La canción del retornado

Antonio Ojeda frente a su casa hogar en Vecindario, a finales de 2013.

Antonio Ojeda frente a su casa hogar en Vecindario, a finales de 2013.

Antonio Ojeda era joven en 1947, plena época franquista. Además de joven, era canario. Se sabe que en Venezuela, en cierto momento, hubo unos 400 mil canarios inmigrantes viviendo, trabajando, fundando futuro de este lado del charco. Se dedicaron a la agricultura, al comercio, a los viajes y mudanzas; a comer gofio La Lucha y reunirse en los hogares canario-venezolanos. He aquí la particular aventura de Antonio, uno de tantos. Su historia, y la de muchos, resulta al final una gran paradoja

 

Sebastián de la Nuez

Hoy, aun cuando el fenómeno del retorno se ha profundizado por todo lo que ya sabemos, deben quedar unos cuantos miles en Venezuela, y sus hijos y nietos, con raíces muy profundas. Este amorío entre islas y país ha sido productivo y la historia continúa: no en balde en Canarias llaman a Venezuela la octava isla.
Me gusta contar esta historia aun cuando sé que ha sido tema de ensayos y narraciones diversas a lo largo y ancho de las décadas pasadas. Incluso hay un libro que alguna vez escribió un locutor de TV llamado Javier Díaz Sicilia donde relata los viajes arriesgadísimos de canarios cruzando el océano en lanchones o veleros, desesperados por escapar del franquismo y la miseria de la posguerra. Eran los años cuarenta y principios de los cincuenta. Este libro se llama Al suroeste, la libertad y fue editado en 1990 por la Academia Nacional de la Historia de Venezuela conjuntamente con el gobierno de Canarias.
Me gusta contarla desde la individualidad de Antonio Ojeda, porque es mi padrino de confirmación y porque representa, creo, parte fundamental del país que ha debido seguir siendo Venezuela pero que no siguió siendo pues en algún recodo del camino tropezó y se desvió.
Ojeda ha sido un hombre de bien, trabajador, agudo en sus observaciones; amante de la soledad mientras ha cargado como un leve saco su aliento de bonhomía. Uno de esos miles de emigrantes que encontró en Venezuela más que hospitalidad y una oportunidad de convertirse en hombre próspero: un mundo de querencias.
Ahora que lo he visitado en un hogar de ancianos como no lo hay aquí, veo la película casi completa: pudo escapar a tiempo del infierno de la “revolución bonita”. Esa casa-hogar en Gran Canaria es una especie de hotel cuatro estrellas con todas las comodidades donde lo cuidan como merecen ser cuidadas las personas que corren el riesgo de resquebrajarse con un soplo. Estuve con él hace poco. Está en un lugar llamado Vecindario, a unos 20 kilómetros de la capital de la isla, Las Palmas.
Antonio sí ha tenido el privilegio de ver la película de manera amplia, en primeros planos y también en perspectiva panorámica, desde el blanco y negro al technicolor. Por eso, no se me quita de la cabeza lo que me repitió varias veces al despedirnos a las puertas de su hotel de la tercera edad:
−Venezuela no se merecía eso que le está pasando, Sebastián, no se lo merecía. No se lo merecía.

 

LA HISTORIA RONDA EN EL MAR

Había estudiado en la Escuela de Comercio de Las Palmas, de modo que buscaba empleo para independizarse de su familia. En España siempre se han acostumbrado las oposiciones para optar a un cargo, y él lo estaba intentando hacia 1946 aunque sin éxito. Corrían tiempos difíciles y un contingente de españoles emigraba con o sin familia a América en busca de oportunidades para mejorar sus vidas. Era lo de hoy, pero en sentido contrario.

Antonio tampoco podía ser candidato a trabajar para el Estado puesto que no había ido al cuartel, o sea, no había cumplido el servicio militar: estaba incapacitado pues de niño, jugando fútbol, se partió una pierna. Como no circulaba correctamente la sangre en esa pierna y se hallaba en pleno desarrollo, un pie le creció más que el otro y eso le produjo cojera. Años después, en el Hospital San Juan de Dios de Caracas, le corregirían totalmente ese problema.

En vista de que le era difícil conseguir trabajo en su propia tierra pensó en irse a Fernando Poo, una colonia −posteriormente, provincia− española en África conocida también, o más tarde, como Guinea Española. Pero allí no necesitaban contadores sino carpinteros, plomeros, mecánicos. Lo que se le hacía fácil era, más bien, el oficio de barbero, y en eso estuvo unos meses, aprendiendo con la intención de marcharse y ejercer de barbero en Fernando Poo. En el ínterin le llegó alguien y le habló de un barquito que zarparía hacia América.

***

No recuerda cuánto pagó finalmente por el pasaje, pero sí que se trataba de comprar la nave entre todos los viajeros, no alquilarla ni adquirir un boleto.

Entre los pasajeros había, además de canarios, peninsulares, mexicanos e incluso algún venezolano. Era necesariamente un grupo silencioso. Nadie sabía nada de los demás; cada quien tenía un enlace y ya. Se reunió dinero para comprar el pesquero de nueve metros de manga por tres de eslora, de nombre tan silvestre como Andrés Cruz, una vela. Del tipo utilizado para la pesca por el litoral de África. Por la descripción de Antonio, una cosa esmirriada con su cabina donde había un depósito de sal para conservar la carga de pescado.

En verdad, el flete se preparaba para sacar de España al Corredera. Al final no apareció pero ya el destino para tripulación y pasaje estaba marcado.  En cualquier caso, y aunque solo sea por añadir otro elemento a esta epopeya, Juan García Suárez, alias El Corredera, había nacido en Telde, pueblo de Gran Canaria, y cargaba su mala fama de izquierdista y rebelde, de modo que a la sazón se movía en la clandestinidad. Wikipedia recoge, incluso, que ni siquiera está claro su pasado izquierdista, o que luchara frente al alzamiento militar del 18 de julio de 1936. Sí parece ser que, llamado a filas (como tantos jóvenes de su generación), rechazó su incorporación y fue declarado prófugo. Por eso huía.

La nave estaba equipada con una cocinita sobre cubierta, un tambor de agua, pan bizcochado –bizcochar es recocer el pan para que se conserve mejor− y algo de gofio, el alimento de harina tostada de trigo o millo tradicional de Canarias. Con eso tendrían que cruzar el Atlántico.

Entre el pasaje iban dos fotógrafos peninsulares, profesionales, de los que se paseaban por las playas haciéndose unas pesetas para sobrevivir. Le pedían su dirección al cliente y le enviaban la foto a su casa. Ambos dieron sus cámaras como pago para viajar. Uno de ellos se llamaba José Luis Blasco.

Una tarde alguien le dijo a Antonio “vamos”. Contestó que antes debía ir a despedirse de sus padres. No pudo. Eran cerca de las once de la noche cuando llegaron al puerto detrás del mercado; al ver la precariedad aquella donde habrían de montarse unas treinta personas Antonio quiso devolverse. ¿Cómo cruzar el mar en ese cascarón?

−Yo era estudiante y tú sabes que uno tiene la cabeza llena de grillos en esa época, pero tenía conciencia de lo que era aquello −me dijo durante nuestra conversación en Vecindario.

Trazó una maqueta imaginaria en el aire, con sus manos: una especie de caja de fósforos donde hay una cabina con catres para el patrón del barco y su timonel o grumete; en el centro, el depósito de sal ya mencionado cuya parte baja da paso a un hueco en las profundidades del velero para hacinarse y tratar de dormir dentro del sofoco. Arriba en la cabina, del otro lado del depósito de sal, dos catres más para marineros o lo que fueran.

Había alguna comodidad extra: en proa, un par de camarotes reservados para la única mujer a bordo y sus dos niños. En realidad, niño y niña. No eran hermanos sino primos porque solo uno de ellos era hijo de la señora. Una mujer, por cierto, muy buena moza que habría de prender cierto fuego durante las estrecheces del trayecto.

Cuando Antonio bajó al hueco donde habría de dormir en lo sucesivo se encontró con gente que ya llevaba una semana encerrada allí. Al entrar y aspirar aquel aire quiso levantar la escotilla para salirse, ahogado, perturbado, a punto de vomitar. Se sentía morir, pero lo conminaron a quedarse quieto. Con su memoria casi intacta evoca una sensación de taponamiento: tal es el verbo que utiliza, taponar. Alguien allá afuera, en cabina, taponó el depósito de sal para que los de abajo se quedaran bien aislados, bien silenciados por un rato. El barco estaba correctamente matriculado y alguien había pedido el debido permiso para ir a la costa de pesca, como era de rigor. Pero por norma, agentes de la comandancia de marina echaban un vistazo antes de dejarlos zarpar. Por lo tanto, Antonio y sus compañeros de encierro no podían dar señales de vida hasta tanto terminase la visita. “Solo cuando sientan tres golpes arriba podrán salir”. Efectivamente, aguantaron allí encerrados, incluso los niños.

Cuando por fin salió a cubierta y vio alejarse las luces de San Cristóbal, la zona de la ciudad aledaña al puerto, pensó que jamás volvería a verlas.

Así enfilaba la negra mar este cascarón llamado Andrés Cruz. En su interior,  algunos poseídos de fiebre comunista cantaban La Internacional.

A Antonio se le quedó grabado para siempre el subir y bajar sobre las olas, la línea del horizonte que parecía no tener fin, la tortura de permanecer horas allá abajo, en el hueco: no podían estar todos en cubierta al mismo tiempo pues el barco podía voltearse si el peso no estaba bien repartido.

El timonel, situado para su trabajo en la parte de atrás, era un viejo lobo de mar. Entre los pasajeros había un individuo de nombre Lino López García, secretario de la juventud comunista de Las Palmas y perito aparejador. Había mandado a hacer un sextante con un carpintero, un instrumento de precisión que implica cierta especialización. Pero como no había tenido dinero para comprar uno de verdad, se las apañó de este modo con su carpintero y aquello era su particular aporte al viaje: un sextante de dudosa calidad para saber el rumbo en medio del mar. Todos los días a mediodía miraban el aparato para señalar el camino, y en aquel barquichuelo confiaban en el fotógrafo Blasco para la tarea pues aseguraba conocer de náutica. Antonio vio que se había agenciado un libro sobre el asunto y que por el camino lo iba leyendo; hasta allí llegaba su sabiduría en tal materia.

***

Pasaron los días y no veían sino agua y cielo. Para hacer las necesidades cada quien se ponía, a su real modo y entender, en popa sobre el mar y preferiblemente de noche. Al principio Antonio pensó que moriría reventado, tanto tiempo pasó sin dar del cuerpo. Pero qué iba a dar del cuerpo si en verdad no había comido nada: durante la primera noche, una ola asesina había arrasado con la cocina en cubierta y el pan bizcochado estaba completamente empapado. Por otra parte, el agua dulce no se podía tomar, o se tomaba con mucha repugnancia, pues la contenían unos bidones que antes fueron para gasolina o kerosén, y no habían sido bien lavados.

Con el tiempo y el arrejuntamiento empezaron a incordiarse entre sí. Había un estraperlista entre ellos que había pagado el pasaje a algunos, y eso al parecer creó conflicto o tal fue la impresión que tuvo Antonio al escuchar sus conciliábulos. Además pesaban los asuntos ideológicos.

El otro problema era la única dama en el barco. Viajaba en busca de su esposo que se había ido adelante, a la Argentina, o al menos ese es el sitio que cree recordar Antonio. Las cosas se pusieron difíciles cuando el patrón del barco, un individuo que, fiel a su oficio, llevaba prolija barba y ofrecía un aspecto rudo, se enamoró perdidamente de la mujer. El hombre trazó una raya ante los camarotes y amenazó con asesinar a cualquiera que osara traspasarla; temía, a todas luces, que alguien más se dispusiera a conquistarla. No pasó nada en realidad porque el escenario era demasiado público.

Antonio, quizás para darse ánimos a sí mismo o apaciguar el ambiente, recitaba en ocasiones un soneto: “He dejado atrás las cuerdas que me ataban…”. Cierto. Todos habían dejado atrás sus cuerdas. Pero adelante lo que se les ofrecía era solo la inmensidad azul o negra.

Notaba alguna animadversión en varios de sus compañeros de viaje hacia él. Gente gruesa e ignorante con la cual era mejor estar a bien. Recuerda discusiones como peleas de perros. Por ejemplo, se suponía, y así había sido acordado, que al llegar a destino sería vendido el barco y a cada quien le correspondería una alícuota de la suma obtenida por tal venta. Pero allí vinieron resquemores: unos habían puesto más que otros y querían, por ende, ser resarcidos proporcionalmente.

***

En una carta dirigida a sus padres, en un tono poético que quizás copió mentalmente de alguna lectura instalada en su subconsciente, les hablaba con encendida nostalgia del viaje que emprendería, de la soledad que ya sentía, de la incertidumbre ante la partida. Un poco cursi para un joven de hoy en día, pero en aquellos tiempos las líneas que rememora Antonio y recita como un bardo han debido arrancar lágrimas a cualquiera.

Solía visitarlo en su pequeño departamento del barrio de Vegueta –en la capital de Gran Canaria, adonde se había mudado por cercanía con su instituto− su hermano menor para dejarle algún dinero para su sustento, de parte de sus. Los padres vivían en Arucas, donde nacieron los dos hijos. Resulta que un día, al pasar por el lugar para dejarle la mesada, el hermano encontró su habitación vacía y aquella carta sobre la cama. Los padres la leyeron tanto, y lloraron tanto cada vez que la leían, que terminaron rompiéndola en pequeños pedacitos para quitarse ese karma de encima. (Pero hay cierta incongruencia en el relato de Antonio: si antes narró su intempestiva marcha luego de ser abordado por alguien que le dijo “vamos” y que prácticamente lo arrastró al puerto, ¿cómo es que la carta fue hallada luego por el hermano, en su cama, a manera de despedida? Lo más probable es que en verdad su arribo al puerto no fuera repentino; es muy posible que supiera de antemano la fecha de la partida pero que, a última hora, ya en el barco, se arrepintiese.)

***

Pasó más de un mes de travesía hasta que al fin divisaron un barco a lo lejos. Fue un alivio. El desespero había venido creciendo por el temor a estar perdidos: al no avistar embarcación alguna durante semanas, se suponían, aquellos viajeros primerizos bajo la conducción de un barbudo capitán enamorado, fuera de cualquier ruta marítima; quizás no les faltase razón.

Todos tuvieron los ojos pegados de la línea del horizonte aquel día, siguiéndole la pista al barco hasta que por fin al anochecer su perfil se fue haciendo cada vez más grande “…y cuando nos dimos cuenta estaba al lado nuestro”.

Una mole gigantesca. El barco se llamaba Isaac M. Singer, carguero que se dirigía desde Norteamérica a Argentina. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, al bajar la velocidad, tiraron redes por el costado que daba al barquichuelo de los aventureros. Antonio miró de proa a popa y no divisó a nadie. Desde su punto de mirada aquello era una especie de planeta bajado del cielo. Al narrar el episodio recuerda lo que pasó por su cabeza en ese momento: “Era horrible saber que estabas metido en una cascarita de nuez”.

Con un altavoz les preguntaron qué necesitaban. Contestaron que necesitaban comida pero que no tenían con qué pagar. “Si nos dan fiado, les agradeceríamos algo de leche por los dos niños y la señora que llevamos… A los demás no nos importa, pero al menos hay que salvarlos a ellos”.

Antonio agrega:

¡Imagínate decirle eso a un  capitán en alta mar! Dio orden de que nos surtieran de todo.

Entre otras cosas, les bajaron una gran pieza de res que, al descargarse, hizo estremecer el barco de cabo a rabo. Además les bajaron embutidos que no se conocían todavía en Canarias, cigarrillos, chocolates. Y se escuchó una voz por el altoparlante:

Mis hermanos españoles… Yo también soy español de Puerto Rico.

Les tiraron como diez o quince pequeñas cajas con croquis de la situación en la que estaban, por si acaso el viento se llevara la preciosa información. Pero no. Cayeron todas dentro. Desde el carguero ofrecieron izarlos a bordo, a quienes quisieran, asegurándoles pasaje seguro hasta Argentina. Sin embargo, ni uno siquiera se quiso ir.

El vaivén de las olas alrededor del barco los empujaba con fuerza hacia la quilla, y los hombres debían evitar a toda costa el choque. Cuando el Singer encendió su hélice, ya para disponerse a partir, se formó un gran remolino, peligrosísimo para el Andrés Cruz, y tuvieron que parar de inmediato. Entonces lanzaron un grueso cable desde arriba, y los hombres se enlazaron a él. De este modo fue empujado el barquito hacia la proa, lejos de la hélice.

Ya era de noche cuando vieron alejarse al Singer salvador, pero Antonio recuerda ese momento con buena luna y recuerda también cómo se quedaron mirando con añoranza aquella mole haciéndose pequeñita.

Los peligros no habían terminado. En algún lugar sobresalía una palanca que nadie debía tocar pues solo se utiliza para achicar agua que, durante la pesca, se deposita en el fondo en este tipo de barcos, inevitablemente. La manipuló alguien y salió un chorro de agua. Pensaron que el final estaba cerca: ¡se irían a pique, inundada cubierta por la propia agua que salía de sus entrañas! Sin embargo, no fue para tanto, no resultó tan grave el suceso pues el barco en realidad no hacía agua. Unas panelas de hielo de reserva en su interior se habían derretido y, al ser liberada la palanca, había hecho erupción el agua represada.

Otra vez se mojaba la despensa, incluyendo los embutidos, y otra vez estaban destinados a pasar hambre. Por añadidura, la magra vela estaba estropeada aunque todavía servía.

Al estudiar las anotaciones que les habían pasado desde el Singer, cayeron en cuenta de que, por el camino que marchaban antes de encontrarse con el carguero, el Andrés Cruz iba derechito al Polo Norte. El sextante construido por un carpintero los llevaba a la perdición. Rectificaron y a los dos o tres días vieron una islita. A poco de eso avistaron un grupo de pescadores a quienes preguntaron dónde se encontraban: entre Martinica y otra isla que Antonio no recuerda con precisión. En todo caso, estaban cerca el final de la travesía, del azar, de la tortura por la falta de agua o su mal sabor. Teniendo como referencia a Martinica volvieron a corregir rumbo. Recuerda Antonio que les provocaba bajarse, zambullirse y empujar aquel bote esquelético que apenas se movía, sin brisa y con una vela que no funcionaba como era debido.

En algún momento se dieron cuenta, al anochecer, de que se acercaban a tierra firme, y temieron encallar en la penumbra. De nuevo, ayuda providencial de pescadores a quienes explicaron que se dirigían al puerto de Venezuela (no sabían el nombre de La Guaira). Los pescadores señalaron hacia el oeste: ¿ven aquella curva que hace la costa? Luego de doblarla sigan y conseguirán el puerto. Se enteraron entonces de que aquel primer punto alcanzado se llamaba Los Caracas.

No llegarían sino al día siguiente a su destino.

Y cuando lo hicieron, enseguida cayeron en cuenta de que en aquella zona minada de barcos de todo calado corrían un terrible peligro. Llevaban una provisión de luces de bengala para estos casos –gracias a Dios se había conservado en buen estado− e hicieron uso de todo el cargamento para formar el mayor escándalo posible.

Un barco se les arrimó y desde él pusieron un cable a tierra, advirtiendo a la guardia costera sobre la llegada de los refugiados desahuciados; y de la comandancia mandaron un buque práctico (se les llama de ese modo por extensión del cargo de marino que conduce, de manera transitoria, a los barcos en aguas peligrosas o de intenso tráfico). Sin embargo el práctico no los encontró, porque en realidad el Andrés Cruz todavía andaba lejos. Al fin fue precisado y remolcado hasta una especie de ensenada. Era día de fiesta nacional en Venezuela.

No les fue permitido bajar a todos en un primer momento, pero sí a los niños con la señora y a Antonio, por su pierna. Estaba todo el mundo pendiente en aquel puerto, gente morena, expectante, preguntona, curiosa. En el puerto o en la propia comandancia, ávidas miradas les seguían.

−Antonio, ¿estás preocupado? –le preguntó Blasco una vez que pudieron bajar todos y esperaban alguna decisión oficial sobre dónde pasar la primera noche.

−No, lo que pasa es que mañana nos vamos a Caracas y no sé…

−Mira, no te preocupes –lo interrumpió el fotógrafo que había jugado el papel de manipulador del sextante inservible. Estaba entusiasmado, no parecía para nada cansado ni apocado ante el cúmulo de acontecimientos y personas que les había caído encima tras el arribo, y agregó con mirada risueña−: Mañana despachamos a toda esa gente a Caracas y seguimos nosotros en el barco por el Orinoco, porque todavía hay cosas que descubrir por allí.

Blasco finalmente no siguió rumbo al Orinoco ni tampoco Antonio (mucho menos), pero a cambio se convirtió en un maestro del reporterismo gráfico y estuvo a un click de recibir el premio Pulitzer quince años más tarde, cuando cubrió uno de los alzamientos más sangrientos que se hayan dado en Venezuela, el Porteñazo. El 2 de junio de 1962 −cuenta la reseña en la página web del periódico para el cual trabajaba, Últimas Noticias− sucede aquel alzamiento militar contra el gobierno de Rómulo Betancourt y un contingente de hombres toma la ciudad de Puerto Cabello, estado Carabobo:

Las fuerzas leales al gobierno reaccionan con rapidez y asaltan la ciudad portuaria. Dos fotógrafos venezolanos, José Luis Blasco de Últimas Noticias y Héctor Rondón de La República, logran colarse con las unidades del batallón Carabobo que avanzan por las estrechas calles de la ciudad. En el sector conocido como La Alcantarilla son emboscados por fuerzas rebeldes y se produce el enfrentamiento más sangriento de la revuelta. Allí estaban Blasco y Rondón, y con sus cámaras captaron en impactantes imágenes los momentos más duros de la refriega. Su valor y profesionalismo les permitieron hacer una serie de fotografías únicas e invaluables que a Héctor Rondón le valieron el World Press Photo del año 1962 y el Pulitzer del año 1963.

Así es el destino. A Rondón, cada vez que le preguntaban sobre su famosa foto y cómo la hizo, no hacía sino darle crédito a Blasco, ya un profesional de renombre en ese entonces. Rondón no hizo sino seguirlo en el riesgo del tiroteo, imitar sus pasos. Sin embargo, el premio fue para el alumno y no para el maestro, pues la foto del sacerdote sosteniendo en brazos a un militar malherido le dio la vuelta al mundo y permanece como un testimonio de la valentía y la solidaridad de un clérigo que, en medio de una guerra desatada, trata de preservar lo más sagrado.

Tras la llegada a Caracas, cuando pernoctaron en la residencia del sector Sarría donde debían permanecer los inmigrantes en cuarentena por regla gubernamental, Blasco tuvo otra idea: montar un laboratorio fotográfico; él le enseñaría los pormenores del revelado a Antonio y el propio Blasco saldría a tomar fotos como solía hacerlo en las playas de Canarias. Debe recordarse que, siendo de origen valenciano, se había radicado en las islas.

Pero tampoco llegaron a eso; cada quien tomó su camino y Antonio comenzó a trabajar en una publicidad de un colombiano en la esquina de Socarrás. Su primer estipendio fue de 8 bolívares por día. Recibió 24 bolívares por tres días que había trabajado en su primera semana y salió a la esquina de Socarrás, en la parroquia de La Candelaria, con el mundo dándole vueltas en la cabeza; hasta el día de hoy no sabe cómo no lo atropelló un carro.

Conoció una buena sociedad al llegar, aun en dictadura, que lo cobijó y lo adoptó.

Cuando escribo estas líneas que han tratado de recoger el empuje y la valentía de una búsqueda colectiva −gente temeraria, empeñada en abrirse camino− hay tiros que suenan allá afuera, dentro del municipio Chacao. Es Caracas 2014 y no es una excepción; es la norma desde el 12 de febrero de este año.

Españoles y canarios huyeron de un país que no ofrecía sino hambre y limitaciones. Huyeron, quizás algunos sin plena conciencia de ello, del general que se había llevado tan bien con Hitler y que convertía a la Guardia Civil en un cuerpo terrorífico frente a la población. La Falange de cara al sol.

Son ecos de las bombas lacrimógenas que lanza la Guardia Nacional Bolivariana lo que se escucha ahora en Caracas. Bombas contra gente alebrestada, furiosa… pero desarmada. La GNB utiliza armamento en parte comprado a la nación española. Al parecer, se ha dado orden en los últimos días de parar el suministro del cotillón antiprotesta, bombas lacrimógenas, balines de caucho, etcétera. En el gobierno de Rajoy no todo se ha perdido, entonces.

Ahora que llego al final de esta historia vuelvo a recordar las palabras de despedida de Antonio Ojeda allá en Vecindario, como una letanía, pronunciadas casi con desesperación, con la angustia de quien ha mirado  la película completa y conoce las idas y vueltas que da la vida:

−Venezuela no se merecía eso que le está pasando, Sebastián, no se lo merecía… No se lo merecía.