Un buen sujeto

González Fabre y el administrador de este blog en los jardines de la UCAB, a principios de junio 2014.

González Fabre y el administrador de este blog en los jardines de la UCAB, a principios de junio 2014.

Raúl González Fabre es un buen tipo. Jesuita, pero no de los que dan misa. Ingeniero civil, pero ejerce más bien de filósofo. Español, pero se formó en Venezuela, en la Universidad Católica Andrés Bello y en la Simón Bolívar. Desde hace unos años volvió a Madrid y da clases en la Universidad de Comillas sobre ética y microeconomía, pero cada tanto vuelve a Caracas. En estos días de mayo y parte de junio dictó un curso a sus amigos venezolanos sobre responsabilidad social de la empresa. Con ese tema trabaja la cátedra Ética Económica y Empresarial allá en Madrid,  y trata de convencer a los empresarios españoles de que no es cuestión de plantar arbolitos y hacer publicidad, no; la responsabilidad social empresarial está en la forma en que cada empresa fabrica, produce y se relaciona con sus clientes, con el entorno, con sus proveedores. Es un liberal, González Fabre, pero un liberal que conoce bien las debilidades del capitalismo. Conoce y denuncia cierto funcionamiento perverso: primero vendes y luego produces. “Si la gente deja de comprar, el capitalismo se detiene”.
Ha estudiado esta religión del exceso que te hace botar el iPhone 3 aunque esté en buenas condiciones porque ya el iPhone 4 apareció en el mercado y no puedes quedarte atrás. “Los productos que duran demasiado no sirven, son enemigos”.
En cuanto a la realidad económica española, no está muy conforme y quizás nunca lo estará: lo dispendioso y rentista que tiene el venezolano, afirma, le viene de la madre patria. Agrega:
El rentismo es la lógica y sobre eso sigue montada la población española. En España todavía hoy no se pregunta “¿eso quién lo paga?” Se supone que lo paga el oro y la plata de América.
González Fabre es un crítico impertinente. Con respecto a la ley de precios justos del gobierno madurista se pregunta cómo demonios sabe un gobierno, con una inflación de sesenta por ciento (o más), lo que es el precio justo de cualquier cosa. /SN