Las gotas de olvido de Felipe Márquez

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Felipe Márquez Brandt es un erudito en lo suyo, y lo suyo es materia de tipográfica belleza e imponderable vastedad personificada en trastos antiguos con vida propia, cartón apolillado, hojas preciosas cosidas y pigmentadas. Por otra parte, es un individuo que atesora su memoria familiar, y abrió una ventana para que algunos privilegiados se asomaran a su particular colección de lugares, referencias y querencias: Gotas de olvido

 Sebastián de la Nuez

“De niño me gustaba abrir cofres, husmear cajas secretas; siempre subyacía la posibilidad de un descubrimiento, de un hallazgo feliz”, me dijo Felipe Márquez Brandt el día en que estuvimos en su casa de la urbanización Santa Eduvigis conversando y tomando fotos. Sabía de sus tesoros, sabía de su inclinación por el diseño, de sus clases de Historia del Libro en el Instituto Neumann. No sabía de sus cartas del Tarot, de su gusto particular por Led Zeppelin y Cream, de esa pureza  transparente irradiando de su charla, como si estuviera aparcado en el hombrillo de la carretera, sereno, mirando con melancolía carros a toda velocidad conducidos por ciegos. Es un individuo atípico lleno de querencias, de los que ya no se consiguen sino en las páginas sepia de algunos libros con tapa de cartón o cuero, en historias narradas por personajes de leyenda que admiraron a otros personajes de leyenda muy antiguos, muy marginados por la Historia, poco terrenales.

Algunas de esas cosas que atesora Felipe Márquez B. en su apartamento de Santa Eduvigis las ha expresado en Facebook, ya que no lo dejan ya expresarse en medios de papel como aquellos para los que antes escribía. También crea libritos, no libros, que edita su entrañable amigo el impresor Javier Aizpúrua, de Ex Libris. Como este que tengo entre mis manos, Gotas de olvido, del cual se han editado solo 300 ejemplares.

Cierta vez, una tarde, encontró Felipe Márquez B. dentro de un pequeño y viejo maletín de cuero —quizás fuera en la quinta Chiray de sus mundos infantiles— un puñado de pequeñas cartas manuscritas a tinta y lápiz. En aquel momento eran puro misterio y anonimato. “Comencé a leerlas con la emoción del caso”, me contó sin aludir a la naturaleza de los textos descubiertos. Con seguridad ese ánimo de memoria atrapada a través de la palabra familiar lo trajo hasta este recodo del camino, estas gotas de olvido que funcionan como un homenaje, el reconocimiento al entorno familiar, a la ciudad, al país que pretende escapársele de entre sus dedos, difuminado por la barbarie actual.

El título es una paradoja, porque se trata exactamente de lo contrario. Llegan de vuelta las gotas en estas menudas y aladas páginas: el robusto Monseñor, la delicada Julia, el hermano fallecido antes de tiempo, Cutufí, los Villanueva Brandt, Yarmina, Mariela Márquez, Celedonio el de los puros que invocan a Yemayá, adorada Gisela, Belle Endormie, Tanaguarena y Suiza… Es una especie de cuaderno de anotaciones construido con imágenes como castillos de arena fina, quizás de la playa de Camurí.

Con su blanca palidez, Felipe es un gran conservador.

Conserva recibos de farmacia de hace cincuenta años, dados, discos de vinilo en una habitación caótica, libros del siglo XVIII, estampas, dibujos en tinta china de su propia y sorprendente autoría. Tan pronto como 1975 editó un libro con cuentos de humor negro, edición lograda desde su bolsillo, que para eso y para la compra de volúmenes casi incunables heredó cierta fortuna nada desdeñable. Todavía tiene una editorial que se llama S.O.S., registrada con una prima. Suele regalar ediciones con sus dibujos y graba

dos. Ha tratado de vender esa producción pero él como que no sirve mucho para esos menesteres. Se le olvidan los recibos. Le pasó con Bustrofedón. Pero esa es otra historia.

 

NOTA: la foto es cortesía de El Estilete.