo Morella Muñoz, Manuel Caballero, Héctor Mujica y Orlando Araujo eran sus amigos: Elisa Lerner también iba por allí y además había sido vecina de la familia en San Bernardino. Mary Ferrero era muy amiga así como Hugo Baptista, Jesús Sanoja Hernández y muchos más. Llegó un tiempo en que, cuando vio que los amigos se morían uno tras otro, decidió dejar de ir a la Vallés.

Helena, la otra hija que regenta la sucursal del Concresa, se siente heredera de una tradición pero advierte que, como su papá, nadie.

−¿En qué iba que su padre fuera un verdadero librero?

−No sé. Esa era su vida, su pasión, su razón de ser. Y era impresionante el conocimiento de mi papá. Era un ser fuera de serie. Era como una enciclopedia; le encantaba orientar a la gente… Bueno, no todo. Era incapaz de leerse un libro de autoayuda.

Ella no es intransigente en torno al tema pues piensa que una persona puede ser atraída hacia la lectura de calidad a partir de esos manuales de autoayuda; lo importante es adquirir la costumbre de leer.

Helena es menor que Margarita. Hay otra mayor que ambas, ingeniero civil; nunca se ha ocupado de este negocio. El hijo varón se fue a vivir a Madrid.

Para Encuentra era una delicia subir al almacén cuando llegaba alguna remesa nueva de libros; como todavía no los había bajado para la exhibición y venta, él aprovechaba el privilegio de subir a descubrirlos. Relata el caso de un amigo. Resulta que este caballero tenía una mujer que se molestaba cada vez que llegaba a casa con un cargamento de libros comprados en Suma pues eso significaba, para la buena mujer, dinero malgastado. Y armaba el zafarrancho. Así las cosas, cierta vez inventaron, Raúl y su cliente, la solución: Raúl le daba la cola en su carro y pasaban por delante del apartamento a ver si la ventana estaba prendida; si la veían a oscuras, el esposo entraba en su casa con el cargamento y, una vez dentro, el cuerpo del delito era fácilmente disimulable entre las estanterías de la biblioteca, regando las recientes adquisiciones aquí y allá. Algo parecido a La carta robada.

Así era Bethencourt, el mismo que a veces alardeaba de su éxito entre las mujeres. Con Joaquín Marta Sosa hablaba más de la liga de fútbol española que de mujeres o libros de reciente aparición. Era fanático del Real Madrid.

En Compañero de viaje, Araujo habla de la niña Mariana, de la niña Isabel, de Luisanita y de «tantas niñas de cincuenta, setenta y noventa años con sus delantales cubriendo un siglo de abstinencia». Habla de un acto de valentía suprema en el colegio, entre niños enfrentados a un maestro que reparte reglazos; habla de tantas nubes y la misma siempre sobre la montaña de huesos lívidos; dice que conoce un camino secreto de vegetales que conduce casi siempre al amor;  y señala no sé qué cosa sobre «recoger las voces en un frasquito mágico, atar el duelo y la alegría y los amores y las muertes en la punta de un pañuelo…» como también aconseja no fallar en el sencillo oficio de andar y caminar.

Son cosas medio oníricas o surrealistas que se le ocurrían a Orlando divagando por su cuenta. O quizás no. Quizás en buena medida se le ocurrieron mientras se echaba palos con su amigo Raúl Bethencourt en alguna tasca de Sabana Grande durante la cuarta república que ellos ni suponían que alguien, arbitrariamente, algún día llamaría así. Para ellos fue nada más su tiempo, el tiempo de todas las estaciones terrenales, de las amistades destinadas a pervivir más allá de la muerte y de las utopías.

FOTOS DE ARRIBA: Raúl Bethencourt en sus años todavía mozos; y ya maduro, en su casa.

FOTO DE ABAJO: Un estudiante de Letras toma el relevo y atiende en el local de Sabana Grande.