Hablando de Dick en la Cuesta de Moyano

Esta cuesta madrileña fue bautizada por Ramón Gómez de la Serna como La Feria del Boquerón, vaya usted a saber por qué. De la Serna fue el precursor de los tuits; no los llamó así sino greguerías. Es la Cuesta de Moyano, oficialmente, y allí, una iniciativa joven impulsada por el ayuntamiento abre la noche a ídolos del terror y de la ciencia ficción

 

Sebastián de la Nuez

En la Cuesta de Moyano, que parte desde Atocha y se dirige hacia el Parque del Buen Retiro, una hilera de vendedores de libros coloca sus mesones a partir de las 2.00 o 3:00 de la tarde. Allí puede encontrarse de todo, incluso Las navidades de Marisol. Para quien no esté al tanto:  Marisol fue una estrella adolescente; actriz y personaje, ninfa y sueño erótico tempranero en un solo empaque del cine edulcorado de la época franquista. Tras el empaque habitaba una linda mujer que luego sería furibunda comunista.

Hay de todo en la Cuesta de Moyano: inútil destacar algo en particular pues la oferta va de lo clásico a la bobada. Pocas novedades pues el común denominador es la segunda mano. Desde tomos sobre la Guerra Civil a legendarios volúmenes de la Biblioteca Básica Salvat pasando por autoayuda a raudales y autores españoles en desuso. Muy poco de Venezuela. Si rebuscas, Reinaldo Solar, de Rómulo Gallegos, y El señor Marx no está en casa, de Ibsen Martínez; también una antología del cuento venezolano por Austral. Por 3 o 4 eurillos.

Al anochecer de este viernes, serían acaso las 7:00, en un kiosco lleno de sugerentes frases («Alimente la sed de lectura de su mascota aquí», por ejemplo), disertaba un joven de frondosa barba sobre Philip K. Dick. Su vocación gnóstica cristiana, la realidad tras la realidad, la idea de la máquina que se da cuenta de que no es un homínido; alababa el orador, por lo visto fanático de la ciencia ficción, lo bien que supieron plasmar el sentido de la obra de Dick quienes produjeron Total recall ─a pesar de Arnold Swarzenegger, anotó una joven del público─ y lo descaminado que andaba, en su opinión, Ridley Scott al tratar de adivinar cómo sería el futuro en Blade runner. Eso, adivinar el futuro, no era ciertamente una de las preocupaciones de Dick.

Había gente dentro del kiosco, sentada, y fuera, pues los micrófonos funcionaban a cabalidad, uno para el orador y otro para quien quisiera intervenir. Para el próximo viernes se anunció una charla dedicada a otro norteamericano, Stephen King, príncipe del terror psicológico.

Quien desee mayor información sobre este grupo de jóvenes con afanes de abrir campo a la lectura y al intercambio sobre grandes ídolos de la literatura y el cine puede adentrarse en cuestamoyano@madrid.es y buscar la agenda de la barraca  de boquerones y castañas culturales. O sea, alimentación alternativa. Para las neuronas.

Regalaban en el quiosco de la charla el suplemento  M21, ligado a la Emisora Escuela de Madrid, que está comenzando a funcionar en el dial 88.6 FM (m21radio.es). Abre con un artículo del escritor y dibujante Luis Pérez Ortiz, quien a su vez reseña Madriz, un viejo proyecto del ayuntamiento madrileño que se desarrolló a partir del primer alcalde democrático que tuvo la ciudad, el inconmensurable Enrique Tierno Galván. Se hace camino al andar.

Hacía un tiempo como de Colonia Tovar esta tarde de viernes 10 de marzo en la calle Claudio Moyano, que también así se llama el lugar. Cerca, en el Retiro, la gente se tumbaba a la bartola sobre la grama o recorría la vereda principal en patineta o bicicleta. La Moyano es un bulevar empinado al final del cual encuentras un busto de Pío Baroja puesto allí en 1989, en la parte alta, que es la que queda frente a la entrada del Parque. Pero en verdad los madrileños entendidos dicen que Pío Baroja escribía bastante mal.

¿Y por qué cosas se preocupan los madrileños, a todas estas? Pérez Ortiz cita a Gómez de la Serna, en una doble página dibujada en M21: el ideal del madrileño es «conservar mucho tiempo la ceniza del cigarro sin que se caiga.» No es una mala síntesis.