Un granito de justicia en el TSJ (I)

Cuando salió de las aulas de la UCV con el título de abogada en mano no sabía que ejercería el Derecho de una manera tan intensa. Sus comienzos como defensora pública le llevaron a hurgar la cruda realidad de las cárceles venezolanas. Desde ese momento, Blanca Mármol de León —actual magistrada de la Sala de Casación Penal del TSJ— le dio rienda suelta a 34 años de carrera judicial

Andrea Pérez Riera

Su nombre completo es Blanca Rosa Mármol de León. Suena imponente, como ella misma es. Su tez blanquecina, adornada con unos pómulos rosados, le hacen honor a su nombre, pues aunque los apellidos se heredan y se adquieren al casarse, si algo parece peculiar es que estos que ella lleva calzan con su personalidad tenaz. La primera demostración de su ímpetu fue cuando se graduó de abogada, teniendo dos hijos. Así lo percibe su esposo, Vladimir León. Él la admira. Por eso no tambalea para decir: “Es una mujer responsable y con mucho sentido del deber”.

Su cabello dorado y sus ojos verdosos le otorgan un semblante de extranjera, quizá de europea. Pero no. Blanca Mármol es una caraqueña que vivió su infancia en un apartamento de El Silencio y entre las paredes del colegio San Antonio, de las hermanas franciscanas, que hoy sigue funcionando en la avenida Baralt. Sin embargo, fue en las aulas del Liceo Andrés Bello donde Blanca Mármol y Vladimir León se conocieron y coincidieron en el mismo salón de clases en tercer año de bachillerato.

Hundido en la jocosidad de los recuerdos de la adolescencia, Vladimir León hace memoria con una sonrisa explayada: “En su fiesta de 15 años, yo, que bailaba bastante bien, logré que bailara conmigo más que con ningún otro. Y desde ese momento empezó todo”. Ella tampoco vacila al decir: “Toda la vida he estado con él. He vivido más con él, que sola. No recuerdo la vida sin él. Casi nada”.

De repente, Vladimir León desliza de su dedo anular su anillo de matrimonio que, aparte de lustroso, exhibe en su interior la fecha en que de jóvenes se hicieron novios: 29 de octubre de 1959. Cuatro años después se casaron, y apenas cumplidas las nupcias con juventud y entusiasmo comenzaron una vida juntos desde las aulas universitarias.

Cada uno a lo suyo. Él, amante de la ciencia y los descubrimientos, se enfiló en la carrera de físico; y ella, apasionada de las humanidades y las letras, terminó en los salones de Derecho, sin saber lo que le esperaba. Pasados los años hoy, con asombro, reflexiona: “No me imaginé que me iba a tocar tan duro con la justicia, porque yo siento que cuando hablo de justicia estoy diciendo lo obvio, lo que está clarísimo. Pensé que iba a ser abogado, que ganaría unos casos y perdería otros; pero en un contexto más apacible”.

DESDE EL PRINCIPIO

Abocada a las responsabilidades, Blanca Mármol cosechó el amor por el estudio desde la educación con las hermanas franciscanas. “Siempre me porté bien. Nunca perdí una materia y saqué medalla de honor en el liceo”. Con orgullo recuerda que aunque su fuerte no era la Matemática, un día logró sacar veinte en trigonometría, tras haber estudiado junto a quien sería su esposo.

Eso del matrimonio a los 18 años hoy le parece una locura y no porque no ame a su compañero, sino por lo que hicieron para lograrlo tan  jovencitos. Y es que  Vladimir se las ingenió para buscar una beca,  casarse y seguir estudiando. Así fueron a parar a Rusia, para ese entonces la Unión Soviética. Después de un año y medio allí, Mármol asegura que nunca vio al hombre nuevo: “Los soviéticos no creían en eso. Esa es una idea que no se logra nunca y genera limitaciones”. No en vano lo dice pues, cuando veía una cola, inmediatamente se detenía porque significaba que estaban vendiendo algo que probablemente necesitaría. Esa experiencia le dejó una enseñanza: “A partir de allí supe que yo no quería eso, que ése no es el camino”.

Su rectitud, si tiene alguna razón de ser, se debe a la formación de sus padres, en quienes testifica haber percibido siempre firmeza. “Yo crecí viendo las cosas como debían hacerse y a medida que uno se desarrolla y ve cómo prevalece el mal, creo que toma con más fuerza la decisión de luchar contra eso. Una frase muy exacta que una vez oí, reza: ‘Si no está del todo bien, no está bien’. Digamos que ese es el lema”.

ENTRE EL ÍMPETU Y EL PUNTO DE QUIEBRE

Atrás quedó la época en que después de una jornada de clases en la Universidad Central de Venezuela (UCV) buscaba de noche a sus dos hijos mayores en casa de su mamá y se disponía a manejar sobre una Panamericana que, para entonces, “era una boca de lobo, sin luces, ni islas”, como la describe su escolta Alexandro Sifontes, quien lleva diez años trabajando con ella.

Lo que no ha cambiado nada es la adoración que tiene por sus hijos. Con ojos quebrados dice que dos de ellos están fuera del país: Camilo y Vladimir. En medio del dolor, lo que la consuela es que por lo menos Carlos Augusto y Mariana siguen aquí. Aunque se muestre recia y firme, su esposo considera que lo único que la podría derrumbar es que les pasase algo a sus hijos o a él mismo.

Su carrera judicial de 34 años sin ninguna sanción le ha permitido mantenerse intacta dentro de la administración de justicia. Actualmente, en el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), es la única que cuenta con un currículo adecuado para ejercer el cargo de magistrada. “Yo agoté todos los pasos anteriores para llegar al TSJ. Si hubiera habido un paso más, yo lo hubiese hecho”, afirma orgullosa.

Empezar como defensora pública de presos la condujo a estar del lado del escritorio del abogado que alega y solicita. Esa experiencia la preparó para luego estar del lado del juez que da la última palabra y debe administrar justicia. Hoy se lamenta por la situación penitenciaria del país. Considera que no se acogen las recomendaciones de las “infinitas” comisiones que han estudiado el problema y continúan las viejas prácticas de poner a los jueces apresuradamente a dar medidas de libertad condicional.

La creación del nuevo Ministerio para el Sistema Penitenciario no es la mejor solución para Mármol: “Es otra instancia interactuando sin preparación y de forma improvisada”. Según ella, el primer paso sería clasificar a los reclusos: “Es necesario separar a los que tienen imputaciones de mayor gravedad de los de menor gravedad, los que tienen antecedentes de los que no tienen. Debe reconsiderarse si estos últimos deben permanecer presos”. Además cree que se deben construir más edificaciones, acabar con los pabellones y establecer celdas individuales; pero sobre todo se necesita con urgencia crear mecanismos para la reinserción social mediante el trabajo y la educación.

Desde el TSJ busca que estas soluciones se ejecuten. Para una de las abogadas del equipo de su despacho, María Conchita Caggia, la mayor labor de Blanca Mármol ha sido convencer a los demás magistrados de que sus decisiones no pueden basarse en intereses políticos. “Si ella cree en los principios jurídicos de una sentencia, los va a defender hasta el final, porque no se deja influenciar por razones políticas o personales”, dice Caggia.

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