Crónica de una tienda y de una época

Una ciudad debería ser esto y poco más: un par de cines como el Radio City o el Teatro del Este, restaurantes en los que la gente recuerda que alguna vez le cayó un borracho encima  −La Bajada en la avenida Francisco Solano, quizás: no sería extraño−, ciertas aceras oliendo a orines, American Toy Store en una transversal de Bello Monte, un par de discotiendas

Sebastián de la Nuez

En Musical Magnus te atenderá una señora situada detrás de unos lentes y no te hará el menor caso mientras rebuscas entre discos rarísimos de música vietnamita y poemas de Rafael Alberti en la voz de Nuria Espert. Siguiendo Sabana Grande en dirección a la torre La Previsora hallarás Archivo Musical y, enfrente, Max Ventura o El Disco de Oro.
Estamos hablando de cuando los discos de acetato valían quince bolívares, y los importados andaban por las nubes: 35 bolívares o más. Pero conseguías recopilaciones incunables del rock and roll en el sello Success, incluyendo Bill Haley y Gene Vincent. Luego podías elegir entre una amplia gama de músicos de vanguardia que estaban de moda, algunos en la electrónica, otros en la bossa nova o en la salsa. Por supuesto era groovy escuchar latin jazz o el tango mezclado con jazz (había un tipo muy bueno de malas pulgas llamado Gato Barbieri). Y en la electrónica, Walter Carlos y sus interpretaciones al sintetizador de la música de Bach –después se haría llamar Wendy Carlos− o el francés Jean Michael Jarré. En los anaqueles también estaban Eumir Deodato, Jean-Luc Ponty, la Fania. En la parte clásica tenías las últimas emisiones de la Deutsche-Grammophon o Archiv.
La música se mezclaba con una sensación perenne de ilusión. Como si le diera a uno las directrices anímicas y creativas para lo cotidiano. Haz lo que escuches, era la consigna. Sé tan preciosista y tan perfeccionista como estos tipos. A Don Disco, del otro lado, ya en Chacaíto, trajeron el álbum doble de Bee Gees llamado Odessa, carátula de terciopelo con letras doradas. Costaba 70 bolívares y era imposible adquirirlo.
Después de todos estos años sigue allí, al fondo, revisando cuentas y seleccionando títulos de importación, Eduardo Plana. Dice que tiene unos 35 años en la tienda. Dice también que recuerda haber visto a Billo comprando, y al creador de la Onda Nueva, Aldemaro Romero, entrando por esa puerta. Les Luthiers visitaron Don Disco en varias ocasiones, esos individuos echadores de broma.
¿A dónde va la energía acumulada en ciertos rincones de la ciudad? ¿Es que no empapa este mal de ojo ambiental de hoy, volviéndolo humo? Este tufo a mal agüero que tiene Chacaíto 2012, esa cosa que te empuja a proteger con tu mano la cartera no-vaya-a-ser-que-un-malandro, ¿no tiene rescate en el pasado?
Quizás antes era igual y ahora uno le echó una pátina edulcorada al clima del recuerdo.
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 Jacques Braunstein traerá desde el Blue Note de Nueva York a Maynard Fergusson, quien tocará un par de temas en la discoteca Eva, al lado del padre de Las Cuatro Monedas.  Que estas zapaterías colombianas y aquellos tarantines del menudeo clausuren sus miserables puertas y le abran el telón a una película de Steve McQueen en la que un Camaro azul cobalto a cien millas por hora salta desde la pantalla directamente a un alma adolescente de por vida.  En el Broadway puede que pasen La chica de la motocicleta, de Jack Cardiff, y nunca se te va a olvidar, mozalbete, Marianne Faithfull subiéndose la cremallera de una chaqueta de cuero debajo de la cual no lleva absolutamente nada. La propia musa de Los Rolling Stones.
Hoy Don Disco es mitad quincalla y mitad discotienda; es el precio que ha debido pagar después de que fallecieron los tres socios fundadores (Enrique De Quesada, Rafael Souto y Gervasio García Mondet). Los herederos se han visto arrinconados entre la piratería y las dificultades para importar. La gente ya no entra buscando a Schubert o Mozart –o lo hace mucho menos− sino una línea de internet para conectarse. Pero todavía se consiguen algunas buenas cosas, el viejo Plana se ocupa. Todas las grandes casas disqueras se mudaron a Colombia. Ya no están representadas en Venezuela o sus sellos han sido absorbidos por Universal o Sony, monstruos de la industria. CBS, EMI, Odeon, London, Island, Parlophone, Philips.  
Ya Don Disco no es lo mismo y alguien debería organizar un réquiem por los buenos ratos, las emociones y las promesas que ofrecía. ¡Ay de aquellos tiempos en que los discos de Bob Dylan grabados por Columbia eran una novedad, con todo y su sellito STEREO! Milena, la viuda de García Mondet, despacha hoy en la caja pero no se da abasto para atender al público. Quieren helados EFE o fotocopias. Lo siente mucho pero no puede hacer mocachino en la máquina automática porque no hay agua.
En cuanto a discos, lo que se dice discos originales en sus estuches no menos originales pagando derechos según normas internacionales, más bien escasea la venta. Pero allí está Herb Alpert y su Tijuana Brass como un homenaje a la nostalgia, prometiendo un híbrido al sur de la frontera. Una preciosa chica de pelo negro y traje amarillo se le recuesta al artista pero él, ni modo, solo está pendiente de su trompeta y de sonreírle a la cámara. Cuesta 160 bolívares −de los nuevos− cada uno de estos CD de A&M pero esa trompeta ahora digitalizada suena como nunca.
Una ciudad debería ser esto y poco más: la posibilidad de reencontrarse con Herb Alpert o Steve McQueen una tarde de mayo sin amenaza de lluvia.  Justo una ocasión semejante a aquella otra, muchas tardes atrás, en que apareció aquella deslumbrante carátula en Don Disco, terciopelo rojo y letras doradas: clasicismo amancebado con pop. Todavía no se había pateado el buen gusto, o sea, no había aparecido el falsete de Barry Gibb; mucho menos la escena del espectáculo había vomitado a Ricardo Arjona. No existían las falsedades  en el ambiente. O nuevamente la memoria juega una mala pasada.
Aunque sí, puestos a ver las cosas tal cual eran, ya sonaban Los Monkees.
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Para que se hagan una idea de la fecha más o menos de esta crónica, veamos el resumen que da Wikipedia:
Odessa es el cuarto álbum de estudio de The Bee Gees, lanzado como un doble LP en 1969. Después de la grabación del álbum, el guitarrista Vince Melouney dejó el grupo amigablemente queriendo tener una dirección más dirigida hacia el blues. Antes del lanzamiento hubo desacuerdos sobre qué canción iba a ser lanzada como el single del álbum (el tema de Robin Gibb “Lamplight” perdió el lugar ante “First of May” de Barry). Esto llevó a que Robin también dejara el grupo en 1969, aunque vuelve a fines de 1970. Odessa fue inicialmente lanzado en su cubierta con relieves y letras doradas. Debido a las reacciones alérgicas de algunas personas, este diseño fue descontinuado.