El profesor chino

El profesor Chen y su mujer, fotografiados en su apartamento en diciembre de 2013.

El profesor Chen y su mujer, fotografiados en su apartamento en diciembre de 2013.

Ayer, 16 de diciembre de 2014, falleció en Caracas el profesor Chi Yi Chen. Un buen hombre, una inteligencia inquieta, un profesor en toda la extensión de la palabra. Su nieta, Jessica Figueiras Chen, economista como su abuelo, hizo llegar la triste noticia. Se transcribe aquí la entrevista hecha hace un año en su apartamento de Campo Alegre, muy cerca de la avenida Francisco de Miranda, publicada en la revista de la Universidad Católica Andrés Bello, El Ucabista Magazín

Habla mandarín, italiano, francés, inglés y, por supuesto, español. Ha sido una de las columnas de la enseñanza de la Economía en la UCAB, y hoy, a sus 87 años, aunque retirado, sigue muy vigente asistiendo a sus reuniones en la Academia de Ciencias Económicas
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Sebastián de la Nuez

Nació en una región del centro de China llamada Kien Tsien, se hizo cristiano porque alguna vez llegó por allá un jesuita: convirtió a su madre y él fue bautizado como José. Luego emigró, se paseó por el mundo, casi se hizo filósofo pero finalmente estudió Economía. Una vez graduado, una compañía francesa lo envió a Valencia, en un lejano país llamado Venezuela, en 1962. Hay que tener en cuenta que cuando la guerra civil china desembocó en la revolución con Mao Zedong al mando, ya este inquieto y menudo caballero había abandonado su país para abrazar occidente. Se dice así no más, pero hay que pensar cuánta historia encierra esta figura menuda, leve, de aspecto risueño.

UN LUGAR EN CAMPO ALEGRE

Ancló en esta esquina meridional del mundo, como si su inteligencia y sus relaciones no le hubieran permitido ir casi adonde quisiera. Prefirió permanecer en este oscuro puente entre la democracia y esa cosa incierta, a la que él se refiere en sus artículos, “socialismo del siglo XXI”.

Es endemoniadamente parco para hablar de su pasado, pero cuando se le pregunta por el chavismo se muestra vertiginoso en su crítica. Es un decidido defensor del liberalismo, y tiene sus argumentos bien masticados. Se mantiene totalmente al día.

En alguna ocasión de la cual apenas guarda memoria, Arístides Calvani –uno de los más cercanos colaboradores de Rafael Caldera, militante de Copei, fue canciller y murió junto a familiares en un accidente aéreo hacia 1980− lo atajó y le lanzó un anzuelo académico al cual no se resistió Chi-Yi Chen. Cuarenta años en la UCAB desempeñando diferentes roles, sin desatender jamás sus clases, sus alumnos. Está orgulloso porque, por ejemplo, dos ministros de Finanzas estuvieron bajo el influjo de sus cátedras.

Se jubiló hace diez años; en la UCAB fue motor y ciencia de los estudios económicos junto al padre Pernau. A su edad, con ese rostro de pliegues solemnes, parece un guerrero retirado luego de mil batallas, como los héroes de las películas de Kurosawa. El profesor Chi Yi Chen es llamado al revés en China, Chen Chiyi, porque en su cultura se venera el apellido. Y aunque no suele usarlo, su nombre católico es José.

Ha sido uno de los hombres fundamentales de la Escuela de Economía de la UCAB. Empezó en la esquina de Jesuitas, es miembro de la Academia de Ciencias Económicas, fue discípulo del padre Pernau y con él creó el Instituto de Estudios Económicos y Sociales. Hace pocos meses, con motivo de los sesenta años de la UCAB, se le rindió homenaje con la Orden Andrés Bello.

Pero no parece un hombre muy dado a los tributos, ni para sí ni para nadie. No le interesan las películas ni tampoco las novelas. Las ideas sobre el desarrollo, la economía del trabajo y las políticas públicas le entusiasman y lo mantienen al día, ávido de información cotidiana.

En su apartamento de la urbanización Campo Alegre sigue escribiendo y leyendo a pesar de los achaques de la edad. Es un edificio cerca de la avenida Francisco de Miranda, casi llegando a Chacaíto.

Aunque dice que ya no escribe en periódicos porque le está fallando la memoria, eso no es cierto, o al menos no totalmente. Tiene varios escritos recientes; no demostró desmemoria durante la entrevista, apenas un par de nombres se le escaparon.

Antes vivían, él y su mujer Conchita, en una casa en Los Guayabitos, ambiente campestre cerca de la Universidad Simón Bolívar. Allí podía practicar uno de sus oficios preferidos, la jardinería. Pero regresaron a este apartamento en plena ciudad porque allá la delincuencia no los dejaba en paz. Este apartamento lo tienen desde hace tanto tiempo que aquí fue donde recibieron el terremoto de 1967, cuando Caracas cumplía 400 años de fundada. Es cómodo, con pisos de mármol y parqué al viejo estilo. No es grande. Allí criaron a sus dos hijas.

No deja de haber algo cinematográfico en la historia de esta pareja que se conoció en Bruselas justo cuando despuntaba la década culturalmente más revolucionaria del siglo XX, los sesenta.  Conchita, nativa de la españolísima Valladolid, y Chen. Chen y Conchita. Ambos profesionales, solventes, dispuestos a tragarse el mundo. Él, economista; ella, especialista en atención a niños con problemas, a la sazón cursaba una especialización en la capital de Bélgica. Se conocieron y se entendieron en francés. Tanto se entendieron que llevan cincuenta años juntos. Chen debía regresar a Venezuela por compromiso laboral y ella debía quedarse. Como estaba muy mal visto en la España del dictador Francisco Franco arrejuntarse en pareja y que una señorita cruzara el Atlántico sin la debida bendición oficial, decidieron casarse en la distancia, por poderes. De modo que cuando ella arriba a Venezuela, ya el matrimonio está bendecido. Una trama romántica.

−Pero Conchita, ¿cómo fue que se enamoró de un chino?

−Pues yo echando broma lo digo: ¡pero es que un chino para mí es como un niño especial! Y yo trabajaba con niños especiales.

En 1958 ella fue capaz de montar, junto a una serie de profesionales, un centro como el de Avepane en San Sebastián (País Vasco).

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Misioneros jesuitas vascos que se habían instalado en China convirtieron a su familia (padres más cuatro hijos: dos varones y dos hembras) budista en católica. Por eso, al terminar el bachillerato, Chen, con 19 años y en 1947, marchó a Italia. Y luego deambuló por un montón de otros lugares y se veía a sí mismo como un vagabundo. «Yo salí de China antes de que llegara el comunismo».

En Roma estudió Filosofía; de allí saltó a Lovaina (Bélgica), luego a París para hacer un doctorado. Y allí fue donde se enroló en una empresa francesa que habría de enviarlo pronto a un lejano país llamado Venezuela.

Era una compañía de ordenamiento territorial, y si él hubiese estado dispuesto, habría podido ser enviado a Senegal y entonces el destino de la Escuela de Economía de la UCAB habría sido otro.

El avión en el que llegó se caería a la semana siguiente en Pointe-à-Pitre (Guadalupe), lo cual seguramente le enseñó que la Divina Providencia es arbitraria; al mismo tiempo, le dio a entender que lo suyo era una oportunidad: la vida en función de un compromiso con un país determinado.

Primero fue directo a Valencia pues era allí donde lo había destinado su compañía. Se trataba de un estudio contratado por la municipalidad de la capital carabobeña. Chen recuerda aquella Venezuela en tiempos de la guanábana. Le ofrecieron después irse al África pero se interpuso Arístides Calvani.

Calvani se dio cuenta de que en Venezuela un economista era un tesoro, y por eso le ofreció al chinito que hablaba bastante mal el español dar unas clases en la Universidad Católica de la esquina de Jesuitas. “El conocimiento es un elemento fundamental para hacer que un país avance”, dice.

Pernoctaba en aquellos primeros días en una pensión que regentaba una señora alemana. Se enteró al poco tiempo de que había sido una militante nazi. Simplemente, la dama se había refugiado en una pensión caraqueña después de la guerra. Había sido militar, no una ciudadana cualquiera, y además algo cercana a la oficina de Hitler. Nunca supo Chen más de ella.

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La esposa del profesor retirado, Conchita, canta un rosario de padecimientos que han minado la salud del profesor, y él alega que 87 años no se tienen en vano. El matrimonio procreó dos hijas: una que trabaja en Farmatodo, técnica en computación. Sofía. Y la otra, Marta, es antropóloga, se especializó en medicina alternativa, estuvo en China y ahora vive en España. También hay nietas.

No es muy expresivo Chen, pero tiene sentido del humor y su mujer también. Algo difícil de definir lo amarró a la UCAB durante todo este tiempo. Abandonó o se deshizo de aquella supuesta condición de trotamundos. Ha visto todos los vaivenes políticos y económicos del país. Los ha reflexionado y conversado entre sus pares en la Academia o con sus ex alumnos en la universidad.

Lo de Chávez lo resume de este modo: para el comandante, la ideología era más importante que la realidad. Y por eso los últimos diez años se perdieron. Chávez convirtió al venezolano en un pragmático, y ahora en este país todo el mundo tiene derechos pero nadie obligaciones. Económicamente no hizo sino marchar hacia atrás. De su personal balance histórico, se queda con Rómulo Betancourt pues puso al país sobre ruedas: hacia adelante.

El periodista le pidió un pronóstico sobre 2014, y el profesor Chen estuvo varios minutos explicando las razones de su pesimismo. Entre otras cosas, advirtió que si el equilibrio entre la tasa oficial de cambio y la no oficial no se restablecía, el país iría hacia abajo.

¿Por qué el Estado confisca todo? Pide prestado con intereses muy altos. ¿Cómo se contabiliza el petróleo a futuro, cómo lo paga? Los países no quiebran, pero se friegan [utilizó una palabra algo más altisonante].

Mira, si no tienes para devolver la plata que te han prestado, ¿qué vas a hacer?

El periodista cambió de tema y el encuentro terminó hablando de aquel bello apartamento, de los que ya no se hacen. El piso de parqué hoy en día es un lujo en Caracas demasiado costoso, demasiado ausente.