2014 en la distancia

An anti-government protester takes cover from tear gas launched by police during a protest in Caracas

Ahora que se termina el año, uno puede re-vivir ciertos hechos de este 2014 y tratar de conectarlos para ver qué conclusión saca; es solo un ejercicio

Sebastián de la Nuez

A pocos días de que termine el año 2014, el compendio de los sucesos que definieron la agenda informativa en Venezuela se resume en anomia. Hay una cronología muy somera pero bien hecha en el diario Tal Cual bajo el título El año que vivimos en peligro. El título, aun no siendo muy original, es oportuno.

El argentino Ricardo Piglia dice que la escritura es una cifra de la vida, condensa la experiencia y la hace posible. Lo asevera en relación a Kafka, quien escribe un diario «para volver a leer las conexiones que no ha visto al vivir».

Condensar los hechos, los titulares, el registro de la represión, en fin, las noticias que van de febrero a junio (ya que en ese periodo se sintetiza y define el año) es difícil pues resultan en una suerte de madeja lacerante, demasiado fresca todavía como para observar las cosas desde un criterio “acabado”. Este país ha asistido al paso de un régimen inicialmente legítimo –aunque tal legitimidad sea cuestionable− a otro que se sabe acorralado, y como respuesta practica una violencia primaria. El conflicto, pues, es una espiral. El paisaje no puede verse en una perspectiva más o menos sociográfica. No hay en verdad distancia para evaluar, sacando la cabeza por encima de la espiral.

Uno –quien escribe− selecciona ciertos hilos tratando de leer las conexiones que se le escapan al vivir los acontecimientos en vivo y directo. Repasar las cosas a cámara lenta es un recurso tecnológico, pero, sobre todo, mental. ¿Podríamos seguir el hilo de Ryszard Kapuscinski en su libro Ébano (Anagrama, 2000) sobre la matanza de 1994 en Ruanda? Se abre paso, antes que nada, la muletilla salvando las distancias. Sin embargo, te adentras en la historia y enseguida comprendes que las diferencias entre Ruanda y Venezuela están más bien en el volumen de la salvajada, en el amperaje que alcanza el ensañamiento y la brutalidad; no en los principios o fundamentos de la salvajada propiamente dicha.

Ryszard KAPUSCINSKI, dziennikarz, reportazysta, publicysta

Hay varios puntos confluyentes que desembocan, siguiendo el recuento de Kapuscinski en Ébano, en el genocidio que comete una tribu contra otra. En realidad no son tribus entendidas en su acepción tradicional sino castas: la de los propietarios de rebaños, tutsis, y la de los agricultores, hutus. El pogromo de hutus contra tutsis ocurrió durante tres meses de 1994 y despertó interés en los medios occidentales de difusión… aunque quizás no el suficiente. Nunca se supo, pues no hay manera de saberlo a ciencia cierta, si la matanza alcanzó a medio millón de almas o al millón completo, tan escasos son los indicadores demográficos y tan pobre ha sido el seguimiento de este pueblo por parte de organismos internacionales con capacidad para hacerlo.

Lo cierto es que uno de los puntos desencadenantes es un golpe de Estado en 1973 mediante el cual asciende al poder un general. Siempre hay, fíjese usted, un militar implicado en estas cosas. O varios. O un ejército completo. Juvénal Habyarimana pertenece al ala radical, chovinista, hutu; Kapuscinski ilustra su talante comparándolo con Radovan Karadžić, el siquiatra acusado de genocidio por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia de La Haya. Habyarimana ejerció el poder durante 21 años, desarrollando una dictadura de hierro. Pero no se conforma con ello, sino que le da varias vueltas de tuerca al sempiterno conflicto entre hutus y tutsis –quien desee ahondar en sus antecedentes busque el capítulo «Conferencia sobre Ruanda» en Ébano− pues lo enriquece con una nueva dimensión: poder y oposición. Cuenta Kapuscinski:

Si eres un tutsi leal podrás llegar a ser jefe de aldea o de pueblo (aunque no ministro); si, por el contrario, te pones a criticar el poder darás con tus huesos en la cárcel o en el patíbulo, por más puro hutu que seas.

De modo que el asunto en Ruanda ya no sería un conflicto entre castas sino, sobre todo, un choque violento entre dictadura y democracia.

Hay un segundo elemento: la privatización del país por parte de un clan, familiares del dictador que se apropian vorazmente de los medios de producción, de las tierras: «Ruanda se fue convirtiendo en propiedad privada del clan de Gisenyi (pueblo natal del general) y, más concretamente, de la mujer del presidente, Agathe, de los tres hermanos de la misma y de una serie de primos de estos últimos».

La situación crea un tremendo resentimiento en los tutsis, y durante mucho tiempo nadie presta atención al hecho de que en Uganda se haya venido creando un ejército bien preparado y experimentado para la lucha. Habyarimana se ha dormido en sus laureles y descuidado su ejército; Uganda está a poco más de 150 kilómetros de Kigali, la capital ruandesa, y los guerrilleros tutsis, alistados, dispuestos a asaltar el poder, están en el lugar en un día o dos. Pero entonces, resalta Kapuscinski, entra en juego un actor que no ha debido jamás entrar. El general Habyarimana llama al presidente francés, François Mitterrand, y este envía tropas para apoyarlo. Las razones por las cuales Francia se inmiscuye en este conflicto no vienen al caso aquí, pero lo importante es que la situación entra en una especie de marasmo. Es la calma chicha que precede a la matanza, cuando los dos bandos, más que odiarse, se temen. Habyarimana da palos de ciego, pierde el control de los acontecimientos e intenta llegar a un consenso, una especie de acuerdo nacional incluyendo a tutsis y el ala radical (akazu) donde hacen vida los parientes de su mujer, la chovinista, la más criminal de todas las fuerzas en pugna. Todo le sale mal al general, devorado por la situación que él mismo contribuye a crear. En 1993 es obligado a firmar, presionado por los países africanos, un acuerdo con el Frente Nacional de Ruanda (tutsi) mediante el cual los guerrilleros entrarían a formar parte del gobierno y también del parlamento. Cuando regresaba en avión de firmar dicho acuerdo, un misil impacta al aparato. Hasta allí llegó el general.

A partir de entonces no hay ni ley ni amparo ni resguardo sino matanza e impunidad. Comienza a propagarse una violencia atroz contra tutsis y también contra la propia oposición hutu. En este punto debe decirse que ya el ejército, bajo el apoyo de Francia, había pasado de cinco mil a 35 mil efectivos.

Para no hacer esta historia larga, dos elementos de los cuales cada quien puede sacar sus propias conclusiones (además de esa metáfora del general construyendo su propia guillotina. Habyarimana acicateó los demonios radicales akazu o, cuando menos, los consintió y mimó; cuando quiso devolverse o pactar, tales diablos a los que dio fuelle en el pasado lo devoran. El misil llevaba el sello akazu.)

Aquellos dos elementos adicionales son la política Golpeemos juntos y Radio Milles Collines.

En otras palabras, la política de acicatear al pueblo para que tome la matanza en sus propias manos y acabe con los tutsis, el cuerpo extraño en la nación (dicen que vienen de alguna parte del Nilo, que no son de aquellas montañas: extranjeros). Ya durante el régimen de Habyarimana se ha creado una organización paramilitar de masas, es decir, una especie de milicia colectiva a la que llaman precisamente Golpeemos Juntos.

En cuanto a la emisora de radio, ha sido retratada en películas y se ha convertido en una referencia universal sobre el peligro de un medio de comunicación en apoyo de una política inequívocamente criminal: «…más tarde, durante la masacre, emitirá varias veces al día el llamamiento “¡Muerte, muerte! Las fosas con los cadáveres de tutsis solo están ocupadas hasta la mitad. Daos prisa en acabar de llenarlas”», recuerda Kapuscinski.

***

Luego de los sucesos de febrero, cuando estalló la crisis a propósito de una marcha que llegó a las puertas de la Fiscalía General de la República, en la avenida México, Henrique Capriles Radonski tuvo que salir en una rueda de prensa a aclararle al presidente de la República: “No le aceptamos a Nicolás Maduro que le diga fascista a la mitad del país o más. No somos fascistas”.

Después de aquella semana cuando los estudiantes habían estado reclamando la libertad de varios compañeros –encerrados en la cárcel de Coro−, el líder de la oposición conminaba al presidente de la República a que cesara de endilgar a los opositores tal insulto, recurrente, por lo demás, en sus discursos. Es decir, el principal vocero de la oposición no debía ocuparse solo de reclamar los derechos civiles de los estudiantes a la protesta, sino que debía dedicar unos minutos (o al menos unos segundos) a exigirle al Presidente que cesara de insultar mediante tal epíteto.

El recurso al insulto, contumaz en Hugo Chávez y en Nicolás Maduro, parece ser un sesgo relacionado con la necesidad de legitimarse a través de la descalificación del otro. La virulencia, repetición y generalización del insulto a toda la oposición puede leerse como violencia primitiva, irracional. ¿Por qué insistir en el insulto, en la procacidad incluso? Porque en la práctica el chavismo no ve la necesidad de perpetuarse en el poder por vía de su propia legitimidad.

El profesor José Antonio Marina (La pasión del poder) considera que el poder, a fin de cuentas y en la práctica, es la capacidad de convencer a la población de que una cosa es justa. Quizás les cueste mucho trabajo a los operadores políticos del chavismo convencer a la población de algo; hacerlo con razones, con argumentos.

Hace un par de semanas, Maduro estuvo en el programa de José Vicente Rangel y arguyó, ante una pregunta sobre una eventual asonada militar o insurrección de corte popular, una argumentación que ya Hugo Chávez usó en otras ocasiones «Yo, como Presidente, soy la mayor garantía de paz que tiene este país. La única forma de que haya una insurrección popular es que esta derecha apátrida me haga algo a mí».

Es decir, si él, Maduro, no continúa en el poder, sobreviene una guerra civil.

Entre el insulto y la amenaza transcurrió este año 2014 para los venezolanos. Al final, las encuestas de octubre y noviembre indican que la popularidad de Nicolás Maduro ronda 30%. En su peor momento, la de Chávez estaba en 44 o 45 por ciento.

Es cierto: la escritura es una cifra de la vida, y cuando la vida se vuelve un acto de sobrevivencia cotidiano, las conexiones de la experiencia (su explicación, lo que hay de lección en ella) se diluyen en el vértigo de los hechos. Luego, si uno logra condensar la experiencia, vuelve «a leer las conexiones que no ha visto al vivir». Y entonces se da cuenta de que el peor de los mundos para una nación es aquel en que sus integrantes no necesariamente se odian entre sí, sino que piensan que el otro es un extraño, un intruso, alguien que llegó para fastidiarle la vida desde el Nilo.