Irse a casa con la obsesión del tubazo

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El 14 de septiembre de 2015 falleció Leopoldo Linares, periodista de El Nacional por muchos años. Testigo de la historia política venezolana desde los años cincuenta hasta finales de siglo, Linares (y otros de su camada) es un personaje para el estudio de las nuevas generaciones, tan proclives a averiguarlo todo a través de Internet

Sebastián de la Nuez

Fue un hombre cercano, trujillano, magallanero y de notable trayectoria profesional en el periodismo, aunque también ejerció labores consulares y en la prensa oficial. Miró de cerca a la llamada cuarta república, estuvo allí donde se tomaron grandes decisiones que a la postre la historia ha de juzgar. Fue notable su serie de trabajos titulada El volcán del Cono Sur que realizó como enviado especial de El Nacional hacia finales de 1977, adentrándose en las dictaduras que padecían Argentina, Uruguay y Chile. Su hija Cecilia hace una reseña que puede ver aquí.

Una mañana de sábado, hace ahora cinco años, estuve con él y una fotógrafa, Mariana Yépez, en su casa de la urbanización San Luis. Mejor dicho, era el apartamento de una de sus hijas. El gran Polo tenía ganas de hablar. Revolvía sus anécdotas, las sacudía al aire cálido de la mañana, satisfecho de que alguien le escuchara.  Recogí gran parte de su testimonio en una grabadora con vistas a un libro sobre el periodismo venezolano. Todavía se halla en construcción: escribir libros es más una carretera lateral llena de baches y obstáculos que una autopista. Al menos para quien esto escribe.

Por supuesto, me contó de su exilio en Chile y de sus comienzos como reportero de béisbol. Regresó a Venezuela en marzo de 1958 y lo hizo para dedicarse a su oficio, a su pasión, a su razón de vida: «Fui toda la vida reportero de calle, me encantaba la calle. Yo les aconsejaba a mis hijas que no se metieran en este oficio. Es duro. Sin horario. Y la angustia del tubazo… Uno se va para su casa y se va pensando en que le van a dar un tubazo», me dijo.

Entre otras cosas me contó la vida cotidiana en El Nacional, sobre todo el periodo entre los setenta y los ochenta. O sea, cuando el fantasma del militarismo era solo eso, algo que está allí solo como amenaza latente a la cual no vale la pena hacerle mucho caso. El ambiente en el periódico más prestigioso del país era relajado. Me contó:

«De quince en quince días se celebraban los cumpleaños en El Nacional. Se recogía la plata entre la gente y se compraba torta, pasapalos y caña. El primer día que entró el recién estrenado director Oscar Palacios Herrera, un estricto profesor universitario en Derecho, vio a todo el mundo con un vaso de alcohol en la mano. No dijo nada. Lo planteó en la siguiente directiva: qué era eso de la bebedera en la Redacción».

Y explicó Polo que la caña era cosa normalizada en el diario: solo se decretaba en los días de fiesta, luego de las seis de la tarde. Sin embargo, el nuevo director, escandalizado, expuso en directiva que aquello no podía ser. Uno de los dueños del periódico, José Calvo Otero, comentó en aquella reunión que lamentaba diferir del director pero que le recomendaba dejar el asunto hasta allí pues quien organizaba las tenidas era Oscar Guaramato. Y de Guaramato se decía que era medio hermano de Miguel Otero.

A los dos o tres meses ya estaba Oscar Palacios Herrera bailando con la periodista Kalinina Ortega en una de aquellas tenidas de viernes en la tarde.

Paz en la eternidad a un buen personaje del periodismo venezolano. Luego de nuestro encuentro de aquel sábado escribí algo para Tal Cual y me llamó para agradecérmelo. No volví a hablar con él, pero su lugar en el libro que algún día editaré está asegurado.

 

 Foto: Mariana Yépez