Cada quien escucha lo que necesita escuchar

Armando Quintero Laplume sabe hablar con las manos y con su voz de amigo que no te va a fallar; es profesor, escritor de cuentos infantiles, pintor y dibujante, pero se ha quedado sobre todo con este oficio de reunir a un grupo de gente (preferentemente locos bajitos, pero también público del otro) para practicar una tradición ancestral, la narración oral, abriendo hiistorias como puertas que ha aprendido, que ha inventado o que se ha leído una y otra vez haciéndolas suyas

¿Hay un secreto en el arte de contar cuentos? Si lo hay, debe estar encerrado en la cabeza de Armando Quintero Laplume.  “Cuando uno cuenta un accidente”, dice, “transmites algo más, quizás en un temblor del labio. Bueno, si usted no tiene ese algo más a la hora de contar un cuento, mejor no lo cuente porque el otro va a sentir que usted le está repitiendo una historia; no la está viviendo”.

Puedes verlo de azul o verde cualquier tarde en los jardines de la Universidad Católica Andrés Bello, y estará feliz de sumarte a su estancia en el 33. Tendrás el papel de Alicia en el país de las maravillas, si te dejas llevar. El 33 en una región al este del Uruguay donde, encerrado en el vientre materno para que nadie lo viera, ya observaba y escuchaba a los peones de la hacienda echando sucedidos, que así llamaban a sus historias, no cuentos.

Eso fue antes de los gorilatos, antes de la evacuación.

Aquellos que desembarcaban sus narraciones frente al vientre hinchado de su madre eran campesinos que se creían sus historias aun siendo irreales. Con ellos se fue haciendo lo que es hoy. Quintero creció en ese sitio rural con muchas arroceras, departamento del Treinta y Tres, frontera con Brasil, donde se despliega la laguna Merín, el pago más oriental de la República Oriental del Uruguay.

De modo que su madre, en aquella estancia o hacienda donde vivía la familia, apuntaba su barriga hacia las voces de los cuenteros, para que el niño allí dentro, a través del líquido amniótico, escuchara las voces de los peones como un rumor premonitorio. Esa teoría, que él mismo quizás pula con alguna frase adicional, es la primera historia que contará a sus oyentes en el parque Caballito, de la urbanización Altamira, un domingo por la tarde. Esos peones compartiendo sucedidos de aparecidos pero asimismo anécdotas de la vida cotidiana, tras cada regreso de la faena a las seis de la tarde o cosa así, fueron su cuna espiritual.

Eso y sus abuelos que en realidad no eran tales. Pero antes de conocerlos había aprendido que el mundo es para compartir; tener una hermana se lo impuso.

Así fue: cuando el padre Quintero tuvo que mudarse por cuestión de trabajo a la capital del departamento, la familia encontró a unos vecinos que se convertirían en abuelos por querencia y dedicación: los propios habían fallecido antes de que Armando y su hermana nacieran

Era una pareja de ancianos, hermanos y solterones. Estaban solos en la vida. La familia Quintero los adoptó y los flamantes abuelos les mostraron a los niños el ritmo de las constelaciones, la musicalidad de los chorritos de agua, el canto de las hojas movidas por el viento y los misterios infinitos de la lectura.

Dos maestras que habían tenido en los primeros grados sembraron una semilla previa pues hacían que los alumnos copiaran fragmentos de García Lorca, Miguel Hernández, Pablo Neruda, Juan Ramón Jiménez y Rafael Alberti. Ese contacto con las letras fue machacado por los abuelos. Creyó Armando que, en alguna habitación de su casa, los libros eran las propias paredes pues los anaqueles iban del piso al techo. Y el abuelo fue quien le enseñó que no valen adaptaciones de grandes obras para niños si tienes al alcance, por ejemplo, al Quijote entero y original. El adaptador también es un traidor.

Fue la lectura del capítulo de la lucha contra los molinos de viento lo que transformó su vida: “Es un texto que siempre tengo de cabecera”.

Y LUEGO VENEZUELA

Armando, que está casado con Emma Rodríguez –a quien conoció en el instituto de Uruguay−, tiene dos hijas, Patricia y Rosario. Se vino en 1978 huyendo del gorilato que vivía su país. Llegó el boom de los cuentacuentos en 1983, con el movimiento gestado por el escritor cubano Francisco Garzón Céspedes (este sitio trae buena información sobre él), quien teorizó sobre el oficio y le dio un nuevo impulso. En Venezuela crecieron los cuentacuentos: en Los Caobos, en la Universidad Central, en varios sitios. Armando asistía a sus presentaciones con el pretexto de sus dos hijas, pero básicamente era él quien quería escuchar.

En el Parque del Este, un día, lo animaron a contar un cuento. Allí empezó. Del Colegio Hebraica lo invitaron a realizar un trabajo continuo contando cuentos desde pre escolar hasta quinto año de bachillerato, en aula, literatura y práctica de la oralidad. Fue una buena experiencia. A los de quinto año les contó una historia guarao basada en un mosquito que se convierte en un hombre muy flaco, llamado Botowito, y Botowito le quedó como sobrenombre al cuentacuentos Quintero.

De allí pasó a la Universidad Católica, donde comenzó dando literatura infantil mientras se modificaba el pensum en la Escuela de Educación y la narración oral pasaba a ser un seminario obligatorio para segundo año de Pre Escolar y Básica. Eso fue así durante varios años hasta que hubo un nuevo cambio y lo dejaron fuera. 

Mientras tanto, en la década de 2000 proliferaron postgrados en narración oral −como en la Universidad de La Mancha− y otros estudios que se tomaban muy en serio, en España y en Latinoamérica, este asunto. Ahora también hay técnicos superiores en narración oral en Argentina y en Colombia.

Según parece, pronto abrirá un diplomado en la UCAB.

Textos de Armando, ya sean cuentos o material teórico, se consiguen en la web y se agrupan bajo el título Quieres contar cuentos  y en Cuentos de la vaca azul.

Personalmente, lo puedes ver un domingo por la tarde en parque Caballito. O quizás en la librería Sopa de Letras. O en cualquier otro sitio donde lo llamen, que para eso está y por eso vive.

Estuvo en los primeros tiempos de El Diario de Caracas cuando allí también trabajaba su coterráneo Alberto Monteagudo; colaboró en otros periódicos, como ilustrador. Y fue representante de ventas de Editorial Planeta. En tal condición recorrió buena parte del país. En diferentes lugares conoció cuentacuentos venezolanos. Todo eso contribuyó a lo que es hoy.  

Uno maneja los mismos recursos que el teatrero en cuanto al uso de la voz, el movimiento, el sentido del espacio, etcétera. Se puede confundir el teatro con la narración oral pero uno no actúa; lo que uno hace es mostrar una historia, compartirla y pasar, en algún momento, el personaje por uno, como la vecina chismosa que le cuenta a otra lo que vino a decirle Fulanita, y le imita la voz. Es como para refrescar la forma de decir del otro e ironizar con ello.

Se le pregunta cuál es el misterio que encierra un cuentacuentos. Es decir, qué hay del otro lado. Y contesta:

La necesidad de tener a alguien cerca, que me hable al corazón. Creo que por eso está otra vez en auge la narración oral. Hay mucha gente que se acerca porque necesita que alguien lo acaricie con la voz, con el gesto, con el movimiento; que le abra una puerta o ventana a su imaginación no para evadir la realidad  (yo no hago cuentos para evadir la realidad, es absurdo: nunca la vas a evadir), sino para verla desde otro lado, permitiendo que se abra una posibilidad.

Hay una máxima en este oficio mágico: contar con la seguridad que te da la veracidad; esa veracidad puede cubrir un gran embuste, pero será un embuste del cual esté muy convencido quien cuenta. Puede que haya unos cuantos embustes en los cuentos de Armando, pero ¿cuál es el problema? Al fin y al cabo son nada más sucedidos, no se venden como reportaje o documental./SN