Volver a los periódicos viejos

Maduro-desde-mi-corazonEl primer deber de un periodista es no ponerse a adivinar (eso hay que dejárselo a los analistas, muy divertidos en lo suyo). De esta premisa parten estos comentarios sobre un país castigado por la inercia de 17 años y una actitud nacional que por lo visto no indica cambios sustanciales

 

Sebastián de la Nuez

Cierto: el primer deber de un periodista es no ponerse a adivinar, y mucho menos hacerlo en vano. Los economistas sí tienen derecho a vaticinar pues, si no lo hicieran, jamás serían invitados a los programas de radio que les dan fortaleza y prestigio para luego cobrar por asesorías a las empresas, si es que quedan empresas en alguna parte de este país. Pero el periodista no debe entrar por el mismo aro.

El primer deber del periodista es callar, escuchar y acumular datos. El segundo, escribir bien. O hacer una buena entrevista a viva voz, preguntando cosas pertinentes. Roberto Giusti, por cierto, ha hecho algunas memorables últimamente —él solo— en RCR por las mañanas.

El afamado Andrés Oppenheimer, periodista argentino-norteamericano, escribió en 1992 un reportaje o libelo —para el caso da lo mismo— titulado La hora final de Castro. ¡En mil novecientos noventa y dos, caballero! Nunca lo terminé de leer. Menos mal que era su hora final. De no serlo, al cabo de diez años quizás se hubiese embolsillado la América latina completa, no solo Venezuela.

Los analistas criollos a finales del 2015 siguen viviendo de la especulación, de la percepción a vuelo de pájaro, de la interpretación muy libre de las encuestas. Hablan de Mercal, las colas, la corrupción, la ausencia de equilibrio entre poderes; se concentran en la cúpula chavista, nunca faltan la hegemonía comunicacional y los derechos humanos como nutriente de sus informes. Cierto todo ello: hay un cinismo inspirando la machacona letanía de la guerra económica. Finalmente, a un día de las elecciones del 6D, los analistas criollos anuncian que, ahora sí, el pueblo está pasando hambre como nunca.

Todo es verdad. Pero también es verdad lo que ha dicho el ensayista zuliano Miguel Ángel Campos: que Juan Bimba se cree merecedor de todos los parabienes. Que en este país se ha entronizado una mala conciencia, o sea, creer que la democracia consiste en lo electoral solamente, no en el ejercicio diario del criterio. En los análisis de esta triste historia de 17 años, ¿dónde queda la responsabilidad de la clase media? ¿Dónde la de la estirpe intelectual, o la de  esos millones de venezolanos que se alistan en las misiones esperando los mendrugos de la clase gobernante? Campos propone salir de la coyuntura y de la lucha por el poder, largarse a pensar en lo más estable. Nadar en aguas más profundas.

Esta es una sociedad ensimismada, burda, opaca, refractaria, que ha necesitado la debacle total para darse cuenta de la deriva autoritaria. Se da cuenta porque los anaqueles se han quedado vacíos. Ahora se preocupa, en esta coyuntura. Ahora va a ejercer el voto. Pero esta mañana, cuando fui al oeste de Caracas —sábado 5 de diciembre, 8:00 am—, vi una enorme pancarta con la cara de Chávez a la altura de San Agustín o poco más allá, desteñida; en la parte de arriba podía leerse “Maduro”. Con razón alguien preguntó en Twitter “por fin, ¿Chávez por cuál circuito va?” Si esa pancarta o valla no refleja un avieso aprovechamiento en términos de marketing político de la estupidez humana, ya usted me dirá qué es lo que refleja.

La autopista Francisco Fajardo, vía del salvajismo y el crimen. La mole frente al distribuidor O’Higgins, donde ha habido tantos muertos, luce unas cuantas antenas DirecTV tachonando sus muros. Hay que ir a lo más hondo, aconseja Campos.

Hay que ir también atrás, agregaría yo. Por eso colecciono periódicos de ayer y de antier. Tengo uno por acá, El Diario de Caracas fechado el sábado 8 de noviembre de 1980. Una noticia, con el antetítulo “Los disturbios estudiantiles”, parece un leit motiv. Su título:

Montes de Oca: “Reprimiremos a los agitadores anarcoides”

No siempre todo tiempo pasado fue mejor que el presente. Pero hay otro más interesante, de una portada del mismo diario doce años después, domingo 11 de octubre de 1992. Da cuenta de una investigación del psiquiatra Roberto De Vries:

Setenta y tres por ciento odia a los políticos

Vea usted, tanto años después, cómo este pueblo tan ajeno al esfuerzo sostenido vuelve a recurrir a los políticos, o a los que se creen políticos, a ver si por lo menos abren un resquicio de libertad y democracia en la Asamblea. No les queda de otra, como dicen ahora.

Como se ha dicho: el primer deber de un periodista es no ponerse a adivinar, y mucho menos hacerlo en vano. Pero sí puede apelar a una voz de autoridad como la de Campos: cuando el periodista de Prodavinci le preguntó qué había pasado en el periodo 1958-1998, comentó que la gente olvidó un factor clave: la ampliación de la democracia ya no dependía del Estado, ni de las instituciones. Dependía de la sociedad misma.

Lo que se puede decir a ciencia cierta sobre el 6D es que los analistas van a estar cacareando de lo lindo todo el día, en sus casas y después en los programas de opinión; y que el pueblo venezolano, por muy cívicamente que responda al llamado de las urnas, todavía no ha dado una muestra fehaciente de que ha comenzado a cambiar en su aproximación a la realidad. A la realidad de la naturaleza de las democracias sustentables, se entiende.