Las lecciones de Emmanuel Carrère

Emmanuele Carrere

Carrère es un escritor francés a quien le gusta demorarse en sus personajes, tomados no de la ficción sino de la penumbra de la Historia. Lo admirable es su capacidad para la investigación: parece que dispusiera de todo el tiempo del mundo

Sebastián de la Nuez

Puede que saque sus personajes de las últimas páginas de los periódicos, que los encuentre en la sección de sucesos, o que los extraiga de algún blog ocupado en las historias de la Rusia en eterna transición. Cada vez que aparece un libro suyo, la crítica se queda lela y aumenta su prestigio. En la intrahistoria de la revolución bolchevique encontró a Limónov, un escritor exilado y retornado después de treinta años. Estuvo en Nueva York, París y los Balcanes; una especie de niño terrible, algo semejante a un beatnik que ha terminado de vuelta en la Rusia de Putin, de nuevo en la penumbra luego de haber vivido a plenitud sus quince minutos de fama. Se inventó un partido nacionalista bolchevique.

¿Para qué ocuparse de un fracasado? Ah, quizás porque en los fracasados radica la esencia de la Historia con mayúscula. Esos fracasados andan en los entresijos de los hechos; son buenos testigos, observando desde alguna rendija.

¿Todo empezó para Carrère al robarse algunos apuntes de su propia madre, una reputada analista internacional especializada en la Unión Soviética? Lo cierto es que Emmanuel Carrère toma a sus personajes de la vida real y los pone en un contexto que los humaniza; acercándolos desde su historia muy personal, hace que provoquen o bien escalofríos o, en ocasiones, cierta solidaridad. Les da vida en función del lector que busca la experiencia ajena por curiosidad, o con la intención de descubrir los vericuetos de la psicología del hombre que no somos porque estamos muy enfrascados en nuestro rol de gente común. Somos ordinary people, necesitamos la compensación de los desalmados o arrojados que viven de manera rocambolesca o simplemente esquizofrénica.

Los personajes de Carrère no dejan de ser, en cualquier caso, ordinary people. Cuidado.

El 9 de enero de 1993 un individuo llamado Jean-Claude Romand asesinó a su familia. Completa. Incluyendo mujer, hijos, padres. La investigación policial reveló que Romand no era médico, como se pensaba, y que en realidad no era nada; simplemente llevaba una vida paralela completamente vacía de contenido, por lo general parado en su automóvil al borde de una carretera −cómo obtenía dinero constante para procurar a su familia de un status resuelto ya forma parte de la trama secundaria­−, cosa que hizo religiosamente durante décadas hasta que la trama se le fue revelando a sus familiares y él no podía explicarles la razón de todo ello, era más fuerte que él esa pretensión y por eso fraguó lo que fraguó. Eso es El adversario, un libro que según los críticos franceses resultó sobrio, inteligente, depurado y limpio.

No se atreven los críticos a determinar a qué rama pertenecen estos trabajos de Carrère, pero al menos en los casos de Limónov y El adversario el resultado son semblanzas. En el caso de Limónov, dentro de un contexto que abarca unos setenta años de la historia de la Unión Soviética, semblanza mezclada con crónica, reportaje. Quizás ficción para cubrir lo que no se constató de primera mano. Es válido; nadie pide verismo.

 

Limónov, poeta y bicho raro

Tomaré solo algunos elementos de la obra Limónov para ilustrar sobre la pericia de Carrère como contador de historias que vale la pena contar. Eduard Savienko, alias Limónov, era (es: todavía anda por ahí, merodeando por Moscú o sus alrededores) el hijo de un guardia de la checa, policía política soviética, que creció con resentimientos diversos pero con talento para sacar el cuello de aquel marasmo congelado que era su pueblo perdido de la infancia. Se hizo malandro, se hizo poeta: no necesariamente al mismo tiempo. Andando el tiempo formaría parte de una ristra de marginados intelectuales a quienes nunca sonrió el éxito quizás porque el éxito no es comunista. O no está bien visto por las cúpulas dentro de un régimen comunista. Entre otros hallazgos, he aquí uno: averiguando acá y allá, Carrère saca a relucir a un tal Vénichka Yeroféiev que en el año 1969 llega a Moscú con un poema que es a la vez un relato de la gente como él, o sea, de la gente como Limónov. Es una odisea mugrienta y catastrófica la del señor Yeroféiev y su poema está dedicado a los zápoi, descritos por el autor como «esa interminable curda rusa a la que la vida tendía a semejarse bajo el régimen de Brézhnev». Relata Carrère casi de pasada, pero con precisión, a esa generación y sus viajes en tren por la estepa mojados por una combinación espirituosa de vodka, White spirit,  gaseosa y desodorante para los pies que se tomaban. ¿Por qué lo hacían? Es decir, ¿por qué amaban de manera tan desesperada emborracharse tan asquerosamente? Quizás por lo que el mismo Carrère dice un par de páginas más tarde: «Los poetas beben porque saben que en un mundo de mentiras lo único que no miente es la embriaguez».

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En el relato aparece, entre otros famosos, el poeta Brodsky con más pena que gloria, en parte porque el propio Limónov le profesaba envidia pues, este sí, tuvo resonancia intelectual universal al convertirs en una curiosidad desde su exilio en Nueva York. Allí también iría a parar el protagonista del libro y conocería –no le impresionaron gran cosa pero lo dejó sentado en los libros que publicaría, pues tampoco era cuestión de obviar la notoriedad que representaban– a figuras como Andy Warhol, Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinguetti.

Había 0 hubo en paralelo un mundillo underground en la comunista y fría ciudad de Moscú en los años sesenta y setenta. Eso se palpa en el libro y a uno, desde este occidente latinoamericano, no puede dejar de sorprenderle lo alertas que estaban los chicos no solo ante la música de Los Beatles sino ante fenómenos como la contracultura y, más tarde, los punks. De hecho, Carrère describe al poeta Yeroféiev como un desgraciado punketo.

Hay una lección de Limónov, y es la importancia de los periódicos under que en una época difundieron las buenas nuevas del rock, de la contracultura, e ideas de avanzada en derechos civiles. Había visto ese tipo de publicaciones en París y en Nueva York y puso en práctica algo semejante, en los noventa, para llegar a vastas poblaciones de la provincia rusa. Nadie en Rusia conocía L’Idiot international o Actuel, ni la prensa alternativa norteamericana (influencias todas ellas reivindicadas por Limónov, según anota Carrère). Limónov edita un periódico y lo pone en los trenes para hacerlo llegar a todas las partes posibles de la Rusia profunda. Al parecer los chicos provincianos se quedaban enganchados. Y había motivo para «quedarse atónito ante aquella maqueta chillona, aquellos dibujos repulsivos y titulares provocativos» del pasquín Limonka, órgano divulgativo del partido del poeta. Aquel estilo fuck you, bullshit llamaba la atención. «Era su rollo, el rollo que les hablaba de ellos», dice Carrère refiriéndose a los jóvenes que se levantaban tras la perestroika al mundo occidental, a la renovación, aunque lo “moderno” resultase en este caso ciertamente volver a Stalin de forma más o menos figurada: de hecho, el retrato del dictador adornaba la oficina del cuartel general del partido de Limónov, junto con algunos héroes de la contracultura norteamericana como los integrantes del grupo Velvet Underground, de donde salió Lou Reed.

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Quizás ese tipo de publicaciones ya no goza de fuerza hoy en día, con todos estos blogs rondando por la web al solo impulso de un dedo, donde se trata todo lo imaginable y ya probablemente nada sorprende; pero en alguna época, y esto fue bien anotado por el poeta ruso que protagoniza la semblanza, vaya que tuvieron poder de transmisión de ideas. Todo tipo de ideas, generalmente liberadoras aunque no necesariamente siempre fuera así. El semanario Village Voice, sin ir más lejos.

Además de todas las virtudes que uno le pueda poner al libro, en especial recomendable para aquellos periodistas a quienes les guste la investigación, la historia y el retrato de personajes (¿perdedores?), Carrère decodifica al hombre fuerte de la Rusia actual, la cual se acaba de anexionar Crimea por una vía más bien de facto. Vladimir Putin, desde la manera en que fue reclutado para que sustituyera a Boris Yeltsin, se revela bajo la pluma del escritor francés como un individuo de malas pulgas a quien hay que tenerle cuidado. Fue oficial de información chequista (o sea, de la Checa, la policía política) en Alemania del Este. Tras la caída del Muro de Berlín se vio reducida su actividad y  al tiempo volvió a flote al ser nombrado director del FSB, que es como se conoce ahora a la KGB, que antes también era conocida como la Checa.

Como si un director del Sebin fuera seleccionado en Venezuela para ser candidato con la mayor posibilidad a la presidencia de la República.

Hay una cosa: luego de leer tanto sobre el modo en que los rusos se pagan y se dan el vuelto en la vida, uno se pregunta cómo son tan indulgentes con la bebida. Es algo que probablemente determina esa larga hilera de tragedias que ha padecido este pueblo. Yeltsin se deprimía y pasaba sus días encerrado en el Kremlin, resolviendo y/o potenciando sus depresiones con alcohol. Hasta que le dio un patatús y azul quedó.

 

 

 

La edición en español es de Anagrama (Barcelona, 2013). Son nueve capítulos más epílogo en casi 400 páginas.