El ermitaño que cayó en la red

Eduardo Liendo, autor de Los platos del diablo, recibió la Medalla Internacional Lucila Palacios justamente el día del escritor. La edad le sirve a Eduardo Liendo para dejar atrás su pecado principal, apresurarse. También para que incurra en otro, criticar su propia obra

 

Cristina Reni

Eduardo Liendo ya no pide un marroncito. Ahora toma café con leche. No porque haya dejado de disfrutarlo, no. Es más, cuenta que como ya no le echa azúcar se deleita más con el sabor. El escritor de Las kuitas del hombre mosca comenzó a multiplicar las cucharaditas de azúcar y las calorías diarias correspondían a las de dos bistecs. También dejó el cigarro. A primera vista tiene el cabello todavía oscuro, pero los setenta años se le escurren en unas patillas muy blancas, en las cejas canosas y en unas líneas que derivan de sus ojos, como si fueran ondas de una piedra que cayó al agua. De esos mismos ojos oscuros que tienen aureola muy clara, casi azul, surgieron once libros publicados. Tantas líneas que le han leído a Liendo en el país y que ahora el Círculo de Escritores de Venezuela busca retribuirle. El 27 de noviembre de 2011, día del escritor, le concedieron la Medalla Internacional Lucila Palacios. Liendo está consciente de su edad, se cuida pero cuando habla de su cotidianidad, no puede dejar de comparar la espontaneidad de la jubilación con los vaivenes de su vida, en los que pocas veces se quedaba o se daba por sentado.

 

LOS CAMINOS LLEGAN A LA ESCRITURA

La vinculación de Liendo con la política no es un secreto. Tampoco se trata de una postura reciente ante la situación actual del país. Eduardo Liendo no era escritor, era apenas un muchacho cuando se unió a la Juventud Comunista. “Un tipo citadino” que con 20 años se fue a meter al monte, a la guerrilla. Y allá adentro, lo agarraron. En el estado Lara se le acabaron los años de joven: de los 22 a los 26 años estuvo preso en la isla de Tacarigua y en el cuartel San Carlos. Allí tenía una doble vocación. Cualquiera sospecharía que sería la de ser un político y la de escribir pero resulta que Eduardo Liendo quería cantar. Así que entre las rejas cantaba boleros. Un día en el cuartel San Carlos, la melodía se escapó y llegó hasta un subteniente que se le acercó y le dijo: “Mira, muchacho, tú sí eres loco. Con esa voz y estás metido acá”. Liendo no puede dejar de sonreír y como una picardía dice que cantaba bastante bien pero decidió dejarlo a un lado. Los “y si…” llegan ahora al escritor para tentarlo con que aquello era una mejor opción: su tía, Carmen Liendo, había sido una soprano muy reconocida pero eso no fue suficiente para él.

Hubo, en cambio, otro detalle que sí lo influenció hasta el final: aproximadamente a los 16 años leyó una biografía de Honoré de Balzac escrita por Stefan Zweig. Liendo se enamoró de “la condición de escritor”. Las líneas de Zweig lo conectaron con la habilidad de redactar bien que tenía desde la escuela. Pero como luego de la cárcel estuvo exiliado en Europa, “planeando una fulana revolución”, el comenzar a escribir estuvo postergado hasta su regreso a Venezuela.

En ese cese de actividad política surgió para él la libertad. Por dejar la militancia no ha abandonado sus ideas políticas. Lo que cambió fue su día a día; el tiempo le abrió entonces espacio al oficio que venía aguantando una voluntad creadora:

“Todo el que empieza a escribir de joven piensa que va a ser famoso, que lo van a traducir. Yo tampoco creo que yo haya empezado a escribir por eso, más bien fue como una necesidad fundamental. Pero, claro, necesitas como cierta ensoñación. Por eso muchos se quedan en el camino, porque el esfuerzo no tiene la recompensa esperada”.

Eduardo Liendo no habla rápido. Busca pronunciar muy bien las palabras. Sobre todo cuando dice que él escribe para ser otro. “Para la otredad. Para tener otras vidas posibles”.

 

AGARRARLE EL RUEDO AL OFICIO

La elegancia de otra época no se le olvida a Eduardo Liendo. Él la sigue llevando. Usa chalecos con mucha regularidad. Aclara de entrada que no se trata de ninguna moda. Se siente cómodo con la prenda: “Es una manera de no andar solo en camisa y de no andar enchaquetado”. Así que con los años ha acaudalado una colección de chalecos. Bolsillos y bolsillos. Dice que allí mete todo. Cuando Liendo habla, cita frecuentemente a otros autores, parece que guarda esas frases cortas y contundentes entre las llaves de la casa y algún pañuelo. En su discurso de orden al recibir la medalla Lucila Palacios dijo que para un autor, “leer no es nunca un acto completamente gratuito”. Y debe ser que las frases las viene sacando de su lectura pues desde que regresó del exilio, comenzó a trabajar en distintas bibliotecas.

Durante los años 90, Liendo era el director cultural de la Biblioteca Nacional. Pero antes de llegar allí, trabajó en la biblioteca Paul Harris y luego en la biblioteca Enrique Bernardo Núñez. La cuestión es que después Domingo Miliani, que era director de la Biblioteca Nacional, manipuló al autor de Los topos, “de la mejor manera posible”, para que trabajara con él. Liendo no pierde lo cortés ni cuando cuenta que las ofertas de Miliani, como una revista cultural, no se llevaron a cabo totalmente. El contacto con los usuarios formaba entonces parte del oficio:

“Si algún pecado yo había cometido, era el de la ligereza. Que está en las primeras ediciones de la mayoría de mis libros porque los escribía en condiciones difíciles. Por ejemplo, mis dos primeros libros los escribí en bibliotecas públicas, rodeado de muchachos. Tenía que hacer abstracción y escribir. No son condiciones idóneas. Eso resiente un poco el problema formal”.

Hace tres años, el sello editorial Alfaguara creó la colección Biblioteca Eduardo Liendo. Esas reediciones le han permitido revisar sus obras y criticarlas. La rutina del escritor sigue siendo la misma. Cuando cuenta su método parece que estuviera hablando de cazar. Va lento cuando no ha madurado el tema. Pero cuando sabe que “la novela está atrapada”, va al grano. En ese momento, considera que el arma fundamental es la perseverancia.

 

ERMITAÑO EN LA RED

Últimamente Eduardo Liendo lleva también tirantes. Los usa desde que le quitaron un cólico que tenía. De todas formas sigue usando correa porque dice ser “un macho vernáculo”.

Desde hace treinta años, Liendo está confinado en Los Palos Grandes, donde vive con su esposa. A su apartamento no han entrado periodistas. Lo piensa bien. Liendo cuenta que una vez Milagros Socorro se invitó. En ese momento ríe a carcajadas. Y explica que su casa no es “precisamente una cosa de orden”, que es una “vaina caótica”. Pero afirma que es un desorden arbitrario.

Liendo tiene una hija llamada Olivia. Cuando habla de ella, sus ojos parecen ser más claros. Olivia tiene veintinueve años y aunque vive en Chicago, no está nunca lejos de su padre. El escritor no esconde el orgullo cuando habla de su hija. Así como tampoco puede disimular su tristeza porque estos tres años, desde que Olivia se fue, le han parecido eternos.

En sus bolsillos no hay ningún celular. El escritor no se refiere a su capacidad de manejarlo, es más bien otro tipo de aproximación: “Cuando me prestan el celular por unos días, hago lo que tengo que hacer y ya. Porque yo soy un poco celoso de la privacidad. Tiendo más bien al ermitañismo que a la sociabilidad”.

Pero no deja de salir con su esposa. Una vez, una muchacha lo reconoció y le dijo “ay, pero si hasta viene al cine”. Él cuenta la anécdota y termina en carcajadas. Su mujer y él son cinéfilos. Con Olivia la cuestión es distinta porque, por ella, Liendo no se resiste a Internet. Desde que la computadora es “algo vital” para él, aprovecha más las noches. La búsqueda de información, el escribir novelas, leer periódicos internacionales y, sobre todo, poesía, es lo que hace Liendo en la computadora. Para el autor de El mago de la cara de vidrio, Internet es absolutamente mágico, así que lo usa más de lo que ve televisión. El escritor cuenta que recientemente estaba trabajando y pisó una tecla equivocada que le borró el documento. En la desesperación se dijo a sí mismo que si no recuperaba esos dos años de trabajo continuo, no volvería a escribir más:

“La novela es muy exigente. Te absorbe. Vas indagando en cosas que tú no imaginabas que sabías o que podías imaginar. Alguna de las cuales no van a volver del mismo modo si no las capturas. Entonces eso es irrecuperable. Además sin yo considerarme propiamente un anciano, sé que para la novela la edad es muy importante, porque además de la disposición y del tiempo que tú tengas, depende de la memoria. Cuando vas por la página ciento y pico tienes que saber más o menos lo que dijiste en la página doce. Cuando te empiezas a preguntar a ti mismo ¿cómo se llama el personaje ese? ya la vaina está medio grave”.

Para Liendo, hablar de la significación que tiene su obra para él mismo, es un pecado. Anteriormente su defecto era la precipitación y que su condición “marxista” —porque él especifica que debe ir entre comillas 12—’ type=”#_x0000_t75″>   lo llevó a apreciar más el contenido que las formas. Ahora no tiene apuro sino esa postura de quien ya se sabe mayor, y quizás por eso se permita juzgar su obra. Eso sí, aclarando en cada oportunidad que él está pecando de inmodesto.

En ese pararse detrás, Eduardo Liendo se siente muy lejos de llamarse un intelectual. Mira a los ojos y dice: “Yo soy un narrador”. La diferencia es que aunque no está “exento de pensar”. Su casa es la narración. Esa misma que celebró su día, homenajeándolo a él.