Insumergible Walter

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Este caballero que ven aquí, muerto de la risa, posa delante de su reino, que es de este mundo y del otro también. Es Walter Rodríguez, uruguayo de nacimiento, contento aunque las ventas en plaza Altamira, este año, no justifican ni el esfuerzo ni el calor bochornoso de estos días

 

Sebastián de la Nuez

Sin embargo, la pasa bien, de buen humor. A cada momento le preguntan por un libro (“¿tiene La Rebelión de las masas?”) o se detiene algún viejo conocido a conversar un rato. Es el festival de lectura de Chacao, hay más libros viejos que nuevos y la gente goza un montón por el reencuentro, por los foros y presentaciones; por el ánimo compartido. Otro país, otro registro.

Walter estuvo este domingo 24 trabajando de sol a sol, y por cierto que estaba pegando durísimo. Un chaparrón hubiese sido aconsejable pero no lo hubo. Se reserva siempre el puesto estratégico frente al obelisco, al lado del escenario —una tarima, un  gran toldo, unas sillas y un equipo de sonido— donde a  partir de las 2:00 pm de cada tarde (del 21 de abril al primero de mayo) se pautan actos.

Este año el personaje homenajeado es Elisa Lerner, por su trayectoria como mujer de letras. Por su energía. Por su significación.

Quizás el año que viene sea el propio Walter el homenajeado como librero de corazón perseverante. Representa un oficio que necesita el país, aunque los libros vengan ahora en forma de app, sin papel ni olor ni materialidad alguna. O quizás precisamente por ello es que debería ser enaltecido aquel que busca, expone, comercializa y difunde el universo entero en hojas de papel.

El padre de Ángel García, que se llama igual a su hijo, comenzó a trabajar por los años cincuenta en una librería de Montevideo llamada Barreiro y Ramos. En ella también comenzó Walter. Cuando Ángel llevaba cierto tiempo allí fue que entró Walter. Lógico, pues en realidad Rodríguez era bastante más joven. Cuenta el hijo que en Barreiro y Ramos se empezaba como cadete, limpiando, pasando el plumerito, ordenando los libros, haciendo papeletas y registros. Era una librería de varios pisos, ocupaba casi una esquina completa. Al nuevo lo iban rotando hasta que tenía más o menos cierto dominio de lo que se vendía y se comercializaba. “Luego te ponían como jefe de área y mi papá, si mal no recuerdo, cuando llega Walter ya tenía el piso o un área específica asignada”. Como Walter era un tipo extrovertido, eso al principio le generó cierto celo a Ángel padre, un hombre más bien reservado. Pero luego se hicieron grandes amigos. “Tal es el caso que yo a Walter lo conozco como a un tío… de toda la vida. Él es parte de mi grupo familiar”, dice Ángel hijo, que también se hizo librero y hoy trabaja en Editorial Océano de Caracas.

Con el correr de los años la amistad se consolidaría en Venezuela, el país que los acogió a ambos con sus familias, y en donde se desarrollaron profesionalmente. Walter estuvo en la librería Lectura muchos años, donde también habría de trabajar Ángel García padre. García ya falleció, Walter continúa con sus libros a cuestas de feria en feria, incansable y siempre extrovertido.

Este domingo se acercó una señora al puesto frente al obelisco y manoseó unos libros de uno de los mesones. Preguntó por un volumen de segunda mano y le contestaron:

—Doscientos bolívares.

A la señora le pareció muy caro y se alejó.

Walter se quedó dándole vueltas al asunto, más mudo que extrovertido por esta vez. ¿Caro un libro por 200 bolívares? ¿Y si la señora va y compra un café cuánto le cuesta?