La noche cerrada

POMPEYO-MARQUEZ-7

Este texto forma parte –de hecho, es el segundo capítulo− de un reportaje en preparación construido desde un narrador ficticio sobre la aventura de un grupo de líderes de la izquierda venezolana que se fugan del Cuartel San Carlos en el Carnaval de 1967

 

Sebastián de la Nuez

Febrero de 1967, año en que Elvis Presley se casará con Priscilla. Aun cuando la boda no influirá para nada en esta historia, ocupa la atención de algunas quinceañeras en Caracas, muchachas con faldas plisadas por debajo de la rodilla que van y vienen entre sus colegios clase media y algunos centros comerciales incipientes. Habrá otras noticias, desde luego: ese tipo de noticias que nace quizás de una simple onda sonora –un discurso, pongamos por caso− al otro lado del mundo y al cabo de un tiempo, como te descuides, las encuentras convertidas en tsunami en mitad del Caribe.

Mil novecientos sesenta y siete será el año en que estallará la Guerra de los Seis Días –cambiará la fisonomía del Medio Oriente− y Mohammad Reza Pahlevi será coronado sha de Irán. En ese año habrá rebeldías estudiantiles reprimidas en Barcelona, Nicaragua irá a elecciones solo para confirmar la dictadura somocista y el hampón Jack Ruby marchará a la tumba sin aclarar cuáles fueron las profundas razones por las cuales asesinó al asesino del presidente Kennedy cuatro años antes. El año en que Mario Vargas Llosa gana la primera edición del «Rómulo Gallegos», Macondo comienza a ser una referencia universal, el Che es asesinado en algún lugar de la selva boliviana, un terremoto sacude una ciudad cumpleañera al norte de Suramérica y los marines en Vietnam sobrepasan con largueza el medio millón. Año convulso en Indonesia, en Indochina, en el Congo y en buena parte de América Latina.

En Venezuela, un puñado de tozudos excavará un túnel en el lugar menos aconsejable para que sus camaradas escapen una noche de carnaval hacia la libertad, y que de tal modo insistan en reconstruir la utopía ya derrotada en las calles… o, quizás, comiencen a dudar abiertamente de ella hasta poner suficiente distancia. En fin. Será el año de la muerte de Jayne Mansfield en un accidente automovilístico. Será el año de Bella de día y Blow up. El Nobel lo ganará el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, autor de Hombres de maíz, mientras en Suráfrica el doctor Bernard le instalará un corazón ajeno a un ciudadano de 55 años.

Sucedieron los hechos como en catarata, en 1967. Sucedieron así porque eran presagio de lo que habría de venir en el 68 con su Mayo Francés y las fresas de la amargura cultivadas por doquier. Año de variedades y excesos, búsquedas y fugas y hallazgos. Entre estos últimos, el disco de Los Beatles sobre un tal sargento Pimienta.

Algunas cosas quedaron medio enterradas por el alud, en la penumbra, o se esfumaron delicadamente por la última línea de la última página del periódico. Una de esas cosas: que los utopistas venezolanos escaparon en aquella noche de carnaval gracias en buena medida a un sirio, válgame Dios, un bendito sirio llegado por casualidad a Venezuela. Un tipo adaptado a la idiosincrasia criolla conquista a soldados un poco pendejos encargados de vigilar a los sediciosos en el Cuartel San Carlos. Lo hará –ya lo hizo, para el momento en que comienza esta historia− haciéndose pasar por simpático turco que organiza caimaneras de fútbol frente al Cuartel, ahí mismito, en la calle frente a las celdas donde están esos malditos comunistas.

Es una madrugada a comienzos de febrero de 1967 −justo antes de que se desate la catarata y el sirio se largue para no volver jamás− cuando a Pompeyo Márquez Millán lo abandona el sueño y a cambio se le instala entre pecho y espalda cierta agitación, cierto temblor. Por lo común su sueño es profundo pero esta madrugada no. Son las 4:00 am y allí está, observando la callada negrura del calabozo en el pabellón F-2, dando vueltas sobre el catre. Apenas habrá dormido, si acaso, un par de horas. No puede leer ni encender la radio ni hacer nada sino pensar. Y mientras más piensa mayor agitación lo sacude. Viéndolo bien, es una agitación sabrosa, una expectación ante algo inminente que viene de la mano de una vieja amiga: la ansiedad. Esta noche se le ha encaramado al estómago y allí está, tan campante. Cuando comenzó a pegar afiches en tiempos de López Contreras, a los 15 años, se le presentó sin ceremonias y juntos han hecho un recorrido de décadas.

Decide intentar evacuarla en el baño, cruzando el patio. Las puertas del calabozo permanecen abiertas durante la noche. Cruza y se sienta un rato. Preferible a seguir dando vueltas sobre la colchoneta.

Al rato, al incorporarse del retrete sin haber logrado evacuar nada excepto pensamientos, siente una punzada en la clavícula, como si una mano fantasma le estuviera clavando un alfiler desde atrás. Murmura una maldición, quiere leer y no halla luz. Ahí están los periódicos del día anterior, arrejuntados en el suelo. Protesta de sí mismo por no estar afuera, por aquel vacío del encierro; porque las mediciones estaban erradas y el túnel echó por otro lado, con toda la pérdida de tiempo que eso significó. Han perdido un montón de meses de trabajo.

Tres años encerrado. Dos semanas más no habrán de volverlo loco. No hay razón para molestarse tanto; quien aguanta 967 días puede aguantar quince adicionales para reconocerse a sí mismo en libertad.

Da unos pasos para devolverse a la cama, escucha en el otro calabozo el grueso vals de los ronquidos del cocinero. A veces provoca lanzarle un zapatazo a ver si se calla. Sin saber exactamente por qué, se le viene a la cabeza una escena de El gran escape, la película que le dio forma y esperanza al plan. Si en la película la construcción del túnel es, con todas las dificultades imaginables, un éxito, ¿por qué no habría de serlo en este caso, si todos los talentos y todos los esfuerzos los ha puesto el partido a la disposición? Desde que la vieron en el cine Capitolio, cercano a la sede de Tribuna Popular, Guillermo y él juraron planear una fuga si llegaban a caer presos; lo habían comentado incluso con Alonso Ojeda, compañero del buró político.

En la escena que recuerda, camiones llenos de soldados británicos y norteamericanos llegan a un nuevo campo de aislamiento. Apenas se bajan, quien resultará el más avieso y tozudo evadido, el capitán de la fuerza aérea norteamericana Virgil Hilts, personificado por Steve McQueen, husmea en los límites de la cerca de púas mientras un soldado de la Lufwaffe lo vigila desde una atalaya, listo para ametrallarlo. Minutos después, dos compañeros de Hilts intercambian opiniones acerca de la distancia que los separa del bosque más próximo.

−Unos doscientos pies –dice uno de ellos.

−No, diría que trescientos. Un largo camino para cavar.

Ya lo tenían claro; el problema era cómo. Doscientos cincuenta hombres en el campo de prisioneros retratado en la película, y 76 de ellos lograrán huir aunque luego serán capturados o diezmados por la Gestapo.

Ahora puedo imaginar a Pompeyo acomodado de nuevo en su retrete, silbando quedamente la marcha inicial de la película de John Sturges. En realidad jamás reparó en Sturges ni en su prolífica filmografía. El cine no ha sido una de sus pasiones. Pero aquella determinación de los prisioneros, su parsimoniosa búsqueda de alternativas para la fuga –desde un principio la película advierte que se basa en hechos reales− se le han quedado grabadas junto a la imagen del capitán Hilts haciendo rebotar la bola de béisbol, una y otra vez, en la celda de castigo. Es la última escena antes de los créditos: fastidiado pero tozudo como una mula, Pompeyo Hilts rumia su próximo intento de fuga mientras la bola rebota contra la pared de la mazmorra con su golpe seco, machacante, como de martillazos.

Así se piensa esta madrugada todavía oscura mientras intenta aliviar sus entrañas. Un martillo o quizás una hoz que golpea a precisos intervalos, una y otra vez sin descanso, sobre la pared de la prisión hasta que los ladrillos se dan por vencidos y se agrietan para dejar ver al otro lado un resquicio de libertad.

***

Tomó la calle durante los primeros meses de 1936. Junto a su amigo Juan Molina asistía a los mítines en el Circo Metropolitano. Habría de recordar uno en especial en el que participaron veinte oradores, entre ellos Jóvito Villalba. Se respiraban tiempos de quiebre, lo cuenta en sus memorias. Un día, a finales de 1936, junto a Molina y Mercedes Lobatón, fue a la esquina de Miracielos, donde funcionaba la Federación de Estudiantes. Juan y Pompeyo cursaban primer año de bachillerato mientras Mercedes comenzaba Educación Normal. Se inscribieron, tomaron su botón y la simbólica boina azul en memoria de las jornadas estudiantiles de 1928. De allí en adelante se convirtieron en activistas, vendedores de La voz del estudiante, repartidores de volantes y pegadores de afiches.

La Unión Soviética se les convertiría en una referencia, el multígrafo en una herramienta proselitista y la revuelta en una costumbre. Todo ello trajo consecuencias: redadas y temporadas en la cárcel; a los 17 lo pescó la Policía repartiendo propaganda comunista por los lados de La Pastora y pasó tres meses en El Obispo. Era 1939, Europa estallaba en la contienda más cruenta en la historia de la humanidad. Desde entonces hacia acá, en la familia Márquez Millán se puede hablar mal de cualquier adeco excepto de Gonzalo Barrios. En aquel año, Barrios –uno de los fundadores de Acción Democrática− ya tenía un bufete de abogados junto a su carnal Raúl Leoni y tuvo la delicadeza de recibir a doña Luz María Millán, hecha un manojo de nervios porque a su querubín lo tenían en chirona. La escuchó. Acto seguido, como quien dice, hizo las gestiones pertinentes. También lo haría más tarde, en los años sesenta.

Se dice así no más pero hay que verle la cara a una persona que representa un siglo de historia. La ha vivido a plenitud, a veces al sol, a veces a la sombra. Cuando la periodista Mariahé Pabón publicó una entrevista con él en El Mundo, al cumplir 82 años de edad, citó en el sumario a Amado Nervo: «Vida nada te debo; vida estamos en paz». Ahora se halla en su apartamento de Cumbres de Curumo una tarde de sábado junto a su mujer Yajaira Araujo y su hijo Iván. Le cuesta levantarse y camina trabajosamente; pero su aspecto de roble que no se doblega sigue ahí. Es su personalidad. Un roble al cual no lo puedes derribar fácilmente.

Nunca ha olvidado el viaje a Moscú en 1956. Marchó con pasaporte falso para asistir al Congreso número 20 del Partido Comunista de la Unión Soviética. Stalin se le vino abajo con todo y estatuas mentales. Viajó en representación del PCV. Era el primer congreso del PCUS luego de la muerte del padrecito. En principio no se enteró de lo que había dicho el secretario general del partido, Nikita Jrushchov, durante una reunión secreta. Tras su discurso habría de comenzar el proceso de desestalinización de la Unión Soviética, es decir, la implantación del revisionismo de la mano de la nomenclatura representada por el propio Jrushchov y por Leónidas Brezhnev. Nikita Serguéyevich Jrushchov sería el máximo dirigente de la Unión Soviética post Stalin, y lo seguiría siendo durante un buen periodo de la Guerra Fría.

El congreso duró tres semanas pero fue en aquella sesión secreta –solo rusos y chinos− donde Jrushchov  relató iniquidades y abusos de Stalin. Luego de tres semanas –¡tres semanas!−, el mismo día en que termina el congreso, el primer ministro chino, Chou En-lai, invita a la delegación latinoamericana a Pekín (Chou En-lai fue primer ministro desde la instalación del régimen revolucionario en 1949 hasta su muerte, en 1976) y así es como Pompeyo pasa tres meses en China visitando regiones y pueblos; al cabo, los latinoamericanos regresan a Rusia para tomar los vuelos que finalmente los conducirán a sus hogares. Ninguno de ellos sabe todavía absolutamente nada de la reunión secreta.

Luis Emiro Arrieta es el otro venezolano que acompaña a Pompeyo. Moriría en la cárcel Modelo años más tarde. En el apartamento que les han asignado también se encuentra el líder del partido comunista colombiano. Llega un individuo de la nomenclatura una mañana y les relata o lee lo que Jrushchov ha denunciado más de tres meses atrás.

A esa velocidad andaba la información en la URSS. Eso sí, a domicilio, bajo supervisión directa del mismo vocero que carga los hechos en el bolsillo del abrigo.

Cincuenta y siete años después, quien asistió en primera fila a esa muestra de glasnost en tiempos de Guerra Fría afirma:

−Bueno, eso era el paraíso socialista.

Hace una pausa y prosigue:

−En las memorias de Gorbachov hay un capítulo titulado De la autocracia a la democracia y allí dice que en la Unión Soviética nunca hubo socialismo. Es bravo, ¿no?

Yajaira sirve un plato de suculento bacalao troceado, guisado y condimentado. Es solícita y cuida de que Pompeyo se abstenga de echarle el guante a las cosas que a su edad no debe engullir.

Y uno lo ve sentado en su silla, saboreando el bacalao que los demás se comen, y piensa en esa especie de elemento huracanado que ha debido ser Santos Yorme en tiempos de dictadura. Un luchador. Alguien a quien los militares no son capaces de arredrar. Este caballero, que cuando la revolución china triunfó en 1949 ya era jefe de Redacción de Tribuna Popular, hoy todavía escribe seis artículos al mes, a sus 91 años, cuatro para Últimas Noticias y dos para Tal Cual. Al final de la conversación dice:

−Y voy al round 92.

Alias Santos Yorme, uno de sus 18 seudónimos o nombres falsos. Rafael Elino Martínez, antiguo comandante guerrillero, dice que lo mejor de él es su extraordinaria calidad humana. Se conocieron en los años cincuenta, en un comité de radio donde estaba Eduardo Gallegos Mancera, y luego, cuando Pompeyo tuvo que mudarse de El Junquito, Martínez, por su experiencia, fue contactado para ayudarlo con un camión de volteo en el transporte de enseres. Ahí fueron trabando amistad. Hasta hoy. «Es un monstruo invencible; se hace diálisis todas las semanas, tiene un solo riñón, 92 años y no se da por vencido».

En este siglo y a pesar de las convulsiones del país, todas las tempestades imaginarias o reales han pasado para él. Va al teatro, se preocupa por su Fundación Gual y España, recibe estudiantes de carreras como periodismo y estudios internacionales. A cada momento le propone a Iván buscar uno de sus libros empastados en azul: busca corroborar un dato, precisar un hecho, revivir un párrafo o un capítulo.

Un hombre que fue recibido por Mao Zedong dos veces hoy vive atento a la actualidad. Todavía tiene mucho que contar aun cuando sus fechas no sean exactas o algunas anécdotas se le diluyan en el camino sombreado por los años. Por ejemplo, recuerda la brújula que recibió y el entusiasmo que le despertó pero no puede precisar el día 27 de julio de 1964 como fecha en que la recibió de manos de su mujer de entonces. Alguien lo anotó, sin embargo, en alguna agenda o papel.  Y anotó también que había llegado escondida en una gallina horneada. Guillermo García Ponce no sabía para qué serviría una brújula puesto que quienes debían estar al tanto de por dónde excavar −y por dónde no− eran los que estaban al otro lado, en ese momento encerrados en el abastos San Simón. ¿Para qué una brújula en la pajarera, o acaso Pompeyo dirigiría la ingeniería del pasadizo subterráneo desde el presidio?

Lo cierto es que a partir del 27 de julio la llevaba metida en una taza para que los soldados no se dieran cuenta, o bajo su gorra. De repente la sacaba y anotaba algo. Su referencia principal parecía ser la garita más alta. Pompeyo y su brújula.

La brújula la dejaba quieta a cierta hora del día, cuando caía en sus manos algún periódico. Los de circulación nacional llegaban casi a diario. A veces, algún pasquín en los que siempre se involucraba Jesús Sanoja Hernández, una alternativa a Tribuna Popular, publicación entonces proscrita, como el semanario Qué Pasa o el estándar El Venezolano.

Las noticias urgentes como los fallecimientos de Argimiro Gabaldón o Alberto Lovera, o las esperanzadoras como cuando al fin devolvieron al sirio Simón de la Digepol, les llegaban, usualmente, por una vía expedita: el teléfono. O sea, un tubo de media pulgada de diámetro que comunicaba, a través de la pared, los pabellones F-1 y F-2 a nivel del piso y que servía como desagüe. Por ahí colaban papelitos y entablaban conversaciones más o menos rápidas cuando los centinelas andaban descuidados. Era necesario estar pendiente, aprovechar el momento del descuido para disparar el taquito informativo por el tubo rumbo al destinatario.

Las noticias internacionales eran otra cosa. Pompeyo no recuerda exactamente cómo lo supo, pero en esos mismos días en que recibió la brújula, o poco antes, apareció en el escenario colombiano Pedro Antonio Marín, quien sería mejor conocido como Manuel Marulanda o Tirofijo. Se decía líder de unas «repúblicas independientes» atacadas por los militares. Apenas 45 hombres a su cargo, pero habían tomado la decisión de constituirse como guerrillas móviles para que el ejército no supiera localizarlos, y además se aprobaron ellos mismos una Constitución en la que estaba previsto dar tierra gratuita a los campesinos.

La brújula era el preámbulo de un camino ya trazado, una convicción compartida: hay que fugarse. Y hacerlo mediante un túnel.

No estaban inventando nada nuevo. Antes hubo intentos en el propio Cuartel; y la fuga de la Isla del Burro fue todo un éxito, ocurrida la Navidad de 1963. Se preparó en diez días y ameritó la producción de cédulas de identidad falsas más un buen plan de maquillaje. Pudo más la astucia que el cerco de alambradas y alarmas en aquel promontorio al cual solo se le llegaba en lanchas comandadas por la Guardia Nacional. Se marcharon por la puerta principal, supuestos visitantes de regreso a su hogar, cinco guerrilleros cuya fisonomía había sido modificada con tijeras y rímel. A las 6:00 de la tarde abordaron las embarcaciones; tuvieron que esperar veinte aciagos minutos hasta que llegó la orden de zarpar. Y el viaje propiamente dicho a través de las procelosas aguas del lago de Valencia, veinte minutos más. Durante todo ese tiempo la gabarra en la que viajaban estuvo, como era norma, bajo la vigilancia de un piquete de soldados. No se presentó percance alguno.

***

 Puedo imaginarlo recostado en su trono aquella madrugada a principios de febrero de 1967 pensando en la fuga de la isla del Burro, en sus días jóvenes de El Obispo, en aquel viaje de sorpresas a Moscú y China… Alguna vez Santos Yorme cambiará el mundo con la fuerza de su pasión. Para eso, primero el túnel. El gran escape.

Cayó preso a raíz del atentado al tren de El Encanto, un error cruento del PCV con el cual no tuvo relación alguna. Ni supo. Después del atentado, el presidente Rómulo Betancourt no dio cuartel. El 30 de septiembre de 1963 se abrió un juicio contra los parlamentarios de izquierda –entre ellos Pompeyo− bajo acusación de rebelión militar. Acto seguido fueron apresados en sus domicilios Gustavo y Eduardo Machado, Jesús Faría, Domingo Alberto Rangel, Jesús María Casal y Jesús Villavicencio. Guillermo García Ponce cayó a los pocos días en una librería de Sabana Grande y, luego, Simón Sáez Mérida. Todos al San Carlos. Quedaron todavía en la calle, de los dirigentes del buró político, Alonso Ojeda, Eduardo Gallegos Mancera, Pedro Ortega Díaz y Pompeyo Márquez. Este último caería el 15 de enero de 1964, por imprudente, en el apartamento de Eleazar Díaz Rangel, urbanización Santa Eduvigis. Era una reunión para analizar los progresos del Frente Leonardo Chirinos. Al día siguiente Últimas Noticias tituló en primera plana:

 

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