57 millones de veces Chuck Berry

Cuando tecleas «Chuck Berry» en el buscador de Google aparece como género musical de referencia, además de rock’n’roll, «música del mundo». ¿Será cierto eso? ¿Lo que hizo Chuck Berry, quien acaba de fallecer a los 90 años en St. Charles (Misuri), fue música del mundo?

 

Sebastián de la Nuez

Google dice que ha encontrado más de 57 millones de resultados en menos de un segundo con ese nombre, Chuck Berry; en cambio, de Ricardo Arjona registra nada más 430 mil resultados en un tiempo semejante. Lo cual habla muy mal de la raza humana o, al menos, de 430 mil internautas que se han molestado en subir cosas sobre Arjona a la red, contribuyendo a contaminarla.

Uno escucha de nuevo a Ravi Shankar en el concierto para Bangla Desh que organizó George Harrison en 1971 y le sigue pareciendo cuesta arriba masticar esa sonoridad que no se guía para nada por los cánones occidentales; es como si alguien estuviera bordando cerca de tu oído una mantilla con agujas metálicas que en realidad son cuerdas. Uno conoce cierta música de la India gracias a George Harrison. El mismo Shankar dice, antes de comenzar su concierto en el Madison Square Garden, un poco desesperanzado, «no se preocupen, ya van a venir sus ídolos a tocar».

Música del mundo es la mejor definición para lo que hizo Edward Anderson Berry durante décadas, sin descanso, dejándose ─además─ los músculos de al menos una pantorrilla sobre la tarima cada vez que ensayaba el paso del pato. Probablemente el sistema modal de la India también pueda llamarse música del mundo, tanto o más que las composiciones de Simón Díaz o de Aldemaro Romero, o la cumbia colombiana… Resulta, sin embargo, que hay elementos que han entrado a jugar en este expansivo tema a partir de los años cincuenta: los medios de comunicación en auge junto a la cultura de masas; la industria discográfica a la par de nuevas herramientas tecnológicas. A eso deben agregarse las capacidades de promoción y distribución desarrolladas desde el capitalismo.

Hay quienes hablaban mucho ─quizás demasiado─ en los setenta de transculturización e imperio, en especial comunicólogos y sociólogos marxistas. Según la definición del DRAE, transculturación (o transculturización) es la recepción por un pueblo o grupo social de formas de cultura procedentes de otro, que sustituyen de un modo más o menos completo a las propias.

Lo de la sustitución de un modo más o menos completo no es cierto o al menos presenta variados y ricos matices. Chuck Berry nunca sustituirá a Simón Díaz, por ejemplo. Se habló tanta tontería en los setenta ─Armand Mattelart, Ariel Dorfman, Eduardo Galeano y compañía─ que todavía quedan retoños en varias escuelas latinoamericanas. Eso de trabajar sobre objetos empíricos desde disciplinas científicas contaminadas de marxismo ha sido nefasto.

En todo caso, no hay nada como un buen long play de vinilo girando a 33 revoluciones por minuto para ahuyentar las teorías bobaliconas de las facultades iberoamericanas anquilosadas. Un LP de Chuck Berry, otro de Los Beatles y un tercero, por supuesto, de Los Rolling Stones. Eso no cubre toda la Historia pero es una muestra de la energía, el entusiasmo y el talento que hicieron posible que la música del mundo continuara siendo música del mundo muchos años después de haber sido difundida. Llegó para quedarse.

Si hubiese tenido debilidades, si todo hubiese sido obra y arte de un imperio con mucha fuerza de marketing, no habría habido trascendencia.

La primera canción que cantó George Harrison para un disco de The Beatles fue Roll over Beethoven, de Chuck Berry. La pieza con la que abren los Rolling Stones su emblemático LP de 1965 12×5 es Around and around, de Chuck Berry. Según la leyenda, al competitivo Jerry Lee Lewis le tocó aparecer en un concierto luego de haber actuado Chuck Berry: el público estaba literalmente encendido de vibrante entusiasmo. No le quedó otro recurso a Jerry Lee sino incendiar su piano blanco para poder, al menos, equiparar la energía que había dejado su antecesor sobre el escenario.

Ahora los diarios españoles salen con algunos lugares comunes o alteran completamente la realidad: «Más que el mismísimo Elvis Presley, Chuck Berry fue quien inventó el lenguaje del rock and roll…», dice uno. Parece que eso está refrendado por la academia del Hall de la Fama del Rock’n’Roll. En verdad, Elvis Presley no es referencia como inventor. Es un blanco, y como tal resulta solo un buen imitador de los negros. Enriquece, completa, reverbera, da brillo a lo ya creado (como los Beatles y los Stones); eso sí.

Por otro lado, eso de inventar un lenguaje… todo lo que hicieron Berry y los demás negros dedicados al rock fue dejarse guiar por sus instintos desde la cuna. From the craddle. Es una línea de alta tensión negra, de sonoridades negras, de movimientos y tics negros. No estaban inventando nada. Estaban siendo fieles a sus raíces aunque se pusieron más contagiantemente epilépticos que sus antecesores. Básicamente eran leales  a su barrio. El rock and roll es producto de una evolución, de una tradición.

En fin. Mejor es sentarse y volver a ver esa escena de antología que protagonizan Vincent Vega y Mia Wallace en Pulp fiction, cuando deciden entrar en el concurso del restaurant donde Mia se ha metido entre pecho y espalda una leche malteada que cuesta cinco dólares.  Cierto, debe concederse que ambos, Vega y Wallace, son blancos. Pero recuerden la línea final de Una Eva y dos Adanes (Some like it hot): ¡nadie es perfecto!