La garganta oxidada de Joe Cocker

Cocker

Se anunció esta tarde: Joe Cocker murió a los 70 años tras luchar contra un duro cáncer de pulmón. Esto es una crónica muy personal de lo que significa o ha significado; hay una noche de por medio en El Poliedro; un disco, una canción, una leyenda

Sebastián de la Nuez

La Historia del Rock que publicó El País de España en fascículos semanales lo consagra en once páginas, la mayoría distanciadas unas de otras, y eso significa que ha sido y es una estrella influyente en varias generaciones, en distintos registros. Primero lo encasilla en una heterodoxa etiqueta, La era del pop, y para mayor ironía del destino lo ponen al lado de The Bee Gees.  La definición que adorna la primera línea de la reseña no es muy original pero es, desde luego, la adecuada: “La otra gran voz negra del pop blanco”. La primera voz pertenece a la inmortal Janis Joplin.

¿Pop? ¿Podría decirse que la versión que hizo Cocker de Con una pequeña ayuda de mis amigos es un ejemplo de pop music así no más? Eso es, ante todo, una versión impertinente que convierte la edulcorada gema del Sargento Pimienta en un arrebatador blues con más desgarro y negritud que muchas canciones escritas por auténticos negros que la han pasado muy mal en su infancia (por haber sido discriminados y no encontrar negros tan buenos como Cocker que les hicieran el coro, seguramente).

Vi a Joe Cocker la única vez que vino a Caracas, en algún punto de los años ochenta… Corrijo, una vez que busco en Google y encuentro a un buen samaritano de Facebook:

25 de agosto de 1978. Joe Cocker en El Poliedro de Caracas. Por Venezuela: Grupo Ficción (José Ignacio Lares tocó su órgano Hammond C3 con la banda de Joe Cocker). “El Más Esperado en Caracas”. “El Gran Concierto Rock del Año”.

Pero también se aclara que fueron dos fechas: 25 y 26. Naturalmente, no recuerdo si fui a la primera o a la segunda presentación. En ese tiempo estudiaba Comunicación Social en la Universidad Católica, era amigo de unos tipos a quienes hoy llamaríamos nerds o algo semejante. En todo caso ninguno de ellos se animó a ir. Uno en particular era cura paulino y se lo prohibían.

Yo tenía un Volkswagen de cualquier color, cómo no iba a tener un Volkswagen si era el año 1978 y podías prescindir del aire acondicionado, es decir, daba igual que fueras todo el tiempo con los vidrios bajos. ¿Pasó algo extraordinario camino del Poliedro o a la salida? Nada: si así hubiese sido me acordaría. Lo que me quedó grabado fue la marea humana transportándome, en la olla frente al escenario, de un lado al otro. Alguna chica encaramada en los hombros de su novio: nada inusual. Cocker no trataba de calmar a nadie. Pasaba de una canción a otra sin decir ni una palabra en español o inglés.

Allí estaba el tipo, y fue un concierto espléndido. Lo admiraba no por su actuación en Woodstock, donde se consagró; no por su versión de A little help from my friends ni por el disco en vivo Mad dogs and englishmen donde también hace coberturas de temas que en sus arreglos y en su voz superan al original, como The letter. Era su marca: tomar un éxito ajeno y regurgitarlo a su modo.

Pero eso no era exactamente el motivo de mi admiración.

Lo mío era y sigue siendo Pardon me, sir. Con ella abría Something to say, un LP con una portada francamente desechable. Cosas que no te puedes perder de Pardon me, sir:

  1. El piano inicial.
  2. La entrada de la pandereta, dándole una nítida nota cristalina al tema frente al vozarrón aguardentoso de Cocker.
  3. El coro de voces soul: sonido más negro, imposible. Como si fuera Motown.
  4. El saxo en el puente: una maravilla.

Pero el segundo surco (sí, antes se hablaba de surcos, agujas, 33 revoluciones por minuto; de cara A y de cara B) era todavía más sabroso: High time we went.

No acierto a desentrañar los vericuetos que me transportaron de disco en disco, de género en género en aquellos días pero la verdad es que, luego de escuchar una y otra vez este álbum, sobre todo sus dos primeras canciones, comencé a poner mayor atención a lo que estaba llegando de la Fania procedente de Nueva York, y también a algunas orquestas de Puerto Rico. Cosas como El bueno, el malo y el feo, que no eran otros sino el cuatrista Yomo Toro, el trombonista Willie Colón y el genio desgraciado de Héctor Lavoe.

De Joe Cocker a la Fania, ¿dónde está la explicación?

Pues bien: estuve en la olla del Poliedro todo el tiempo, y aquello se puso fuerte cuando arrancó precisamente Pardon me, sir. Sonaba como suena ahora un blu ray pero a todo volumen. No olía tan fuerte a marihuana como uno podría haber esperado, pero la gente se puso frenética: una especie de tromba moviéndose de un lado a otro.

La verdad es que Something to say es blues, es rock, es soul, es vida y es genial. Completamente grabado en estudio, aunque se sabe que el fuerte de Cocker siempre fue el vivo y directo. Me lo habían traído de España, una carátula plastificada y liviana, papel de seda envolviendo el acetato.

Esa actuación en El Poliedro ha sido, junto a una experiencia de asombro frente a la alemana Nina Hagen en 1985 en el Teatro Teresa Carreño, lo mejor que he visto en Venezuela. Claro, yo no estuve en el concierto de Queen, ya saben.

La reseña en Historia del Rock da cuenta de un hombre “vapuleado por el éxito” que arrastra una leyenda de alcohol, drogas y naufragio. Dice que se inició como batería y armónica en Los Cavaliers y, ya cantando, como Vance Arnold y Los Avengers. Vaya usted a saber qué demonios se habrán hecho esos grupos, verdadera carne de cañón en la molienda de los aspirantes a la gloria de finales de los años sesenta.

Es posible que algo de esa historia repose hoy en algún lugar de internet, pero no tengo ganas de buscarlo.

Hoy volveré a colocar Pardon me, sir a treinta y tres revoluciones por minuto, que es como suena de verdad esa canción. Y luego, un DVD filmado en Berlín en 1997. Tremenda banda lo respaldaba. Pero ya en ese año era un caballero dócil y dosificado; intercalaba melódicas baladas de amor o emblemáticas operetas de películas más o menos comerciales con sus éxitos ya ajados, un poco abrillantados por la tecnología. Antes eran medio casposos, medio carrasposos (como su voz).

En ese DVD hay un señorón bastante engranado al star system. Debe haber sido así siempre, de alguna manera, aunque uno no se daba cuenta.

Hoy, al parecer, ha recuperado su libertad y quizás su libertinaje. Dicen las noticias llegadas vía twitter que se marchó.

Hay una cita de la probablemente frígida Margaret Thatcher en Historia del Rock, la cual ilustra esa entrega dedicada al pop donde reseñan a Cocker, y la cita es:

En los años sesenta se debilitó enormemente la fibra moral de Gran Bretaña.

Da gusto saber que Joe Cocker, tan negro y tan náufrago, contribuyó en alguna medida a amargarle la vida a esa vieja bruja.

Por cierto, Cocker nació en Sheffield, Inglaterra. Su fallecimiento lo informó su representante Barrie Marshall, a través de un comunicado. “Era simplemente único, será imposible llenar el espacio que deja en nuestros corazones”, sostuvo a la BBC.