A trabajar, señor Iglesias

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No traicionar proyectos. Esa parece ser la máxima en España y en Venezuela, después de que Mariano Rajoy fuera investido —luego de 315 días en el limbo— presidente de gobierno. Y mientras tanto, en Venezuela, el diálogo reaparece en el Hotel Meliá… pero tampoco habrá allí espacio para traicionar proyectos, seguro: los proyectos no se pueden traicionar (los pueblos como que sí)

 

Sebastián de la Nuez

En España todo es un tema: el tema de haber estado 315 días sin un gobierno constituido como Dios y los hombres mandan según la Constitución; el tema Jordi Pujol, que aparece hoy domingo en El País con su cara muy lavada, preocupado por lo que dirá la Historia de él; el tema Venezuela, país entrañablemente cercano y a la vez un tanto difícil de entender (“¿de verdad no hay papel de baño en los supermercados?”, pregunta algún canario). El tema, el tema. Los articulistas de opinión  también están usando demasiado el verbo trufar. Un gobierno trufado de corrupción. Una legislación trufada de malos augurios.

Lo cierto es que el vacío de mando fue superado al fin, tras la abstención traumática por parte del Partido Socialista Obrero Español que permitió la investidura de Mariano Rajoy, del Partido Popular, por mayoría simple este sábado 30 de octubre.

En el parlamento los españoles no tienen pelos en la lengua. Quienes hablaron este sábado se dijeron de todo y ahí está internet para quien desee saciar su curiosidad, pero el más destacado fue Pablo Iglesias. Iglesias caminó desde su escaño hacia el pódium con su juvenil coleta a rastras y su camisa a cuadros, los hombros un poco encorvados y modales nada tiesos sino más bien demasiado laxos para el recinto y la ocasión. Puso en duda todo lo que Rajoy había dicho recién. La negación de cualquier entendimiento por anticipado.

A las claras, el juvenil Iglesias sigue un guion preconcebido, a estas alturas algo desgastado. Se lo refuerza quizás alguna agencia de manejo de opinión pública —¿prepagada desde los tiempos del flirt entre el de la coleta y Hugo Chávez? Uno se imagina a los asesores insistiendo en que su “nicho” está en la negación de todo lo construido hasta hoy, en el resentimiento social, en las masas perseguidas por Hacienda. La verdad es que se está construyendo a pulso, el tal Iglesias, un club de adversarios amplio y contumaz a pesar —o en paralelo— del crecimiento de Podemos como opción política. Un caso típico de auge no por méritos propios sino, en buena medida, por errores de los partidos consolidados. Sin embargo, la animadversión que despierta se nota incluso en los textos de algunos articulistas ajenos más bien al tema político, y en tertulianos de TV y radio hasta ahora más bien indiferentes.

Al de la coleta se le ven las costuras desde lejos. Es populista, como Chávez. Es de verbo incendiario, como Chávez. No tiene proyecto, como Chávez. Y los propios españoles dicen, siguiendo el verbo de moda, que está trufado de bolivarianismo.

Es difícil que pase del techo al que ha llegado. Después de su declamación en el Congreso de los Diputados, un invitado de algún programa de opinión dijo que pecaba de adanismo: antes que él la vida política española no existió.

En el artículo de Javier Marías de hoy domingo en la revista  El País Semanal, el autor de Mañana en la batalla piensa en mí habla, a propósito del procaz e insoportable Donald Trump, de que la simpatía no se lleva en estos días entre los mandatarios de turno o candidatos a jefaturas gubernamentales. Cita como ejemplos a Putin, al propio Rajoy, a Marine Le Pen y, por supuesto, al venezolano Maduro, a quien califica como alcornoque cursi y dictatorial.

Qué bien le quedan esos epítetos a Nicolás Maduro. También le encajaría el de “chulángano” que le endosa Marías al criminal ruso Putin. Chulo es, para los españoles, el desafiante machista sin modales, incordio y malcriado, que se las da de sobrado. O sea, un creído a quien de vez en cuando es bueno soltarle un bofetón para que regrese al lugar de donde ha salido. Chulángano es aún más despectivo que chulo, pero significa básicamente lo mismo.

A propósito de llamar a ciertos individuos por su nombre, el dirigente del partido Ciudadanos, Albert Rivera, le dijo durante su alocución al de la coleta que le tenía una mala noticia con respecto a la legislatura que se abre a partir de ahora: “Tendrá usted que trabajar, señor Iglesias”.

No lo dijo en vano: los “bolivarianos” españoles tienen fama, además de hipócritas y corruptos, de flojos.