González ya no vive aquí

helicoide

Rodolfo González es un ciudadano caraqueño encerrado en el Helicoide. Allí se encuentra en una especie de limbo en el que el Estado lo mantiene por si acaso. De vez en cuando es utilizado como un comodín, una barajita que Nicolás Maduro o Diosdado Cabello se sacan de la manga para adornar alguna conspiración terrorista internacional. Esta crónica se ha construido con el testimonio de una de sus hijas

 

Sebastián de la Nuez

Rodolfo González ya no vive en su apartamento de Macaracuay. En verdad no vive; dura. Está durando en un limbo, en el resquicio entre la vida real y un prontuario más o menos amañado. A veces, ese resquicio es una señal de TV en la que González es versión de sí mismo, una especie de holograma que arma conspiraciones internacionales desde el limbo. O sea, desde el Helicoide. Vaya poder para un viejo hipertenso.

Lissette, una de sus hijas, va todos los domingos y trata de ir también los jueves aun cuando cada vez se le hace más difícil pues debe buscar a sus niños en el colegio (uno de 13 y otra de 6) y, a veces, entregar algún trabajo en la UCAB, donde es investigadora y profesora en el área de la sociología. En verdad, hace todo lo posible por acompañar a su mamá, porque se pone muy nerviosa y no puede cargar sola con un botellón de agua o bolsas de hielo, cosas muy necesarias: sin eso, no hay bebidas frías sobre todo en días de visita. Es difícil pasar los domingos desde las 11:00 am hasta las 5:00 pm sin echarse algo al buche. “Procuramos que esté acompañado todas esas horas aunque no estemos las seis horas allí porque también es duro para nosotros. Nos turnamos”, dice Lissette, la hija socióloga. La otra hija es licenciada en Turismo. Son la prole de Rodolfo González, “el aviador”, y su mujer.

 

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Subiendo por unas rampas llegas a un colegio que se llama Alí Primera; vas medio acoquinado, tu papá está preso y de repente te encuentras al cantautor fallecido hace años allí, mirándote, el que cantaba Canción mansa para un pueblo bravo. En fin. Es un poco raro; además el lugar mira de frente a una estación del metrocable San Agustín. Allí dejas el carro y caminas hacia un portón negro muy grande. Ya el paso a partir de entonces es restringido, estás en el Sebin (Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional), o sea, la Disip. O sea, la Digepol. O, mejor dicho, el Sifa. Pudiera tener cierta parentela con la Seguridad Nacional. Unos oficiales te preguntan a quién vas a visitar. Verifican en una lista si la persona que buscas, en efecto, tiene visita ese día. Dejas la cédula y te dan un pase. Te encuentras luego en el estacionamiento de los funcionarios, entras por una puerta negra donde hay un mostrador. Allí te registran en un sistema computarizado. Pasas a un espacio con dos escritorios y dos funcionarios que te revisan lo que llevas. Tocan la ropa. Si llevas libros o revistas, los hojean. A veces hay cola, de modo que entrar te puede llevar 20 minutos o media hora. Te revisan los bolsillos. La verdad, dice Lissette, las revisiones no son humillantes; quizás solo un peaje más.

Si no conoces el camino, un funcionario lleva al visitante traspasando varias puertas cerradas. González está en un pabellón más bien lejano que llaman Control. Un pasillo largo, muy largo, de paredes blancas y piso de cerámica veteado de sucio. Puertas y más puertas, algunos de los pasillos son curvos. Toda aquella mole es curva.

Una de las puertas esconde a las mujeres incriminadas por algún delito no explicado, pero en todo caso están allí porque el Estado-gobierno las considera peligrosas o culpables de algo. Al final llegas a una reja cerrada. Ese es el lugar. Viene uno de los custodios de adentro y abre. Llaman a la persona visitada para que salga. Todos traspasan una puerta de madera y te encuentras algo semejante a un restaurant pequeño, con mesas. Esas mesas han sido llevadas por los familiares de los reos. La del señor González es una manaplás que se arma y se desarma, con sillas plásticas. La tiene normalmente en su celda excepto en días de visita, cuando la lleva al comedor.

En el pasillo donde González pernocta desde hace más de seis meses hay diez celdas, y esas diez celdas comparten un baño. Hay un espacio que también comparten los reos, con una nevera.

La celda de González, tal como él mismo la describe, es pequeña, sin ventana. Pero tiene aire acondicionado, aunque por una temporada no funcionó. Su esposa le lleva ropa y él le dice que no le lleve tanta, que no halla dónde meterla. Las celdas están siempre abiertas, pero en las noches no. Y si le dan ganas de hacer pipí, lo debe hacer en unas botellas. Ha estado mal del estómago. Diarrea incluso de noche. En esos casos, como los custodios han visto que es mayor, le han dejado la puerta abierta.

En el Sebin dan a los presos las tres comidas diarias, pero el viejo es hipertenso y tiene sus costumbres culinarias bien cimentadas. Antes era un hombre pasado de peso y luego se obsesionó con las dietas, Lissette lo recuerda aun estando ella pequeña. De modo que nunca come arroz, ni fritangas, ni dulces. Algunas cosas debido a su hipertensión, otras porque simplemente él se las autoprohibió. La comida que le dan en envases de anime suele ser, por ejemplo, arroz con pollo frito; lo desecha. La familia le lleva pollo a la plancha, una carne molida guisada: en el espacio del pasillo que comparte hay un microondas, además de la nevera. Y tiene una tostadora. Lo que no puede guardar son vegetales en abundancia, pues no hay suficiente espacio en la nevera para un mercado de lechuga, papas, zanahorias, tomates…

Los propios presos se turnan para lavar el baño, y hacen un pote para comprar desinfectantes. Junto al viejo están Prieto y Montilla, enlazados por el Sebin en la misma época que González y acusados más o menos del mismo delito. También están otros, por otros asuntos: Douglas Morillo y Otoniel Guevara. Hasta ahora no había delincuencia común, pero hace poco encerraron al joven sindicado de haber asesinado a Eliécer Otaiza, con 14 años. ¿Qué pasó con la LOPNA?

Y está también el guardaespaldas implicado en el caso Serra.

 

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La cosa fue así: González estaba en su casa y lo vinieron a sacar de allí una noche. Tocaron a la puerta del apartamento del edificio cercano al estanque del Inos, en Macaracuay. Allí no había sucedido nada especial durante los meses duros de 2014. Solo una vez amaneció una barricada, y no la habían puesto los vecinos del edificio. Abrió la esposa y resultó ser un comando uniformado con una orden de detención para el viejo.

El viejo le llevaba víveres a los estudiantes en huelga de hambre, o apostados en tiendas de campaña aquí y allá. Cierto, simpatizaba con las guarimbas. Ha dicho a quien quiera escucharlo que son la propia forma de lucha, en la calle, antes que cualquier otra acción blanda. Desde hace tiempo dice que con un gobierno chavista las elecciones son imposibles de ganar. Ese tipo de cosas. Nunca fue militante adeco pero votaba por AD. Y luego, desencantado, llegó a votar por Chávez.

Ha habido discusiones en casa por esa razón. A veces se pone intransigente.

En todo caso, González es un ciudadano cuyo abuelo nació en Carúpano. Si buscas un poco más atrás hallarás canarios. Un señor cuyo padre tenía una ferretería en el centro de Caracas: un sitio enorme que en algún momento comenzó a dar pérdidas. Al heredarla, cerró la ferretería y dividió en pedazos el local para alquilarlos.

Y fue entonces cuando González quiso aprender a volar, a los 30 o cosa así. Ya tenía dos hijas y mujer. Quiso hacer realidad su sueño, un sueño que la abuela de Lissette se había encargado −tendría sus buenas razones− de que no lo lograra mientras estuviera bajo su influencia.

Lissette fue a su acto de graduación de piloto, recuerda que estaba orgullosísimo. De eso vivió su familia; y con parte de ese dinero ganado por “el aviador” puso una pequeña agencia de viajes para que su mujer la gerenciara y usufructuara, en una calle de Chacao. Esta es la agencia en la cual el Sebin entró a saco y se llevó hasta los libros de contabilidad. Si supieron leer los números se habrán dado cuenta de que la agencia estaba a punto de quiebra.

Sí, el viejo tenía unos bidones de gasolina en el maletero de su apartamento. Y amigos que emigraron de Cuba que le contaron cosas del mar de la felicidad en primera persona; por otra parte, al parecer lo afectó bastante el Caracazo, en 1989. Al viejo se le quedó algo en la cabeza. No, no andaba de buen humor estos meses de enero y febrero, en absoluto. No estuvo en las guarimbas ni quemó basura, aunque su hija piensa que perfectamente pudo haberlo hecho; pero no lo hizo. No lo hizo porque estaba ocupado ayudando a un amigo en una remodelación.

¿Cuál es su situación? Su situación es un limbo. Allí lo mantiene el Gobierno. Un limbo legal y vital. Allí lo puedes encontrar, hipertenso, cargando con su mesita manaplás de un lado a otro, devolviendo las bandejitas de anime para persistir en el pollo a la plancha que le traen su mujer o sus hijas. El gran acosador del régimen chavista es un caraqueño cercano a los setenta que habla pistoladas en la calle, con sus amigos. Como muy bien puede hacerlo cualquier venezolano en estos días, dadas las circunstancias.

Solo que a él le seguían la pista porque algún patriota cooperante lo acusó, probablemente por lo de los dos bidones. Esa nueva estirpe de chismosos que recuerda a la Seguridad Nacional.

Con los dos bidones y una cámara de TV enfrente, Maduro y Cabello montan el resto y construyen la conspiración del aviador.