La historia escribe realismo mágico

Enrique Bernardo Núñez no lo sabía y Venezuela tampoco, pero cuando escribió Cubagua se convirtió en el padre del realismo mágico. El primer cronista de Caracas pensó, sin embargo, que no dejaría más que Huellas en el agua. Nunca quiso abandonar la literatura: “Durante la semana tenía que hacer periodismo para comer y los fines de semana podía escribir para el placer”

Carla Valero Lizarzábal

Desde el caminar se le ve la disciplina, es de pocos gestos y palabras. Casi nunca ríe, pero cuando lo hace, suelta una risa sabrosa, sentida. “Siempre me tildan de antipático, creo que es porque hablo poco, pero el que mucho habla, mucho yerra”. Se viste cómodo, con un aire bohemio pero conservador. “De joven siempre andaba de punta en blanco… ya con el pasar de los años pude permitirme la libertad de abandonar un poco la corbata y el saco”.
Esta tarde se le ve feliz en su luminosa casa en Los Chorros. Es la primera vez que tiene el título de propiedad de un lugar en el que vive. En todas las otras casas que habitó estuvo alquilado. Ahora le gusta estar a los pies del Ávila, esa montaña que es ícono de uno de sus dos amores: “Nací en Valencia y la amo porque ahí crecí, pero como cronista de Caracas, tuve que enamorarme de este lugar. Tanto allá como acá pelean conmigo porque dicen que quiero más a una u otra ciudad, pero yo más bien estoy entre dos amores. Eso existe, ¿sabías?”.
Ama tanto a Caracas que escribió La ciudad de los techos rojos para agradecer el ser nombrado cronista de la ciudad. Por ese texto es más conocido que por Cubagua, pero esa segunda obra es la que lo inmortaliza como el padre del realismo mágico. No es lineal ni fácil de digerir como sí lo es Doña Bárbara, que también pertenece a esa corriente que usa Gabriel García Márquez para escribir. Quizá sea por su densidad que su libro no ha tenido el éxito que merece en  librerías. Venezuela no supo disfrutarlo cuando se lanzó en 1931, quizá porque su tono visionario no podía ser entendido por un país que estaba en pañales. Ahora parece que la obra toma vuelo. La juventud la está retomando y analizando en grupos de lectura organizados por su hija, Carmen Elena Núñez de Stein.
 
ENTRE LA LITERATURA Y EL PERIODISMO
Ya le habían preguntado si prefería escribir obras literarias o hacer periodismo: escogió el periodismo porque con él podía llegar a más gente. “Aunque hubiera querido escribir más libros, el periodismo es para todos. Es igual para el obrero que para el doctor o para el poeta. Por cuestiones de tiempo y cultura, es más fácil leerse un artículo que un libro”.
No lo dice, pero cuando habla de su obra se nota que a Enrique Bernardo Núñez lo atormenta el poco alcance que tiene: “No recuerdo bien si fue en el 35 o en el 36, pero yo estaba presentando el que para entonces era mi libro más nuevo en el Ateneo y coincidí con el bautizo de otro texto. Todo el mundo prefirió ir al otro evento y mi libro terminó llamándose La ojeada al mapa de Venezuela (lectura ante un auditorio ausente)”. Es de pocas palabras, pero sin duda quiere ser escuchado y sabe que en Venezuela se lee más el periódico que los libros.
La difusión no ha sido su única preocupación, también el dinero le ha dado dolores de cabeza. Tuvo que mantener a tres  niños, una madre, una hermana y una esposa con su labor de periodista. En esos años difíciles, tenía que escribir entre una y dos notas al día para sobrevivir y eso le quitó tiempo para la literatura. “Cuando criaba a mis hijos, se ganaban veinte bolívares por nota. ¡Claro!, uno pagaba un bolívar por ocho plátanos, pero eso no es ni la comida de un día para tanta gente”.
Enrique Bernardo Núñez no puede mantenerse fiel a una sola ciudad y tampoco puede hacerlo con una sola forma de escribir. No sólo importa si su palabra se difunde, o si gana  dinero. Su obra literaria no se desprende del tono periodístico. La habilidad descriptiva y narrativa de la escena que es tan utilizada en la crónica, se deja colar en su literatura y carga sus textos del carácter cinematográfico que tiene este género. Orinoco y Cubagua son obras en las que el manejo de la palabra y la descripción de escenas, sumergen a quien las lea en sus historias que narran también la de Venezuela.
 
NADA CON LA POLÍTICA
Se codeó con políticos desde su infancia. Era un niño precoz, desde muy pequeño recitaba en eventos, lo hacía con mucho entusiasmo y caía en gracia de quien lo viera. Una vez le pidieron que recitara en una reunión en la que Cipriano Castro, el entonces presidente, estaba presente. Lo hizo casi a la perfección, pero se quedó trabado en la última frase y fue el mismo presidente quien le ayudó a recordar sus últimas líneas. Cuando terminó, lo cargó en sus brazos y asombrado por su habilidad, metió un montón de dinero en su bolsillo. “Me regañaron por haber aceptado ese regalo, yo creía que eran calcomanías porque ni siquiera había revisado mis bolsillos”. Años después escribió la biografía de ese hombre. En El hombre de la levita gris, narró la vida Cipriano Castro.
En los primeros años de su matrimonio con Mercedes Burgos, hizo una crítica sobre un libro que escribió Pedro Itriago Chacín, quien para el momento era el ministro de Exteriores del gobierno de Juan Vicente Gómez. Por la objetividad del trabajo llamó la atención del ministro y fue llamado para trabajar en la delegación de Bogotá como diplomático. Tuvo que pensárselo mucho, ello implicaría trabajar con un gobierno al que se oponía. Su necesidad como padre de familia lo llevó a aceptar el cargo.
Tuvo varios contratos pequeños con el gobierno de “el bagre”, trabajó en Colombia, Panamá y La Habana. Fue secretario de la gobernación de Anzoátegui y ahí le pidieron, en una ocasión, que leyera un discurso de inauguración que no había sido escrito por él. Se sintió insultado al ver que trataban de poner palabras en su boca con tanto descaro. Escribió unas líneas, las leyó en el evento y viajó a Maracay para presentar su renuncia.
Trabajó con ese gobierno hasta 1935 y cuando  dejó su cargo en Anzoátegui, decidió más nunca unirse a un grupo político. Luego, tuvo sus simpatías con AD. Fue amigo de  Rómulo Betancourt y Gonzalo Barrios hasta que la vida se los arrebató, pero siempre rechazó trabajar para ellos o cualquier partido que solicitara sus servicios. Pensaba que el periodista que se muestra cercano a un grupo en específico, no tiene libertad para escribir. “Con tanta libertad escribí sin estar apegado a ningún partido o gobierno, que fui preso en alguna oportunidad. La primera vez que intentaron encarcelarme, El Universal pagó para mantenerme libre, pero la segunda vez tuve que pagar mi condena.  Resultó mejor de lo esperado; allá logré ganarme el respeto de los reos y cuando salí escribí El Garaje un folleto que cuenta la vida de algunos de los muchachos que conocí en allá en la cárcel de Palo Grande”.
 
EL PERIODISTA ES HISTORIADOR
“Hay fuentes recientes ya exhaustas y en cambio otras de origen remoto que siempre fluyen jóvenes”. Para Núñez la historia es la mejor de las fuentes. “El periodista es un historiador que trabaja con el pasado reciente para mantenerlo en el futuro”. Considera que un cronista tiene la obligación de conocer el pasado de los sitios que son protagonistas de sus textos porque es el encargado de hacer que su presente se convierta en historia viva. Sus escritos están repletos de referencias antiquísimas. Para él, un pueblo sin memoria es un pueblo que está destinado a la muerte.
El primer cronista de Caracas explica que la pérdida territorial de Guayana se debe al desconocimiento de la historia de Venezuela. “A pesar del número de sus cultivadores, puede decirse que ignoramos la propia historia. No de otro modo se explica la carencia de sentido histórico en nuestro comportamiento territorial. Porciones de territorio, la más preciada herencia, han pasado con magnífica imprevisión a manos extranjeras”. Enrique Bernardo Núñez está convencido de que, si este pueblo conociera mejor su pasado, su destino sería otro, más glorioso.