Martín Chirino, un hombre deshabitado

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Cuando estalla la Guerra Civil española el escultor Martín Chirino (Gran Canaria, 1925) tiene 11 años. Reconocido internacionalmente, Chirino es interesante por lo que reflexiona y por lo que cuenta. Este es el resumen de dos conversaciones recientes con él, en Las Palmas de Gran Canaria y en Morata de Tajuña. Su obra fue su pasión. Lo es. Cree que sin pasión no hay vida

Sebastián de la Nuez

Luego de conversar con Martín Chirino durante tres o cuatro horas, hay sobre todo algo que resalta de sus preocupaciones: conseguir que ese sentimiento que tiene de la canariedad conmueva a quien se detenga delante de su obra.

¿Sabes qué pasa? Que los discursos están ya tan invalidados, ¡hay tantas teorías! Nadie debe pensar sino actuar. Es axiomático: mira una escultura, y lo que te diga, te lo dijo.

Tuvimos dos encuentros: uno en Las Palmas de Gran Canaria, donde unos burócratas lo despojaron hace unos años del CAAM, un centro de arte moderno en el barrio de Vegueta metido en una vieja casa remodelada. Era su orgullo y su empeño. Sin embargo,  ahora atiende la Fundación de Arte y Pensamiento que lleva su nombre (ver aquí), la cual funciona en los terrenos del Castillo de la Luz. Es un bien de interés cultural rehabilitado en cuyo interior se despliega la obra de Chirino ─sobre todo hierro forjado y madera─ conformando una dualidad sorprendente, bien lograda: el castillo y la propuesta estética, conceptual, del artista.

La segunda entrevista fue en su casa de Morata de Tajuña, en la Alcarria, a 30 minutos de Madrid. Es una construcción moderna, de techos altos, obras propias y ajenas por todas partes. Varios cuadros de Miró, por ejemplo. También de su entrañable amigo y coterráneo Manolo Millares, con quien solía recorrer en coche las carreteras de Castilla en busca de anticuarios. Afuera, el campo, despejado y agreste: 50 mil metros cuadrados a la redonda de su propiedad.

A sus ochenta y pico años, Martín Chirino es testimonio de la era franquista; es memoria de la falange y el estraperlo. Del atraso isleño y del descubrimiento de la modernidad. También a él le tocó el destierro. No lo aventó de su tierra tanto el hambre y la penuria ─a fin de cuentas, su padre era un trabajador privilegiado─ como su insaciable curiosidad:

Sobre todo debía conocerme, saber lo que quería hacer, que es la pregunta fundamental. Cuándo va a empezar mi viaje a Ítaca y por qué. Me di cuenta que debía irme porque estaba desconcertado (…). A mí me impactó muchísimo Manolo Millares: también él tenía esa pulsión a buscar en los orígenes. Esa tendencia de la escuela Luján Pérez estaba en el ambiente: mirábamos los riscos con mucha pasión y teníamos pintores como [José Jorge] Oramas. Mirar el color de las casas, reproducir cierta nostalgia en el paisaje. La insularidad se nota porque la lejanía es tanta, ¿no? Y luego, la información era una cosa muy demorada porque solo teníamos un telégrafo. No teníamos teléfono.

En 1947 viaja a Madrid, comienza estudios de Filología que no terminará; en los cincuenta estudia en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde se le va abriendo el mundo que busca. Desde luego habrá viajes, amigos y lecturas que también colaborarán en esto.

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En cierto momento le pregunté qué era para él el franquismo, si me lo podía sintetizar.

Pues así, crudamente,  no sé lo que era. Franco era un caudillo, eso sí lo sé. Y un represor, eso también. Nos escamotearon cuarenta años de democracia. Era un dictador. Pero un dictador sanguinario. La ley la representaba él y además la aplicaba como quería. Lo peor no fue lo que llamaron el golpe sino los cuarenta años que hubo que soportarlo. No tanto al final… En los años setenta se había ablandado. En España no vivía el conflicto de la libertad porque no tenían los españoles ese concepto, creo que ese es el problema que tenemos ahora.

─¿Los españoles no sabían lo que era la libertad?

─No, porque tampoco sabían lo que era una democracia. De oídas, más o menos. Pero una democracia es una experiencia viva, no una receta. Entonces para nosotros ha sido muy, muy difícil, y estamos en un momento realmente extraño.

Como ejemplo de extrañeza cita a Mariano Rajoy pues a su entender tiene un concepto del poder absolutamente especial. Piensa que, aunque seas de izquierda, tienes que votarle a él porque debe gobernar en mayoría. Agrega Martín:

─Han creado una democracia donde los partidos son listas cerradas, y hay uno que manda. Dicen que organizan primarias, pero en esas primarias votan los afiliados de verdad, no la ciudadanía que les vota. Entonces lo que se crea es un gueto.

─Insisto con el franquismo. Uno podría suponer que un escritor o cineasta pueden haber sido potencialmente más peligrosos para un régimen opresor que un artista plástico. Sin embargo, ¿sintió en su obra, en su trabajo, el horror del franquismo?

─Claro. Fuimos la generación que rompió y empezó a hablar de la contemporaneidad. Eso implicaba una ideología, y ellos sabían que estábamos adscritos a los partidos antifascistas de la época. Además, la represión la sentía cualquier español. En España no se hablaba de política. Tuvieron años y años para crear un estilo de vida que a ellos [los franquistas] les convenía. Pero en el underground sí que se movía el Partido Comunista, el único bien organizado para aquella época. La resistencia organizada en el extranjero pedía ayuda a quienes ganaban en moneda fuerte, y nosotros ayudábamos. Teníamos una cierta implicación política.

─¿Conoció a Santiago Carrillo?

─Sí, claro.

─¿Cómo era en lo personal?

─Daba la sensación de ser un hombre que estaba de vuelta de todo. Transmitía una concepción del mundo tranquilizadora. Defendía el eurocomunismo, que se alejaba de lo soviético. Teníamos un concepto muy hermoso de la libertad y nos apetecía vivir en un mundo libre. Conocíamos  lo que habían hecho los rusos, lo que pasó en Hungría: todas esas cosas las teníamos en mente, y no nos gustaban.

De igual modo conoció a La Pasionaria. Recuerda su voz profunda y fresca. Dice que la escuchabas hablar y te sacudía.

─Pero realmente era todo inútil ─añade de repente, con desánimo.

─¿Quiere decir que esa lucha era en vano?

─Vivir es un acto inútil… La vida se vuelve un acto inútil si pierde su calidad y su cualidad. Ese es el problema. Ver a La Pasionaria era un espectáculo pero ya era una señora que se había alejado de todo. Seguía hablando de la emancipación de las mujeres y era bueno; pero iba a suceder de cualquier manera. ¿Por qué? Porque las mujeres ya estaban muy concienciadas, no hacía falta el partido comunista para eso, ni el socialista… Entonces saludé a La Pasionaria y hubo todos los honores para ella, pero no… Fue un mito. No sé cómo llamarlo. Un ensueño.

 

LA FAMILIA

Creció en una isla desolada. Una infancia sin azúcar, o sea, ni caramelos ni chocolate. Tampoco juguetes. Era un país subdesarrollado, destrozado. A su hermano, ya mayor, le hicieron un juicio sumarísimo pues era monárquico, de los que reivindicaban al abuelo del actual rey. La gente tenía una idea nostálgica de la monarquía. El franquismo lo aplastaba todo.

A los muelles, que eran nuestra salvación, Franco les puso una barrera de guardias civiles. Vivíamos en un mundo gris.

Su padre era el jefe de los astilleros.

─Era un hombre del XIX y tenía todos los prejuicios de la educación española de ese siglo. La relación con mi padre fue ninguna. Mi padre mandaba y yo obedecía. Como hacíamos todos los buenos hijos de todas las buenas casas en España.

─¿Y su madre?

─Ella fue una mujer más cariñosa. Las madres siempre son adorables. Por entonces ella, sin entenderlo, me aconsejaba lo mejor para que yo no sufriera ni ella tampoco. Se llamaba Concepción López. Era una típica madre española de aquella época, si quieres un tanto colonial pues mi padre tenía un cierto poder económico. Vivíamos en una casa muy grande al lado de la playa Las Canteras. Y mientras tanto, los curas iban por las calles a las cinco de la mañana gritando a voz en cuello: “Levántate, pecador, que estás pecando…”.

─¿En lo particular cómo ha sido su relación con la Iglesia?

─Buena. Buena porque mi madre era una mujer muy católica; pero al mismo tiempo no era nada intransigente… A nosotros nos pasa eso, ¿no? Que depende mucho de tus progenitores. Hay familias herméticas que se dejan regir en definitiva por los curas en las iglesias. Los curas, cuando hablan del amor, de la libertad y todo eso, lo hacen como en un paquete: son fórmulas, ellos no han vivido eso.

─¿Cómo fue su infancia?

─Toda nuestra infancia estaba salpicada por aquella angustia de no tener nada. Tenías por ejemplo un real en la mano y no sabías qué comprar. ¿Qué compramos con esto? Nada. No había nada que comprar.

 

VOLVER AL PRINCIPIO, CONFUSAMENTE

¿Se niega ahora Martín a sí mismo, queriendo evadir la confusión que imagina, o que realmente lo rodea?

Vuelve sobre aquella corriente indigenista canaria, aquel grupo de artistas que admiraba a Rufino Tamayo. ¡Volver a lo primigenio! El risco, el mar, el viento. Los elementos que definen la canariedad. También el desarraigo. También la gran pregunta aquella, quiénes somos. Canarias siempre tuvo esa preocupación, preguntarse quién es.

─Si yo te digo que soy un hombre deshabitado, es cierto. Como si no habitara en la Tierra. Esa es la verdad; siempre estoy en un equilibrio, haciendo observaciones… Procuro vivir de acuerdo con aquello que me parece mejor pero no es lo que creo. Siempre hay una extraña duda en todo lo que hacemos. El sufrimiento en el hombre es más importante que sus pareceres o pensamientos. Eso sí que deja una huella para siempre.

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A partir de una exposición colectiva en el MoMA de Nueva York, a finales de los 50, los galeristas norteamericanos prestaron mucha atención a los expositores españoles. Martín aprovechó esa oportunidad; se integró primero a la movida artística de Nueva York y desde allí fue reconocido. Progresó, dio clases en una universidad de Connecticut. ¡Y todo había surgido a partir de una visita de Eisenhower a Franco! Las ironías de la vida.

Cuenta los rumbos de las vanguardias, alude a modalidades en las que hay que verbalizar el arte, crear discursos coherentes alrededor de aquello que se ve. La palabra se hace más importante pero al final te das cuenta (se da cuenta la gente) de que las cosas se hacen más incoherentes todavía. Intentas algo dentro de una dimensión que no le pertenece a la obra.

Ese es el problema de la contemporaneidad. Estamos hablando de vivir dentro de una evolución tan extraña que, cuando te encuentras en ella y abundas y ahondas, también eres parte de la misma confusión. No es que yo esté cansado sino que se da una total negación de mí mismo; es lo que decía James Joyce con el final del Ulises: se niega rotundamente a pesar de haberlo escrito. Cuando utilizas la palabra, ella misma te lleva por un derrotero tan exhaustivo que siempre hay una palabra más, un intento más, un hueco más y algo mejor. Al final estás aquí otra vez, estás en el principio.