La poesía como identidad

Para Luis Alberto Crespo, que desde 1968 publica libros de poesía, es normal preferir el verso y disimular en la penumbra zonas de su vida personal;  evita la publicidad de su vida cotidiana. Es el actual director de la Casa de Bello

 

Indira Rojas

No tiene edad, tiene edades. No es de un lugar, es de todas partes. Es del territorio de la palabra, así lo establece y allí es donde se concibe. Tal vez por eso su voz tiene mucha poesía y poco hablar, pocas confesiones y mucha nada. Pregunta “¿qué quieres saber de mí?”, pero luego de dos o tres chispazos de intimidad, luego de contar con naturalidad prosaica sus experiencias, se devuelve al verso. Luis Alberto Crespo difumina la autobiografía verbal y las confesiones breves para transformarlas en comentarios de crítica literaria, y cita en un francés envidiable algunos fragmentos de obras de Marcel Proust, Gastón Bachelard y René Char, que sabe de memoria.
Pero no presume: “Yo no me sé de memoria los poemas, yo los siento”. Presidente de la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello y profesor en los talleres de poesía del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, Celarg, este hombre caroreño de perfil afrancesado fue Premio Nacional de Literatura en 1977, y también fue galardonado con el  Premio Municipal de Poesía y el Premio Monte Ávila, Mención Poesía.
“Inaprehensible” es la palabra que emplea Patricia Guzmán, periodista y poeta de larga trayectoria, para describirlo. ¿Y cómo no va a serlo un personaje que llama a la palabra su territorio? Además de subsistir en este espacio abstracto en el que se siente cómodo, Crespo también vive en un tiempo distinto y no se acredita una edad concisa aunque está consciente de que los años se suman, y éstos manifiestan señales inequívocas de su poder sobre el cuerpo que se marchita.
Él mismo es una prueba del tiempo, con sus ojos empequeñecidos por los párpados caídos, de los que se despliegan las líneas de la vejez recorriendo el contorno de sus ojos, y coronado por su cabello enmarañado como una bola de hilos blancos. Pero en su burbuja poética, que no evalúa los cambios cotidianos del cuerpo, él tiene 65 o 68 años. Incluso, asegura sin vacilar que vive la edad que prefiera tener, que a veces está detenido en ella, y que le gustaría tener 70 años porque es una edad importante. Cuenta que tiene dos partidas de nacimiento y que eso le permite jugar sin culpa con su edad. Sin embargo, todos los datos biográficos y registros documentales señalan que indiscutiblemente Luis Alberto Crespo nació en 1941. Los cálculos sentencian que tiene 71 años, y la matemática es irrefutable incluso frente al lenguaje lírico, o la locura de una reminiscencia juvenil, que un poeta setentón pueda sostener con la palabra. “Yo no tengo otra manera de conversar sino a través de la poesía”.
 
PRIMERO EL POETA
Habla con un tono fuerte. Cuando el personaje poético sale con determinación marca las palabras con profundo rigor, pero la mayoría de las veces, incluso sin percatarse, deja que su lengua se exprese como un rápido del Amazonas; sin pausas, sin modulaciones, con ideas atropelladas. Pero ¡ah!, al escribir es ligero y sencillo, sin gastar el tiempo en parafernalia y usando las frases vigorosas. “Los portones, tesoros de familia, no nos salvarán de los arenales, la tierra que pisas”, se lee en su poema “Las cinco”.
“Luis Alberto Crespo es un conversador locuaz y un gran poeta”. María Fernanda Mujica, periodista con más de treinta años de experiencia, lo conoció en la década de los 80 en la redacción de El Nacional. Luis Alberto Crespo trabajó en el diario durante quince años y allí dirigió el suplemento Papel Literario y fundó Feriado.
El reconocido poeta estudió periodismo en la Universidad Central de Venezuela y en París. En su perfil como periodista cultual se agrega la creación del suplemento Letra G, del periódico El Globo; y sus cargos como director de Información Cultural en la agencia de noticias Venpres, miembro del consejo editorial de la revista cultural del Banco Central de Venezuela, y director de la revista Imagen.  En 1994 el Ministerio de la Secretaria de la Presidencia y el Conac le otorgaran el Premio Nacional de Periodismo Cultural.
“Eso es una pasión”, exalta Crespo con sus ojos encogidos por la expresión alegre que abulta los cachetes caídos. Pero más allá de esa pasión eterna, por la que fue reconocido durante las décadas de los 80 y los 90, una pasión muy profesional, el papelón que Crespo presenta como su versión mediática de pluma y libro es la del poeta. Así lo conocen, así lo llaman y así lo describen.
Cuando se lee una reseña biográfica del escritor la primera etiqueta que lo identifica es la de poeta. Cuando sus conocidos se acercan a saludarlo, mientras se toma un café con leche en el Rey David de Los Palos Grandes, le estrechan la mano con respeto y lo alagan como “un gran prosista”. Cuando se escribe su nombre en Google la segunda opción de búsqueda es “Luis Alberto Crespo poemas”. “Diría que su personalidad es de un poeta auténtico”, añade Mujica.
 
EL DESARRAIGO DE CRESPO
Sus colegas en el círculo literario caraqueño y los prologuistas de su obra poética, que reúne más de veinte libros sin contar sus distintas ediciones, hablan de Luis Alberto Crespo como un personaje inseparable de las sensaciones y visiones de su natal Carora, en el Estado Lara. Pero esto es sólo una mentira creada por la lectura inocente, que ignora el pasado del autor y los complejos de su historia, que pinta con tanto romanticismo en sus poemarios como Costumbres de sequía (1976)  y Mediodía o nunca (1989)
El paraje caroreño de aridez, polvo, espinas y cabras no pretender ser el registro de un amor platónico por su tierra. Al contrario, el poeta siente un profundo desarraigo por Carora, una especie de desapego, en parte involuntario, por un pueblo del que se fue y al que retorna de forma incompleta, como la sensación, siempre confidencial, que sufre el desterrado que vuelve a su país. “El que se fue de Carora no se regresó más nunca, y el que regresa no sabe que regresó”.
La figura delgada y traviesa del niño Luis Alberto se quedaba dormida entre los libros de su padre, Antonio Crespo, y soñaba rodeado por un manto de tapas duras y hojas delicadas que rozaban el techo y le hacían cosquillas, como si la techumbre fuera la panza descubierta de un canino juguetón.
Su padre, al igual que su abuelo, era periodista y escribía sobre literatura nacional. También cubría la fuente de internacionales en un tiempo en el que la radio era el medio todopoderoso, el trasporte de las noticias del mundo de último minuto.
Antonio Crespo fue un hombre nocturno, de labor solitaria. Siempre vestido de blanco con sombrero, entraba en su oficina y encendía la radio, amaba la música, y permanecía encerrado en su habitación hasta las tres de mañana. Mientras, en la sala de la casa Luis Alberto recibía la atención maternal de Margot, su progenitora.  “Ay mi madre, mi madre…”, añora el poeta nostálgico, con la voz apagada pero no quejumbrosa de quien rememora las buenas épocas. A tres días de su estadía en Francia, país donde Crespo residió por cinco años, recibe la noticia menos pensada en medio de la liberal locura parisina: su madre había fallecido a los 58 años. De tristeza.
De estas verdades, casi confesionales, suele despertar como un látigo para incorporarse agitado a su mirada graciosa pero inquisidora, a la expectativa de un nuevo estímulo. Las áridas memorias de su infancia desaparecen del discurso como si una corriente de amnesia hubiera entrado por la ventana cual aire que se lleva las palabras.
Su relación con Carora no es una decisión arbitraria. Crespo no decidió asumir esta actitud una vez que se asentó en Caracas, “es porque interrumpí una experiencia existencial de mi vida, fue un momento en el que yo creía que el paraíso terrenal estaba en las espinas, los cardones, la sequedad, el mediodía, el color blanco, una tierra donde poco anochece”.
Una tarde caroreña, de esas en las que los mediodías son interminables, Crespo disfrutaba  su máxima libertad de joven despreocupado mientras se complacía en lo que para él era la tierra soñada. Una voz autoritaria, papá, lo saca de su danza espiritual con Carora y le dice “Báñate, vístete, aquí están tus maletas. Te vas para Caracas con tu tío hoy mismo”.
Algo de dolor, nostalgia más que dolor, crece en el pecho de este periodista y poeta cuando recuerda su despedida improvisada del pueblo larense. Desprovisto de opciones quedó desamparado ante la ausencia de despedida, arrancado de un solo tajo de su tierra como una planta es arrancada de raíz del suelo en el que crece.
 
ANTÍTESIS ASTROLÓGICA
El autobús que lo trae a Caracas queda en su recuerdo como el trasporte que lo extrae y a la vez lo remonta a su pasado.
Este trovador de los escenarios naturales guarda entre sus sensaciones predilectas “un beso, la desnudez de una mujer y  la caricia de los senos”, pero habla del amor y del erotismo con enajenación. Su matrimonio no tiene nombre propio, es decir, es una historia más pero nunca menciona nombres. Una historia sin personajes principales ni final feliz, en el que ni las estrellas pudieron intervenir a su favor: “Yo soy  Aries, es decir un chivo, y ella es Capricornio, es decir una cabra. Y dos personas así, que están siempre chocando, ¡pan, pan, pan!, no pueden vivir. A mí me hace falta una Libra”.
Aunque se guarda con una sonrisa irónica los pormenores de su matrimonio con la periodista Marianella Balbi, autora de El rapto de la Odalisca, sus hijos reciben un lugar privilegiado en el espacio y el tiempo paternal detrás de la imagen del poeta escurridizo. Ezequiel y Sebastián, de los que se esperara que fueran dos hombres hechos y derechos, son adolescentes de 14 y 16 años respectivamente. El segundo tiene gustos por las notas seductoras del jazz y “es bueno para la guitarra”,  mientras que el primero tiene el oído rockero como su padre y es campeón de patineta.
Los dos jóvenes heredaron de Crespo el amor por los caballos. Para el escritor, que se confiesa seducido por la textura del vino francés, sus dos vidas están en Carora y los llanos, en “los cerros y el horizonte, en la espina y la hierba”. Cuando la vista deja de distraerse con la diminuta argolla dorada, inmóvil en la carne arrugada de la oreja izquierda, argolla que completa el perfil afrancesado del poeta; entonces la mirada se queda fija en las botas marrones al estilo vaquero que calza con frecuencia. Son la antítesis del aire prestado de europeo que describe muy bien su rostro, su mirada y su hablar, pero que no tiene la capacidad de mezclar por completo con esa identidad parisina. Primero están los caballos, es un amor que toda su vida ha estado primero. Su caballo predilecto, de nombre El Sahara, corre libre con su blancura en un afiche de fondo azul que Crespo lleva consigo en su maletín desordenado de papeles sin motivo, casi se ahoga el folleto en los espacios copados del maletín.
Junto con uno de sus primos, llevó adelante una finca en Apure en la que tenían caballos y ganado y “vivían el paraíso”. Luego del fallecimiento de este familiar, aquel lugar desapareció con todo y encanto, y a Crespo sólo le quedaron dos caballos que aún monta con sus hijos en las caballerizas del Bongo Ranch, “muy americana la vaina, la superficialidad aquí es silvestre. Si se llamara Llano querido nadie iría”.
En otra época, sin hijos ni vida matrimonial, sonaba Niebla del riachuelo en un malecón de Choroní, tras la separación tortuosa de un amor juvenil a sus 21 años. Su novia, de 19 añitos, sentencia que el amor pasional y frenético que los une no puede continuar. En un acto digno de novela le dice: “Tú eres para mí definitivo, no puedo estar sin ti, pero debemos dejarnos ya, y no me sigas, adiós”, agarró sus maletas y se fue. Y en el fondo de la escena dramática suena “Niebla del riachuelo, amarrado al recuerdo yo sigo esperando…”.
 
***
 
Es una de las pocas veces en las que Crespo finalmente trae una visión romántica personal, intensa como él mismo, pero no como su poesía. Se queda la música de Cigala y la fuerza de un romance que, por pertenecer al baúl de la juventud de un poeta septuagenario, suena menos pensado, tiene el tono de un corazón dolido. Un corazón de un joven, de un hombre cualquiera, no de un poeta.