Alfredo Chacón por la mañana

Tres de las obras de Alfredo Chacón que se consiguen en El Buscón.

Tres de las obras de Alfredo Chacón que se consiguen en El Buscón.

Acaba de publicar con Oscar Todtmann Editores otro poemario, Sin mover los labios. Asiste sin tregua ni sosiego a presentaciones de sus amigas y amigos poetas, dentro de poco edita y reedita más. Está vigente a pesar de los avatares de la vida y del país, que le dejan cicatrices cuyo rastro puede seguirse “…en el tremor de su palabra aguantada”, como dice Alejandro Sebastiani Verlezza

Sebastián de la Nuez

 

Las palabras se abren para darnos paso

A.Ch.

El día en que lo visité en su casa de San Bernardino lo llamaron de DirecTV al parecer para preguntarle la dirección exacta de su apartamento pues vendrían a retirar los cables y los decodificadores correspondientes. Salió de eso, Alfredo Chacón. Para ahorrar o porque se cansó de pagar sin utilizar el servicio plenamente.

Una señora muy humilde y amable sirvió café esa mañana.

La mujer actual de Alfredo vive en el mismo edificio y es fotógrafa.

Él, lo primero que hace en las mañanas, al tomar conciencia de sí mismo —tal fue la frase que utilizó—, es leer. Y luego va a escribir en su computadora. No aparece en su cotidianidad la televisión, la verdad sea dicha. Al final de esta entrevista (mucho más larga que este trozo transcrito acá) que tuvo por objetivo pasar revista a sus querencias en libros y sobre todo hacia algunas librerías, surgió una pregunta como la que algunos redactores de The Paris Review solían hacer a escritores iberoamericanos: ¿cómo escribe usted? Una pregunta bastante equívoca, si te pones a ver. Creo que fue el cubano Guillermo Cabrera Infante quien contestó “sentado”.

En fin, ¿cómo escribe usted, poeta? O sea, cuál es su método.

No tengo método, porque en la manera en que yo abordo [mi trabajo o mi poesía] eso no cabe. O podría decir que mi método es, en la medida de lo humanamente posible, estar al tanto de mi mismo. No tengo otra exigencia, lo demás es secundario. Obvio: si para mí  leer es el goce, una de las cosas más plenas de la vida, necesarias… Creo que un escritor es un señor que lee y cuando ya no le queda más remedio, escribe. Es la dicha y el privilegio mayor que la humanidad se ha dado a sí misma.

Su lenguaje a veces se hace torrencial. Tiene libros regados en las estanterías por todo el apartamento, amplio y luminoso y ventilado.

—Por lo tanto —continúa—, mi método sería mantenerme al tanto de mi mismo y hacer, en lo posible, lo que me gusta en ese terreno. Lo demás se lo dejo al azar que decide sobre la vida.  Yo te puedo hablar de los antecedentes.

Sus antecedentes son eso: estar al tanto de sí mismo, entregarse a eso y tener los oídos para escuchar lo que resulte de ahí.

Entonces le pregunto si, cuando está leyendo, no se levanta para buscar papel y lápiz y anotar alguna idea impulsada desde lo que acaba de leer.

Pues no. Lo que está leyendo le envía permanentemente estímulos a él, no al papel.

—¿Y lo almacenas dónde? Porque si no lo escribes…

—No, eso entra en ese mi-mismo y después ese mi-mismo dice o no dice lo que tenga que decir.

—Pero, ¿te paras a las cinco de la mañana, escribes algo, rompes mucho de lo escrito el día anterior?

—Leo todo lo que puedo en el día, y estoy en la computadora todo lo que puedo en el día. Desde que me levanto. Y eso puede ser hasta las ocho, ocho y media. Al despertarme y reconocerme en el mundo de nuevo, leo todos los días del mundo entre media hora y una hora. Todos los días del mundo. Es una manera de iniciarse en el día que me parece una maravilla. Generalmente, si no tengo una cosa que hacer, o aunque la tenga que hacer, me detengo en la computadora un poco sobre lo que esté haciendo. Ese detenimiento puede durar toda una mañana, o toda una tarde; o a veces, porque tengo que irme, media hora o una hora. Pero todos los días estoy en la computadora y no navego nunca. No estoy en Facebook, es una cosa en la que yo no me encuentro…

Desde hace tiempo, cuenta, puede escribir directamente en la computadora. Antes no podía. Antes lo hacía primero a mano, y luego lo pasaba a máquina; o primero a mano, y luego a la computadora. Pero sigue vigente lo siguiente: no sabe lo que realmente ha escrito hasta que lo lee impreso.

El otro requisito es el tiempo. Sea que yo decida que pase mucho tiempo un libro con uno, porque este libro [toma de la mesa uno de poesía] lo empecé en 2003… cada tanto tiempo lo retomo y te das cuenta: ves si sí, o ves el cambio que debes hacer. El contacto con el texto revela tu acuerdo o desacuerdo con él.

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O sea, no tiene prisa. Le dedica a sus libros el tiempo que necesiten. Dice que hay gente que vive ahorrándose el tiempo [con tal de publicar más rápido], y lo que se ahorra es experiencia interna “porque eso es contacto contigo mismo”. Él mismo transcribió a su PC un libro de 300 páginas que no estaba digitalizado; transcribiéndolo, se fue dando cuenta de las cosas que debía cambiar, y además corrigió detalles.

—Mientras escribes un ensayo, o redactas un artículo que te han pedido, ¿siempre estás escribiendo en paralelo algún poema?

—No, paralelamente siempre me estoy manteniendo al tanto de mi mismo por si ese poema llega. Mi trabajo es conmigo. Cuando el poema llega es porque ya está resuelto; no porque está resuelto el texto, sino porque la parte de ti que procrea el poema está activa. Entonces, a partir de allí puedes comenzar el trabajo de hacer el poema. Si estás ausente de ti lo que te sale es… bueno, lo que le sale al noventa por ciento  de la gente que publica.

—¿Y te relees una vez publicado?

—Sí.

—¿Y no lo ves como un narcicismo?

—Para nada.

—¿Y eres crítico contigo mismo en ese momento?

—Claro.

—¿Y piensas “esto ya no lo escribiría así”?

—No: yo sé que no lo escribiría así. Lo que me importa es que me guste. Fíjate. Una vez hubo un ciclo de conferencias en el Museo de Arte Contemporáneo, cuando estaba Sofía Ímber, sobre cómo y por qué escribir. Yo dije que la lectura es el único contacto perfecto con el mundo, y la escritura es la lectura perfecta. Bueno. La lectura de ti mismo es la máxima experiencia de lectura que puedas tener porque esa diferencia entre texto y lector, que es la maravilla de la lectura, aquí se te convierte en una especie de prodigio porque resulta que sí hay una diferencia, pero esa diferencia eres siempre tú. El que engloba la diferencia eres siempre tú. Es más que tú y es todo tú. Entonces yo, de tanto en tanto, por alguna razón, o a veces sin una razón determinada sino porque me provoca, lo hago: es una especie de constatación en otro plano.

—¿La tecnología hoy en día va a empobrecer el lenguaje?

—Chico, si uno se atiene  a esas maneras de ahorrar tiempo y espacio en los mensajes de texto, y ese  tipo de cosas, podría pensarse que sí. Pero no creo que esa sea la única vía que está usándose. Creo que la escritura se ha consolidado más bien como necesaria con las nuevas tecnologías y que habrá, como siempre, horrores, mediocridad y excelencia. Creo que la proporción es cuantitativa: habrá más de esas tres cosas, pero no creo que el destino sea nada más que malo.

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Después de este encuentro lo vi en El Buscón (en el centro Trasnocho) y estaba feliz porque había recordado el nombre completo de una de las librerías que frecuentaba en París a finales de los cincuenta, principios de los sesenta. Estuvo, esa noche, escuchando poemas de Graciela Yáñez Vicentini y Claudia Noguera Penso, quienes leyeron trozos de Íntimo, el espejo y Caracas mortal, respectivamente. Poemarios recientes también editados por Todtmann. Por cierto, la voluntad de esta editorial y la bella presentación de esta colección tienen nombre y apellido: Luna Benítez y Carsten Todtmann. Una labor encomiable en tiempos de escasez de papel en las imprentas y de escasez de sensibilidad en la calle.