Testimonio desde el infierno

Fíjense cuán pomposo es su cartelito de entrada. Este es el relato de un ex presidiario del retén La Planta –salió en libertad condicional en diciembre de 2011−, crudo como ninguno. Hoy, viernes 11  de mayo de 2012, ha salido en la contraportada del diario Tal Cual una versión reducida. El infierno cotidiano explicado en sus pormenores –las normas, el achicharramiento, el papel de los luceros, las drogas que llegan al por mayor y se consumen de igual manera− revela el estado de indefensión y tortura en que se encuentran los más abandonados entre los abandonados de esta sociedad que se ufana de estrenar para el mundo entero su muy cacareado “socialismo del siglo XXI”. La voz del narrador se ha respetado tal cual, solo editando las repeticiones y muletillas para dar una mayor coherencia al relato

 

Sebastián de la Nuez / Foto: Luis Carlos Díaz

Soy abogado. Muchas veces se ve esto [lo que ocurre actualmente en La Planta] desde el punto de vista de  quien está en la delincuencia, absorbido por ese mundo. Pero uno sabe que no es lo mismo hablar del debido proceso que sufrir su falta. Ni es lo mismo hablar de la presunción de inocencia y saber su razón porque te lo dicen los principios generales del Derecho, que ver cuánto se necesita en carne propia. Para mí es importante decir ahorita que lo que se está viviendo en La Planta incluso para García Márquez sería asombroso. Es realismo mágico, pero es la punta del iceberg.
Aunque yo cumplí una pena, estoy claro que no formo parte de ese mundo. En mi comportamiento usual soy bastante lejano a lo que se podría llamar un delincuente. He estado en La Planta y eso que se está viendo en estos momentos, un supuesto pran recluido en El Rodeo haciendo el papel de negociador con otros pranes de La Planta, pareciera un absurdo. Porque, ¿en base a qué negocia una persona recluida? Absurdo. Pero déjame corregirme: no es un absurdo, es la realidad. Ellos sí tienen con qué negociar. Una de las cosas que pasan en los penales, y las autoridades no lo entienden, es que dentro de las cárceles no hay Estado de Derecho. Para nada. Allí funciona la rutina: las normas de los presos para los presos. Dentro de ese sistema carcelario, tienen rango jurídico. Te lo dicen en primer año de Derecho: para que una norma sea legal tiene que ser, en principio, acatada con normalidad por todos. Y debe ser coercible, es decir, que si no la cumples te pueden obligar por la fuerza a cumplirla. Bueno, eso es así: en las cárceles las normas de los presos se cumplen. La diferencia es que hay muchas normas pero las penas son muy pocas, todas aplicadas con arma de fuego o chuzos. Sabes que si incumples una norma la primera vez lo que te vamos a dar es un patero. Por ejemplo, si ves mal a una visita. De acuerdo al estado de ánimo del pran, y si es por primera vez que lo haces, te corresponde eso, un tiro en una pierna. Pero también puede haber un barriguero, en el estómago; o un coquero. Funciona de esa manera.
Es un Estado dentro del Estado. Desde adentro ellos [los pranes y sus secuaces inmediatos: el carro] controlan absolutamente todo. Y lo hacen gracias a algo que es positivo y negativo a la vez. El celular. ¿Qué tiene  de positivo? Un preso en tiempo real, como fue mi caso, puede decirle a su esposa que lo que tiene es neumonía así que antes de entrar a visitarme compra tal medicamento. Es una ventaja frente a un Estado que no cuida ni atiende al preso. Pero lo negativo es que los pranes se comunican en tiempo real también. Y hay acceso a internet. Se dan información de cualquier tipo.
¿Cómo controlan ellos muchas situaciones? Bueno, con el poder del dinero: es un círculo vicioso muy bien engranado donde lo primordial es el negocio de la droga. Mucha gente se pregunta por qué esos tipos no quieren ser trasladados o por qué se matan para ser los principales [pranes] de un pabellón o de un administrativo, o de tal o cual torre en El Rodeo. Porque controlan el negocio de la droga. Es más, controlan todos los negocios en el penal. Eso les da dinero.
Dinero con el cual compran funcionarios. Para que ese negocio funcione tienen que estar involucrados todos: los custodios del Ministerio de Asuntos Penitenciarios, los guardias nacionales y funcionarios diversos de la Policía, afuera. Dentro de la prisión se maneja todo: droga, alcohol, prostitución, juegos de azar… Uno debe ser serio en lo que plantea: si digo droga es porque vi las panelas una arriba de la otra. Si digo alcohol es porque vi llegar las cajas.
La marihuana llega en panelas, solidificada, compactada. Igual que la cocaína. Y ellos adentro la preparan libremente. A mí lo que me causaba más temor no era el armamento en sí, sino ver que quien a las 7:00 de la mañana había estado fumándose un tabaco de marihuana, consumiendo cinco piedras de crack y tomándose media botella de whisky, andaba luego con una granada en la cintura y dos pistolas en las manos. Un lucero. Una persona consciente no tiene un momento de descanso viendo eso.
Vi de todo. No puedo llamarlos secuestros, pero sí extorsión de presos contra presos. Cuando llegaba alguien nuevo con cierto poder adquisitivo, en principio, a veces, hay pranes que eso lo respetan: le dan sus comodidades si pueden. Pero hay otros que no, le dicen “ven que yo te protejo, te doy seguridad, yo sé que no eres hampa común”. Después que lo tienen bajo su control inventan cualquier situación y le dicen “mándame esta plata porque si no eres hombre muerto” y es ahí donde se demuestra que el control absoluto de las cárceles lo tienen los pranes. En lo que se cierra la puerta de un pabellón, el Estado no tiene control.
Los pranes deben reunir una cantidad de condiciones. Para ser pran debes ser identificado como un tipo fiero. O sea, alguien que no sea capaz de matar a otro sin ningún tipo de remordimiento no puede ser pran. Ese sería el requisito sine qua non. El control que tiene el pran es el de las armas de fuego. Debes ser identificado del mundo delictivo y tener la capacidad de asumir el mando; podría ser pran alguien aun sin pertenecer al hampa violenta, pero es muy difícil. Tiene que ser aguerrido. No necesariamente de un estrato muy humilde, de extrema marginalidad; pero sí rudo. La tipología que observé en La Planta: casi todos son psicópatas. No les duele nada, no les interesa nada. Tienen “cartel” en la calle. Esos son los tipos que están en el carro. El carro son los que mandan: los principales. Está el principal, que es el pran uno, y puede tener uno o varios principales más y luego están los luceros o sargentos. ¿Qué los identifica? Que son los únicos que pueden tener armamento. Los luceros van ascendiendo si hacen lo que tienen que hacer, si se comportan bien entre comillas. Puede ser que los suban al carro. O sea, estás en la junta directiva. Los pranes, o fallecen casi siempre porque los matan, o se van en libertad. A un pran lo pueden matar desde otro pabellón; o en un traslado a un tribunal. Te asomaste en el pabellón y te estaban cazando.
Otra circunstancia: eres pran, pero si los otros principales suponen que estás haciendo algo malo, se ponen de acuerdo y te matan. Ese puesto alguien tiene que ocuparlo. Pueden agarrar a un lucero, es lo más normal. Los luceros son sobre todo los hombres de confianza de la junta directiva; son los que ejecutan casi siempre las decisiones. Después de los principales, los únicos que tienen armas son los luceros. Y eso funciona así en casi todas las cárceles venezolanas, es la rutina carcelaria. Eso es lo que les ha funcionado para subsistir. Parece mentira pero muchas veces les da cierto nivel de convivencia entre presos. Eso sirve para que el preso no le coma la comida al otro preso; para que se respete la visita. La visita es intocable. Y por eso el muchacho que mató a su concubina inmediatamente fue ejecutado. Le metieron más de cien tiros. Para que entienda todo el mundo.  Este problema, el de La Planta, arranca con ese suceso.
 
Gente de alto status
Otra forma de llegar a pran es que un grupo se ponga de acuerdo y mate a los del carro. Un golpe de Estado, pues. Puede que los asesinos sean de otro pabellón o que sean los mismos luceros. Eso lo vi. Eliminan a uno o a dos, o a todo el carro, y asumen ellos el control. Asumen el armamento y los negocios dentro del penal, o del pabellón, o del área que sea. Los golpes de Estado casi siempre son con heridos y muertos. La gente no tiene ni siquiera idea de la cantidad de heridos que salen todos los días de los penales venezolanos. O muertos. Eso es otro fenómeno. Por eso digo que no hay Estado de Derecho. A los presos los matan dentro de los pabellones, abren las puertas y los lanzan al área administrativa. Y allí viene a buscarlos el CICPC. ¿Usted ha escuchado alguna vez que se hizo una investigación? No, vale, lo mataron los otros y punto. En el administrativo más o menos se enteran, “ah, bueno, a ese lo mató Fulanito…”. Si tienen la oportunidad y no les da mucho miedo, hacen un informe, lo meten en el expediente para que llegue al tribunal. Pero jamás van a citar a un preso para una averiguación, ni mucho menos va a entrar el CICPC para hacer un levantamiento del lugar donde mataron al tipo. Según el CICPC a todos los matan en el área administrativa. Vuelvo y repito: eso ahorita es un Estado dentro de otro Estado.
Es más: en este momento están negociando entregar a ciento cincuenta enfermos por comida. Están negociando igual que la guerrilla colombiana. Y otra cosa: parece ser que se venía dando una cantidad de fugas con la mayor tranquilidad. Parece fantasía pero no, es cierto. Ese cuento de que los presos deben hacer túneles de 300 metros o un kilómetro… No. Es mentira. Salen por la puerta. Salen por 200 o 300 palos. Me disculpas la expresión: 300 mil bolívares.
Ahí todo es en efectivo. Puede haber incoherencias entre ellos mismos, pero son organizados para sus logros. En este momento [en La Planta] están calculando muy bien los pasos a seguir porque saben más o menos hasta cuándo les duran las municiones. Creo que en La Planta todavía hay mucha munición. Ahora bien, de las armas que vi te puedo contar, sin conocer mucho: allá adentro hay AK45, HK… Cuando salí estaban llegando ya Kalashnikov. Hay, desde hace tiempo, FAL  y lo que llaman R15 más cualquier modelo de ametralladora que uno ni remotamente conoce. Armas automáticas creo que las vi todas: Beretta, Brownie, Colt… qué te puedo decir. De cualquier tipo. En lo que más gastan dinero es en municiones. El carro le cobra al preso lo que se llama la causa. Es un pago semanal que debes hacer, que lo determinan ellos. Siempre lo pagué. Oscila entre 50 y 400 bolívares semanales, dependiendo del grado de ambición o desfachatez de quien esté de turno en el carro. Buena parte de ese dinero lo utilizan para comprar balas.
No sé el precio de las municiones pero eso para ellos es una inversión. Cuando a un delincuente le meten cien tiros, con eso están logrando que alrededor sepan cuál es el mensaje. De paso, eso para ellos es una catarsis. Estoy hablando crudo pero es la verdad. La mayoría anda con unas ganas terroríficas de matar gente. Cuando tienen la oportunidad lo hacen así, aprovechan de descargar el armamento con toda la saña. Eso no es problema para ellos, el gasto de municiones. Ahorita, cuando la situación es seria [en La Planta], sí deben estar midiendo muy bien qué tiempo de municiones tienen. Calculo que, como van las cosas, todavía tendrían como para tres o cuatro enfrentamientos más. Hay mucha munición.
Las armas entran por los custodios y la Guardia Nacional. Difícilmente un familiar. O sea, puede ser un familiar, pero con la anuencia de la Guardia. La viejita que viene a visitar a su hijo preso no va a llevar un arma. Eso es mentira. No hay manera de que ella pase por su cuenta y astucia. Eso se ve en comiquitas, que tú pases una Beretta dentro de una milanesa o metida en un pastel de milhojas. ¿Cómo pasas un FAL en las partes íntimas de una mujer? ¡Y por la cantidad de controles y vejámenes que hacen pasar a la visita! A veces la visita se enardece y se siente humillada porque no le dejan pasar un antibiótico sin informe médico. O no te dejan pasar un cortaúñas. ¿Qué puede pensar una ciudadana que va a visitar a su esposo, novio, hermano o hijo y en la puerta le decomisan un jugo de naranja porque se fermenta?
Y cuando esa persona entra al pabellón, en la puerta la reciben con un R15 y dentro hay una mesa con una botella de whisky, piedra y perico. Lo único que se puede hacer libremente en la prisión, sin ningún tipo de control, es consumir droga. Te la fían; claro, si una piedra de crack cuesta veinte bolívares, fiada te sale en cuarenta. Te voy a contar una anécdota que demuestra el submundo: una nota es el efecto que causa el consumo de drogas, ¿verdad? En la cárcel, obviamente la droga se paga. Pero en el caso del crack, ese efecto que te causa la droga es de poca duración y se pierde con mucha facilidad. Por eso consumen recurrentemente. Cuando están bajo los efectos de la piedra cualquier sobresalto les corta la nota. Dentro del penal, supongamos: el señor Antonio está en un rincón tranquilamente con su pipa consumiendo piedra. Y consumió una, dos tres… Cuando va por treinta piedras de 20 bolívares cada una, eso da 600. Si por casualidad, por imprudente, le preguntas algo, o lo molestas o increpas, o pasaste al lado y se te botó un poco de agua y se lo echaste encima, y a ese señor se le corta la nota, y él demuestra ante los pranes que usted, por negligente, por bruto, por fastidioso, le cortó la nota, usted tiene que pagársela. Les dice a los pranes “yo estaba tranquilo allá y vino este tipo y me cortó la nota”. Los pranes llaman al negligente y le dicen: “Le pagas la nota porque si no te matamos”.
 
Terror al traslado
Lo peor  que les puedes hacer a los pranes es trasladarnos, por lo de la rutina. La rutina es eso, las normas de comportamiento, que son muy relativas como en todo gobierno y cada quien las mueve a su antojo. Pero en muchas cosas son inamovibles. Primero, el preso, en tanto tal, tiene que pelear por lo suyo. El enemigo son los verdes, que son la Guardia Nacional. Si tú le entregas tu casa a los verdes eres, de alguna manera, un indigno. Eres un bicho, o sea, manchaste la rutina. Si manchas la rutina, cuando llegues a otro penal lo más seguro es que te maten. Porque ya saben que eres un bicho. Antes se tardaban semanas, meses, en enterarse de que un tipo era un bicho porque hasta que no viniera otro preso a echar el cuento… No; ahora, desde que existe el celular, si eres un bicho ya sabes lo que te espera al llegar a otro penal.
Eso por un lado. Por otro, cuando has sido principal de un penal, saben que no vas a aceptar menos que eso. Eso es como el que ha sido diputado: ya no va a aceptar ser jefe civil. Tal vez no sea así, pero se cuidarán de él. Si eres principal en un penal y vas a otro sitio, salvo que estos otros te tengan en muy alta estima o tengas algún negocio muy bueno que ofrecerles, vas a ser un enemigo. Eres un líder de presos: no te ven como un tipo común. Eres competencia para los otros pranes. Suponen que como tienes plata apenas llegando vas a querer comprar a alguien para meter armas, vas a querer darnos un golpe de Estado… No, te matamos antes.
Esas son razones primordiales por las cuales no quieren que los trasladen. La otra es que el poder y el dinero que maneja un pran… oye, después de que tienes eso, ¿sabes lo que significa para un pran, consumidor de droga, poder venderla, administrarla, regalarla, tener dinero, a lo mejor propiedades en la calle?
Así que tienen una razón económica y una razón de supervivencia.  
 
En la luz roja
Una de las prerrogativas del carro, que no la tienen los luceros, y por supuesto no la tiene la población penal, es saber dónde está la caleta. En la caleta se guarda el armamento. Eso lo saben nada más los que llevan el carro. Cuando van a sacar o guardar el armamento, se canta lo que se llama una luz roja: todo el mundo tiene que guarecerse en su nicho, o en su tienda, y no salir de allí bajo amenaza de que te puedan matar. Por ejemplo, está la visita: todos los luceros cargan una pistola, algunos R15, otros granadas… Todo el armamento regado. Se va la visita. ¿Cuál es el ritual? En ese momento los luceros entregan el armamento y solo los del carro lo guardan. Tienes que esconderte en tu sitio o puede que te pongan a mirar hacia la pared. En ese momento, si hay alguien que se metió en problemas, lo llaman y lo ejecutan. O lo mandan a una iglesia, luego de que lo han cachiporreado. Esto es, partirle el coco con una pistola. En lo que quitan la roja puedes andar más o menos libremente.
Las iglesias se han transformado en una especie de guarimbas donde los presos que no quieren meterse en problemas cuentan con cierta protección, siempre que se mantengan bajo las normas de esa iglesia. Así que los penales se dividen entre las iglesias y el mundo. En el mundo está quien no pertenece a una iglesia. Con las iglesias sucede de verdad que se han ido organizando: tratan de ayudar y dar el Evangelio. La Iglesia evangélica ha logrado introducirse en las cárceles. Como el preso común, quizás el setenta por ciento de los presos, consume drogas, mandar a uno para la iglesia es casi que un castigo porque allí no puedes consumir, o está muy limitado. De modo que un castigo puede ser eso, le rompen el coco y vete pa’ tu iglesia.
La iglesia evangélica se ha ido vinculando a las cárceles. Normalmente ellos [el carro, los malandros] no se meten con la iglesia. La respetan. ¿Por qué? Porque la iglesia evangélica se ha nutrido de presos que los hacen de alguna manera evangelizadores. Y ahí tiene un reo un régimen de cierta tranquilidad aunque se ven injusticias, malos tratos, aprovechamiento del dinero… pero en líneas generales, de alguna manera, es un trabajo importante el que ha venido haciendo esta gente de la iglesia evangélica. De ahí  salen pastores aunque la gran mayoría que se resguarda allí, cuando sale a la calle, me disculpas la expresión, bota la Biblia y se olvida de eso. Pero otros sí han seguido por el camino del Evangelio.
 
Estado de alerta permanente
Los momentos más rudos que he vivido en la cárcel no tienen que ver con el sitio, con la infraestructura. Que te pase un ratón por encima o prendas la luz y haya ochenta cucarachas, no es lo que más te incomoda o te hace sufrir.  Hay barrios en Caracas donde se vive en condiciones insalubres, tal cual como en cualquier cárcel. La diferencia es que… lo más duro es la sensación de peligro inminente que tienes las 24 horas del día los siete días de la semana. Lo más rudo que yo viví es que te maten a un tipo al lado. A tiros. Estaba sentado. Lo estaban cazando. En lo que se llaman los buguis, donde la gente duerme, escuchas cuando llaman a alguien, epa, Fulano, llégate un momentico… Y a los tres segundos escuchas los disparos. Estar en un sitio, llega un pran, hace un movimiento de cejas, lo captaste, te moviste e inmediatamente le dejó diez tiros encima a una persona. El sentir que si no hubieses captado la seña igual te matan. Eso es lo más rudo que viví. Muchas humillaciones, muchos disgustos, impotencia… Te cobran. Llega un momento que te sacan la plata de los bolsillos y no puedes hacer nada, aparte de lo que has dado semanalmente. Tengo una hija en la universidad y debía pagar matrícula. Imagínate lo que significa para un hombre que no está produciendo, sino que está causando gastos, 400 bolívares semanales más lo que te traen a ti más lo que se le ocurriera al pran. Y no puedes decir nada; si lo dices eres hombre muerto. Tienes que decir oye sí, es importante que hagamos esa fiesta.
Lo otro es el achicharramiento. A raíz de que el gobierno inventó lo de la pernocta, los buguis los usan exclusivamente quienes tienen visita. Y el preso cuya visita no se quede a la pernocta de alguna manera no es bien visto. Quedas en un estado que llaman achicharrado. El achicharrado, mientras dure la pernocta, prácticamente no tiene derecho a nada. No tienes derecho a cama y comes cuando tienes oportunidad. Como no tienes visita, eres candidato a estar pendiente de la visita de otro; entonces quedas en un estado de culpabilidad presumida. Puedes pasar dos días sin tener donde dormir ni donde comer. Con decirte, si quieres ir al baño tienes que esperar a que algún lucero te autorice. Si estás comiendo en un sitio y llega otro con la visita, si eres inteligente, desaparécete de ahí porque cualquier queja del otro preso, o de su visita, hermano usted es hombre muerto. Es un riesgo inminente. Yo le dije a mi mujer, primero, a mis hijos no me los traigas acá; y tú vienes a visitarme pero no te puedes quedar aquí. Y fui achicharrado casi que consuetudinario.
Con respecto a lo que está pasando en La Planta, te digo que hay altas autoridades vinculadas con los pranes; pero esas autoridades no entienden que una cosa es buscar soluciones poniéndote al lado del preso y otra ser pana del pran. De ahí no va a salir nada bueno. Me refiero a las autoridades del Ministerio. Trato de panas, de sentarte en una mesa a compartir unas cervezas. Claro eso les da cierta ventaja en una contingencia, para negociar. Pero para lo verdadero, que es “no mates más nunca un preso, no. “No trafiques más nunca drogas”, no. Más bien eso da pie a que, como te ven pana, llegan y te lo dicen en tu cara. El Estado debe poner orden. La clasificación por ejemplo, si no la hay no puede haber ni humanización ni control. 
Ahorita [en referencia a los sucesos actuales en La Planta] es probable que los principales negocien su propia salida para contribuir a algunas de las peticiones que está haciendo el Gobierno. Porque hasta ahora, ¿quién sabe cómo salió Oriente y todos los que formaban su grupo allá en El Rodeo? Nadie lo sabe. ¿Quién garantiza que no se promueva una fuga calculada de diez personas? Nadie lo puede saber. Pudiera ser que entre los principales se pongan de acuerdo para irse quienes tengan condenas más largas. Y los que tengan condenas más cortas, vamos a usar un término coloquial, aguantan la pela. Y siguen manteniendo las armas.