Pasión por el oficio

Ni sus 90 primaveras-inviernos perturban su agudeza mental ni la lucidez de sus pupilas que han presenciado y criticado la historia de las artes del siglo XX que casi vieron nacer. Con cerca de un siglo de escritos encima, José Ratto-Ciarlo todavía se mantiene firme en el oficio que escogió desde adolescente: la cultura

 

 

Verónica V. Rodríguez G.

Más de cinco mil libros de historia, artes y literatura abrazan un escritorio donde reposa una anticuada máquina de escribir rodeada de recortes de periódicos y papeles mecanografiados con tachaduras y comentarios al margen. Apilados en una esquina, varios volúmenes con un nombre que se repite: José Ratto-Ciarlo. Sentado frente a esa pila de papeles y tinta se puede ver al autor de esos libros, nacido Giuseppe Stefano Antonio Ratto-Ciarlo en Lima, Perú, el 18 de noviembre de 1904.
No es vanidad lo que hace que el nonagenario periodista, biógrafo y crítico de arte conserve delante de sí una tonga de lomos con su estampa. Se trata, más bien, de una muestra de la rigurosa autocrítica que practica en sus textos, todos ellos mil veces rayados y corregidos, aun después de publicados y distribuidos. “Cuando uno pasa ya de los 90, se atempera entonces el personalismo, se modera el regionalismo y se adquiere el don de la ecuanimidad y de la ecumenicidad”, dice con una voz potente que a más de uno intimida.
La manía de editar cuanta letra se le pasa por delante le viene del pasado familiar, aunado a su preocupación por que su legado continúe vivo en el futuro. Stefano Ciarlo, su abuelo materno, le heredó mucho más que uno de sus nombres y el apellido que nadie que hable español acierta a pronunciar como es debido. La voluntad del antepasado ha renacido en el nieto, quien se inició en el periodismo durante los años mozos en los que vivió en Génova, Italia. Sin siquiera haber alcanzado los 20,  comenzó a trabajar en la imprenta de la familia: la Tipografía Operaria de Corsi e Ciarlo, en donde se publicaba el diario Il Vero, primer periódico para el que escribió Ratto-Ciarlo. Desde entonces, muchas han sido las redacciones que en distintas latitudes lo han acogido por su prosa prolija y sus críticas certeras. Entre ellas, las de los diarios El Nacional, El Mundo y Últimas Noticias, en Caracas.
Mientras relata su transitar por el oficio, hace una brevísima pausa para revolver los papeles amarillentos que tiene enfrente, como queriendo evocar periódicos de otro tiempo, escondidos en algún rincón de su biblioteca. Acaricia algunos pliegos, todavía buscando un dato, una historia; rastreando apuntes olvidados por el paso del tiempo. Al no encontrar lo que busca, se lleva las manos al cuello para acomodarse el lazo de su corbata de pajarita en piqué blanco que de tanto uso se hizo famosa entre periodistas, historiadores y artistas que admiran la elegancia clásica de Pepe Ratto.
Las suyas son, sin dudas, manos de escritor. Aunque a veces prestadas a la acuarela, para pintar cuadros que todavía adornan las paredes de sus más cercanos familiares. Aquellas manos siempre han servido para escribir la cultura. En ocasiones bajo su propia firma; en otras, con alguno de sus dos seudónimos conocidos: Peregrino Pérez y Tito Rojas Lacero.
“Nunca he perdido la pasión por el oficio, a pesar de que tiene inevitables limitaciones”, explica José Ratto, quien desde su adolescencia periodística en tierra genovesa se convirtió en promotor de la cultura en calidad de historiador, biógrafo y crítico. “Cada sociedad y cada clase crean su peculiar modo de evaluar lo bello y lo bueno, en correspondencia con sus necesidades sociales y sus aspiraciones culturales”. Esa idea siempre lo ha fascinado y es lo que lo llevó a ser miembro fundador de cuanta asociación cultural se gestó en Venezuela en la segunda mitad de este “Siglo Veinte Criollo” del que todavía no se cansa de escribir.
Aunque ya se ausenta de las frías salas de redacción que cambiaron las máquinas de escribir por extraños artefactos que más se asemejan a televisores, continúa trabajando en la revisión de textos históricos, junto al historiador Federico Brito Figueroa. “Los venezolanos tenemos una equivocada costumbre. Llamamos viejo lo que en otras partes, si apenas tiene cien años, es considerado obra moderna y aún reciente”, expresa Ratto-Ciarlo, en defensa del trabajo que sigue haciendo con igual dedicación que siete décadas atrás.
A pesar de haber nacido peruano de padres genoveses, José Ratto se llama a sí mismo venezolano con orgullo. Con 27 años atracó en el puerto de La Guaira, abarrotado de inmigrantes, del que recuerda su único rompeolas. Recién llegado a la Venezuela que luego hizo suya, vivió en Maracaibo junto a su primera esposa, Rosa Vergara Montesinos, chilena de nacimiento. Para el año 1936, ya residenciados en la capital, Ratto-Ciarlo y Vergara emiten la carta de manifestación de voluntad de ser venezolanos. Desde entonces, más nunca sentirían otro terruño sino este como propio.
Muchos fueron los viajes que por razones de trabajo lo llevaron lejos de esta tierra tropical que lo acogió como un hijo más. Allende las fronteras solo mostraba interés por la cultura y siempre acababa volviendo a la patria que lo adoptó. Medio siglo después de ser reconocido como venezolano, Pepe Ratto organizó una gran celebración en un restaurante criollo de Las Mercedes. Para entonces, ya había enviudado y se había vuelto a casar con Thais Pérez González. Con un desayuno típicamente venezolano, festejó entre amigos y familiares su “segundo nacimiento”.
Por sentirse tan criollo, gran parte de su obra busca “salvar” del olvido el quehacer cultural nacional. “La industrialización contaminadora y el urbanismo anárquico están destruyendo aquellos panoramas que se salvarán gracias a la labor de nuestros artistas”, reflexiona Ratto-Ciarlo. Esta ha sido siempre la razón de ser de su trabajo periodístico centrado en las artes y en la cultura. “El arte se proyecta mucho más allá de los valores puramente formales y estéticos, puesto que tiene funciones altamente sociales y validez de extraordinaria documentación histórica”.
Casi un centenar de primaveras-inviernos hacen que las miradas de Pepe Ratto penetren y ahonden más lejos de lo que algún día llegarán. Como él mismo escribió, “para individualizarse en presente, necesita aferrarse a otros ‘yoes’, a los ‘yoes’ del pasado y, luego, prolongarse en los ‘yoes’ del futuro”.

 

Fotos conservadas por su hija América, quien gentilmente colaboró con este trabajo. La inmediatamente superior corresponde a la última máquina de escribir que usó el periodista.