La Central como caja de resonancia

El autor de esta nota en las escaleras de La Central de Callao.

El autor de esta nota en las escaleras de La Central de Callao.

Una librería en el centro de Madrid permite advertir que la batalla entre el e-book y el papel no está perdida. Se llama La Central, está en Callao y entre sus muros hay 70 mil volúmenes. Hay alguien en esta era globalizada tan amiga de lo virtual imaginando la librería que vivirá realmente el futuro 

Sebastián de la Nuez

Una amiga venezolana que vive en Madrid me mostró de lo más pizpireta el nuevo sitio de la intelectualidad madrileña, en el otoño de 2013… Es una exageración: no es un sitio para la intelectualidad –lo que sea que ello signifique− sino para quienes aman la lectura (ojalá sean más): La Central de Callao.
Una buena librería es un pequeño pueblo habitado por fantasmas. O, mejor, un universo hecho de papel y cartón sobre el cual titila la lengua, abarrotado de escenas e imágenes que saltaron de los armarios de la inteligencia humana para reunirse allí dentro.
Pues eso: entramos y aquello, La Central de Callao, reveló cierto coqueteo con la sorpresa. Desde la puerta a los techos. Es librería y algo más. Por supuesto que esto también podría decirse con toda propiedad de la FNAC pero, de hecho, la FNAC ya es todo un centro comercial de la cultura video-lectora; esta otra no. Esta otra sigue siendo una librería como un caraqueño tiene en su cabeza que es una librería, o sea, algo parecido a un híbrido entre Suma y Nacho. Sin embargo, a esta tienda –no es, a fin de cuentas, más que eso, ¿no?− la atraviesa el buen gusto y el emprendimiento como norma. Las vitrinas que dan a la calle no exhiben libros y cuando entras te enteras de que hay un concierto por la tarde, si es jueves, o que se ha abierto  un concurso de nombre Relatos del bistró. Ha de saberse: La Central es una cadena; nació en la calle Mallorca de Barcelona en 1996 y hasta ahora van seis sucursales diseminadas en el suelo de la Madre Patria.
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Diseñada con talento, sobriedad y entusiasmo. Cómete un cruasán de almendras en la cafetería de planta baja y pide un cortado. Mientras desayunas puedes descifrar los apellidos de autores literarios que cubren las cuatro paredes del foso interno que da a un tragaluz en lo más alto. Cuando termines subes por las escaleras y escucha lo que dice Antonio Ramírez, un colombiano trasplantado desde México que encarna, según Jorge Carrión, la tradición del librero nómada cuyo recorrido vital recuerda al de Bolaño: Colombia, México, París y Barcelona. Como librero se perfeccionó en La Hune (París) y en Laie (Barcelona) antes de iniciar su propio negocio.
Ramírez dice en un artículo titulado «Imaginar la librería futura» (leerlo completo), de 2012:
Antes que una necesidad, hoy comprar un libro es sobre todo un placer; la librería no es ya una ventana para acceder a la información sino más bien una caja de resonancia para la evocación, no es tanto un espacio de conocimiento propiamente dicho como de re-conocimiento y re-creación.
La memoria y la lectura van juntas en esa caja de resonancia a la que alude Ramírez. Subir las escaleras de La Central del Callao es un viaje a lo profundo del idioma donde se cruzan todos los destinos bajo un techo desnudo que no oculta ni ductos ni tuberías. De la mercancía dispuesta en planta baja −papelería, juguetes, postales, baratijas bellamente diseñadas− a la variedad de títulos de los pisos superiores no hay más que un esfuerzo. El esfuerzo de no permanecer para siempre allí, entre esos muros amables, hasta que te conviertas en un lector como Balicci, el personaje de Pirandello cuya piel se vuelve un pergamino, con textura y color del papel, de tanta adicción a la lectura. Ojo: La Central es muy moderna y muy comercial en su casa palacio de mil 200 metros cuadrados de construcción, de tres plantas. No colecciona objetos arqueológicos y, si de conservación se trata, se conforma con la pura mampostería original del edificio. No es librería de viejo, no hay incunables empastados en cuero ni fragmentos –no a la vista, al menos− de antigüedades tras los cristales de una vitrina. No, no es un museo de la hispanidad pero sí ha celebrado, a su modo, el tercer centenario de la Real Academia Española de la Lengua pues eso es, a fin de cuentas, una librería: un tanque de lengua y palabra donde sumergirse.
En enero de este año, cuando la visité antes de volver a Caracas, La Central debía estar facturando bastante pues era víspera de Reyes. Me quedé en El Bistró tomándome un café con leche mientras memorizaba varias tapas de libros de autores desconocidos, de los que dejan sobre una repisa para que cada quien acompañe su desayuno o merienda con el libro que mejor le parezca. También edita un periódico en papel, sencillo, una especie de guía literaria.
Y mientras memorizaba aquellas tapas –inútilmente porque ya se me olvidaron: dejé pasar mucho tiempo antes de escribir esto−, volví a pensar que a los libros electrónicos les falta un buen trecho antes de desbancar totalmente al papel.
Las paredes del patio interno ofrecen un test de agilidad lectora (o visual).

Las paredes del patio interno ofrecen un test de agilidad lectora (o visual).

Exhibe siempre, en planta baja y en las paredes de las escaleras, afiches, recortes, postales y libros de muestra. Cada semana o cada quincena se privilegia de ese modo la literatura de un país, o un autor, o un tema, o una corriente literaria o de pensamiento. En esos días de principios de enero fue la Primera Guerra Mundial ya que comenzaba el año de su centenario. En el tercer piso, donde encuentras filosofía y poesía, también están los títulos de historia. Allí estaba la guerra. O, mejor dicho, las dos guerras mundiales: Las harpías de Hitler, de Wendy Lower; Bestias nazis, de Jesús Hernández; 1914-1918 −volumen bastante gordo, lleva los números ocupando casi toda la portada−, de David Stevenson; 100 days to victory, de Saul David; Secretos de la Segunda Guerra Mundial, de Guido Knopp; Europa en ruinas, de H.M. Enzensberger; Crónica del Tercer Reich, de Richard Avery. El más recomendado por La Central era 1914, de la paz a la guerra, de Margaret MacMillan, que pronto comentaré en este blog.
De aquella primera vez, llevado de la mano por mi amiga venezolana, son las fotos contenidas en esta entrada. Fue esa tarde, precisamente, cuando se topó –ella; yo no la hubiese reconocido pues jamás reconozco a nadie hasta que me doy cuenta tarde− a Leila Guerriero paseando entre los anaqueles. Mi amiga armó un alboroto, emocionada. La popular periodista argentina estaba por unos días en Madrid para recibir el premio González Ruano de Periodismo que concede la Fundación Mapfre. Pueden leerse declaraciones de ella aquí, en esa ocasión, publicadas por la web voxpópuli.
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En Caracas han aparecido librerías como Lugar Común o El Buscón fieles a esa condición a la que alude el librero Ramírez. Pero les falta espacio. Las estrecheces de un local abarrotado no fomentan propiamente la “caja de resonancia para la evocación”, ni facilitan el re-conocimiento y/o re-creación que en estas latitudes se vuelve una necesidad perentoria ante el clima social y político asfixiante. Quizás Kalathos, en Los Galpones de Los Chorros, ofrece mejores condiciones. En todo caso, en ocasiones especiales, en estas librerías caraqueñas la gente desborda sus límites y sale a la calle o al espacio del Trasnocho para ejercer el intercambio, ese re-conocimiento, con menos sofoco y mejor clima. La literatura es vida, y es una forma de revisar la realidad y los sueños; el diálogo cara a cara, también.
Por supuesto, hay en Caracas una tradición del cónclave formado a la sombra de una librería, lugar para la tertulia donde solían converger adecos, copeyanos, comunistas, masistas… y los republicanos del Este. Sobre todo en la librería Suma. Pero esto es tradición medio perdida y tema, por su parte, para otra reseña.