La risa traviesa de Queta

Enriqueta Pardo Pardo, a mediados de 2015.

Enriqueta Pardo Pardo, quien durante décadas fue motor y corazón de la librería Soberbia junto a su hermana Ana María, se encuentra hospitalizada, en estado muy delicado. Ella, nacida en 1923, representa un oficio, una memoria, la delicadeza puesta sobre anaqueles para que Caracas pudiera salvarse y dejar a las nuevas generaciones su alma gentil, su cultura acogedora

Sebastián de la Nuez

Me contó Queta cierta vez en su apartamento de La Florida, frente al antiguo CADA, que cuando iba a celebrar su cumpleaños número 12 recibió un balde de agua fría: a última hora se suspendió la celebración porque los alemanes acababan de ocupar su país, Francia. Después de eso me contó acerca de la exposición mundial de París de 1937, y mientras ella hablaba, yo pensaba que era un privilegio sentarme con alguien que tenía el siglo XX asido en una mano, ofreciéndomelo a viva voz y no a través de recortes de Prensa.

En algún momento, en las calles de París que ella recorría junto a sus hermanas, por la mañana, para ir al colegio, vio desfilar a un regimiento nazi con sus botas calzadas, su porte marcial, cantando con vozarrón conquistador una marcha militar para infundirse confianza. Me contó de aquel castillo, Castelnoubel, en el sur, donde se refugiaron las niñas más una prima y sus tías durante aquellos años de la Segunda Guerra Mundial mientras padre y madre quedaban en la capital… Casi se arruinan, casi los arrastra la crueldad.

Queta, como sus tres hermanas hoy sobre los 90 años de edad, o cerca, son tataranietas del general Carlos Soublette, fallecido en Caracas en 1870.

Queta ha hecho historia con su librería Soberbia, y esa historia me la ha compartido junto a su hermana Ana María (en otra entrada de este mismo blog hay apuntes sueltos sobre ellas) y pronto aparecerá un libro con escenas completas, vívidas, retratando una vida rica en pasajes, alegrías y encuentros que cruzan el océano: a veces no son más que anécdotas pero tienen el poder de estremecer o, nada más, provocar un guiño de simpatía, melancolía o ternura.

Ahora Queta ha sucumbido a un derrame, está inconsciente en alguna clínica de Caracas y lo más probable es que jamás se recupere. No sé si lo sabrá, pero su dulzura, el amor que le brotaba cuando evocaba a su marido Pierre Couret, su risa traviesa, esa disposición a recapitular el pasado: todo ello fue para quien escribe un descubrimiento fantástico. Las he apreciado durante las mañanas y tardes en que departimos, yo escuchando, ellas dos hablando; las apreciaré siempre y habrá un regusto de amargura en cada ocasión por no haber conocido Soberbia a tiempo y en sus diversos asentamientos.

 

HISTORIAS DE LIBREROS

A veces son tristes las historias de libreros. Cuando comencé a visitarlas hace tres años, ya Queta se ayudaba con andaderas y estaba medio sorda; si quería aclarar algo con su hermana Ana María ─las otras dos hermanas viven en Europa─, le hablaba en francés.

Cierta vez le llevé un número de la revista Shell fechada en 1960 o cosa parecida, que había encontrado por casualidad: traía un trabajo firmado por Couret, una reseña del Mercado de las Pulgas de París. Ella lo miró y se le encendieron las pupilas, como iluminando cosas que hasta entonces habían permanecido adormecidas. Las fotos del artículo, de antigüedades puestas a la venta en uno de los anticuarios del mercado, eran del propio Couret. Este hombre, farmaceuta de profesión, en 1951 había sido parte de la expedición que registró científicamente y por primera vez las cabeceras del Orinoco. Se habían casado en 1954. A Couret le gustaba la fotografía. Le gustaban las orquídeas y las antigüedades. Le gustaba explorar. Le gustaba Venezuela. Gran parte de lo que dejó en libros, en investigaciones, en documentación científica, se lo legó Queta al IVIC. Según le dijeron, le han hecho una sala especial dedicada a él en alguna parte de la sede de San Antonio de Los Altos.

Organizaba Pierre a los orquideólogos de Venezuela o los animaba con sus exposiciones. Una en especial, en el entonces recién inaugurado Hotel Caracas Hilton, atrajo a la primera dama de entonces, Alicia Pietri de Caldera, en su inauguración. Queta y Ana María recordaron esto con especial deleite pues doña Alicia comentó, y todos pudieron escucharla: “Rafael tiene que ver esto”.

En efecto, el presidente se presentó esa misma tarde, cuando nadie lo esperaba.

Pierre nació en 1923. Queta me dijo que conservaba su cédula de identidad, que me la podía enseñar cuando quisiera. Murió en Caracas, de leucemia.

Queta está llena de querencias, seguro que la cama de cuidados intensivos donde se encuentre estará rodeada de presencias o apariciones a esta hora. Habrán sido llamadas, desde este lado de la irrealidad, ante esta circunstancia: Margarita Teresa Pardo Soublette, nacida en 1891; Guillermo Fortunato Pardo de Leygonier, nacido en 1903, doce años menor que su mujer. “Monseñor” Márquez Cañizález y Julia Brandt, hija del pintor Federico Brandt: padres y abuelo de uno de los mejores clientes de todos los tiempos que tuvo Soberbia, Felipe Márquez Brandt; Alfredo Armas Alfonzo, Ramón Díaz Sánchez, Caracciolo Parra Pérez… Quizás se encuentren Isabel y Camila Marturet, dos hermanas que vivían frente al teatro Caracas y un sobrino, Lorenzo Marturet, se arrancaba los cabellos ─es la versión de los acontecimientos que da Ana María, y Queta asiente queriendo agregar comentarios─ porque ya habían tumbado todo alrededor y ellas se habían quedado allí como si nada, con una cantidad de muebles y objetos de valor a la intemperie, expuestas a cielo abierto. Eso fue en Puente Anauco y Caracas quería salirse de lo viejo y mudarse a capital moderna y cosmopolita.

Habrá más gente. Incluso podría ser llamado el general Soublette para que diga unas palabras.

Quizás esté al lado de Queta el único dueño que tuvo alguna vez la librería Oro Viejo, Luis Olivares Díaz. Además de librero, cantante. Un día asistió junto a su consorte a una zarzuela en el Teatro París. Era aficionado al género. Su señora, en medio de la función, quedó muerta. El librero, más adelante, se casaría con Delia Margarita Ovalles. Llegado su decaimiento por una enfermedad que le acosaba, su segunda mujer se vio obligada a vender los restos de su librería, ahora biblioteca, con todo y sus estanterías que aun guardaba en su casa de Los Teques, adonde se había mudado. “¡Mis libros, mis libros…!”, gritaba Olivares Díaz cuando vio que alguien se llevaba sus tesoros, pero Delia Margarita bien sabía que necesitaba el dinero para el tratamiento y las medicinas. El trato ya estaba hecho.

Sí, a veces son tristes las historias de los libreros. Hay desprendimientos que causan laceraciones. En mitad de la noche uno, que ha estado indagando en esas vidas, despierta entre anaqueles con la Colección Juvenil Cadete encima y desea volver a esa etapa de la inocencia total en la que Huckleberry Finn, Dick Turpin y Robinson Crusoe formaban parte de un mundo propio, cálido, emocionante, donde no cabían las enfermedades (excepto como telón de fondo en las novelas de Charles Dickens, al retratar a los menesterosos) y donde la muerte estaba destinaba solo a los bandidos con quienes no sentías empatía alguna.

Esta nota está acompañada de un perfil de Queta mirando por la ventana una mañana en su apartamento de La Florida; luego se mudarían de allí, para irse a vivir con su prima Cristina, la hija de Isaac J. Pardo. La otra foto, de Giuseppe Di Loreto, es la mesa del recibo alrededor de la cual solíamos sentarnos a conversar. Las fotos en blanco y negro son de la época de Castelnoubel. Queta, tan joven, con una pierna sobre el muro, le da la bienvenida a la primavera. Fuera del encuadre quedaban los fríos y gruesos muros del castillo medieval que fue propiedad familiar.