Memorias de El Diario

OLYMPUS DIGITAL CAMERATal fue la propuesta para un grupo de estudiantes de periodismo. Reconstruir la memoria del periodismo venezolano (en este caso, de El Diario de Caracas) a través de dos visiones internas, protagonistas de toda una época

 

Norkis Arias / Diana Sanjinés

Renovar el periodismo venezolano fue el propósito que dio origen a El Diario de Caracas, un proyecto liderado por el dirigente político Diego Arria y el escritor argentino Tomás Eloy Martínez. Así, en 1979, mientras se instalaba un nuevo mandato presidencial en Venezuela con Luis Herrera Campíns, también se avecinaban nuevos tiempos para la prensa.

Una estructura similar, primeras planas coincidentes y fotografías predecibles hacían pensar que los periódicos de aquella época estaban cortados por la misma tijera. Para romper con este patrón El Diario de Caracas se esforzó por marcar tendencia desde sus cimientos. La periodista María Teresa Arbeláez, quien cubría la fuente de Ciencia, afirma que el espacio establecido para las pautas estaba predeterminado. A causa de esto, debían desarrollar una redacción creativa y sustanciosa que agrupara todos los elementos importantes en un segmento reducido. Recuerda Arbeláez:

Nos decían  «Los centímetros ni se estiran, ni se encogen». Estaba de parte del periodista redondear la noticia. En otras redacciones escribían y lo último lo cortaban. En la nuestra, la cola no era para desechar, era un cierre fundamental, algo contundente.

Manuel Abrizo, periodista que cubrió la fuente de Ciudad, coincide en que la estructura de El Diario de Caracas se diferenciaba de la de otros medios impresos. Comenta:

La escritura y el modo de abordar las noticias salieron de los cánones rígidos del lead, cuerpo y cola, para desembocar en un lenguaje más creativo, novedoso y ágil. En aquellos años 80 recibimos el influjo y se puso en boga el nuevo periodismo que tenía como principales exponentes a Tom Wolfe y otros escritores gringos. Ciertas noticias y reportajes se ambientaban y novelaban para darles mayor atractivo.

Ambos periodistas estuvieron en los inicios del diario. Manuel Abrizo ingresó en 1981 como pasante y en 1983 se convirtió en periodista fijo hasta el año 1989. Posteriormente, en 1990 trabajó en Georgetown —capital de Guyana— como corresponsal de Venpres Internacional, una agencia de noticias creada durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez.

Por su parte, María Teresa Arbeláez ingresó en febrero de 1979 —tres meses antes de que saliera la primera edición impresa el 2 de mayo— hasta 1994, un año antes de que cerrara el diario, siendo una de las personas con mayor trayectoria.

Si bien El Diario de Caracas no era el periódico de mayor circulación, siempre fue percibido como un medio prestigioso y respetable. Aún hoy Arbeláez y Abrizo son reconocidos por antiguos lectores que admiran su trabajo.

“Yo me siento muy orgullosa de haber aprendido y compartido allí con gente como Tomás Eloy Martínez, Armando Durán, Carmen Teresa Valdez, Mercedes Martínez, Luis Lozada Soucre, Carlos Pérez Ariza y muchos otros. Gente tan interesante que hoy uno los ve y se siente orgulloso. El diario no me marcó, me hizo”, expresa efusivamente María Teresa Arbeláez. “Además, tuvimos la dicha de trabajar con buenos compañeros y jefes que tuvieron paciencia con nosotros mientras nos deshacíamos de nuestros errores”, agrega Abrizo.

En general, ser parte del equipo de un medio impreso consumía gran cantidad de tiempo. Por la escasa tecnología que existía en ese momento, los periodistas debían ingeniárselas para conseguir las fuentes, los datos y la información. “Yo diría que nuestra generación fue la última que utilizó la máquina de escribir como herramienta de trabajo, en ese sentido podría decirse que fuimos periodistas artesanales”, opina Abrizo. Debido a esto, la producción del diario demoraba incluso hasta 20 horas. Arbeláez asegura que ella y muchos de sus compañeros trabajaban hasta las once, doce de la noche, pero no se quejaban porque disfrutaban lo que hacían.

Pese a que existía un ambiente de trabajo muy íntimo y agradable, hubo conflicto internamente con los dueños del medio. En 1981 se rumoraba que el periódico haría un recorte de personal por problemas financieros. Los periodistas se adelantaron e introdujeron un contrato colectivo ante el Ministerio de Trabajo que aseguró su permanencia laboral por un tiempo.

“Era una constante medición de poder”, afirma Arbeláez. “Había momentos de tranquilidad después que firmábamos el contrato colectivo, pero la tensión volvía cuando teníamos que renovarlo”. Protestaban, salían a la calle y de manera creativa se hacían notar. Incluso repartieron volantes en destinos turísticos cuando vacacionaban. “Siendo pasante me vi un primero de mayo en una avenida de Caracas portando una pancarta que decía «Contra los despidos en El Diario de Caracas»”, menciona Abrizo. Sin embargo, ambos periodistas acuerdan que la unión entre ellos como colegas y el apoyo del resto de los trabajadores del periódico fue la clave para lograr el éxito en sus demandas.

Con respecto a las novedades que lograron introducir en medio del conflicto interno, Manuel Abrizo afirma: “Nosotros conseguimos tener dentro del contrato colectivo algo que no tenían otros: una especie de año sabático. Un periodista podía irse con sueldo un tiempo a hacer un trabajo especial en el exterior”. María Teresa Arbeláez aprovechó esa oportunidad y fue corresponsal en España durante un año.

Aunque persistían  los contratiempos, los directores y empresarios vinculados a El Diario de Caracas daban libertad en la escogencia de los temas a investigar y en la selección de las notas que publicarían.

“En una ocasión Enrique Rondón, que cubría tribunales, se enteró de que a Diego Arria le darían auto de detención. Él quería saber cómo haría para abordar el tema. Habló con Diego y él se comprometió a que las páginas informativas del periódico no se utilizarían para defenderlo, ni para ocultar el problema. Enrique podía cubrir su información objetivamente y la defensa de Diego Arria se haría en las páginas editoriales [no en las páginas informativas]”. De esta forma, Arbeláez ejemplifica la autonomía que gozaban los periodistas para estructurar sus secciones.

Por su parte, Abrizo asegura:

Ni en El Diario de Caracas, ni en general en los otros medios, había un censor o empleado gubernamental clasificando cuáles noticias podrían ser publicadas o no. Sin embargo, sí había una cierta censura y autocensura de tipo ideológico, que en el caso nuestro estaba condicionada por los intereses de los dueños —el grupo 1BC—. En este sentido, jamás se cuestionaba el orden imperante, el sector privado y los anunciantes publicitarios. Por eso, pienso que existía una censura implícita.

María Teresa Arbeláez está en desacuerdo con Abrizo. Opina que no había autocensura:

Nosotros sí vivíamos una guerra interna, pero hasta teníamos una cartelera irreverente, con secciones y todo. Diego Arria traía a su gente, nos tenía allí como animalitos del zoológico. Nos presentaba a todos y les enseñaba la cartelera donde se burlaban hasta de él.  Allí había burlas de todo el mundo y aun así nos dejaban hacerlo.

A su vez, admite que ese espacio de libertad les generó problemas, especialmente con los dirigentes políticos del momento. “Tuvimos bastantes inconvenientes externos, por ejemplo, con las fotos. Recuerdo una fotografía de Luis Herrera (Campíns) comiendo en la que parecía un cochino”, comenta la periodista.

En 1986, el cineasta Carlos Azpúrua hizo el mediometraje Detrás de la noticia, un documental sobre lo que ocurría en El Diario de Caracas. Incluía tomas reales de las discusiones contra Marcel Granier. Hoy en día aún se transmiten segmentos en VTV para ejemplificar la lucha contra los empresarios. Esto le disgusta a María Teresa, porque su participación en el documental se usa para desvirtuar el mensaje original.

Las diferencias aumentaron y las exigencias del personal también, hasta que en 1995 el Grupo 1BC decidió clausurar el periódico por  problemas financieros.

Tantos años laborando en El Diario de Caracas marcó profesionalmente a María Teresa Arbeláez. “Allí aprendí a ser periodista. Fue una experiencia maravillosa porque más que un trabajo se trataba de una escuela o un taller donde todos colaboraban y aprendían”, comenta con nostalgia. Actualmente, se desempeña como directora de asuntos públicos de la Universidad Simón Bolívar y, aunque luego de renunciar al periódico no volvió a trabajar en un medio impreso, asegura que le encantaría formar parte de una sala de redacción para aprovechar todas las herramientas tecnológicas que facilitan la reportería y la investigación.

Por su parte, Abrizo expresa que en El Diario de Caracas se hizo y desarrolló como periodista: “Allí pude aprender las pocas habilidades que tengo para escribir una nota procurando que  no quede tan  aburrida”. Hoy en día continúa siendo reportero en Correo del Orinoco, donde se dedica a escribir notas y reportajes sobre pueblos, personajes y tradiciones de la provincia venezolana.

La periodista Elsa Pilato ingresó en 1993 y trabajó un año como pasante del diario en la sección de Ciencia y Tecnología. A pesar de que estuvo poco tiempo, recuerda con orgullo el periodismo que allí se ejercía: “El diario era una referencia. Fue mi primera experiencia laboral y la directora de mi sección era María Teresa. Ella y todos los jefes siempre se mantuvieron preocupados por formar y orientar a sus pasantes en la práctica del periodismo. Ahí era donde los estudiantes aprendíamos de verdad”. Arbeláez pasó de ser una guía a una mentora, incluso en la actualidad trabajan juntas en la USB.

El 2 de marzo de 1985 Arbeláez y Abrizo compartieron páginas en la edición de El Diario de Caracas. Ella con una entrevista sobre el músico Renato Capriles. Él con una sobre el contrincante musical, Luis María Frómeta, mejor conocido como Billo. Hoy Manuel vive en Carabobo y María Teresa en Caracas. Separados por sus ideales políticos, pero unidos por el buen ejercicio de la profesión. Ambos son referencias de aquel periódico que impuso una modalidad  innovadora, tachada de irreverente, pero que sin duda alguna marcó pauta en la historia del periodismo venezolano.

Los medios de comunicación y su contenido son reflejo de una sociedad. ¿Acaso la venezolana es tan básica y conformista que de nuevo los periódicos parecen copiar estilos sin atreverse a apostar por lo diferente? La misma agenda temática, la información predecible y las fotografías de relleno (no de complemento) hacen que el lector se sorprenda al encontrar un trabajo narrativo con esencia, cuando esa particularidad debería dejar de ser la excepción para convertirse en la regla.

¿Será que se extinguieron esas salas de redacción? ¿A dónde se fue el estilo atrevido que apostaba por lo innovador? Quizá se mantiene escondido. Quizá está vigente, pero opacado por lo subversivo. El presente obliga a mirar al pasado no solo para extrañarlo, sino para recuperarlo.