40 muertos después

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Casi 40 muertos después del 12 de febrero pasado, la pesadilla continúa. Sucede que transporta ilusiones e iras acumuladas de miles de jóvenes venezolanos, desde occidente hasta oriente pasando por Chacao. Puede que las ilusiones se hayan desacreditado en el camino (¿vecinos hartos de tragar gas y de temblar cada noche?) o puede que, mezcladas  con ese estribillo atrabiliario que puso en boga Voluntad Popular, “la salida”, a estas alturas signifiquen algo traumático. Sin embargo, nada sino ilusiones puede dar cuerda a esta energía movilizadora nacional. A pesar de los muertos.
Este domingo 30 de marzo amaneció así la calle más castigada del municipio rico de Caracas, la Élice o bulevar Arturo Úslar Pietri: sembrada de cartuchos azules, la alcantarilla levantada mostrando las fauces del subsuelo y el pavimento lleno de basura, a trechos con manchas azafranadas. La gente, a las 6:30 am, se tapaba la nariz al salir del metro. Calle vedada. La noche anterior ha debido ser aguerrida.
Al menos no hubo muertos esa noche de sábado en Chacao; ya es algo. De modo que luego de la escaramuza la vida renace, las informaciones llegan –Últimas Noticias se conforma con titular “Guarimberos talaron 5 mil árboles”− y el mercado, varias cuadras arriba, abre con mercancía fresca aunque el papel tualé se lo vendan por unidad solo a los clientes más consecuentes, los de confianza. Para los demás no hay.
¿Se escribe una historia nueva en estos días? ¿Es un estreno a full color y en pantalla tridimensional lo que vive el país o un remedo de un film clásico, varias veces visto? “Ninguna página roja, por manchada de sangre que estuviera, podía superar el dantesco espectáculo de las calles, veredas, escaleras, callejones y avenidas. No podía ser sensacionalista la prensa cuando el terror y lo dolorosamente sensacional estaban en las calles, en carne viva, haciendo de la vida y la muerte un matrimonio trágico”. Eso lo escribió el hoy diputado Earle Herrera en el preámbulo a su libro A 19 pulgadas de la eternidad, en referencia al Caracazo (1989). Bien escrito, como todo lo que él ha hecho; con ironía, anotaba el leit motiv de la clase política: señalar culpables fuera de su ámbito. Por ejemplo, el FMI. El mismo Carlos Andrés Pérez se sacudía diciendo: “Es una guerra de pobres contra ricos”.
A lo mejor Earle Herrera sí tiene en este remake –diferente elenco, incluso diferente trama− del Caracazo a los culpables bien precisados. Ahora que él forma parte de la privilegiada casta política y mira desde un lugar cumbre, las cargas de la responsabilidad debería tenerlas bien claritas, sobre todo él, que siempre ha sido tan sagaz. /SN

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