«‘Mama’ quería el calor»

Esta es la historia de una familia ucraniana que pisó Venezuela en 1950 tras un largo y tortuoso laberinto de angustia y dolor. Ucrania –cuya capital es Kiev, en la foto− fue una de las repúblicas de la órbita soviética que más sufrió la Segunda Guerra Mundial. La nieta de José Pawlyschin, a quien los bolcheviques le asesinaron al padre y cuya madre murió de hambre en 1944, ha desarrollado esta semblanza del abuelo como parte de su tesis de grado en la Escuela de Comunicación Social de la UCAB.

Resulta ser la crónica de un país que le abre con generosidad las puertas al inmigrante. Pero es, sobre todo, la epopeya de quienes lograron sobrevivir entre la crueldad nazi y la barbarie estalinista.

Después de haberse visto obligado a trabajar para los alemanes –con quienes, sin embargo, aprendió una profesión que le sirvió luego para trabajar durante 29 años en Aeropostal−, este hombre, hoy un abuelo rodeado de nietos y bisnietos en El Junquito, estuvo a punto de ser fusilado por los rojos bajo la acusación de traición a la patria. Lo salvó el amor de su mujer y la solidaridad internacional. Cuando habla, la nieta respeta su léxico y sus giros

Marisé Pérez Pawlyschin

Entrar a la casa de José da la impresión de estar en el hogar de un auténtico venezolano, pues una guacamaya roja con plumas de colores te saluda con un Hola, cómo estás. Esta primera percepción cambia segundos más tarde, pues en una de las mesas del salón de estar hay un diccionario ruso-español; en una de las paredes del mismo salón, el escudo de Ucrania enmarcado en un cuadro con bordes dorados; en un colgador de llaves a un lado de la puerta principal, una pequeña banderita azul y amarilla. Se puede notar que la casa está llena de pequeños detalles que son “de otro lugar”.

Un lugar lejano llamado Ucrania, país del este de Europa y antiguo miembro de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) hasta su disolución a finales del siglo XX. Ese país vio nacer el 6 de enero de 1923[1] a José Pawlyschin, en la ciudad de Skala Podilska, específicamente en la Óblast[2] de Ternopil, región en el sudoeste de Ucrania. Dicha localidad también sería testigo de su partida en 1939, cuando José fue reclutado por el ejército alemán.

Así como toda la casa, la habitación de José tiene cientos de detalles propios de su país natal. El primer objeto que llama la atención al ingresar al cuarto es un cuadro de grandes dimensiones, situado en la parte superior de la cabecera de la cama, en el cual se puede ver una imagen de la iglesia rusa ortodoxa. Del lado izquierdo de la cama se encuentran las pertenencias de José: una mesita de noche con una pequeña lamparita, otra pequeña mesa donde están sus medicamentos y una pila de hojas donde se pueden leer noticias ucranianas, pues uno de sus hijos, Tarás, le traía ediciones del periódico de ese país hace un par de años.

A primera vista, es muy fácil deducir que este personaje y su familia han logrado rescatar costumbres y tradiciones ligadas a sus raíces, y es importante destacar el claro esfuerzo por encontrar elementos que hagan sentir a este inmigrante como en su Ucrania natal.

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José se sienta en su cama de caoba, toma sus lentes –su vista, al igual que su audición, no se encuentra en buenas condiciones− y comienza a leer: “¿Cómo te viniste a Venezuela?”. Sus ojos verdes, enmarcados en las arrugas que dejan el paso de los años, se pierden en el infinito blanco del techo, luego le dedica una mirada de complicidad a su interlocutora, y su memoria comienza a trabajar.

Ya implantado el comunismo en la URSS, José Stalin, su máximo líder, inició el proceso denominado colectivización agrícola, el cual consistía en la creación de forma obligatoria de koljós[3]. La formación de un koljós implicaba utilizar de manera común un terreno entre un grupo de campesinos, trabajarlo, pagar los impuestos al Estado, y repartir las ganancias a cada uno de los agricultores que ejercían labores en él.

Esto se resume en una de las premisas básicas de los regímenes comunistas: el concepto de comuna. Esta medida de constitución obligatoria de comunas fue impuesta desde 1928 hasta 1937, tiempo durante el cual se reclutaron miles de personas para prestar servicio en los koljoses.

Antes de que comenzara este proceso, ya el comunismo había llegado a Ucrania y con él una ola de separaciones, hambre y atrocidades de las cuales su familia no pudo escapar. En 1926, los chervoni[4] tomaron a Paul Pawlyschin, padre de José, y luego de torturarlo físicamente lo fusilaron.

¿Cómo murió papá? Bueno, preguntaron y preguntaron, y como no decía nada, mataron.

José desconoce la razón por la cual lo interrogaban pues, tal y como él explica, la intención principal de los chervoni era matar.

A pesar de contar con tan solo tres años de edad al momento del asesinato de su padre, José muestra dolor al recordar la primera vez que el régimen le arrebató a un ser querido. Este hecho se repitió en muchas familias ucranianas, donde miembros del ejército comunista fusilaban a los kulaks[5] con la intención de trasmitir temor al resto de la población[6]. En todo caso, el hambre fue una de las principales causas de muerte en los países miembros de la URSS durante el comunismo, acabando con la vida de alrededor de siete millones de personas[7].

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José vivió durante toda su infancia y adolescencia junto a su familia en Skala. El primer cambio importante de su vida sucede en 1932, a los ocho años, cuando él y su hermana fueron trasladados a trabajar en una de las tantas comunas existentes en Ucrania. José explica desde su experiencia lo que fueron las comunas o koljós, una especie de grupos encargados de trabajar en los campos privados tomados por el Estado, con el fin de realizar labores de agricultura y ganadería como parte práctica de la implantación del régimen comunista en la URSS.

Evita hablar sobre su experiencia en el koljós. No demuestra enojo, rabia, incomodidad o dolor: simplemente evade el tema. Pero hay algo más fuerte que su intención de querer olvidar la época en la comuna. Recuerda a su abuela, la señora que iba a visitarlos al koljós a él y a su hermana.

A mamá no recuerdo cara ni nada, pero abuela sí, como si vi ayer. Los guardias la dejaban pasar porque un día ella dijo: “¿Por qué no dejan a una pobre vieja a ver a sus nietos?” y desde ahí nunca más dijeron nada.

Esa abuela abnegada es la responsable de que en la mesa de noche de José repose una Biblia escrita en idioma ucraniano.

−Ella siempre dijo que Dios es lo más importante. Si no crees en Dios, estás como muerto.

Pero la historia que le da a José la condición de emigrante comienza el 1 de septiembre de 1939, cuando las tropas alemanas invaden sorpresivamente Polonia. Skala formó parte del territorio polaco desde 1919 hasta 1941.

Hitler, quien para ese entonces era el primer mandatario alemán, logró que el acto de invasión a la nación polaca le costara el inicio de uno de los conflictos bélicos más terribles de la historia de la humanidad: la Segunda Guerra Mundial. En su afán de expansión, comienza a maquinar una estrategia para debilitar a sus enemigos, siendo la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas el contrincante principal del führer[8]. Tomando en cuenta que Ucrania, en ese momento miembro de la URSS, era considerada como “el granero de Europa” gracias a sus fértiles campos, el gobierno alemán no desperdició la oportunidad de desabastecer de alimentos a su adversario invadiendo Ucrania.

Pero no solo buscaron despojar de provisiones a sus contrarios, sino que también se dedicaron a reclutar mano de obra. José recuerda este episodio con una claridad admirable, cualidad que suele perderse con los años pero que él mantiene intacta aun con el paso del tiempo.

−Yo fui agarrado también, no fui porque quería ir a Alemania; fuimos agarrados −explica mientras su cara va mostrando gestos de asombro, como si aquella experiencia se apoderara de él. En realidad, aunque pareciera que José sufre los típicos achaques de la edad, esa emoción al hablar del tema no es más que su forma de lograr que quien lo escuche reviva la historia con él.

Cuando la URSS comienza a debilitarse, debido a la invasión alemana de territorios soviéticos, incluyendo a Ucrania, el sistema de los koljós es disuelto. Las personas que trabajaban en estas comunas fueron enviadas de regreso a sus casas mientras el régimen alemán decidía qué hacer con la gran cantidad de campos que poseía el estado soviético en su poder, del cual ahora los nazis tenían completo dominio.

Así, José y su hermana regresaron a sus casas en 1940, pero él no estaría allí por mucho tiempo. Durante una tarde de invierno, se dirigía a uno de los abastos del pueblo. Jamás se habría imaginado que esa actividad cotidiana cambiaría su vida, pues de regreso a su casa fue interceptado por un grupo armado del ejército alemán y llevado así a servir para ellos durante la guerra.

−No pude ni despedir de hermana, de mamá, de abuela. No pude despedir −la mirada se desvía hacia abajo.

Así, como consecuencia de la estrategia nazi, José fue trasladado a Alemania en 1939, recién iniciado el conflicto bélico. En realidad, nunca estuvo en territorio alemán, pero para ese entonces el régimen nazi había anexado a Austria como parte de su territorio, y fue allí adonde fue llevado, específicamente a una ciudad llamada Wels.

Pero, ¿cuál sería la labor provechosa que prestaría a los alemanes[9]? Mecánica y aviación. Esas fueron las palabras claves en la vida de José, no solo durante ese momento de enfrentamientos entre naciones, sino más adelante cuando tendría que comenzar de nuevo en otro país. José trabajó durante cuatro años para los alemanes como mecánico de aviones, directamente ligado al servicio militar.

No tenía ningún conocimiento previo sobre mecánica, por lo cual fue enviado junto con otros hombres a una ciudad llamada Wiener Neustadt al sur de Viena, capital de Austria. Allí aprendió todo lo que pudo sobre mecánica en general durante dos años; en 1943 fue trasladado a Olmouc, ciudad al este de la República Checa, donde sería instruido en el oficio de la mecánica aeronáutica. Un año después fue llevado de regreso a Wels, donde se localizaba uno de los aeropuertos más importantes de Austria. Allí trabajó José hasta el final de la guerra como mecánico de aviones.

Pero trabajar para los alemanes le costaría, años más tarde y luego de culminada la guerra, ser considerado un traidor.

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Entre bombardeos e invasiones ocurría una historia paralela, la de quien años más tarde se convertiría en la compañera de vida de José. Nadia –o Nastia, origen de dicho nombre en idioma ucraniano- nació en Bereziwka, una pequeña aldea en la ciudad de Krasnokuts de la Ucrania oriental. Esta joven ucraniana, con tan solo dieciocho años, también fue reclutada por los alemanes en 1941.

Los caminos de José y Nadia se cruzaron gracias al destino. La política de reclutamiento alemán consistía en llevar a un integrante de cada familia para prestar servicio en tiempos de guerra. En la familia de Nadia, los Odowieka, su hermana mayor era la destinada a marcharse. Pero Nadia, inmersa en el infinito amor hacia su sobrino Anatoly, no permitió que madre e hijo fueran separados y, con la valentía que da la adolescencia, hizo que fuese a ella a quien los alemanes subieran en un camión cargado de otros paisanos, mientras se desvanecía a lo lejos la figura de su madre persiguiendo al vehículo. José recuerda este episodio rescatando las palabras de Mama[10], quien a pesar de haber muerto en el año 2008, sigue presente en su corazón, en su mente, y según él, en su habitación.

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En un país donde la agricultura siempre fue una actividad de tradición, mujeres y hombres conocían de las labores del campo, así que Nadia fue llevada a Wels para encargarse de la alimentación de los militares alemanes. Los caminos de José y Nadia precisamente en Wels en 1943, cuando José regresa de Olmuc y comienza a trabajar en el aeropuerto de esa ciudad, muy cerca del campo en donde Nadia cumplía con sus labores.

−¿Cómo nos conocimos? Ella vivía en una barraca, se llamaba La barraca 170, porque 170 muchachas ucranianas vivían ahí –comienza a narrar José pero hace una pausa para contar una de los momentos más duros de quienes se encontraban en Wels−: americanos bombardearon esa barraca, ¿Mama no contó? Entonces murieron 30 ucranianas, y Mama casi muere ahí también, corrió para que no cayera bomba.

Esta aclaratoria no está hecha al azar. Se percibe que José quiere transmitir y hacer sentir que el hecho de que él esté sentado donde está y pueda disfrutar de la familia que formó, es simplemente un tema de destino, pues en ese preciso instante del bombardeo pudo haberse privado de la posibilidad de conocer a su futura esposa.

−Después del bombardeo fuimos a visitarlas, ahí conocí a Mama. Pregunté: ¿dónde trabajas?, y ella dijo nombre del campo, y yo le dije: ¿sí? Yo trabajo cerca, y ahí comenzamos a vernos.

José y Nadia siguieron viéndose durante un tiempo, y las visitas se transformaron en una hermosa relación en medio de la guerra.

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Culmina la Segunda Guerra Mundial. En 1945 José finalizaba su trabajo al servicio de los alemanes, pues el territorio austríaco, donde aún permanecían él y Nadia, fue tomado por Estados Unidos y la URSS al consolidarse como las fuerzas vencedoras.

Puesto que su salida de Ucrania fue totalmente involuntaria, igual que la de todos aquellos ucranianos que permanecían bajo el mando de los nazis, su mayor deseo era volver a casa. Posteriormente, los americanos llevaron a Styer, ciudad austríaca situada cerca de Wels, donde reunirían a todos los que trabajaron para los alemanes, y así los rusos[11] podrían devolverlos a sus respectivos hogares.

Pero Rusia había quedado muy pobre después de la guerra, por lo que no disponía ni siquiera medios de transporte para “regresar a casa” a todas aquellas personas originarias de países miembros de la URSS.

−Rusia tenía que venir a llevarnos, pero no pudo, Rusia estaba pobre (…) y nosotros ya un mes esperando que vienen rusos a llevar y nada −son las palabras con las que José describe la espera por volver con su familia. Si José hubiese recibido en ese momento la noticia de que su madre había muerto, probablemente las cosas habrían sido diferentes.

−Yo quería volver, no sabía que mamá murió.

Barazka Kozar, su madre, murió de hambre en 1944, cuando los alemanes utilizaron los alimentos producidos en Ucrania para abastecer y mantener con fuerzas al ejército de Hitler[12]. Baraska fue víctima de una de las peores consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. José recibió la dura noticia estando ya en su nuevo destino, años más tarde, al recibir una carta de su hermana donde le contaba lo que había ocurrido. No hubo detalles. Si la carta existe o no aún, solo José lo sabe.

Desconociendo todo lo que ocurría en su tierra natal, José anhelaba regresar a Skala, sueño que se vio parcialmente cristalizado cuando la URSS consiguió cómo transportar a ese gran grupo de personas que había servido a los alemanes y les aseguraban que serían regresados a sus países y ciudades natales.

−Los engañaban, los llevaban a Siberia −cuenta José con expresión de asombro. Los rusos no cumplían con su palabra; la realidad era muy diferente.

Pero, ¿cómo se enteró de lo que ocurría? Debido a la falta de transporte, quienes deseaban regresar con sus familias eran movilizadas en grupos, pues miles de personas no podían ser trasladadas al mismo tiempo. José no formó parte del primer grupo que partió de Styer, por lo que tuvo que permanecer allí, junto a Nadia y otros compañeros, esperando que los rusos llegaran de nuevo por ellos.

Mientras esperaban, muchos que también prestaron servicio en la guerra y que ya se encontraban en el tren camino a sus hogares, descubrieron que su destino no sería precisamente ése sino la muerte en Siberia. Por ello, se escaparon del tren y regresaron para advertirles a los demás sobre el peligro de confiar en los rusos.

−Vinieron cinco personas y les preguntamos “¿qué pasa?” y dijeron: “Es que no nos llevan a la casa, nos llevan a Siberia; escapamos del tren” −de nuevo, el expresivo rostro de José no puede ocultar el orgullo ante la heroicidad de estos hombres−. La noticia se fue por todas partes.

Los que escaparon llegaron a un campo donde estaban preparándose para ser trasladados. Escaparon como doscientos.

José va contando su historia, y su voz se hace cada vez más aguda pero más intensa y llena de emoción. Se acerca el momento en el que debe narrar el episodio decisivo de su vida, una de las grandes proezas de la historia.

TRAICIÓN A LA PATRIA

Al percatarse de que algunas personas habían escapado, los rusos fueron directamente a Austria a buscar a los desertores y al resto del grupo. José deja escapar mediante su voz un poco de rencor y fortaleza.

−Vinieron los rusos a buscarnos, ya tenían camiones, pero ahora nadie quiso ir.

Y es que el rumor se corrió por “toda Austria”: ya arriba del tren, miembros del ejército ruso les informaban a quienes se suponían iban camino a casa de que el tren sería desviado a Siberia, donde pagarían por haber trabajado para los enemigos del régimen.

−Cuando los rusos llegaron –continúa Pawlyschyn−, los americanos dijeron “no”. “¿Por qué no los llevan a su casa?”, preguntaron, y los rusos contestaron: “Porque son traidores a la patria y deben ser fusilados”.

El ejército ruso había tomado la decisión de llevar a Siberia y fusilar a todos aquellos originarios de países miembros de la URSS que habían servido a los alemanes, por considerarlos traidores. Los americanos les ofrecieron todo el apoyo que necesitaran, si su decisión era permanecer en territorio austríaco.

−Mama me dijo: o estamos separados o nos casamos, pero no nos vamos con ellos –cuenta José resaltando el carácter de Nadia, el cual le permitió tomar decisiones acertadas en momentos de presión. Así, ambos acusados de traidores a la patria toman una decisión que les cambiaría la vida: casarse.

−Nos casamos en Steyr y ahí nos quedamos −cuenta mientras su mirada se va al cielo, recordando a quien fue su compañera durante 63 años.

El matrimonio, más allá del amor que ya había nacido entre los dos, respondía a temas legales, es decir, estar legalmente casados les facilitaría las cosas a José y Nadia en la búsqueda de trabajo y el desplazamiento a otra ciudad.

−Nos casó cura húngaro en iglesia greco-católica[13], él tampoco quiso regresar a su casa.

Detalle importante para José pues un hombre criado bajo la luz del catolicismo y la fe no puede omitir la importancia de una boda eclesiástica. La sonrisa que regala al recordar ese día, permite hacer constar que representó un momento trascendental en su vida.

Convertidos en marido y mujer, José y Nadia sabían que era imposible permanecer en Steyr bajo la amenaza de un contraataque ruso, así que él y un compañero decidieron regresar a Wels, donde habían trabajado durante la guerra, y pedir trabajo a algún campesino.

−Entonces, otro que también se casó allá y tenía a su mujer empreñada… Bueno, él y yo fuimos a hablar con unos campesinos, que nos conocían, y les pedimos trabajo, porque ya estábamos casados y todo −cuenta José con orgullo.

Así, y a pesar de tener que dejar a sus esposas en Steyr, emprendieron su viaje rumbo a la tierra donde habían servido los últimos cuatro años, con la esperanza de poder establecerse con sus respectivas familias. Pero las cosas no podían ser tan sencillas, tomando en cuenta que todo esto ocurría a pocos meses de haber culminado la guerra. José y su amigo, cuyo nombre no recuerda, les preguntaron a los americanos sobre la posibilidad de ser trasladados en tren a Wels.

−Nos dijeron que sí, que podíamos ir, pero había que cambiar recorrido. Si tomábamos tren directo, pasábamos por donde estaban los rusos; si tomábamos dos trenes, solo cruzábamos por donde americanos.

La segunda opción fue la elegida. José y su compañero decidieron tomar dos trenes y llegar sanos y salvos a su destino, Y así fue. Llegaron a Wels y fueron directo a buscar a los campesinos.

−Fuimos a campo donde trabajó Mama, y ahí pedimos trabajo. Nos dijeron que sí, porque sabían lo que había pasado. Ya toda Austria sabía que nos fusilaban en Siberia.

Los campesinos austríacos actuaron esta vez como héroes de estos dos hombres y sus familias, y les ofrecieron trabajar como agricultores en ese campo.

Radicados en Austria y con un trabajo estable, vieron pasar tres largos años hasta que su vida comenzó a cambiar.  El 11 de abril de 1948 en un hospital de Wels, ven nacer a su primera hija, Nadia. La familia comenzaba a crecer y con ella la incertidumbre de cuál sería su destino, pues la paz aún no dominaba el ambiente. Meses después del nacimiento de Nadia,  los americanos anunciaban su retirada de territorio austríaco, y con ellos se iba la tranquilidad de muchos refugiados de la guerra, pues permanecía latente la posibilidad de que la URSS se apoderara nuevamente de Austria.

−Los americanos nos dijeron que se iban ya, y aconsejaron que nos fuéramos lejos, porque ahí había peligro todavía.

José y Nadia decidieron que la mejor opción sería seguir el consejo que les habían dado los americanos, buscando la forma de ir hacia otro lugar que no se encontrara en el área susceptible de posibles ataques rusos. Así conocieron lo que recuerda como una organización “que ayudaba a los que no querían volver con comunistas, la IRO”. En 1947, la Organización de Naciones Unidas creó una organización llamada International Refugee Organisation –en español, Organización Internacional de Refugiados (OIR)−, la cual se encargaría de proteger a los sobrevivientes de la guerra y ofrecerles la posibilidad de establecerse en un lugar donde pudieran sentirse seguros.

José habla de la IRO como su heroína, y la define como la organización “que se ocupó de nosotros, los que no nos queríamos ir, porque teníamos motivos”.

Y fue justamente esta organización la que inició los trámites para la reubicación de los refugiados.

El primer paso que tuvieron que dar José y Nadia, junto con su hija, fue el de regresar a Steyr, lugar donde se realizarían los estudios médicos para que los países receptores de estos inmigrantes tuvieran la seguridad de ingresar gente sana a su territorio. El rumbo final aún no lo sabían, pues no dependía de ellos sino de las opciones ofrecidas por la IRO. Para ese momento, la familia estaba por ascender a cuatro: Nadia estaba embarazada de su segundo hijo.  .

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En Steyr, y con la amenaza latente de caer de nuevo en manos de los rusos y ser fusilados en Siberia, José y Nadia aceptaron la ayuda de la IRO, que les ofreció la posibilidad de elegir a cuál país deseaban irse, teniendo a Argentina, Brasil, Canadá y Venezuela entre las opciones. No disponían de mucho tiempo para decidir, así que, guiados por la intuición y el deseo de vivir en un país con clima cálido y tropical, decidieron que su  nuevo hogar lo constituirían en Venezuela.

−Mama quería para Venezuela, para calor, donde calor, porque donde ella era, era muy frío.

Bereziwka, ciudad natal de Nadia, es una localidad caracterizada por las bajas temperaturas que alcanza durante el invierno. Según una de sus hijas, María, Nadia pasaba horas contando emocionada lo mucho que disfrutaba deslizarse por la placa de hielo que se formaba cuando el inclemente frío congelaba el agua del lago que estaba cerca de su casa. Lago donde también aprendió un ejercicio que le sería muy útil y práctico en el Caribe: la natación. En este sentido, podría parecer que Nadia tenía una conexión especial con algunas cosas que, desde los 26 años, formarían parte del resto de su vida.

José recuerda por qué Venezuela fue la elección de ambos, y relata la historia desde el orgullo que siente al contar que su llegada al país caribeño no fue de forma ilegal.

−Vino cónsul en Salzburgo. Era una mujer, nos anotó, preparó papeles y pa’ Venezuela.

Estaban en Salzburgo y fue el mismo cónsul venezolano quien les otorgó sus respectivos pasaportes para ir luego a Linz, ciudad al norte de Austria y cerca de Steyr, para continuar con los trámites de migración. La IRO exigía la presencia del representante diplomático del país que decidiera aceptar a los inmigrantes.

−Naciones Unidas dijo que cada nación puede llevar para trabajo, que no querían poner ellos la cuota; solo que tenía que venir Embajador, consulado.

El pasaporte con el cual pudieron viajar hacia Venezuela fue emitido por la IRO el 12 de agosto de 1949, y les fue otorgado, en presencia de autoridades venezolanas, el 18 de julio de 1950, mes en el que partirían a Venezuela.

De esta manera, José y Nadia fueron dos de los 800 mil[14] extranjeros que ingresaron a Venezuela entre 1948 y 1961, como consecuencia del importante flujo migratorio de europeos hacia América, originado por los cambios políticos, económicos y sociales producidos en el viejo continente a causa de la Segunda Guerra Mundial.

Entre trámites y mudanzas, en medio del caos posguerra y pasaportes, nació Bogdan Pawlyschin, el 7 de abril de 1950 en Linz.

A pesar de que José parece tener la memoria de un niño, fresca y activa, olvida que su partida hacia Venezuela se daría en julio de 1950, cuando la pareja subió a un tren, junto con otros compatriotas y compañeros de toda esa experiencia que había comenzado hace ya casi diez años para ese entonces. Un viaje que para él aún no ha culminado.

El tren partió con destino a París pero el recorrido precisó una modificación. Para poder llegar a París con vida y sin intercepciones rusas o alemanas, la ruta principal Viena-París fue modificada. Ahora los pasajeros viajarían a Suiza y de allí a París. Este cambio de ruta se debió a que los rusos habían tomado una pequeña parte de Austria, la cual incluía a Viena. Así, tomaron un tren desde Linz y partieron hacia Suiza.

Al llegar, volverían a subir a un tren, esta vez finalmente a París.

−Llegamos y pasamos ahí dos semanas, luego salimos a Italia y de ahí salió barco −es la descripción casi cronológica que realiza José sobre su viaje.

Hablar sobre el recorrido transitado le genera una sensación de cansancio que su voz y sus expresiones no pueden ocultar: su garganta deja escapar tonos agudos y silenciosos, y sus ojos se abren para darle intensidad a la narración. Es un personaje único al momento de contar historias.

Al llegar a Italia, los estaría esperando en un puerto de Génova un barco con destino a tierras caribeñas.

−El barco se llamaba SS[15], no recuerdo muy bien −dice mientras María y Bogdan revisan un montón de papeles, pues su padre despertó en ellos muchas dudas e interrogantes: Bogdan no tiene seguridad sobre la fecha de su nacimiento, y María no logra entender por qué su madre siempre le contó que su hermano mayor nació en el barco.

El SS hizo una pequeña parada en España, específicamente en las Islas Canarias, para buscar a un grupo de inmigrantes españoles que se unirían a los miles que estaban ya en la embarcación.

Recuerdo que pasamos por ese canal, ¿cómo se llama? Gibraltar, ése, y de ahí directo pa’ Venezuela.

Continúa en una segunda parte: Sarría y Altavista.


[1] Aunque los documentos de José afirman que nació en 1923 por el calendario greco cristiano, para el calendario occidental nació en 1924.

[2] Significa “provincia” en ucraniano.

[3] Es la abreviatura en ruso de “hacienda colectiva”.

[4] Significa “rojo” en ucraniano, y así se les conoce coloquialmente a los comunistas.

[5] Inicialmente, representaba a los campesinos con capacidad de producción, pero Stalin los calificó como los rebeldes del régimen.

[6] De esto habla Jerzy Holzer en su libro El comunismo en Europa. Movimiento político y sistema de poder.

[7] No existen cifras exactas, pero varios autores (Koralsky, Carroll) coinciden en la que se da aquí.

[8] Significa “líder” en alemán, y así apodaban a Hitler.

[9] Generalización con la cual José se refiere al régimen nazi.

[10] Mamá en ucraniano. Forma en la que José se refiere a Nadia.

[11] Así generaliza José para referirse a la URSS.

[12] Según Götz Aly en su publicación La utopía nazi: cómo Hitler compró a los alemanes.

[13] Inicialmente conocida como Iglesia Católica Ucraniana de Rito Griego, es una importante corriente religiosa ucraniana unida al catolicismo romano pero con tradiciones bizantinas.

[14] Cifra obtenida de la publicación Grandes hechos históricos de Venezuela, de El Nacional.

[15] Prefijo que llevan los nombres de muchos barcos y significa Steamship o buque a vapor.