Ana María y Queta

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Ana María (a la izquierda) y Queta (a la derecha) constituyen una fuente inagotable de viñetas verbales emergiendo desde las profundidades de su memoria. Las viñetas, en blanco y azul, saltan desde sus lenguas y echan al vuelo en cada charla. Fueron las demiurgas de Soberbia, la librería que se mudó cuatro o cinco veces de emplazamiento desde el centro de Caracas a la calle Pedroza en La Florida durante más de cincuenta años de bibliomanía. Las hermanas Pardo, nacidas en Francia y biznietas de Carlos Soublette, son libreras emblemáticas y lo seguirán siendo hasta el fin de los tiempos.

Una de esas viñetas verbales comienza en las escaleras del edificio de Correos de la esquina de Carmelitas. A Queta —o sea, Enriqueta— y Ana María les regalaban las publicaciones del Banco Central. Sin embargo, en cierto momento alguien les anunció que ya estaba bueno, lo sentimos mucho pero debido a nuevas y rigurosas normas no podremos en lo sucesivo otorgarles libros oficiales dada su condición de libreras…

Muy bien, lo aceptaron. Andando el tiempo, trabajando con bibliotecas americanas, inglesas, alemanas e incluso australianas —sus secciones latinoamericanas mostraban siempre interés y solicitaban a menudo publicaciones oficiales de ministerios e institutos como las memoria y cuenta—, encontraron un hallazgo. Solían llevar sus paquetes al correo de La Candelaria, en carretilla o a pie. Luego, a Carmelitas, y luego a San Martín. Pero en la sede de Carmelitas había unas grandes cestas en las escaleras que conducían a los apartados de correos. En tales cestas se conseguían muchas cosas botadas por los mensajeros que no querían cargar con ellas. Cada cesta tenía su público. La gente rebuscaba y se llevaba estampillas, revistas, diversas publicaciones. National Geographic, por ejemplo.

Los destinatarios protestaban y la culpa se la echaban a Correos. Una vez Queta vio en un sótano un montón de revistas apiladas. En una ocasión en que registraba las cestas, Ana María recogió la Memoria y Cuenta del Banco Central de Venezuela. Dentro del sobre decía a quién iba dirigida. “Crucé para llevarla al Banco y constataran la suerte que corrían sus publicaciones: la basura. Y que, en cambio, no me las daban a mí por miedo de que comerciara con ellas. Les dejé el sobre y me llevé la Memoria”.

La biblioteca sobre aves de William H. Phelps fue levantada en buena medida a través de las adquisiciones a Guillermo F. Pardo Leygonier, el padre de Queta y Ana María que había registrado el nombre Soberbia en Francia. Manuel Segundo Sánchez reunió su colección de libros sobre orquídeas gracias a Guillermo Fortunato. Después los donaría a la Sociedad de Ciencias Naturales.

Aquí están, foto en el apartamento que antes habitaban en la urbanización La Florida (ahora viven en Sebucán con una prima), posando durante una pausa entre una viñeta lanzada al aire y otra, la próxima. Aparecen ellas, las viñetas, sueltas o encadenadas hasta formar un documental, la crónica de una pequeña empresa o simplemente el telón de fondo para una puesta en escena de reminiscencias múltiples. Desfilan el nieto de Mussolini —solía almorzar en Casa de Italia, frente a una de las sedes que tuvo Soberbia—, la amistad con Caracciolo Parra Pérez y su inmenso trabajo sobre Santiago Mariño del cual quizás se editaron demasiados ejemplares en España; siguen los huelguistas de Uniroyal frente a la puerta, un paquete falso para el buen amigo el historiador Alfredo Armas Alfonzo, los materiales de la Logia Masónica de Venezuela que Enriqueta se negaba a recibir pues no quería más trastos en su local, los libros y objetos del doctor Martín Vegas que consiguió Alejandro, voraz cliente, buscador de objetos y libros perdidos o por perderse. Ellas se quedaron con las pipas del doctor Vegas.

Por cierto: Soberbia era (es) algo más que una librería. A veces un museo, una casa de regalos, una caja de Pandora, un recoveco insólito en una ciudad que no fue inhóspita en su juventud. / Sebastián de la Nuez (texto y foto)